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El peor trabajo del mundo (otra vez): Barnier, de negociador de Europa a primer ministro
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El "incansable" negociador del Brexit

El peor trabajo del mundo (otra vez): Barnier, de negociador de Europa a primer ministro

Gaullista hasta la médula, antiguo comisario y negociador de la Comisión Europea durante el Brexit, Michel Barnier ha sido nombrado primer ministro francés por Emmanuel Macron

Foto: El recién nombrado primer ministro francés, Michel Barnier, llega a la ceremonia de traspaso de poderes. (EFE/EPA/Sarah Meyssonier)
El recién nombrado primer ministro francés, Michel Barnier, llega a la ceremonia de traspaso de poderes. (EFE/EPA/Sarah Meyssonier)

"Toda mi vida he tenido una cierta idea de Europa". En su último libro, sus diarios durante las negociaciones del Brexit con el Reino Unido, Michel Barnier, que acaba de ser nombrado primer ministro francés por el presidente Emmanuel Macron, no escondía sus coordenadas políticas. Gaullista desde que tenía 14 años, desde 1965, cuando Charles de Gaulle es reelegido presidente de la república por sufragio universal acercándose ya a su ocaso, las palabras elegidas por Barnier para abrir su libro tienen un espejo en las de su ídolo, que abre así el primer tomo de sus Memorias de Guerra (1940-1942): Toute ma vie, je me suis fait une certaine idée de la France.

Barnier (1951, La Tronche) ha dedicado toda su vida a la política francesa y europea. Diputado entre 1978 y 1993, a partir de entonces comenzó su periplo por distintas posiciones de Gobierno. Primero como ministro de Medio Ambiente, después encargándose de Asuntos Europeos hasta 1997. Después de una etapa en Bruselas volvió al Ejecutivo galo, como ministro de Asuntos Exteriores de Jacques Chirac durante un año y luego rescatado como ministro de Agricultura y Pesca durante la presidencia de Nicolas Sarkozy.

Su etapa en Bruselas también es amplia. Comenzó como comisario de Política Regional entre 1999 y 2004 y después como eurodiputado durante unos meses en 2009 antes de ingresar en la Comisión Barroso, siendo vicepresidente a cargo de Mercado Interior. Para Barnier el cargo de comisario no era un exilio político. Fue algo que le pidió expresamente a Chirac, el que, con sorna, le pregunto que si quería convertirse “en alto funcionario”, en tono despectivo. En 2002, cuando logró la reelección, Chirac telefoneó a Barnier para pedirle que fuera ministro de Educación, cargo que rechazó porque abandonar el puesto de comisario a mitad de mandato dañaría su “credibilidad” en las instituciones europeas.

Pero sin lugar a dudas el rol que más le ha hecho destacar ha sido el de incansable negociador del Brexit. Frente a unos británicos que cambiaban habitualmente de negociadores, dando tumbos en sus mandatos y cómo salir de la Unión Europea, Barnier se presentó siempre como un hombre tranquilo, que medía muchísimo sus palabras, evitando mostrar demasiadas emociones. Entiende la política, toda ella, desde Europa a Francia, como un proceso en el que hay que respetar cada paso. No hay que dejarse llevar por las sensaciones, hay que ajustarse al plan. Durante el Brexit escogía una serie de eslóganes y los machacaba una y otra vez contra la cabeza de los británicos, pero también contra la de muchos jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea. “El reloj está corriendo” era una de sus favoritas. Otra de ellas, Keep calm and negotiate (Mantengamos la calma y negociemos) se convirtió en otro de los más sonados, acabando impreso en una taza roja que a Barnier le gustaba tener en su despacho en el Berlaymont, la sede de la Comisión Europea.

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Lo aprendido durante la negociación le será útil en Matignon. Barnier no va a gobernar, va a negociar, a intentar mantener la respiración en un entorno muy complejo. A intentar encontrar equilibrios donde es difícil que los haya y a intentar mantener la calma en un momento desquiciante de la política gala, sin mayorías estables. Después de que Macron haya rechazado a Lucie Castets, la candidata del Nuevo Frente Popular (NFP), una alta funcionaria patrocinada por el sector socialista del NFP, el presidente tenía una decisión difícil que tomar. No queriendo entregar Matignon a la izquierda, y queriendo en su lugar a un miembro del centro o la derecha, si ponía a alguno que cabrease de manera simultánea a los sectores más izquierdistas del NFP y a la extrema derecha de Rassemblement National (RN) el primer ministro estaría muerto políticamente en muy poco tiempo. Tanteó los nombres de Xavier Bertrand y Bernard Cazeneuve, pero no tenían demasiadas opciones de supervivencia. Por eso ha acabado decantándose por Barnier. El republicano nunca se ha mostrado a favor de Le Pen ni de su partido, pero la formación de extrema derecha no lo ve como un enemigo natural, así que a priori no lo atacará.

La presión llega ahora por el otro lado. Macron confía en que Barnier sea una figura de consenso que evite que todo el NFP se posicione en su contra, pero que el RN no muestre públicamente su oposición al antiguo comisario no le ayuda en su trabajo de fragmentar la coalición de izquierdas y a separar a los diputados más izquierdistas de Jean-Luc Mélenchon de los sectores más moderados. El relativo silencio de los lepenistas, donde lo más que hacen es calificar de “fósil” a Barnier, sirve como muestra para algunos dentro del bloque de izquierdas de que el antiguo negociador del Brexit es aliado por defecto del RN. Se trata de un equilibrio continuo en el que lo único que importa ahora mismo es que no se sumen los suficientes votos como para sacar adelante una moción de censura en la Asamblea Nacional. La “non-censurabilité” como criterio fundamental.

