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Razones para no olvidar Afganistán
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ANÁLISIS

Razones para no olvidar Afganistán

Es fácil observar Afganistán como un país perdido en el fanatismo religioso, pero no siempre fue así y no es plato de buen gusto para los afganos que tienen que vivir bajando la cabeza

Foto: Un combatiente talibán, después de un ataque terrorista en Kabul el 18 de junio. (Reuters/Ali Khara)
Un combatiente talibán, después de un ataque terrorista en Kabul el 18 de junio. (Reuters/Ali Khara)

Un viejo proverbio afgano reza: "Qatra qatra darya mesha" (muchas gotas hacen un río). Sin embargo, un año después de la victoria del Emirato, las gotas del río de la esperanza están cayendo en una tierra seca y mortecina. En Afganistán, el torrente de la libertad está casi seco. Nadie en su sano juicio puede creer que los talibanes vayan a marcharse pronto. Pero, si solo hablamos del horror, ¿cómo podrá la esperanza volver a sumar para convertirse en afluyente de un país nuevo?

La fortuna convertida en sequía será larga: las perspectivas de futuro para las mujeres son menos que cero, la hambruna va en aumento, la pobreza extrema vuelve a ser la norma y la vida está en manos, literalmente, de un grupo de hombres cuya versión de Dios, ante la diferencia, siempre responde con la violencia más salvaje. Todo el que haya leído sobre Afganistán sabe que Cronos no depara nada bueno en esas tierras de una belleza que quita el hipo. Podría escribir una enciclopedia con la lista de historias de puro horror sucediendo mientras se escriben y usted lee estas líneas.

Foto: Tras la toma de Kabul por parte de los talibanes, se procedió a eliminar el rostro de mujeres en las calles. (EFE)

Sin embargo, no hay mejor manera de combatir la oscuridad que con luz. Por ello, hoy más que nunca es importante recordar los motivos por los que no debemos olvidar al pueblo afgano. Porque, a pesar de la guerra, la corrupción gubernamental de arriba abajo, la pobreza y el olvido internacional, en el Afganistán que yo conocí entre 2008 y 2018 también había muchos motivos para la esperanza.

Los millones que se quedaron atrás ahora viven bajo las reglas del Emirato. Lo contrario supondría una condena, o la muerte. Pero eso no significa que el espíritu libre afgano haya perecido. Por ejemplo, no olvidemos que en 1919, y un año antes que el mismísimo Estados Unidos, la Constitución afgana auspiciada por el rey Amanullah Khan, tras la independencia del Imperio británico, otorgó el derecho del voto a la mujer. En España no llegó hasta 1931.

Foto: Un cartel en Kabul con las caras de las mujeres tapadas con pintura. (Reuters)

A menudo es fácil observar a Afganistán como un país perdido en el fanatismo religioso. Pero ni siempre fue así, ni tampoco es plato de buen gusto para muchos afganos que ahora tienen que apretar los dientes y vivir bajando la cabeza. Los partidarios de la visión talibana son legión, cierto, pero sus aspiraciones democráticas siguen ahí, agazapadas y aspirando en secreto a volver a besar a la libertad en los labios, aunque el mundo los haya relegado al olvido mediático.

Saquemos de las sombras, por ejemplo, a los soldados de la unidad de Comandos con los que, hace tiempo, compartí miedo y barro, y que se quedaron para seguir combatiendo. Olvidados, defenestrados, desarrapados y reducidos a un pequeño grupo de supervivientes, siguen en la brecha viviendo en valles perdidos bajo un cielo estrellado que de tan puro uno podría pensar que la creación empezó allí mismo.

Foto:  Lutfullah, en León.

Hablemos de las mujeres periodistas afganas que se han quedado atrapadas en una red de olvido e incomprensión. Tanto las que siguen escondidas como las que, demostrando un valor que hace tiempo que se extinguió en Occidente, se manifiestan en la calle o siguen en sus medios a pesar de las amenazas de muerte y cubriendo su rostro como si este fuese el origen del pecado. No conozco a ningún informador español, el que suscribe incluido, que les llegue a las suelas de los zapatos.

