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Camioneros en armas y bronca conyugal de Bolsonaro: la difícil transición de Lula hasta el 1 de enero
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Camioneros en armas y bronca conyugal de Bolsonaro: la difícil transición de Lula hasta el 1 de enero

Ahora empieza en Brasil la ardua fase de transición, y todo apunta a que será un relevo difícil. El equipo de Lula teme que haya falta de transparencia con el equipo de Bolsonaro

Foto: Protesta de los simpatizantes de Bolsonaro tras la victoria de Lula en Brasil. (Reuters/Diego Vara)
Protesta de los simpatizantes de Bolsonaro tras la victoria de Lula en Brasil. (Reuters/Diego Vara)

"Es el mejor día de mi vida. Estoy muy feliz. Yo estudié un en colegio público e hice la universidad con una beca creada por Lula. Si hoy soy publicitaria, es gracias a él”. Natália Moraes tiene 27 años, lleva un bikini rojo, y el cuerpo y el rostro lleno de pegatinas con la foto del recién elegido Luiz Inácio Lula da Silva. Es domingo por la noche y en la plaza de Cinelândia, sede de la Cámara Municipal de Río de Janeiro y reducto de la izquierda, millares de personas vestidas de rojo celebran el fin de la era Bolsonaro al ritmo del funk de las favelas cariocas.

“¡Es un día histórico! Hoy voy a perrear hasta caerme redondo”, anuncia un chico vestido con un minicalzoncillo rojo y una toalla con la cara de Lula que usa como una capa, antes de volver a practicar un twerking radical, incompatible con la salud de cualquier rodilla. La alegría se palpa en el aire. Muchas personas lloran abrazadas, ríen a carcajada limpia, o se embriagan y se besan apasionadamente. El clima es festivo, casi carnavalesco, a pesar de la apretada victoria de Lula.

Foto:  Lula da Silva, tras ganar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil. (Reuters//Carla Carniel)

A más de 400 kilómetros de distancia, decenas de millares de personas también vestidas de rojo acompañan el convoy del recién elegido presidente Lula en la icónica Avenida Paulista. El ambiente es de celebración y éxtasis. “Me gustaría decirles que esta no es mi victoria, no es solo la victoria del Partido de los Trabajadores (PT). Esta fue una victoria para todas las mujeres y los hombres que aman la democracia, que quieren la libertad, que quieren un país más justo”, arranca Lula, que, a pesar del ajustado resultado (50,90%), es el presidente más votado en la joven democracia brasileña y también el único que va a empezar un tercer mandato.

“Voy a gobernar para todos sin distinción, sin mirar si son ricos o pobres, sin mirar si son de izquierda o de derecha. Pero la gente tiene que saber que, aunque voy a gobernar para todos, los más necesitados recibirán la política más influyente de mi Gobierno”, prometió el fundador del PT al lado de su esposa Janja y rodeado de la plana mayor de su partido y de sus aliados.

Mientras tanto, decenas de camioneros comenzaban a preparar una protesta masiva contra el líder de la izquierda. Los seguidores de Lula ni siquiera se habían recuperado de la resaca del fiestón cuando el país amanecía con las principales carreteras nacionales cortadas. A última hora del lunes, los camioneros ocupaban al menos 300 puntos en 21 Estados federados. Algunos incluso quemaban neumáticos, mientras que la Esplanada de los Ministerios, el centro político de Brasilia que en 2021 fue escena de violentas manifestaciones, se blindaba para evitar disturbios con la entrada de vehículos pesados. El presidente del Tribunal Superior Electoral (TSE) de Brasil, Alexandre de Moraes, ordenó el "despeje inmediato de las carreteras" ante los bloqueos en protesta por el resultado electoral y multó al responsable de la Policía Federal de Carreteras (PRF) con 100.00 reales (unos 19,5 euros) por cada hora que persistieran los cortes. El martes, grupos de camioneros seguían bloqueando varias carreteras en el país con un pedido: "Intervención militar ya".

Foto: El expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. (EFE/Sebastiao Moreira) Opinión

La Fiscalía General del Estado llegó a cuestionar la actuación de la Policía Federal de Carreteras, ante la sospecha de que se estaría haciendo la vista gorda. El recelo no es baladí. El día de las elecciones, este mismo brazo de la policía realizó más de 560 operaciones de fiscalización del transporte gratuito de electores, contradiciendo una prohibición del Tribunal Superior Electoral (TSE). Se trató de la enésima provocación de Bolsonaro a las instituciones.

