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"EEUU quizá no va a sufrir una guerra civil como la española, pero el escenario es aterrador"
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"EEUU quizá no va a sufrir una guerra civil como la española, pero el escenario es aterrador"

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, politólogos de Harvard y autores de 'Cómo mueren las democracias', buscan respuestas a la deriva autoritaria de las democracias occidentales en su nuevo libro 'La Dictadura de las Minorías'

Foto: Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en la Universidad de Harvard. (Stephanie Mitchell/Harvard Staff Photographer)
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en la Universidad de Harvard. (Stephanie Mitchell/Harvard Staff Photographer)
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Este 13 de julio, un joven de unos 20 años disparaba contra el expresidente y candidato republicano Donald Trump. El intento de magnicidio se saldaba una herida en la oreja del mandatario y la imagen de Trump, con el puño en alto, siendo escoltado ensangrentado fuera del estrado donde estaba dando un mítin. Apenas un mes antes, El Confidencial entrevistaba a dos politólogos, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, sobre el clima polarización y violencia política. A la luz de los últimos acontecimientos, es interesante revisitar las palabras de los dos autores, casi clarividentes, en las que advertían que EEUU se encaminaba hacia un "período de violencia política de baja intensidad, con ataques terroristas, violencia política, violencia en las calles, intentos de asesinato".

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Mucho antes de que los seguidores de Donald Trump asaltaran el Capitolio, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt ya habían alertado a sus compatriotas en Cómo mueren las democracias de lo fácil que es pervertir el sistema político cuando los ciudadanos dejan de involucrarse. Lejos de perjudicarle políticamente, el magnate republicano lidera hoy, por poco, las encuestas de cara a los comicios de noviembre. Ni siquiera su histórica condena judicial por los pagos para comprar el silencio de una actriz porno, ni el resto de sus cuitas judiciales parecen hacer mella en las posibilidades del candidato de volver a la Casa Blanca por la puerta grande. ¿Cómo es esto posible? La clave está en el creciente poder de las minorías, cuentan Levitsky y Ziblatt en su nuevo libro La Dictadura de las Minorías, en el que estos politólogos de Harvard buscan respuestas a la deriva autoritaria de las democracias occidentales. Conversamos con ellos durante una hora en una videoconferencia a cuatro bandas.

PREGUNTA. Vuestro nuevo libro parte de la premisa de que el mayor peligro para las democracias en estos momentos es que se imponga una 'tiranía de las minorías'. Podemos empezar hablando de Estados Unidos, que es el caso que tratáis con más profundidad. ¿Quiénes son esas minorías a las que hacéis referencia?

Steven Levitsky. Cuando tienes una minoría gobernando sobre una mayoría, la democracia empieza a sufrir. Nuestro sistema político fue diseñado en el siglo XVIII, en una era predemocrática, donde el miedo predominante era la tiranía de las mayorías, que sigue siendo una amenaza. Así que el sistema fue diseñado para proteger a las minorías políticas. Lo nuevo, lo propio de nuestra época, es que desde principios del siglo XXI hay una minoría ostentando el poder. Nuestro sistema siempre ha favorecido a las áreas rurales y, hoy en día, el Partido Republicano se ha convertido en el partido político de las áreas rurales. Esto le otorga más influencia de la que realmente obtiene en las urnas. Esta desigualdad, esta asimetría del sistema político, está radicalizando al Partido Republicano y supone una amenaza para nuestra democracia en general.

"EEUU se mueve hacia una democracia multirracial y una minoría está dispuesta a renunciar a la democracia para evitarlo"

P. Decís que esta minoría trata de bloquear, entre otras cosas, la creación de una 'democracia multirracial', que ese es uno de los núcleos del levantamiento. ¿A qué se refieren?