Alexis Kohler, secretario general del Elíseo, ha sido una de las figuras importantes a la hora de llegar al nombre de Barnier, al que conoció durante la negociación del Brexit. En sus diarios, el antiguo comisario dedicaba más palabras amables a Kohler o a Éduoard Philippe, perteneciente a su mismo partido hasta hacía poco, Les Républicains, que hacia el propio presidente de la república. Con el primer ministro, que lo fue hasta 2020, Barnier destaca que gestionaba cada asunto “con inteligencia, en una atmósfera de trabajo siempre amigable”. Ahora Philippe, hasta hace poco una figura importante del macronismo, ya ha lanzado su candidatura para suceder a Macron al frente del Elíseo, apostando a que el presidente no se mantendrá en el cargo hasta 2027.

Gaullista social

Más allá de declararse como gaullista casi de cuna, Barnier se ha identificado siempre con dos palabras: patriota y europeo. Cuando en 2021 fracasó en su intento de convertirse en candidato de Les Républicains (Partido Popular Europeo) para las presidenciales de 2022, quedando solamente a unas décimas de pasar a segunda ronda, el antiguo comisario decidió crear un movimiento político precisamente bautizado como “Patriotas y europeos”. Pero como De Gaulle, Barnier no ve Europa desde una perspectiva federal, sino francesa. Europa es un instrumento y no necesariamente un fin.

Durante la campaña presidencial de 2022 a muchos les chocó que propusiera “suspender la inmigración” dentro de Schengen durante tres o cinco años, aunque insistiendo en que eso no se refería a los refugiados, “que deben ser tratados con humanidad”. También puso en duda que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea pudiera estar por encima de la “soberanía judicial” francesa. Es, en realidad, muestra del libro de estilo del gaullismo: una permanente ambigüedad, moviéndose entre ideas que en ocasiones parecen contradictorias, pero Barnier prácticamente siempre se ha encontrado en el bando de los políticos franceses que han empujado a favor de una mayor integración.

La definición más exacta de Barnier es la de un gaullista social. Rechaza la idea de la desregularización, el capitalismo sin reglas, y en su época como comisario de Mercado Interior, se le veía como una de las figuras más proteccionistas dentro de la Comisión Europea. No siempre es fácil definir qué significa ser un gaullista social, porque para empezar no es sencillo definir qué es un gaullista. En Francia había un dicho que señalaba que todo francés había sido, era o sería gaullista independientemente de dónde se identificara dentro del espectro político francés. Y en ocasiones eran discretamente gaullistas y violentamente antigaullistas al mismo tiempo. A eso aspira Barnier, a que todo el mundo encuentre razones para oponerse a él y para apoyarlo.

Foto: macron-gobierno-funciones-francia-partido-socialista-psoed-coalicion

Es su único billete a la supervivencia. La parte social de su gaullismo es más sencilla: hunde sus raíces en el catolicismo social del norte de Francia, de donde provenía una buena parte de la catolicísima familia del General de Gaulle, que entendía que los empresarios debían volcarse con los trabajadores y por su bienestar en contraposición al individualismo capitalista y como alternativa al comunismo anticlerical. Obsesionado con que los trabajadores sientan que las élites políticas les traicionan, el nuevo primer ministro siempre ha incluido el elemento social como una visión central de su “cierta idea de Europa”, y por extensión, de Francia.

El nuevo primer ministro ha vivido de cerca lo que él calificó en su momento como el “momento Macron”, el optimismo que despertó su primera elección frente a la candidata de extrema derecha Marine Le Pen. El jueves 7 de mayo de 2017, en su diario, Barnier habla de la toma de posesión de ese “joven presidente que marcha hacia su destino al son del Himno de la Alegría”, aunque no se olvida de subrayar que “no pertenece al partido gaullista”. Más allá de alguna opinión positiva suelta, Barnier siempre mantuvo sus distancias con el inquilino del Elíseo. Quizás por su desconfianza hacia alguien no gaullista. Casi siempre señalaba las bondades de las personas que rodearon a Macron, ya fuera Kohler o Philippe, pero pocas veces hace comentarios positivos del presidente, optando normalmente por un tono neutro.

Barnier siempre creyó en la posibilidad de una “reunión política” entre “gaullistas, liberales y centristas”. Algunos consideran que parte de su misión va a ser intentar construir ese espacio por el que ya apostó a finales del siglo XX. Otros creen que esa definición de un espacio de “reencuentro” o “reunión” del gaullismo hasta el centrismo era precisamente el macronismo. Él no está de acuerdo. En distintas ocasiones, especialmente en los últimos meses, ha llegado a ser abiertamente crítico con Macron. En primavera habló de “desgaste” y de que la disolución de la Asamblea Nacional representaba “el primer día de lo que queda de macronie”, algo así como 'el Régimen de Macron'. Ahora el exministro, exdiputado, excomisario y exnegociador europeo, el hombre que lo ha sido casi todo en la política francesa, tiene que escribir lo que él mismo predijo como la última página de la era Macron.

"Toda mi vida he tenido una cierta idea de Europa". En su último libro, sus diarios durante las negociaciones del Brexit con el Reino Unido, Michel Barnier, que acaba de ser nombrado primer ministro francés por el presidente Emmanuel Macron, no escondía sus coordenadas políticas. Gaullista desde que tenía 14 años, desde 1965, cuando Charles de Gaulle es reelegido presidente de la república por sufragio universal acercándose ya a su ocaso, las palabras elegidas por Barnier para abrir su libro tienen un espejo en las de su ídolo, que abre así el primer tomo de sus Memorias de Guerra (1940-1942): Toute ma vie, je me suis fait une certaine idée de la France.

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