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La cara oculta de 'Supervivientes': "Nos echan de una isla en la que vivimos hace 200 años"
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NO PERMITEN A LOS NATIVOS PESCAR

La cara oculta de 'Supervivientes': "Nos echan de una isla en la que vivimos hace 200 años"

Mientras un grupo de famosos de medio pelo juega a ser Robinson Crusoe, a los nativos se les está denegando el derecho a subsistir

Foto: Comunidad garífuna en una de las islas próximas a donde se graba 'Supervivientes'. (Getty/SOPA/LightRocket/Seth Sidney)
Comunidad garífuna en una de las islas próximas a donde se graba 'Supervivientes'. (Getty/SOPA/LightRocket/Seth Sidney)

El 26 de septiembre del año pasado, el pescador hondureño Jurdin Zúñiga salió a faenar a media tarde. No era por trabajo, sino para que su familia tuviese algo que echarse a la boca a la hora de la cena. Como siempre, Jurdin estaba buceando entre las rocas de Cayo Chachauate, una de las islas en el archipiélago donde vive, en busca de una langosta o un pulpo que poder asar, cuando escuchó varios disparos. Al salir del agua, descubrió que una patrulla de los guardacostas, con militares hondureños a bordo, estaban apuntándole al pecho con sus rifles.

Jurdin tuvo que humillarse para que no siguieran disparándole. La patrulla se quedó con el pescado y unos troncos que había conseguido para hacer fuego. Después, lo dejaron tirado en la playa con el aviso de que no volviese a pescar por allí.

El caso se dio a conocer porque Higinia, su hermana, estalló en un audio de WhastApp que llegó a la prensa local. "Esto es un llamamiento de conciencia a estos benditos hijos de su maldita madre, que están destruyendo estas comunidades. Ya se deshicieron de uno de mis hermanos y estaban a punto de matar a otro", dice Higinia. "Nosotros somos locales, nacidos y criados en este cayo, y pedimos conciencia a estos millonarios benditos que están matando y destruyendo a nuestra gente. Si el dinero es el problema, que lo tomen, pero un intento de asesinato es dramático para nuestra comunidad de pescadores".

El único delito que han cometido Jurdin e Higinia, como el resto de la comunidad garífuna que vive en los Cayos Cochinos, en mitad del Caribe, es ser pobres en un entorno demasiado rentable para los europeos. Es algo que lleva sucediendo desde el siglo XVIII.

En 1736, dos barcos españoles cargados con esclavos africanos naufragaron frente a la isla de San Vicente, a 30 kilómetros de las costas de Venezuela. Allí se encontraron con los indígenas caribes, que les ofrecieron protección y se mezclaron con ellos. El rumor se corrió por las islas del Caribe, en su mayoría controladas por españoles, ingleses y franceses: al sur había una isla donde los africanos podían vivir sin ser esclavos. En los años siguientes, atraídos por el efecto llamada, a San Vicente llegaron esclavos negros de plantaciones en Barbados, Santa Lucía y Granada. De la mezcla de estos esclavos africanos con los indígenas caribeños nació el pueblo garífuna.

Los ingleses llegaron a San Vicente en 1783 y entraron en guerra con los caribes, que durante más de una década consiguieron defender su territorio, ayudados por las tropas francesas. Cuando los nativos se rindieron en 1796, la expedición inglesa culpó de la revuelta a los caribes negros. Dividió a la población en dos grupos: los nativos con aspecto amerindio y los de fenotipo africano. A los primeros les permitió seguir en la isla; a los negros, más de 5.000, los deportó a las islas del norte de Honduras, de dominio español, donde han permanecido hasta estos días.

La nueva llegada del hombre blanco

El archipiélago de los Cayos Cochinos consta de 15 islas: dos de cierto tamaño, Cayo Menor y Cayo Grande, y otros 13 cayos de origen coralino. Desde finales del siglo XVIII, los garífunas se han establecido en Cayo Chachahuate, un islote mínimo, y han vivido de lo que dan la naturaleza: pescado, moluscos, los frutos de la jungla y algún pequeño animal. Su tranquilidad se acabó en 1994, cuando el Gobierno de Honduras reparó en la joya turística que estaba desaprovechando frente a sus costas. En apenas unos meses, declaró área ambiental protegida el archipiélago y vendió el Cayo Menor, junto a una parte del Cayo Grande y otros tres más pequeños, a SIEC, una empresa creada 'ad hoc' para explotar la zona.