S. L. Si lo vemos con perspectiva, en las democracias establecidas es muy raro que un partido político tradicional, de centroizquierda o de centroderecha, se radicalice hasta el punto de convertirse en un partido extremista antisistema. Hay muy pocas democracias establecidas donde los demócrata-cristianos, los socialdemócratas, los partidos conservadores o los partidos liberales se hayan alejado de la democracia. Pero eso es lo que le ha sucedido al Partido Republicano. Este es un partido que existió y compitió pacíficamente durante 150 años. Y, de repente, comienza a alejarse de la democracia. Eso no es algo que ocurra todos los días. No es el trabajo de un solo hombre. Hay diferentes factores que lo explican. Algunos tienen que ver con cambios en la economía, con la movilidad social, etcétera. Otros tiene que ver con las redes sociales. Pero lo que el libro trata de explicar es que el cambio más importante es que el país se mueve hacia una democracia multirracial. Primero, convirtiéndose en una sociedad mucho más diversa, en gran parte gracias a la inmigración. Segundo, convirtiéndose en una sociedad mucho más igualitaria. Hasta finales del siglo XX, los cristianos blancos estaban en la cima de todas las jerarquías políticas, económicas, sociales y culturales en Estados Unidos. Muy a finales del siglo XX se ha empezado a producir un asalto serio a estas jerarquías sociales y raciales. Y perder el estatus dominante es algo muy amenazante que está radicalizando a muchos votantes de Donald Trump. Muchos, aunque no todos, sienten que el país en el que crecieron les está siendo arrebatado. Esto es muy diferente a cuando te opones a una política fiscal o a una política sanitaria. Hay una sensación extendida de amenaza existencial. Nosotros argumentamos que esto es lo que está radicalizando al Partido Republicano desde las bases.

Foto: Imagen de la película 'Civil War'. (A24)

P. El Partido Republicano no puede volver a la era pre-Trump, eso es evidente. ¿Pero hay alguna posibilidad de que vuelva a la institucionalidad? Que siga defendiendo sus ideas rupturistas, pero aceptando las reglas del juego.

Daniel Ziblatt. Cada poco tiempo mucha gente se hace esta pregunta. Creen que, por fin, los republicanos comenzarán a actuar con normalidad. Pero eso no está sucediendo. La democracia requiere al menos dos partidos políticos comprometidos con las reglas democráticas del juego. Mientras el Partido Republicano ataque al sistema político, nuestro sistema será inestable. Ahora bien, hay que explicar con mucha claridad lo que queremos decir cuando hablamos de cumplir con la democracia. Lo más importante es aceptar la derrota electoral, lógicamente. También significa no utilizar ningún tipo de violencia para tratar de ganar o mantener el poder. Además, te tienes que distanciar de las fuerzas radicales extremistas que rompen esas dos primeras reglas. El Partido Republicano no está cumpliendo esas reglas. Es una acusación muy seria decir eso sobre un partido político. Lo que tiene que pasar es que el Partido Republicano aprenda que su actual estrategia le está llevando a perder mayorías y que tenga la necesidad de reinventarse, como hicieron en su día el Partido Demócrata o el Partido Laborista en Reino Unido. El problema es que nuestras instituciones políticas están configuradas de tal manera que puedes seguir ganando poder sin obtener la mayoría de los votos. Los republicanos solo han ganado el voto popular para la presidencia una vez desde 1988. Sin embargo, han gobernado la mitad del tiempo. Las instituciones deberían ser el contrapeso, pero no lo son. Por eso, para salvar al Partido Republicano y para salvar la democracia, hay que cambiar las instituciones.

"Lo que viene quizá se parezca más a la época de los 'troubles' en Irlanda del Norte que a la Guerra Civil española"

P. Las predicciones apocalípticas sobre el futuro de la democracia estadounidense están por todos lados. En el periódico, en el cine, en los ensayos... ¿Creéis realmente que puede morir la democracia americana o que incluso pueda estallar una guerra civil?

