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El forzoso baño de humildad alemán: los días de "Berlín sabe más" en la UE ya son historia
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La nueva humildad germana

El forzoso baño de humildad alemán: los días de "Berlín sabe más" en la UE ya son historia

Berlín fue durante años el Gobierno modelo de la UE, pero la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania y el estrangulamiento gasístico del Kremlin para intentar asfixiar a Alemania han invertido los roles

Foto: Las banderas de la UE y Alemania ondean delante del Reichstag, el lugar de reunión del Parlamento alemán. (Reuters/Lisi Niesner)
Las banderas de la UE y Alemania ondean delante del Reichstag, el lugar de reunión del Parlamento alemán. (Reuters/Lisi Niesner)

A comienzos de agosto, Olaf Scholz visitó la turbina más famosa de Alemania. Una sofisticada mole de metal y espléndida muestra de la avanzada ingeniería germana, pero desde hace un tiempo también emblema del fracaso político de Berlín. Y un símbolo, también, del nuevo papel de Alemania en la Unión Europea, mucho más discreto y donde el resto de países ya no acatan sin rechistar los mandatos de la 'brújula moral' del bloque.

"La turbina está aquí y puede ser entregada", dijo el canciller con su habitual sonrisa a medias, que suele dejar paso a un gesto serio. "Solo tiene que haber alguien que diga que la quiere", agregó el canciller tras su visita a la planta de Siemens Energy, una filial de Siemens, ubicada en Mülheim, en la Cuenca del Ruhr.

Foto: El presidente ruso, Vladímir Putin, durante una visita a una planta para licuar el gas natural en Sabetta, Rusia. (EFE/Alexei Druzhinin)

Quien debería querer la turbina y se hace de rogar es la energética estatal rusa Gazprom, convertida en la mejor arma de Vladímir Putin para presionar a Europa por su apoyo a Ucrania. Ninguna de las grandes economías de la UE, sin embargo, está tan expuesta a las chicanas del líder ruso como la principal, Alemania, debido a su fatídica dependencia del gas ruso. Gazprom ha reducido desde junio el suministro a través de Nord Stream 1, el ducto que transporta gas directamente desde Rusia hasta el norte de Alemania. Y quienes conocen las artimañas y el cinismo de Putin albergan pocas dudas de que los argumentos del Kremlin para justificar la reducción son meros pretextos. Oficialmente, Gazprom señala que no puede bombear más gas por las sanciones europeas.

Sin embargo, Alemania sigue insistiendo hasta el absurdo. Las maniobras políticas de Scholz se debilitan cada vez más por poner el foco en una turbina que Gazprom no adquirirá. Todas las excusas de la estatal rusa no han sido suficientes para que el canciller deje de lado un proyecto que no tiene sentido. Poner el foco en la turbina debilita la imagen de un Gobierno que pocos imaginaban que llegaría a este punto antes de la guerra de Ucrania. Nadie quería ver las consecuencias de la dependencia energética. Ni la propia Alemania. Donald Trump fue uno de los que criticaron el modelo energético en la Asamblea General de la ONU de 2018. La respuesta del representante de Alemania ante la ONU fue una sonrisa despectiva.

placeholder El canciller alemán, Olaf Scholz, en una rueda de prensa en la sede de Siemens Energy. (EFE/EPA/Sascha Steinbach)
El canciller alemán, Olaf Scholz, en una rueda de prensa en la sede de Siemens Energy. (EFE/EPA/Sascha Steinbach)

Vapuleados por las jugarretas del Kremlin

Pese a ser conscientes de que se trata de una excusa del Kremlin para no hablar directamente de una guerra económica, Alemania ha tenido que tragarse el sapo e hizo en las últimas semanas todo lo posible por devolver la turbina. Y es que la alternativa, plantarle cara a Moscú y arriesgar una suspensión total del suministro de gas, podría sumir al país en una grave recesión. Una pesadilla en ciernes para los alemanes es la imagen de millones de hogares sin calefacción durante los gélidos meses del invierno, e incluso el estallido de protestas y descontento social.

Es por eso que Berlín intercedió ante el Gobierno de Justin Trudeau para que Canadá enviase la famosa turbina a Alemania, con el fin de que esta pudiese embarcarla hacia Rusia y cumplir así con las exigencias de Moscú. Los hechos, sin embargo, están demostrando que era prudente no hacerse ilusiones: Gazprom no ha aceptado hasta ahora el regreso de la turbina por supuestos problemas con los papeles de la máquina y esta lleva semanas aparcada en Mülheim, para humillación del Gobierno de Scholz.

