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Bastión Biden: cómo su equipo de campaña lo mantiene 'a salvo'... de 16 a 10 horas
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Presidente y candidato con 81 años

Bastión Biden: cómo su equipo de campaña lo mantiene 'a salvo'... de 16 a 10 horas

La avanzada edad de Joe Biden ha provocado que su círculo más cercano haya intentado protegerle de los focos. Sin embargo, el debate presidencial contra Trump evidenció que hay cosas que no se pueden ocultar

Foto: El presidente de EEUU, Joe Biden, en la Casa Blanca este lunes. (Getty/Andrew Harnik)
El presidente de EEUU, Joe Biden, en la Casa Blanca este lunes. (Getty/Andrew Harnik)

Hace años que el aparente declive de Joe Biden está en la mente de cualquier persona con ojos en la cara. Es algo que sabían decenas de millones de votantes, como llevan reflejando una y otra vez las encuestas desde 2021. Es algo que sabíamos los periodistas, que hemos escrito centenares de artículos al respecto. Y es algo que también sabían quienes trabajan con Joe Biden, tanto en el Gobierno como en el Partido Demócrata. Pero son estos últimos quienes han intentado tapar la cuestión de la edad del presidente, limitando sus apariciones públicas y desdeñando la creciente inquietud, hasta que la situación explotó el jueves pasado.

Ahora la Casa Blanca y el partido están en modo control de daños. Citando a fuentes del Gobierno, Axios dice que en realidad Biden se muestra más enérgico y concentrado entre las 10 de la mañana y las cuatro de la tarde, una manera de resaltar el hecho de que el debate se celebró a las nueve de la noche y duró 90 minutos. Los ayudantes del presidente reconocen también que este tiene días buenos y días malos, en línea con lo que publicaba días antes The Wall Street Journal sobre que el estado de Biden fluctúa entre reuniones e, incluso, en la misma reunión.

El periodista Carl Bernstein, uno de los dos reporteros que dieron la exclusiva del Watergate, declaró este lunes que “fuentes muy cercanas” al presidente le han dicho que la actuación de Biden en el debate no fue la excepción, sino la regla. “Estamos claramente lidiando con dos personas en una, y eso realmente debe ser explorado”.

Por eso, la élite que protege a Biden se ha convertido en el objetivo de las recriminaciones y del pánico que se han adueñado del Partido Demócrata. ¿Por qué no se preparó mejor al candidato, sabiendo que todo el mundo iba a estar pendiente de su soltura física y mental? O mejor dicho: ¿por qué no se abrió, meses antes, la conversación sobre un posible relevo para 2024? La respuesta parece ser que Biden ha vivido los últimos años en un caparazón, despegado de la realidad, tanto por iniciativa de sus allegados como por su propio talante gruñón y orgulloso.

Foto: Joe Biden, en una visita a Francia para celebrar el aniversario de la Batalla del Desembarco de Normandía. (Reuters/Sarah Mayssonnier)

“Todos hemos permitido esta situación”, dijo al portal Politico un donante demócrata cercano a la Casa Blanca, en referencia a cómo todo el establishment se habría dejado llevar por la rutina del poder y de no contrariar al jefe. Otra fuente, un alto cargo de la Casa Blanca, dice que Biden tiene mal carácter y que nadie se atreve a decirle cosas desagradables, por ejemplo, durante los informes. “Es como, 'no puedes incluir eso, porque lo va a cabrear, o ‘incluye eso, a él le gusta”, dice el alto cargo. “Es un test de Rorschach, no un informe. Porque no es una persona agradable durante los informes. Es muy difícil, y la gente tiene miedo de él”.

En otras palabras, según estas y otras declaraciones publicadas estos días en los medios, nadie ha tenido las agallas de decirle a Biden algo mucho más ofensivo: que está demasiado viejo para este trabajo. La idea general en el círculo del presidente ha sido dar patadas hacia delante pensando que los votantes, a la hora de la verdad, votarían a Biden frente a un peligro nacional como Donald Trump. Esta campaña iría sobre Trump, no sobre Biden, que se limitaría a marcar un contraste moral con el magnate para ganarle de nuevo. Una estrategia que estos días está en cuestión.