S. L. No soy un experto en guerras civiles. No sé si has visto 'Civil War'. El tipo de guerra civil que Estados Unidos sufrió a principios de la década de 1860, o incluso el tipo de guerra civil que España sufrió en los 30, creo que sigue siendo relativamente improbable. Sin embargo, pienso que es totalmente posible que entremos en un período de violencia política de baja intensidad, con ataques terroristas, violencia política, violencia en las calles, intentos de asesinato. Quizá se parezca más a la época de los troubles en Irlanda del Norte que a la Guerra Civil española. Es decir, la amenaza de una guerra civil a gran escala es relativamente baja. Aun así, es real el riesgo de vernos arrastrados a un escenario bastante aterrador.

Foto: Figuras de cera de Trump y Obama. (Reuters) Opinión

P. El libro explica cómo esta filosofía de ganar a toda costa, sea como sea, es la clave detrás de la erosión de la democracia estadounidense. ¿Cuándo se vuelve existencial el miedo a perder elecciones y por qué?

D. Z. El juego de la democracia no funciona si los jugadores no sienten que habrá múltiples rondas. Una de las cosas que ha socavado eso es que el Partido Republicano no ha logrado adaptarse a esa América diversa de la manera que Steve describió antes. No han conseguido ser competitivos en una democracia multirracial. Quizá eso cambie, pero actualmente es así. Aunque hay excepciones, el partido sigue siendo hasta la fecha un partido abrumadoramente blanco y cristiano en un país donde los cristianos blancos conforman una proporción decreciente de la población. Ganar solo el voto blanco y cristiano se está convirtiendo en una receta para perder elecciones. Así que se les ha puesto muy difícil.

P. Pero esto va más allá de perder una elección, ¿no?

D. Z. El otro factor primordial es sentir que todo tu modo de vida está bajo amenaza. Esto es evidente en el contexto del Tea Party. Los votantes sienten que esos cambios sociales, no solo demográficos, sino también otros cambios culturales, como los temas de género, hacen que la gente sienta que el modo de vida en el que crecieron está condenado a desaparecer. Y creo que esto no solo está pasando en Estados Unidos, ni es nuevo. Ha sucedido antes en la historia. Sucedió en el siglo XIX y a principios del siglo XX, cuando los partidos de los aristócratas que representaban a las élites terratenientes se enfrentaron a la industrialización y vieron que sus intereses económicos y políticos estaban siendo amenazados. Además, sentían que todo el orden social que los mantuvo en la cima se hacía pedazos. Algo parecido ocurrió cuando se extendieron los derechos de voto a los hombres afroamericanos en el sur de EEUU. Esto fue un gran shock para la élite blanca. El Partido Demócrata, que los representaba, temía no volver a ganar unas elecciones nunca más. De manera subyacente, el temor era que todo el orden racial fuese socavado. La gente siente que sus intereses económicos están amenazados, pero hay un sentido de amenaza mucho más profundo que es más importante de lo que queremos admitir.

Foto: El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, tras escuchar el veredicto popular que le declara culpable de 34 cargos. (Getty/Pool/Seth Wenig)

P. Habláis en el libro de la guerra civil española. Es un tema que sigue siendo polémico aquí. Me gustaría escuchar vuestra lectura de lo que ocurrió y por qué usáis el caso como ejemplo.

D. Z. Ambos bandos, izquierda y derecha, culpan al contrario de la guerra civil. La izquierda está convencida de que la derecha se radicalizó ante la emergencia de una nueva república. La derecha católica más dura nunca aceptó completamente ese nuevo régimen. Jugaron el juego democrático y participaron en la política, pero no estaban comprometidos. Así lo ve la izquierda y creo que hay cierta evidencia de que eso sucedió. La izquierda, por su parte, estaba comprensiblemente asustada de la derecha.

P. ¿Y cómo lo ve la derecha?

D. Z. Su perspectiva es que los republicanos estaban aliados con fuerzas mucho más a la izquierda, que se dedicaban a la violencia y a atacar iglesias. Así que ellos también estaban muy nerviosos ante esa amenaza.

