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Polarizado y dividido: Brasil es más bolsonarista de lo que muchos pensaban
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La victoria de Lula ya no está tan clara

Polarizado y dividido: Brasil es más bolsonarista de lo que muchos pensaban

Los brasileños volverán a las urnas para votar por el presidente del país después de los buenos resultados de Jair Bolsonaro que los sondeos no supieron prever

Foto: Jair Bolsonaro después de conocer los resultados de la primera de las elecciones de este domingo. Ueslei Marcelino / REUTERS
Jair Bolsonaro después de conocer los resultados de la primera de las elecciones de este domingo. Ueslei Marcelino / REUTERS

Al final no pudo ser, por lo menos no en la primera vuelta. Pasada la resaca electoral, el 48,43% de la población de Brasil que el 2 de octubre votó por el cambio hacia la izquierda, encarnado por Luiz Inácio Lula da Silva, tiene ahora el reto de intentar entender lo qué ha pasado. El 43,20% de los electores depositó su confianza en el presidente Jair Bolsonaro, un 7% más de lo que vaticinaban los sondeos publicados en las últimas semanas.

¿Cómo han podido equivocarse tan clamorosamente los institutos de pesquisa más reconocidos de Brasil, que llegaron a atribuir a Lula hasta un 51% de intención de voto? Bolsonaro y sus seguidores repitieron durante toda la campaña hasta la extenuación que las encuestas eran engañosas, citando como prueba el 'datapueblo', es decir, las decenas de millares de personas que acudían a sus actos.

Foto: El expresidente y candidato a la presidencia, Luiz Inácio Lula da Silva, en un mitin en Curitiba, Brasil. (Reuters/Ueslei Marcelino)

El 7 de septiembre, día del bicentenario de la Independencia de Brasil, fue una gran demostración de fuerza que expertos y personas de izquierda no supieron o no quisieron ver. Nunca la playa de Copacabana, en Río de Janeiro, había estado tan llena de bolsonaristas ataviados con banderas y camisetas verdes y amarillas. "Bolsonaro es el enviado de Dios para salvar este país", dijo una señora de 84 años que había viajado desde Curitiba para acompañar de cerca a su "mito". "Es el mejor presidente de la historia de Brasil", aseguraban muchos simpatizantes blancos y también algunos negros.

¿Cómo es posible que los analistas políticos más prestigiosos del país no hayan captado esta realidad? "Nos ha quedado muy claro que la mayor parte de los errores provenía de los resultados regionales, completamente absurdos y, por alguna razón, algunos medios no querían verlo", explica Murilo Hidalgo, director del Instituto Paraná Pesquisas en un programa de radio. Sus analistas habían previsto un empate técnico en varios sondeos.

Lo cierto es que todas las encuestas se han basado en un censo obsoleto que se remonta a 2010. Desde entonces, el país ha cambiado profundamente y también ha crecido el número de votantes, que ha alcanzado la cifra récord de 156,4 millones. Además, las muestras de entrevistados casi nunca pasaron de los 2.500, algo insignificante en un país de 212,7 millones de habitantes. Si a esto se añade la complejidad de un país como Brasil, que tiene las dimensiones de un continente, es fácil entender que no es lo mismo preguntar a un habitante de una urbe afectada por la precariedad del sistema sanitario público o a un pequeño granjero del interior del estado de Mato Grosso, directamente beneficiado por las políticas agrarias del Ejecutivo.

La autora de este reportaje acompaña los actos de Bolsonaro desde el lanzamiento de su candidatura, en julio de 2018, y ha podido constatar cómo ha cambiado la composición sociológica de sus secuaces a lo largo de los últimos cuatro años. A los radicales histriónicos que llegan a tatuarse el rostro de Bolsonaro en la pantorrilla se han ido sumando cada vez más padres de familia moderados, que se sienten identificados por el discurso conservador del mandatario contra el aborto, la legalización de las drogas y la llamada "ideología de género". "Bolsonaro es un presidente honesto que ha erradicado la corrupción de nuestro país. No podemos volver a ser gobernados por un expreso que hundió la principal empresa petrolera del país. No queremos ser como Venezuela, Cuba y Nicaragua", afirmó una electora de Bolsonaro que acudió a votar vestida de verde y amarillo.