Foto: Seguidores de Trump en Atlanta, Georgia, la semana pasada. (Getty/Octavio Jones) Opinión
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El relativo aislamiento de Biden se puede medir en números. Desde que asumió la presidencia en enero de 2021 hasta abril de 2023, Biden concedió, en total, 54 entrevistas en medios de comunicación, el menor número desde Ronald Reagan. En ese mismo periodo, Donald Trump concedió 202 y Barack Obama 275. Y ninguna de las entrevistas aceptadas por Joe Biden ha sido con uno de los grandes periódicos de referencia, como The New York Times, Los Angeles Times o The Washington Post.

Lo mismo se puede decir de las conferencias de prensa en solitario. En sus primeros dos años y medio de mandato, Joe Biden solo compareció 11 veces frente a los periodistas. A ese ritmo, al acabar su mandato, Biden habría dado la mitad de las 44 conferencias que dio Donald Trump y un tercio de las de Barack Obama.

Una estrategia alejada de las trincheras

Uno puede argumentar que Biden solo quiere, como prometió en su discurso de investidura, “bajar el volumen” de la conversación política. Es decir, apartarse un poco de la primera línea, dedicarse a gobernar sin meterse en los grandes charcos del debate público. Pero sus limitadas comparecencias van acompañadas de otras medidas que, juntas, parecen una estrategia para mimar su imagen y mantenerlo en el poder.

Foto: Debate presidencia de la CNN en Atlanta. (Reuters/Brian Snyder) Opinión
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El presidente, por ejemplo, empezó hace meses a calzar deportivas especiales, a subir al Air Force One por las escaleras de la bodega, que son menos, o a caminar hacia su helicóptero en una nube de asesores que camuflaran su andar anciano. Además, su campaña contrató jóvenes influencers y creó estrategias para hacer a Biden más dinámico y accesible, como el personaje de “Dark Brandon”, un intento de neutralizar un popular insulto republicano. Otros movimientos para protegerlo se han sucedido entre bastidores, en los pasillos de la burocracia demócrata.

En enero de 2023, pasadas las midterms del noviembre anterior y medio de puntillas, el Partido Demócrata celebró una convención en la que se cambiaron algunas reglas de las elecciones primarias. ¿La más importante? El calendario. A partir de entonces, el proceso de primarias no empezaría en Iowa y New Hampshire, como había sido la tradición, sino en Carolina del Sur. La razón oficial es que Iowa y New Hampshire son estados mayoritariamente rurales y blancos y que, por tanto, no reflejan la creciente diversidad del pueblo estadounidense y no deberían de tener un papel tan destacado. Pues las primeras citas son la primera criba de aspirantes.

Esta razón encaja, en principio, con la retórica y la identidad de los demócratas, un partido que se precia en representar y defender a las minorías. Pero había otra razón, una razón táctica, ya que, Carolina del Sur es “territorio Biden”. Un estado en el que el presidente tiene muchos y poderosos aliados y que fue el que salvó su maltrecha campaña de primarias en 2020 con una sonora victoria. Así que poner la primera cita de las primarias en Carolina del Sur cumplía dos propósitos. Por un lado, premiar al estado por rescatar a Biden y, por otro, intimidar y disuadir a los candidatos demócratas que pudieran surgir en 2024, garantizando que morderían el polvo en la primera ronda.

Foto: Momento del debate Biden-Trump en la CNN (Europa Press)

La otra medida que decidieron los demócratas fue la de no celebrar debates de las primarias, pese a que hubo otros cuatro candidatos que buscaban la nominación: el congresista de Minnesota, Dean Phillips; el inversor Jason Palmer; la autora de autoayuda Marianne Williamson y Robert F. Kennedy Jr., que luego pasó a ser independiente y que sigue en la carrera con una intención de voto del 8%.