P. ¿Y cuál es vuestra conclusión?

D. Z. En este tipo de entornos tan polarizados, es difícil culpar a un solo actor. Lo que se produce es una dinámica. Lo primero que tiene que pasar para que se produzca un colapso democrático es que ambos bandos consideren al otro como una amenaza existencial. Creo que ese fue el caso en España, pero también el de Alemania, por poner otro ejemplo. También creo que cuando la derecha es una derecha constitucional y acepta la democracia, entonces las democracias tienden a ser estables.

P. ¿Por qué vuelca más responsabilidad sobre la derecha?

D. Z. Porque sus fuerzas son las más poderosas históricamente. Y el poderoso establece las reglas del juego. Si la derecha acepta la democracia, esto tiende a moderar a la izquierda. Lo que pasó en los años 30 en Europa sugiere que suele ocurrir así. Pero no estoy diciendo que la izquierda no jugase también un papel. Me gustaría añadir que en nuestro libro también hablamos de otro caso español, la Transición, como un ejemplo positivo de que las élites pueden proteger la democracia. Usamos el intento de golpe de Estado de 1981 (Tejero) para mostrar a los estadounidenses cómo los partidos políticos de todo el espectro político pueden responder unidos y eficazmente a una amenaza a la democracia. Algo que, lamentablemente, los políticos estadounidenses aún no han hecho.

"La gente habla de comunismo en América Latina. ¡Pero ya no hay comunistas!"

P. Cada vez más, la política se basa en azuzar el miedo a niveles extremos. Todo lo que hace el rival se presenta como una amenaza para la democracia, lo que lo convierte en enemigo. Y da igual que el riesgo sea real o no, si la gente la percibe así. ¿Qué podemos hacer al respecto?

S. L. Efectivamente, hay una diferencia entre la amenaza objetiva y la percepción de amenaza. En América Latina, por ejemplo, las amenazas son limitadas en comparación con períodos anteriores. Creo que en España nadie está quemando iglesias. Creo que nadie está expropiando tierras o propiedades. Tampoco creo que la derecha esté coqueteando con Hitler en la España contemporánea, ni veo que Vox esté formando bases de jóvenes abiertamente fascistas. Pese a todas las diferencias que puedan existir, la amenaza real que suponen la derecha y la izquierda no se acerca ni de lejos a lo que llegó a pasar en el siglo XX. En América Latina pasa lo mismo. No hay movimientos guerrilleros tratando de convertir a toda América Latina en Cuba. Ninguno. Cero. Nadie está tomando las armas. Nadie está tratando de expropiar propiedades, fuera de excepciones como Venezuela. La gente habla de comunismo en América Latina y tuitea sobre comunismo en América Latina. ¡Pero no hay comunistas! Si lo comparas con los años 70, la situación es muy diferente. Si esto es cierto, ¿qué es lo que está llevando a la gente a pensar o a hablar de esta manera? Cada vez estoy más convencido de que las redes sociales están desempeñando un papel clave en todo esto, en provocar percepciones exageradas de las amenazas que plantean nuestros rivales, llevándonos a una escalada. La gran diferencia, creo, entre lo que pasa hoy y lo que pasaba en la Europa de los años 30 es que hay una gran brecha entre la amenaza percibida y la amenaza real. Y hay que entender mejor esta brecha antes de averiguar como frenar lo que está pasando.

