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'Derroquen' a ese presidente: la partidocracia nos saca los colores en el peor momento
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otra muesca al descrédito de la democracia

'Derroquen' a ese presidente: la partidocracia nos saca los colores en el peor momento

Han sido los intereses de los partidos los que han marcado el ritmo político, en ocasiones en directa contraposición al sentir de la opinión pública y en ningún caso supeditada a la misma

Foto: El presidente italiano acepta la renuncia de Mario Draghi y convoca a elecciones. (EFE/Paolo Giandotti)
El presidente italiano acepta la renuncia de Mario Draghi y convoca a elecciones. (EFE/Paolo Giandotti)
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Julio está siendo un mes aciago para la democracia occidental. En apenas cuatro semanas, los primeros ministros de Israel, Neftalí Bennett; Reino Unido, Boris Johnson, e Italia, Mario Draghi, han ido cayendo, uno tras otro, ante la mirada perpleja de sus sociedades. Cada uno sujeto a unas condiciones particulares, en contextos distintos y con consecuencias diversas. Pero todos con un trasfondo común: han sido víctimas de la partidocracia. Movimientos telúricos en los partidos que obedecen exclusivamente a sus veleidades políticas —y en última instancia, electorales— y no a las necesidades de la nación o la voluntad de sus ciudadanos. Recapitulemos.

Estamos ante uno de los momentos de mayor inestabilidad económica y política de lo que llevamos de siglo. La guerra rusa en Ucrania ha agravado los problemas que se venían arrastrando de la pandemia y ha añadido algunos nuevos, como la extrema aceleración de las presiones inflacionarias, la inestabilidad del suministro energético o la urgente necesidad de reorganizar y repotenciar el gasto militar —a expensas de otras partidas presupuestarias—. Dicen los expertos que nos dirigimos hacia un invierno duro e incierto. Pero ninguna de estas cuestiones ha sido ponderada en los casos referidos. Han sido los intereses de los partidos los que han marcado el ritmo político, en ocasiones en directa contraposición al sentir de la opinión pública y en ningún caso supeditada a la misma.

Foto: Manifestante en Hong Kong. (Getty/Chris McGrath)

El caso de Draghi es, quizás, el más sangrante. El tecnócrata italiano, que nunca fue electo por las urnas, acabó renunciando al puesto en una crisis de gobierno provocada por sus socios de coalición buscando un posible rédito electoral. La coreografía para sacar al primer ministro del Palazzo Chigi —comentan los observadores— fue esperpéntica incluso para los caóticos estándares italianos, con una espantada de los populistas Movimiento 5 Estrellas y la ultraderecha de La Liga en plena moción de confianza que dejó al Gobierno —y al presidente Sergio Mattarella— a los pies de los caballos.

"Algunos lo llaman partidocracia precisamente por esa sensación de que hay muy poca participación popular en la toma de decisiones", señala Juan Dorado, doctor en Ciencias Políticas que reside actualmente en Italia, a El Confidencial.

Lo más irónico es que Draghi, exbanquero central elegido a dedo para liderar la frágil coalición, se había convertido en un líder popular dentro y fuera del país. Pero, en vez de ir a elecciones en la primavera de 2023, una vez superados los peores meses de la crisis, Italia adelantará su paso por las urnas al próximo 25 de septiembre. Ningún partido está ahora pensando en el futuro del país, sino en el reparto de escaños.

¿Quién elige a mi presidente?

El caso de Johnson es diametralmente opuesto, salvo en que su caída fue producto de las desavenencias internas de su partido y muestra la fragilidad de la democracia liberal. Electo en 2019 por las filas de su partido para suceder a la defenestrada Theresa May y finiquitar el Brexit, su mandato fue refrendado con una arrolladora victoria en las urnas más tarde ese año. Pero los escándalos se fueron sucediendo y su popularidad se fue apagando en las encuestas. Sin embargo, el apoyo de la población al ‘premier’ ha sido secundario en todo el drama que ha rodeado a Downing Street y no le impedía completar su mandato hasta 2024.