Foto: Una bandera alemana, en el puerto de Hamburgo. (Reuters/Bimmer) Opinión

El país debe estar preparado para que las jugarretas con el gas "vuelvan en cualquier momento a empezar de cero", incluso si Siemens consigue entregar la pieza a Gazprom, reconocía un estoico canciller en Mülheim. Los políticos alemanes se han acostumbrado estos días a encajar con serenidad los golpes de realidad que les depara la crisis energética, conscientes de que la vulnerabilidad germana se debe a errores propios. Porque en las últimas dos décadas, sobre todo bajo la gestión de la hasta hace poco elogiada Angela Merkel, Berlín se entregó a una ciega dependencia energética de Rusia.

La nueva humildad alemana

Donde también ha llamado la atención el nuevo estoicismo alemán es en Bruselas, escenario hasta hace algunos años de la soberbia de los gobernantes germanos, al menos tal y como lo percibían muchos países del sur, entre ellos España. Todavía está presente la actitud petulante del entonces ministro de Finanzas de Merkel, Wolfgang Schäuble, así como la negativa de Berlín a apoyar a los países golpeados por la crisis del euro. "La mayoría de gente en Grecia o Italia sabe que los problemas de Grecia no los ha causado Alemania". Esta es una de las frases célebres de Schäuble en 2012, cuando abogaba por imponer un duro paquete de austeridad a los que consideraba como los manirrotos gobiernos del sur. La premisa de Berlín: la responsabilidad antes que la solidaridad.

El plan europeo para ahorrar energía ha puesto ahora de cabeza el viejo esquema en que Alemania se presentaba siempre como el alumno modelo, el país que siempre sabía cómo hacer mejor las cosas. Y, de repente, los papeles se han invertido.

Foto: El presidente ruso, Vladímir Putin, entrega flores a la entonces canciller alemana, Angela Merkel, durante su última reunión en Moscú. (EFE/EPA/Pool/Kremlin)

"A diferencia de otros países, los españoles no hemos vivido por encima de nuestras posibilidades desde el punto de vista energético", señalaba la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica de España, Teresa Ribera, tras la negociación del paquete de ahorro energético para el invierno impulsado por la Comisión Europea. "La escasez de gas alemana es el resultado de decisiones conscientes [tomadas en Berlín]", escribía en un duro editorial el diario suizo 'Neue Zürcher Zeitung', uno de los principales del mundo germanohablante.

Aunque con algunas excepciones —entre ellas para España—, el paquete de solidaridad energética de la UE, diseñado sobre todo para rescatar a Alemania, se ha aprobado finalmente. Y, más allá de posibles lecciones de humildad, algunos consideran que el tropezón de Berlín y el gesto del resto de Europa, sobre todo de los países del sur, podría tener buenas consecuencias para el proyecto europeo. "No es la revancha por los años de austeridad liderados por Alemania, pero sí un reajuste de fuerzas que podría tener una UE más saludable como resultado", valoraba una columnista de la agencia Bloomberg.

El adiós (¿definitivo?) a las ilusiones con Rusia

Mientras tanto, Berlín asegura haber aprendido sus lecciones después del estallido de la burbuja rusa en Alemania, es decir, del final de la vieja ilusión de que podía existir una relación especial entre Berlín y Moscú basada en la interdependencia económica. El adiós a esa idea fraguada en la posguerra alemana es uno de los efectos de la guerra de Putin.

placeholder Hace aproximadamente un año, Merkel visitaba Moscú para reunirse con Putin. (EFE/EPA/Alexander Zemlianichenko)
Hace aproximadamente un año, Merkel visitaba Moscú para reunirse con Putin. (EFE/EPA/Alexander Zemlianichenko)

El Gobierno intenta ahora diseñar nuevas relaciones comerciales estratégicas, para algunos analistas a regañadientes y a duras penas, porque creen que dejar de lado la ilusión rusa es un proceso complejo, sobre todo para los socialdemócratas de Scholz.

"Mi interpretación es que algunos en el Gobierno no estaban tan seguros de si la turbina no podía ser de ayuda, pese a todo", escribió por ejemplo Janis Kluge, experto en Rusia en la Fundación Ciencia y Política en Berlín, respecto al culebrón de la turbina aparcada en Mülheim.

Según su interpretación, la nueva jugarreta del Kremlin ha servido para terminar de convencer al Ejecutivo y a las élites políticas de que los días de los buenos negocios con Rusia han llegado definitivamente a su fin. "Ahora que no ha ayudado, el caso es presentado como que Berlín necesita tener la turbina aquí, para convencerse a sí mismo", sentencia.

A comienzos de agosto, Olaf Scholz visitó la turbina más famosa de Alemania. Una sofisticada mole de metal y espléndida muestra de la avanzada ingeniería germana, pero desde hace un tiempo también emblema del fracaso político de Berlín. Y un símbolo, también, del nuevo papel de Alemania en la Unión Europea, mucho más discreto y donde el resto de países ya no acatan sin rechistar los mandatos de la 'brújula moral' del bloque.

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