P. En el libro hablan de demócratas leales y semileales. ¿Cuál es la diferencia entre estos dos grupos?

D. Z. Es importante distinguir entre políticos con los que, simplemente, no estamos de acuerdo y los políticos que suponen una amenaza para la democracia. Quisimos establecer algunos criterios y conceptos para que los ciudadanos puedan distinguir. Tomamos prestada la idea precisamente de un politólogo con raíces españolas, Juan Linz, de la Universidad de Yale. Los políticos leales a la democracia no se involucran en la violencia, aceptan los resultados electorales y, además, se distancian públicamente de las personas que se involucran en la violencia y que no aceptan los resultados electorales. El político semileal, por el contrario, es alguien que parece un político normal. Se viste con traje y trabaja en los edificios del Parlamento. Pero se delata cuando hay una amenaza autoritaria dentro de su partido, entre sus seguidores. Cuando se enfrentan a extremistas antidemocráticos de su ámbito ideológico. Los verdaderamente demócratas condenan y expulsan a estos radicales de su grupo. El semileal intenta justificarlo, explicarlo, minimizarlo. O simplemente no hace comentarios. Intenta protegerlos, acomodarlos, asegurarse de que no sean procesados por la ley. Los semileales, además, nunca pactan con personas del otro campo político. Prefieren trabajar con los extremistas de su campo que con las fuerzas democráticas del otro lado. La mayoría de estos políticos no están tratando de matar la democracia de manera consciente. Simplemente, se preocupan por medrar y no les importa el coste. Incluso si ese precio es la democracia.

Foto: Geert Wilders en una conferencia de líderes de extrema derecha. (EFE)
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P. Leyendo el libro me venían a la mente los famosos cordones sanitarios que se han utilizado en Europa en los últimos años. A veces pienso que son como ponerle una presa a un torrente y dejar que se acumule el agua. Corres el riesgo de provocar una avalancha y meterte en un lío más gordo.

S. L. El debate clave aquí es como evaluamos que la extrema derecha o la extrema izquierda europeas sean de verdad una amenaza para la democracia. Creo que en Estados Unidos, Trump y su facción han demostrado repetidas veces que son una amenaza para la democracia. Intentaron cambiar violentamente los resultados de las urnas. Para mí, eso es suficiente. Aquellos que trabajan con Trump en este momento tienen que ser considerados semileales. Pero creo que está mucho menos claro en Europa sobre si el partido de Giorgia Meloni o el de Marine Le Pen, o Vox, o incluso la AfD de Alemania son realmente una amenaza para la democracia. Y ahora voy a dejar hablar de una vez a Daniel porque yo he estudiado más el caso argentino que el caso europeo.

D. Z. A veces es difícil distinguirlos porque no todos los casos son tan evidentes como el de Donald Trump y sus seguidores. Hubo una reunión a finales del año pasado en Alemania entre algunos de estos partidos extremistas en la que se debatió la idea de hacer un plan de deportación masiva de ciudadanos que ya tenían la nacionalidad. Esto es claramente un ataque a la democracia que quita derechos a una parte de su ciudadanía. Pero esta medida no es comparable a decir que hay que limitar la cantidad de inmigrantes que llegan a un país. Cualquier liberal podría argumentar, si así lo piensa, que parar la inmigración es malo económicamente, incluso moralmente. Pero no tiene por qué ser antidemocrático hablar de reducir el número de inmigrantes que ingresan al país. Una cuestión muy diferente es cómo tratas a las personas que ya son ciudadanos de pleno derecho en el país. En el momento en que un partido político comienza a asumir una retórica que elimina derechos básicos a su ciudadanía por su origen étnico, esto es claramente un asalto a la democracia. El desafío en gran parte de Europa Occidental es que los partidos están difuminando sus mensajes más extremistas. Así que todo se reduce a una evaluación de riesgos.

"La historia nos dice que cuando cooperas con actores antidemocráticos, suele salir mal"

P. ¿En qué sentido?

D. Z. Uno podría pensar que colaborando con estos tipos puede llegar a integrarlos y normalizarlos. Pero es arriesgado. La historia nos dice que cuando cooperas con este tipo de actores, suele salir mal. Se agarran al poder y ya no lo sueltan, provocando un shock para el sistema político. La cuestión es valorar el riesgo de que esto suceda. De entrada, lo más sabio es esquivar el problema mientras puedas, formando mayorías con partidos políticos claramente democráticos en un entorno multipartidista. Eso es lo que se debería intentar primero. Pero es verdad lo que dices sobre el colapso del cordón sanitario. Con el tiempo, si continúas formando amplias coaliciones con los mismos actores principales una y otra vez, refuerzas su narrativa de outsiders, de que el sistema es corrupto, y los fortaleces. Como estrategia a largo plazo no es muy efectiva. Lo realmente importante es que los partidos de mentalidad democrática intenten descubrir cómo ganar más votantes. De eso se trata la política democrática. La opción de formar una gran coalición, aunque quizá inflame aún más a estos tipos en el futuro, los mantiene hoy fuera del poder. Yo optaría por esa opción en la esperanza de que, haciendo cosas efectivas para atraer votantes, las cosas cambien a mejor.