Pese a que al principio todo fueron buenas palabras, pronto se prohibió pescar con anzuelo, capturar cangrejos y cortar los árboles de los cayos mayores. A efectos prácticos, era una invitación para que los garífunas abandonasen la zona y se establecieran en tierra firme. Los que no lo hicieron empezaron a ser hostigados por el Ejército hondureño. En enero de 1995, Domitilio Calix, un pescador garífuna avezado, salió a por comida y nunca más regresó. Los militares dijeron haber encontrado su cayuco a la deriva, pero a su familia le extrañó encontrar los aperos de pesca secos y el cebo de las cañas aún vivo. Un mes después, el Ejército detuvo a otros dos garífunas, se llevó su cayuco y los abandonó a nueve kilómetros de la costa. De no haber sido porque unos pescadores pasaban por allí y los rescataron, se habrían perdido para siempre en el mar.

placeholder El Cayo Chacahuete, donde se asienta la comunidad garífuna. (Wikipedia)
El Cayo Chacahuete, donde se asienta la comunidad garífuna. (Wikipedia)

"Ese día salí con mis compañeros en Nueva Armenia hacia los Cayos Cochinos. Cuando el Ejército llegó, yo estaba buceando sin bombona y se acercaron a mi cayuquero. Cuando salgo del agua, los soldados quieren que me monte a su embarcación. Yo no me podía montar, porque yo ando buscando comida para mis hijos, langostas o caracoles, cualquier cosa. No les había hecho ningún daño a ellos. Como me opuse a montarme, vinieron, amarraron mi cayuco, lo arrastraron y se lo llevaron. Cuando mi compañero vio que yo estaba nadando, se tiró y quedamos abandonados en altamar. No sé por qué me hicieron eso”, explicó uno de los agredidos al diario local 'El Faro'.

Desde aquel día, la comunidad garífuna denuncia que en torno a una veintena de pescadores locales han desaparecido sin dejar rastro. A Jesús Flores le dispararon en una mano mientras buceaba, dejándole sin forma de ganarse la vida, aunque lo habitual es que los militares requisen el material de pesca y lo quemen delante de sus dueños. Esto lleva sucediendo décadas, con episodios semanales, como 'Supervivientes'. Flores denunció el caso ante la Fiscalía hondureña, que reconoció que dos militares habían disparado contra el pescador, si bien nunca los detuvo ni requisó las armas.

No obstante, lo peor estaba aún por llegar. En 2007, SEIC, la empresa explotadora de las islas, comenzó a alquilar sus terrenos para la grabación del programa 'Supervivientes'. España fue uno de los primeros países en rodar el 'reality' en Honduras, ya que las dos ediciones anteriores se habían celebrado en Kenia y Santo Domingo. "Entonces la cosa se puso fea, porque ya no era pescar o cortar palmeras, sino que hay áreas completas vedadas para nosotros. No podemos ni pasar, porque entonces te coge la cámara y se rompe esa ilusión de que las islas están deshabitadas", lamenta Juana Martínez, una nativa garífuna que lucha por recuperar los territorios que les pertenecen desde hace dos siglos.

Durante los meses en los que se graba 'Supervivientes', no nos dejan ni pasar por ciertas playas. Vivimos de la pesca y no podemos pescar

A ellos no les llega nada del pastel del turismo y los 'realities'. Del dinero que las productoras de 'Supervivientes' pagan a la fundación pública que controla las islas, nada acaba en manos de los garífunas. Solo en una ocasión pidieron los garífunas que fuesen indemnizados con 12 dólares diarios durante los meses que no pudieran pescar: la fundación los acusó de extorsión y no les dio nada. "Cuando se graban los 'realities', en torno a cuatro meses al año, no nos dejan ni pasar por ciertas playas. Vivimos de la pesca y no podemos pescar. Esto nos sitúa en una situación de vulnerabilidad que se acentúa con la presencia de militares armados en la zona a los que solo importa que 'Supervivientes' vaya bien", dice Martínez.

