La fiebre por las cumbres con África que nadie quiere perderse y solo China sabe hacer bien
Desde la pandemia, 12 países han organizado cumbres bilaterales con África buscando mejorar sus relaciones, un interés que sigue sin beneficiar al continente debido a la división
El presidente de China, Xi Jinping. (EFE/Alexander Nemenov/Pool)
La vuelta al trabajo en septiembre de Xi Jinping ha sido de todo menos tranquila. El presidente de China recibió este pasado lunes en audiencia a ocho de sus homólogos africanos, los presidentes de República Democrática del Congo, Sudáfrica, Yibuti, Seychelles, Eritrea, Comoras, Mali y Togo. El martes le tocaba el turno a Nigeria, Kenia y el presidente de la Comisión de la Unión Africana. Y aún le quedaban otros 43 jefes de Estado africanos este miércoles, día de comienzo oficial de la novena edición del Foro de Cooperación China-África (FOCAC). Este jueves, el presidente Xi Jinping prometió 50.000 millones de dólares en apoyo financiero al continente durante los próximos tres años.
A la cumbre han ido todos los presidentes africanos —a excepción del monarca de Esuatini, único país africano que sigue reconociendo a Taiwán—. La mitad de ellos vienen de Indonesia, donde se ha celebrado del 1 al 2 de septiembre el II Foro Indonesia-África. En junio estuvieron en otra cumbre en Corea del Sur y hace menos de un año en Arabia Saudí. La fiebre por las conferencias con África se ha desatado entre todo tipo de países tras el éxito de China en las últimas décadas.
En los últimos cuatro años se han organizado 13 cumbres africanas con países tan variopintos como Francia, Reino Unido, Japón, la propia España, Estados Unidos, India, Alemania, Turquía, Corea del Sur, Arabia Saudí... El renovado interés en el continente africano tras la pandemia ha multiplicado el cortejo a los líderes africanos en lujosos eventos donde cada uno ha buscado ganarse la confianza para asegurar tratos económicos preferenciales por sus recursos naturales por un lado, y el creciente voto africano (54) en decisiones tomadas en la ONU, por el otro.
Estas reuniones se han recibido con entusiasmo desde la mayor parte de un continente, abierto a nuevos actores geopolíticos y a diversificar sus socios ante la necesidad de inversiones, pero también hay voces discordantes que reniegan de su efectividad para un desarrollo real y consideran que llevan a un reparto de los recursos de África que refleja la época colonial.
China revoluciona el sentido de las cumbres bilaterales
A pesar del creciente interés, las cumbres bilaterales no son nuevas para el continente africano. La primera fue, por supuesto, Francia. Tras la mayoría de las independencias africanas, desde el Elíseo querían continuar sosteniendo la influencia geopolítica entre sus antiguas colonias de África Occidental. El objetivo era mantener un intercambio comercial favorable a los intereses de la exmetrópoli, algo que consiguieron gracias al control monetario con la moneda colonial, el franco CFA, en hasta 14 países.
Durante veinte años, solo Francia utilizó este modelo. Para el resto del mundo, África seguía siendo el continente pobre y sin mucho peso geopolítico. Pero en 1993 fue Japón quien estrenó la Conferencia Internacional de Tokio sobre el Desarrollo Africano, una cumbre similar, pero más destinada en canalizar la ayuda al desarrollo japonesa. Poco después, China buscó contrarrestar el poder de su vecino regional con su propio modelo mejorado, el Foro para la Cooperación entre China y África(FOCAC).
La primera edición fue en el año 2000 en Pekín y a raíz de ahí ha cambiado la relación económica de África con el mundo. Realizado cada tres años intercambiando sede entre China y un país africano, el FOCAC se ha convertido en el estandarte de las relaciones China-África, donde cada edición se marca una hoja de ruta con miles de millones prometidos en inversiones.
En 2009, China ya se convirtió en el principal socio comercial de África. Y en 2013 llegó realmente el golpe de efecto geopolítico chino: el gobierno de Xi Jinping lanzó la iniciativa Belt and Road (BRI), la Nueva Ruta de la Seda, y en ella África iba a tener un rol vital. El Ejecutivo chino comenzó a financiar megaproyectos de infraestructura como el tren de alta velocidad que conecta la capital de Kenia con el puerto de Mombasa en la costa; el puerto de Yibuti o la presa Bui en Ghana, entre muchos otros.
Desde el primer FOCAC en el año 2000, China ha concedido 1.306 préstamos por valor de 182.300 millones de dólares. Sin embargo, la dificultad para devolver ese dinero prestado de los países africanos, unido a la ralentización de la economía china, han llevado en los últimos años a otros países a intentar ocupar el espacio de Pekín. Y para ello, nada mejor para empezar que una cumbre.