P. Uno de los efectos más perniciosos del gobierno de la minoría, argumenta el libro, es que puede bloquear políticas que respalda una clara mayoría. Esto a su vez genera una creciente frustración ciudadana con una democracia incapaz de cumplir su promesa más básica. Pienso en ejemplos como el control de armas y la sanidad universal en EEUU, pero sucede también en otros países.

S. L. Si la comparamos con muchas democracias europeas, e incluso con muchas democracias latinoamericanas, la democracia de EEUU no es particularmente democrática. Hay mucha confusión y debate sobre los derechos de las minorías. Hay unos derechos básicos, libertades individuales, como la libertad de expresión, asociación, asamblea, el derecho al voto, que no pueden ser quitados por la mayoría legislativa o electoral. Por eso las libertades civiles son un derecho esencial de las minorías. También diría que esas minorías tienen derecho a no permitir que la mayoría cambie radicalmente las reglas del juego político, como ocurrió en Venezuela o Hungría. La oposición, el partido perdedor, tiene derecho a un campo de juego nivelado y no permitir que el partido en el poder incline el campo de juego. Pero hay algunos privilegios de las minorías políticas que no llamaría derechos. No creo que en una democracia haya derecho a que un partido minoritario frustre de manera permanente y sistemática la voluntad de las mayorías legislativas. Dos veces en el siglo XXI, el partido que obtuvo menos votos en la elección presidencial ganó la presidencia de los Estados Unidos.

P. ¿Por la ley electoral?

S. L. Eso no es un derecho democrático, es una atrocidad democrática. Las encuestas han mostrado durante décadas que una gran mayoría de los estadounidenses apoyan diversos grados de control de armas. Y, sin embargo, las reglas de la supermayoría en el Senado lo están bloqueando. Mayorías muy sólidas de estadounidenses apoyan el derecho al aborto, pero unas legislaturas estatales manipuladas y la Corte Suprema, es decir, unas minorías, están bloqueando esos derechos. A medida que América se vuelve cada vez más desigual, también se ha vuelto mayoritario el apoyo a elevar el salario mínimo y otros esfuerzos para redistribuir la riqueza. Pero de nuevo, las minorías en el Senado han bloqueado legislación para aumentar impuestos o el salario mínimo. Los estadounidenses, especialmente los más jóvenes que han crecido durante este período de pronunciado dominio de las minorías, están cada vez más descontentos. Sienten que sus votos y sus opiniones están siendo sistemáticamente frustradas por nuestras instituciones políticas. Y, como resultado, la satisfacción con la democracia en Estados Unidos ha disminuido considerablemente desde el año 2000.

Foto: Oriol Junqueras y Gabriel Rufián, este jueves, en el Congreso. (EFE/JJ Guillen)

P. En España, el debate de las minorías es más en clave nacionalista. Unos creen que los partidos nacionalistas han secuestrado la agenda nacional con sus prioridades y otros argumentan que cualquier gobierno español que quiera ser representativo de la nación en su conjunto debe incluir a esas minorías. Entonces, ¿dónde está el límite entre gobernar con minorías y ser gobernado por las minorías?