Pero los ‘tories’ han visto que las excentricidades que una vez sirvieron a su causa podrían acabar minando sus oportunidades de conseguir la reelección. El primer ministro comenzó a ser visto como un lastre electoral. Para derrocarlo, hicieron falta más de medio centenar de dimisiones en el Gabinete y 48 horas agónicas que tuvieron a los británicos en vilo. Ahora, el próximo inquilino del número 10 será elegido en septiembre por las homogéneas y minoritarias bases del Partido Conservador —unos 200.000 afiliados— que deberán elegir entre el exministro del Tesoro, Risi Sunak, y la ministra de Exteriores, Liz Truss, para completar el mandato de Johnson.

Este divorcio entre la voluntad popular y su manifestación política es un problema que llevan arrastrando las democracias liberales desde comienzos de siglo. En la Unión Europea ya tuvimos un precedente peligroso que ejemplifica este fenómeno. "En la crisis económica de 2008, los llamados PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España) tuvieron que acatar las decisiones de las grandes locomotoras industriales de Europa", explica Dorado. "No podemos olvidar lo que pasó con el referéndum en Grecia en 2011. A pesar de un no mayoritario, se acabó imponiendo el ‘diktat’ de Bruselas animado, además, por políticos como Mario Draghi", explica el politólogo.

Foto: Xi Jinping. (Reuters/Jason Lee)

Ahora, el fin de los bipartidismos y las mayorías absolutas, el auge de los populismos y la atomización de los Parlamentos han alejado aún más la calle de los pasillos del poder. Decisiones tomadas por elites locales y exclusivamente en clave nacional, pero que acaban por afectarnos a todos, sumando una muesca más al generalizado descrédito de la democracia liberal en plena batalla por el relato de la gobernanza con países como China o Rusia. Los sucesivos estudios e índices que se elaboran para medir la salud de las democracias —desde el 'Democracy Index' de 'The Economist Intelligence Unit', los informes anuales de Freedom House, IDEA o V-Dem— llevan años avisando del inexorable distanciamiento entre ciudadanos y políticos que lleva a la apatía a una parte del electorado y empuja a los extremos a otro.

Hay países experimentando con ideas de democracia participativa para dar más protagonismo directo a los ciudadanos para revertir esta tendencia. En Irlanda, por ejemplo, se están probando las asambleas ciudadanas por sorteo. Se trata de grupos deliberativos de ciudadanos que son asesorados por expertos y que votan por medidas que se pueden tomar en materias como la transición energética o derechos sociales como el aborto. Sin embargo, estas asambleas son, por ahora, algo anecdótico y sin peso suficiente como para hacer frente al poder de políticos y grupos de interés. Pero es una muestra de que el problema está más que identificado, pero no sabemos cómo resolverlo.

"Algo está fallando para que la gente no se sienta interpelada por ninguna opción política"

Mientras, la apatía se traduce en un avance de la abstención electoral en varios países. En Italia, que desde la Segunda Guerra Mundial ha tenido siempre una elevada participación, se registró un récord de abstención en las elecciones municipales del año pasado. En países como Francia, la abstención llegó a niveles no vistos desde 1969. Y la menor participación se traduce en un auge de las opciones más escoradas en los espectros políticos, terreno fértil para los populistas de izquierda y derecha que se benefician del voto protesta de la ciudadanía.

"Algo está fallando para que la gente no se sienta interpelada por ninguna opción política", alerta Dorado. "Es un tema que debería ser objeto de reflexión pública, pero no está pasando", concluye.

Julio está siendo un mes aciago para la democracia occidental. En apenas cuatro semanas, los primeros ministros de Israel, Neftalí Bennett; Reino Unido, Boris Johnson, e Italia, Mario Draghi, han ido cayendo, uno tras otro, ante la mirada perpleja de sus sociedades. Cada uno sujeto a unas condiciones particulares, en contextos distintos y con consecuencias diversas. Pero todos con un trasfondo común: han sido víctimas de la partidocracia. Movimientos telúricos en los partidos que obedecen exclusivamente a sus veleidades políticas —y en última instancia, electorales— y no a las necesidades de la nación o la voluntad de sus ciudadanos. Recapitulemos.

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