Cada país tiene un estilo de cumbre según sus intereses y han mostrado querer competir por el pastel de las inversiones en África. Rusia, principal socio armamentístico, recibió en Sochi a presidentes africanos con Kaláshnikovs y réplicas de tanques, mientras que Estados Unidos les agasajó con un banquete en la Casa Blanca. Alemania y España han mantenido un perfil más bajo con reuniones empresariales, similar a Reino Unido, que canceló su foro de inversión previsto para abril de 2024 debido a las elecciones anticipadas. A ellos se suman Corea del Sur, interesada en que algunos países como Tanzania o Sudáfrica corten relaciones con Pyongyang, a quien en el pasado han enviado uranio, clave para la bomba nuclear; o Turquía y Arabia Saudí, que explotan a su favor la diplomacia religiosa con los países de mayoría musulmana.
Este creciente interés permite al continente africano diversificar sus socios y reducir la dependencia de China. En palabras del presidente de Malaui, Lazarus Chakwera: “Aunque está bien una comida china, un buffet libre es mejor”.
Sin embargo, el temor de estas cumbres es que África no sea quien decide qué coger en ese buffet, sino que sea parte del menú para aprovecharse del continente.
Una África sin una visión conjunta
En Pekín, Xi Jinping se ha reunido individualmente con cada país africano para hacer negocios. Aunque esté presente la Unión Africana, lo habitual es que los países africanos vayan por su cuenta en estas cumbres ante la falta de una política exterior común continental que aglutina los intereses de todos.
Esa división lleva a que los países africanos compitan entre sí en el mismo espacio y tiempo por los recursos que les ofrecen, algo que beneficia a los países de alrededor, ya que reduce su poder de negociación. No es lo mismo negociar con Gambia con un mercado de poco más de dos millones de habitantes que hacerlo con todo el continente, con más de 1.200 millones de personas.
La mayoría de acuerdos, incluidos aquellos de ayuda al desarrollo, están vinculados a inversiones de empresas extranjeras que después se llevan los beneficios fuera del continente y no generan valor añadido, extrayendo los recursos naturales africanos. Esta visión incide en que estas cumbres hacen a África parte del pastel en un reparto similar al colonialismo de sus recursos. A ello se une que estas cumbres África+1 entre un continente y un país refuerzan la creencia de que África es un país.
El presidente de Kenia, William Ruto, lo expuso al rechazar atender el Foro Económico y Humanitario Rusia-África en San Petersburgo en julio de 2023: "Hemos decidido que no es inteligente que 54 de nosotros vayamos a sentarnos delante de un señor de otro lugar. A veces nos maltratan, nos suben a los autobuses como niños de escuela. No está bien. Por eso, la decisión que hemos tomado con la Unión Africana es que, de ahora en adelante, si se va a producir un debate entre África y cualquier otro país, vamos a estar representados por el presidente (de la Comisión de la Unión Africana)".
Sus declaraciones parecían suponer un antes y un después, pero nada más lejos de la realidad. Más allá de una decisión comunitaria consensuada, quedaron en papel mojado cuando meses después el propio Ruto aceptó la invitación de Giorgia Meloni a la Cumbre Italia-África en Roma. El presidente keniano se retractó diciendo que la posición de la primera ministra italiana era “inspiradora”, ya que no era una cumbre paternalista y tenía una propuesta “pragmática”. Meloni presentó allí el plan Mattei para inversión en energía, que lleva el nombre del fundador de la petrolera Eni, quien fomenta el sistema extractivista del petróleo y gas africanos para su exportación a Italia en la época colonial.
La división africana lleva a que las cumbres sean inefectivas para su futuro. Mientras, simplemente serán eventos con mucha atención mediática, miles de millones prometidos y unas vacaciones lujosas para los líderes africanos que venden sus recursos para beneficio de terceros países.
La vuelta al trabajo en septiembre de Xi Jinping ha sido de todo menos tranquila. El presidente de China recibió este pasado lunes en audiencia a ocho de sus homólogos africanos, los presidentes de República Democrática del Congo, Sudáfrica, Yibuti, Seychelles, Eritrea, Comoras, Mali y Togo. El martes le tocaba el turno a Nigeria, Kenia y el presidente de la Comisión de la Unión Africana. Y aún le quedaban otros 43 jefes de Estado africanos este miércoles, día de comienzo oficial de la novena edición del Foro de Cooperación China-África (FOCAC). Este jueves, el presidente Xi Jinping prometió 50.000 millones de dólares en apoyo financiero al continente durante los próximos tres años.