Para entender el fondo de la polémica, hay que tener en cuenta las circunstancias de un país como Brasil, que ostenta una de las mayores desigualdades del mundo. El día de las elecciones, cerca de 300 ciudades en Brasil ofrecieron transporte gratuito para que unos 95 millones de habitantes pudiesen acudir a votar. Era un intento de contener la abstención, que en la primera vuelta alcanzó el 21%; es decir, 32 millones de votantes. También se pretendía apoyar a las clases más necesitadas, para las que el precio de un billete del autobús supone un trastorno en la ajustada economía familiar.

placeholder El presidente de Argentina, Alberto Fernández, se reúne con el presidente electo de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en São Paulo (Brasil) tras conocer su victoria. (EFE/Fernando Bizerra)
El presidente de Argentina, Alberto Fernández, se reúne con el presidente electo de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en São Paulo (Brasil) tras conocer su victoria. (EFE/Fernando Bizerra)

El presidente del Tribunal Superior Electoral, Alexandre de Moraes, había ordenado la suspensión de cualquier operación en las carreteras nacionales para agilizar el proceso de votación. Hay que recordar que, antes de la primera vuelta, Bolsonaro había presentado al TSE una petición para impedir el transporte gratuito, ya que es sabido que las clases más bajas votan a Lula, sobre todo en los estados más pobres del noroeste. La máxima instancia de la Justicia electoral rechazó esta petición del equipo de campaña de Bolsonaro y, posteriormente, la Corte Suprema autorizó a los municipios a poner a disposición del pueblo autobuses gratuitos. De allí la gravedad de la actuación de la Policía Federal de Carreteras el día de las elecciones.

En este escenario de tensión institucional, todo el país esperaba la declaración de Jair Bolsonaro, el único presidente brasileño que, a pesar de sus más de 58 millones de votos, no ha conseguido la reelección desde 1997, cuando esta posibilidad fue incluida en la Constitución. Lo mínimo para un mandatario civilizado hubiese sido reconocer su derrota y felicitar al adversario. Sin embargo, el presidente en funciones resolvió esconderse, generando dudas sobre su posible intención de contestar el resultado electoral. Finalmente, el presidente brasileño apareció 45 horas después de confirmados los resultados, pero lo hizo sin aludir a la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva, y asegurando que "seguirá siendo fiel a la Constitución".

Los rumores de una posible invasión de Brasilia por parte de los camioneros, un “el Capitolio al estilo de Bolsonaro”, se multiplicaban mientras que, en los bastidores, colaboradores del mandatario brasileño negaban tajantemente esta posibilidad. Horas después, el senador Flávio Bolsonaro, primogénito del presidente, publicaba en Twitter este mensaje: “¡Gracias a todos los que nos ayudaron a rescatar el patriotismo, que rezaron, salieron a las calles, sudaron por el país que está trabajando y le dieron a Bolsonaro el mejor resultado electoral de su vida! ¡Vamos a levantar la cabeza sin renunciar a nuestro Brasil! ¡Dios en el comando!”.

En un ambiente enrarecido, en el que crecían las especulaciones sobre una posible crisis conyugal entre Bolsonaro y su esposa Michelle, motivada por el dislike mutuo en Instagram, algunos columnistas insinuaron que el entorno del presidente le estaría culpando por su derrota. Su error: seguir el ala ideológica de su equipo sin abrazar la recomendada actuación moderada. Algunos episodios, además, dinamitaron su candidatura en la recta final de la campaña. Primero la agresión del congresista Roberto Jefferson, aliado y amigo personal de Bolsonaro, quien disparó tiros de fusil y lanzo granadas contra la policía que le iba a arrestar por violar la prisión domiciliaria y usar las redes sociales para atacar a una jueza de la Corte Suprema.

Pocos días después, la diputada bolsonarista Carla Zambelli amenazó a un hombre con su arma en un barrio noble de S. Paulo. El vídeo corrió como la pólvora en las redes sociales. Zambelli alegó que había sido amenazada por unos militantes del Partido de los Trabajadores, pero su actuación es especialmente grave porque el Tribunal Superior Electoral había prohibido el transporte de armas en vísperas de las elecciones, precisamente para evitar incidentes.

El silencio ensordecedor de Bolsonaro contrastaba con la cordialidad de los líderes internacionales. Pocas horas después de la victoria, los principales mandatarios mundiales ya habían felicitado a Lula. En menos de 24 horas, el futuro presidente de Brasil mantuvo conversaciones con Biden, Macron y Pedro Sánchez, entre otros, además de un encuentro personal con el argentino Alberto Fernández, mostrando su deseo de volver a colocar a Brasil en el escenario internacional, tras cuatro años de aislamiento.