Confianza ciega, a pesar de todo

No importa la cantidad de reportajes que denuncian las supuestas tramas de corrupción del clan Bolsonaro, como la compra en efectivo de 51 inmuebles o las propinas exigidas por aliados del presidente para la compra de las vacunas contra el covid. "No han encontrado nada contra mí porque no hay nada que encontrar", repite Bolsonaro en todas sus intervenciones públicas, sin explicar por qué ha colocado el secreto de 100 años sobre muchos asuntos familiares y de su Gobierno. Sus seguidores aceptan la narrativa de su líder y creen a pie juntillas las noticias que llegan en sus grupos de WhatsApp sobre obras públicas y recuperación económica.

"Tenemos una de las gasolinas más baratas del mundo", aseguró Bolsonaro desde una gasolinera inglesa poco antes de acudir al entierro de la reina Isabel II, algo que repitió en el último debate en la TV Globo. La reducción de los impuestos sobre combustibles fue una de sus principales medidas en plena campaña electoral para intentar contener la inflación. Lo que no cuenta el mandatario es que el salario mínimo de los británicos es 7.4 superior al de los brasileños. Por lo tanto, cualquier comparación de precios es cuando menos inexacta.

Foto: La ambientalista Marina Silva se reconcilia con Lula. (EFE/Sebastiao Moreira)

Sin embargo, no hay reflexión lógica basada en cálculos matemáticos que consiga hacer mella en la fe ciega que los bolsonaristas depositan en su dirigente. No importan los intentos de los periodistas extranjeros de conversar sobre datos estadísticos universalmente aceptados. Los secuaces de Bolsonaro parecen vivir en una Brasil paralelo, en el que todos los medios de comunicación, tanto los nacionales como los internacionales, mienten y donde la verdad solo llega a través de las redes sociales, alimentadas por el equipo de campaña del presidente brasileño.

Por su parte, la izquierda sigue viviendo en su mundo de sueños, en el que es posible "ser felices de nuevo" gracias a Lula, aunque no esté claro qué tipo de reformas fiscales y económicas se llevarán a cabo para costear los ambiciosos proyectos sociales que el fundador del Partido de los Trabajadores pretende implantar en caso de victoria. El resultado de esta creciente polarización son dos burbujas ideologizadas, que no conversan entre sí ni con otros sectores de la sociedad, huérfanos de una tercera vía.

El resultado final sigue siendo una incógnita

No es una casualidad que la abstención haya aumentado en la primera vuelta, situándose en su nivel más alto desde 1998. Unos 32,7 millones de brasileños, es decir, el 20,95% de todo el electorado, no acudieron a las urnas. Cabe a los politólogos analizar si esto se debe a la creciente decepción de una parte de la población con su clase política o a la falta de opciones en un país cada vez más polarizado. No obstante, resulta complicado acertar la investigación cuando la ideología pesa más que el rigor científico. Durante la campaña electoral, fueron muchos los politólogos que auguraron una bajada de la abstención "que seguramente beneficiaría a la izquierda".

A cuatro semanas de la segunda vuelta, es imposible adivinar quién va a ganar este pleito. Es cierto que Lula tiene cinco puntos de ventaja sobre su rival, pero es preciso mirar con lupa los resultados electorales para discernir todos los matices de este complicado tablero político. Por lo pronto, está claro que Bolsonaro ha salido reforzado de los comicios. "Elegimos a gobernadores en la primera vuelta en ocho estados y elegiremos a nuestros aliados en otros ocho estados en esta segunda vuelta. Esta es la mayor victoria de los patriotas en la historia de Brasil. El 60% del territorio brasileño será gobernado por quienes defienden nuestros valores y luchan por un país más libre", escribió triunfante el presidente en su Facebook y en un hilo de Twitter que fue denunciado por incumplir las reglas de la plataforma.