No olvidemos esa juventud de menos de 15 años que representa el 41% de la población y que, teniendo en cuenta la esperanza de vida en el país (65 años), no tardará en estar al mando. Entre ellos habrá reformadores de los que todavía no conocemos el nombre. Escuchemos a los músicos y artistas cuya voz ha desaparecido, pero que no ha sido silenciada. Las leyes pueden prohibir en público lo que quieran, pero en privado nadie puede detener la expresión natural del espíritu humano. Sucede y sucederá. No hay muros lo suficientemente altos.

Foto: Un fajo de afganis, la moneda local de Afganistán. (Reuters)

Admiremos a los deportistas afganos que no entran en los parámetros del régimen. Sobre todo, de nuevo, las mujeres. Aunque las echen del deporte, intentar acabar con el espíritu de esa necesidad humana es como prohibir que la hierba crezca. Lloremos con las profesoras que siguen enseñando a escondidas a un número desconocido de adolescentes y universitarias cuya existencia está varada por haber nacido con el aparato reproductor que da la vida. Proscritas por estar educadas, atesoran cada conocimiento como la joya que es y siguen adelante enseñando contra viento y marea. Rebeldes, adalides de la esperanza por un Afganistán mejor. Si ellas lo creen, ¿por qué nosotros no?

Luchar por las enfermeras, matronas y médicas

Cantemos a los amantes de la poesía. Pocos saben de la pasión grandilocuente e incomparable en el mundo que el pueblo afgano siente hacia ese arte casi olvidado en nuestras librerías. No olvidemos que el poeta universal Rumi nació en Balkh. Y Zaratustra también. Los poetas libres que quedan seguirán escribiendo. Recordemos también a los arqueólogos que siguen descubriendo tesoros de la historia de la humanidad. La visión monolítica de los talibanes nunca podrá sostenerse. Afganistán ha sido madre natural y adoptiva de muchas religiones. Cuenta con una arqueología por descubrir que rivaliza con la de Egipto o México. La historia milenaria del país es constatación de que ningún régimen es eterno.

Luchemos por las enfermeras, matronas y médicas afganas, ahora más solas ante el peligro que nunca, trabajando con unos recursos que en las provincias rozan lo medieval. Ellas traen la vida, aunque esta suela acabar pronto por la insalubridad, el hambre o la violencia. Y por los trabajadores humanitarios que quedan y que se dejan el alma honestamente. Ahora viven recluidos por seguridad. Imaginad la frustración de ver tanta desazón, tanta desolación y estar maniatados por unas reglas que vulneran los derechos más básicos. Después de un tiempo allí, nadie vuelve siendo la misma persona.

Foto: Nivi Manchanda, autora del libro 'Imagining Afghanistan: the History and Politics of Imperial Knowledge'. (Fotografía cedida)

Cuando el 'boom' del aniversario pase, Afganistán volverá a caer en el olvido informativo. No es nada nuevo. El hecho de que la Unión Europea, antaño Lancelot de sus derechos, ahora los olvide y descarte como si nada, no detendrá a los que, agazapados en sótanos y hablando con murmullos y ojos en el cogote, siguen creyendo en las promesas de la Constitución de 2004.

Los héroes de verdad no van en limusina, ni cantan o crean franquicias de cine. Las celebridades por las que el mundo suspira solo son espejismos. La verdadera esperanza de la humanidad está en las luchas silenciosas y terroríficas como las que, cada día, mantienen los ciudadanos afganos que todavía sueñan con la libertad. Un estado del cuerpo y el alma que, en Occidente, de momento, aún damos por sentado. Pero, tanto en Afganistán como en demasiadas partes del mundo, es una lágrima de agua mineral en un océano de sal.

Sin embargo, el pozo de la esperanza todavía no está seco. En la tierra de Rumi las flores siguen oliendo a vida. Y, como advierte otro refrán afgano: "Sabr talkh as, laken bar-e shirin dara" (la paciencia es amarga, pero tiene un fruto dulce). Nada es eterno, incluidos los talibanes. El invierno existe para que pueda llegar la primavera.

Un viejo proverbio afgano reza: "Qatra qatra darya mesha" (muchas gotas hacen un río). Sin embargo, un año después de la victoria del Emirato, las gotas del río de la esperanza están cayendo en una tierra seca y mortecina. En Afganistán, el torrente de la libertad está casi seco. Nadie en su sano juicio puede creer que los talibanes vayan a marcharse pronto. Pero, si solo hablamos del horror, ¿cómo podrá la esperanza volver a sumar para convertirse en afluyente de un país nuevo?

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