D. Z. Claramente, los derechos de la mayoría y los derechos de las minorías deben ser respetados. Es un acto de equilibrio en una democracia con dos pilares fundamentales: la voluntad popular de la mayoría y la protección de los derechos individuales y de las minorías. Una mayoría no significa simplemente que el partido con más votos pueda hacer lo que le venga en gana. Una mayoría tiene que construirse a partir de una coalición en un entorno multipartidista, formada por facciones más pequeñas que exigen que se dé prioridad a ciertos temas por su respaldo. Me parece que eso es legítimo. Creo que lo complicado de este equilibrio en el contexto de España es que los intereses minoritarios o los grupos nacionalistas que forman de la coalición son percibidos por la mayoría como una amenaza para el estado-nación. Si el socio parlamentario del Partido Socialista fuera un partido minoritario que exigiera mejores carreteras, eso no sería considerado una amenaza. Entonces, la pregunta en el contexto español no es sobre los derechos de la mayoría y los de las minorías. La pregunta es hasta qué punto las demandas de los grupos nacionalistas catalanes son una amenaza para la democracia y una amenaza para el estado-nación. Y esta es una pregunta mucho más complicada y está más allá de lo que yo pueda decir aquí.

"Jefferson pensaba que la Constitución debería ser desechada automáticamente después de una generación"

P. Hay un capítulo en el que explicáis cómo una constitución puede ser manipulada para fracturar la democracia, si estás dispuesto a hacerlo. ¿Cuáles son las formas más comunes de hacerlo?

S. L. Las constituciones y las leyes son vitales, por eso la forma en que las diseñamos importa. Pero en un contexto de polarización extrema o en manos de fuerzas autoritarias, es bastante fácil reinterpretar, manipular y distorsionar las reglas fundamentales de una manera que se considere legal o constitucional. Lo que se llama hardball constitucional. Creo que una de las formas más comunes y fáciles de manipular las reglas es sobreutilizarlas. Hay instituciones en cualquier democracia que deben emplearse con moderación y cautela. Por ejemplo, las cláusulas constitucionales que permiten al gobierno declarar un estado de emergencia o estado de excepción. Puede haber una catástrofe natural o una guerra en la que necesitas poderes especiales para gestionar. Pero hay momentos en que los líderes autoritarios declaran un estado de emergencia porque quieren extender su mandato o arrestar a sus oponentes. La India de Indira Gandhi es un ejemplo de eso. Piensa en España a principios de los años 30. La Constitución, las reglas que diseñes, no van a ser suficientes para salvarte. Tienes que resolver la polarización subyacente si vas a salvar la democracia. No podemos depender únicamente de las reglas.

P. En España estos días todos hablan de lawfare, gobierno y oposición. Precisamente hoy —por el jueves—, el Parlamento ha aprobado la amnistía para los separatistas catalanes, que el presidente necesita para su mayoría parlamentaria. Unos dicen que es una afrenta a la Constitución, otros que es parte del juego político.

D. Z. Primero, hay que decir que la política es dura. En EEUU se dice mucho que la política no es un juego de niños. No es fácil. La gente va a luchar duro por el poder. Van a empujar tan fuerte como puedan y esperan ser empujados por el oponente. Uno de los puntos en nuestro primer libro fue señalar la importancia de ciertas normas clave de autocontrol para mantener la estabilidad. Hay que tener una forma de analizar hasta qué punto estas maniobras de hardball son una amenaza para la democracia. En cualquier caso, deslegitimar y politizar las instituciones es un problema. Y otro problema es cuando el hardball se utiliza para hacer las reglas del juego tan injustas que el tipo que está en el poder no pueda perder, como en el caso de Viktor Orban en Hungría, donde se manipularon los distritos electorales con una redistribución perfectamente legal que hace que le sea cada vez más difícil perder el poder. Estas reglas siempre son una amenaza si politizan.