Hay otro dato importante: ocho de los 27 senadores elegidos el 2 de octubre son bolsonaristas. Algunos incluso integraron el Ejecutivo, como la polémica exministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos, Damares Alves, la exministra da Agricultura, Tereza Cristina, un peso pesado del Gobierno y su principal lazo con el lobby agrario, y el vicepresidente Hamilton Mourão, un general que se había distanciado en los últimos años, pero que nunca llegó a retirar del todo su apoyo al mandatario.

Otros dos símbolos del bolsonarismo integrarán la Cámara de Diputados. Uno es el polémico exministro de Sanidad, el general del Exército Eduardo Pazuello, ampliamente criticado durante la Comisión de Investigación del Senado sobre la pandemia y obligado a abandonar el Ejecutivo. Un detalle: Pazuello fue el diputado más votado en Río de Janeiro. El otro es Ricardo Salles, el exministro "contra el Medio Ambiente", como es llamado irónicamente por sus detractores. Acusado de colaborar con un grupo de empresarios arrestados por tráfico internacional de madera ilegal procedente de la Amazonía, Salles presentó sus dimisiones en junio de 2021.

Por su parte, Sérgio Moro, el juez de la Operación Lava Jato que condenó a Lula, ha conseguido un escaño en el Senado, tras sus intentos frustrados de disputar la presidencia del país. Su esposa, la abogada Rosângela Wolff Moro, también ha sido elegida como diputada federal con un programa basado en la lucha contra la corrupción, así como el exprocurador de la República Deltan Dallagnol, otra pieza clave de la Operación Lava Jato. Es otra demostración de que los escándalos atribuidos a Lula, absuelto por la Corte Suprema, todavía preocupan a una porción significativa del electorado. Finalmente, el Partido Liberal (PL), al que pertenece Bolsonaro, ha conseguido la elección de 99 diputados. Por lo tanto, en 2023 contará con el mayor grupo parlamentario del Congreso.

Foto: El presidente de Brasil, Jair Bolsonar. (Reuters/Adriano Machado)

En caso de llegar a la presidencia, Lula tendrá que lidiar con un frente hostil en el Parlamento, algo que puede poner en entredicho la gobernabilidad del país. "Nunca he ganado una elección en primera vuelta. Todas las elecciones a las que me he postulado se han decidido en la segunda vuelta. Lo importante es que la segunda vuelta es una oportunidad para madurar las propuestas y la interlocución con la sociedad, construir un abanico de alianzas y de apoyos antes de ganar, para mostrar a la gente lo que va a acontecer, lo que va a gobernar este país", dijo Lula con su habitual optimismo tras conocer lo resultados.

El mapa electoral muestra muy claramente la división de un país muy diverso y desigual. El noroeste es íntegramente rojo, mientras que el sur, el interior agrario y gran parte de la Amazonía ayer se tiñeron de azul. Las regiones donde hay más deforestación e incendios dolosos de bosques amazónicos votaron en peso a Bolsonaro. La pugna de proyectos políticos que oponen a los dos líderes puede tener un efecto determinante en el agravamiento del calentamiento global.

Al final no pudo ser, por lo menos no en la primera vuelta. Pasada la resaca electoral, el 48,43% de la población de Brasil que el 2 de octubre votó por el cambio hacia la izquierda, encarnado por Luiz Inácio Lula da Silva, tiene ahora el reto de intentar entender lo qué ha pasado. El 43,20% de los electores depositó su confianza en el presidente Jair Bolsonaro, un 7% más de lo que vaticinaban los sondeos publicados en las últimas semanas.

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