La garífuna también denuncia un doble rasero de la fundación. "A nosotros no nos dejan entrar en el Cayo Palomo, porque, en teoría, allí desovan las tortugas. Y lo respetamos durante muchos años, pero cuál fue nuestra sorpresa cuando la vimos llena de cámaras y concursantes de televisión de Europa. ¿Qué pasa, que los nativos, que vivimos aquí desde hace siglos, molestamos a las tortugas, pero el ruido de un programa de televisión no?".

Una máquina de hacer dinero

'Supervivientes' es uno de los formatos más rentables de la televisión mundial. En España se emite desde hace 22 años, con gran éxito, y ha pasado por tres productoras y tres cadenas. En la actualidad, es la mayor producción de la televisión, con un despliegue de más de 200 profesionales y galas en directo varios días por semana. El equipo al completo se aloja en el resort Palma Real, en la costa hondureña, donde disfrutan de una playa privada, un campo de golf y varias piscinas con distintas temperaturas. Cuando llega la hora de grabar, Lara Álvarez y el resto del equipo se trasladan hasta las islas desde el helipuerto del complejo.

Los nativos no comprenden qué están haciendo allí los europeos. De hecho, para anunciar esta última edición, Lara Álvarez, Jorge Javier Vázquez y el resto de presentadores se maquillaron la cara en un burdo intento por darse un aire tribal. "¿Pero por qué se pintan la cara de negro? ¡Si nosotros ya somos negros, no se vería nada!", dice la nativa Juana Martínez.

Así, mientras una serie de famosos de medio pelo se insultan, se besan y desesperan para solaz de grandes audiencias al otro lado del mundo, los 200 garífunas de Cayos Cochinos ven cómo cada vez les quedan menos recursos para sobrevivir. Se arremolinan en un pequeño poblado de Cayo Chachauate, en chozas contruidas con madera y paja, con la esperanza de que las cosas mejoren. La productora de la versión española, Bulldog TV, no ha contestado a la llamada de El Confidencial.

"Ellos mismos [la fundación] han violentado en varias ocasiones su reglamento. Se ha construido y desescombrado en zonas donde había colonias de cangrejos protegidos, pero nadie escucha nuestras quejas. En definitiva, las normas son solo para nosotros, nunca para el desarrollo económico", denuncia Juana Martínez. "Y para colmo han conseguido desunirnos, a base de dar a algunos garífunas pequeños trabajos con los que los mantienen contentos".

"Es un acoso sistemático al pueblo garífuna, que viene desde hace muchos años y que no ha tenido respuesta alguna por parte de las autoridades hondureñas", dice el periodista local Kenny Castillo, quien también denuncia un apagón informativo en torno a la polémica. "La prensa tradicional no publica ningún tipo de información sobre los atropellos a los garífunas. Sus intereses tendrán. En primer lugar, somos una minoría discriminada, y segundo, esto es un paraíso y los grupos oligárquicos quieren adueñarse de la isla. Por eso la presencia garífuna molesta".

El 22 de febrero de 2019, los garífunas dijeron basta. Decenas de pescadores tomaron sus cayucos y se echaron al mar, decididos a recuperar lo que consideran suyo. Entraron en tromba en Cayo Palomo, evitando a las patrullas costeras, desembarcaron en la playa y tocaron los tambores en homenaje al ritual que seguían sus ascentros antes de entrar en combate. Los concursantes del 'Supervivientes' italiano salieron a su paso, escucharon los tambores y se pusieron a bailar. Los garífunas quedaron tan desconcertados que se dieron media vuelta.

El 26 de septiembre del año pasado, el pescador hondureño Jurdin Zúñiga salió a faenar a media tarde. No era por trabajo, sino para que su familia tuviese algo que echarse a la boca a la hora de la cena. Como siempre, Jurdin estaba buceando entre las rocas de Cayo Chachauate, una de las islas en el archipiélago donde vive, en busca de una langosta o un pulpo que poder asar, cuando escuchó varios disparos. Al salir del agua, descubrió que una patrulla de los guardacostas, con militares hondureños a bordo, estaban apuntándole al pecho con sus rifles.

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