Ninguno de estos candidatos tenía posibilidades reales de vencer a Biden, cuyo rol de presidente y cuyos contactos dentro del partido, cultivados durante más de 50 años, han cementado su poder. Si primeros espadas como los gobernadores Gavin Newsom, de California, y Gretchen Whitmer, de Michigan, no dieron el paso, quizás sea por pura cautela: desafiar a Biden equivaldría a granjearse la ira de la burocracia demócrata y quizás destruir sus posibilidades presidenciales de cara a 2028.

Esta maquinaria ha sido muy sensible frente a las cuestiones referentes a la edad. Cuando el informe del investigador especial Robert Hur, elegido por los republicanos para indagar en la posesión de documentos clasificados por parte de Biden, salió a la luz en febrero, la Casa Blanca se puso a la defensiva. El informe cuestionaba el estado cognitivo de Biden, a quien describía como un “anciano con mala memoria”. El documento fue descrito como una campaña política republicana encubierta.

Pero, de todas estas capas que rodean a Biden, la más gruesa y efectiva es la capa familiar. Varias informaciones indican que Biden siempre ha tomado sus grandes decisiones vitales asesorado por su mujer, Jill Biden; su hermana menor, Valerie Biden, y su amigo de toda la vida, Ted Kaufman, además de otros escasos allegados.

placeholder El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden. (EFE/EPA/Pool/Bonnie Cash)
El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden. (EFE/EPA/Pool/Bonnie Cash)

Como dice el artículo de Politico, “nadie ha hecho más para mantener al presidente aislado —y apartado de las conversaciones difíciles— que su mujer, la primera dama Jill Biden, y hermana, Valerie Biden Owens. La determinación del presidente de pasar los fines de semana en casa, en Wilmington, alejado de la mayoría de sus consejeros y de las formalidades de la Casa Blanca, pueden ser la más clara manifestación de la fuerte preferencia de Biden por la familiaridad y la privacidad”.

Ahora Jill Biden, que pareció hablarle a su marido como a un niño pequeño después del debate (“Joe, ¡has respondido a todas las preguntas!”), se ha convertido en una especie de villana, de “eminencia gris”. Ha sido calificada del “poder detrás del trono”, como si fuera Cersei Lannister, la maquiavélica reina de la serie Juego de Tronos, controlando los hilos del reino a través de un monarca débil y confundido. Su inoportuna aparición en la portada de Vogue, vestida de blanco y con un texto que habla de la seducción del poder y de la pompa, no le hizo ningún favor.

Desde la debacle del jueves, el círculo familiar de Biden, que estuvo con él el domingo en la residencia de Camp David, acusó a quienes le prepararon para el debate de haber hecho un mal trabajo. Denuncian que le recomendaron respuestas con demasiados datos, que no le instruyeron sobre cómo mirar a cámara, e incluso criticaron el maquillaje. La campaña de Biden mandó correos electrónicos recordando que los primeros debates suelen salirle mal al presidente de turno y que, en realidad, un debate no tiene impacto alguno en las elecciones.

Dentro del barullo hay voces que piden a la campaña que cambien al tono, que no nieguen lo evidente, que acepten el hecho de que Biden está mayor y que le inyecten a la causa un poco de energía: más mítines, más entrevistas, más comparecencias. Quedan cuatro meses para la campaña. Si Biden quiere seguir siendo el candidato, hay mucho terreno que recuperar.

Hace años que el aparente declive de Joe Biden está en la mente de cualquier persona con ojos en la cara. Es algo que sabían decenas de millones de votantes, como llevan reflejando una y otra vez las encuestas desde 2021. Es algo que sabíamos los periodistas, que hemos escrito centenares de artículos al respecto. Y es algo que también sabían quienes trabajan con Joe Biden, tanto en el Gobierno como en el Partido Demócrata. Pero son estos últimos quienes han intentado tapar la cuestión de la edad del presidente, limitando sus apariciones públicas y desdeñando la creciente inquietud, hasta que la situación explotó el jueves pasado.

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