Foto: Entrevista a Michael Ignatieff. (Alejandro Martínez Vélez)

P. ¿Y cuál es el riesgo?

D.Z. Cada sistema constitucional tiene sus vulnerabilidades. Un problema en los sistemas parlamentarios, particularmente aquellos con umbrales relativamente bajos para obtener representación, como en Israel, es que estos partidos pequeños pueden mantener a las coaliciones como rehenes. Una forma diferente de gobierno de minorías, como hemos comentado. Esto lleva a comportamientos que no solo pueden ser constitucionalmente terribles, sino que realmente pueden deslegitimar todo el sistema, porque la mayoría de los votantes sienten que este pequeño partido extremo o radical está ejerciendo un poder desproporcionado.

P. También habláis de cómo las constituciones más viejas empiezan a ser un problema, como en EEUU. La Constitución española es mucho más moderna, pero también cada año hay debate sobre la necesidad de reformarla. Para algunos es necesario, otros creen que la Constitución es sagrada y no puedes tocarla.

S. L. Estados Unidos tiene la constitución escrita más antigua del mundo. La segunda, poco después, fue la de Noruega. Hoy en día, Noruega es uno de los países más democráticos del mundo, no porque abandonó su Constitución, sino porque la actualizó y mejoró con el tiempo. De hecho, lo mejor de la Constitución de Estados Unidos es que también ha sido actualizada. Hay muchas cosas que los americanos aman de su Constitución que no son las originales, que se agregaron mucho más tarde, como por ejemplo el derecho de las mujeres a votar o la elección directa de los senadores. Thomas Jefferson pensaba que la Constitución debería ser desechada automáticamente después de una generación. Eso quizás es demasiado extremo. Las constituciones deben ser difíciles de cambiar, pero no tan difíciles como para que no puedan ser actualizadas. Y creo que el problema en Estados Unidos es que la Constitución es la más vieja del mundo y la más difícil del mundo de cambiar.

P. En la era de las redes sociales, los medios de comunicación parece que somos cada vez menos relevantes para los políticos. A veces tenerlos en contra puede ser incluso una ventaja y algunos políticos los identifican como el enemigo. ¿Cuál es el rol de los medios en este proceso de erosión de la democracia?

D.Z. En muchos casos, las amenazas a la democracia provienen de outsiders. Son políticos que no tienen una larga carrera en la política o que intentan aparentar que no la tienen. Estos se basan en el resentimiento de los votantes hacia el sistema político, que no solo consiste en esos políticos que han estado en el poder durante tanto tiempo, sino en las instituciones del sistema, como las universidades o los medios. Los outsiders los convierten en su objetivo como una forma de movilizar apoyo. Si hay una sensación de que el sistema político no está cumpliendo con las expectativas de la gente o una insatisfacción con el statu quo, los medios de comunicación se convierten en el objetivo tanto como los políticos. Es una estrategia política útil para tratar de ganar poder. El peligro es que una vez en el poder, como vimos en Hungría, Venezuela o Turquía, estos ataques a los medios pueden convertirse en una especie de estrategia para consolidar el poder. Intentas limitar la libertad de prensa o manipular a los medios haciendo que tus amigos compren grandes compañías mediáticas para obtener cobertura positiva una vez que estás en el poder. Entonces hay dos historias diferentes aquí. Una es cómo los outsiders ganan poder atacando a los medios. Y luego, como una vez que están en el poder, utilizan a esos medios para protegerse y atacar a sus oponentes. La sensación es que todas las grandes y antiguas instituciones del sistema político de posguerra están bajo asalto.

Este 13 de julio, un joven de unos 20 años disparaba contra el expresidente y candidato republicano Donald Trump. El intento de magnicidio se saldaba una herida en la oreja del mandatario y la imagen de Trump, con el puño en alto, siendo escoltado ensangrentado fuera del estrado donde estaba dando un mítin. Apenas un mes antes, El Confidencial entrevistaba a dos politólogos, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, sobre el clima polarización y violencia política. A la luz de los últimos acontecimientos, es interesante revisitar las palabras de los dos autores, casi clarividentes, en las que advertían que EEUU se encaminaba hacia un "período de violencia política de baja intensidad, con ataques terroristas, violencia política, violencia en las calles, intentos de asesinato".

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