Internamente, tanto el presidente del Senado como el de la Cámara de Diputados se apresuraron a reconocer el resultado electoral. El líder de la Cámara Alta, Rodrigo Pacheco, comunicó a Lula que “encontrará en el Senado toda la colaboración, con el debido diálogo democrático, para solucionar los problemas reales y urgentes que enfrentan los brasileños”. Al mismo tiempo, Lula recibió señales de acercamiento del Centrão, un grupo heterogéneo de partidos que, desde el fin de la dictadura militar en 1985, ha funcionado como bisagra, apoyando a todos los gobiernos.

Foto: Jair Bolsonaro después de conocer los resultados de la primera de las elecciones de este domingo. Ueslei Marcelino / REUTERS

Antes de llegar al poder, Bolsonaro prometió que lucharía contra la práctica de conceder fondos públicos a estos partidos a cambio de apoyo en el Congreso. Sin embargo, acabó convirtiéndose en el mandatario que entregó más dinero a este grupo parlamentario. Como era de esperar, el Centrão no esperó ni 24 horas para comenzar su migración hacia el nuevo Ejecutivo con el fin de garantizar su supervivencia. Varios columnistas brasileños insinuaron que Bolsonaro está aislado.

Una transición que será difícil

Ahora empieza en Brasil la difícil fase de transición, en la que el Gobierno que sale tendrá que facilitar información sobre la situación de las cuentas públicas, los programas y proyectos del Gobierno federal, así como del funcionamiento de los diferentes órganos. Es un proceso fundamental para que el nuevo Ejecutivo pueda trazar una política económica realista.

Todo apunta a que será un relevo difícil. El equipo de Lula teme que haya falta de transparencia sobre todo en todo lo que se refiere a los presupuestos. Tampoco ayuda la promesa de Lula de levantar el secreto de 100 años establecido por Bolsonaro sobre diferentes asuntos de su gestión. Se prevé una cohabitación, cuando menos, complicada con el Congreso y el Senado, ambos dominados por los partidos de derecha. Lula tendrá que hacer gala de sus mejores dotes de negociador para conseguir una mayoría en el Parlamento. Por lo pronto, ha prometido que conversará con todos los gobernadores, independientemente de su color político.

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Foto: Reuters/Ueslei Marcelino.

Mientras los medios de comunicación hacen sus apuestas en la lotería de los nombramientos ministeriales, Lula ha sido invitado por el gobernador del Estado amazónico de Pará, Helder Barbalho, a encabezar la comitiva brasileña de la COP27, la cumbre del clima de la ONU que se celebrará en noviembre en Egipto. Lula finalmente ha aceptado, por lo que sería su primer viaje internacional en su nuevo cargo.

Además de la salvaguarda de la Amazonía, entre sus prioridades más inmediatas están combatir el hambre, que afecta a más de 33 millones de brasileños; aumentar el salario mínimo, y crear un ministerio para los pueblos indígenas. Sus electores esperan de él que recupere el Ministerio de Cultura, extinguido por Bolsonaro en una especie de cruzada cultural; que reflote el maltrecho Ministerio de Educación, ocupado por pastores y conservadores en los últimos cuatro años, y que reflote la economía brasileña, afectada por la pandemia y la inflación.

A sus 77 años recién cumplidos, el recién elegido presidente tiene un arduo trabajo por delante. “Casi me entierran vivo en este país. Considero que el momento que estoy viviendo es casi una resurrección. Me recuperé. Ellos pensaban que me habían matado, que habían acabado con mi vida política, me destrozaron contando mentiras sobre mí y, gracias a Dios, ¡estoy aquí firme y fuerte, enamorado de nuevo, enamorado de mi mujer!”, recordó Lula en su discurso tras la proclamación de su victoria.

"Es el mejor día de mi vida. Estoy muy feliz. Yo estudié un en colegio público e hice la universidad con una beca creada por Lula. Si hoy soy publicitaria, es gracias a él”. Natália Moraes tiene 27 años, lleva un bikini rojo, y el cuerpo y el rostro lleno de pegatinas con la foto del recién elegido Luiz Inácio Lula da Silva. Es domingo por la noche y en la plaza de Cinelândia, sede de la Cámara Municipal de Río de Janeiro y reducto de la izquierda, millares de personas vestidas de rojo celebran el fin de la era Bolsonaro al ritmo del funk de las favelas cariocas.

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