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Pero… ¿a Rusia le están afectando las sanciones o no?
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'Default', pero ingresos históricos

Pero… ¿a Rusia le están afectando las sanciones o no?

Las medidas impuestas sobre la economía rusa no están teniendo el efecto esperado

Foto: Banco Central Ruso. (EFE/Yuri Kochetkov)
Banco Central Ruso. (EFE/Yuri Kochetkov)
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Hace menos de dos semanas, el presidente ruso, Vladímir Putin, afirmó durante una intervención en el Foro Económico de San Petersburgo que su país ha logrado resistir lo que denominó la “guerra relámpago económica de Occidente”, que “no tenía posibilidades de éxito”. “Estamos normalizando la situación económica paso a paso”, aseguró. Por esos mismos días, numerosos artículos en la prensa estadounidense y europea ofrecían argumentos en esa misma línea: que las sanciones occidentales estaban mal diseñadas y apenas estaban teniendo impacto en la economía rusa, que Rusia había encontrado nuevos compradores para su petróleo y eso le permitía burlar el embargo europeo, y que en cambio el coste para los países occidentales está siendo enorme. En abril, el rublo recuperó los niveles previos al inicio de la invasión de Ucrania, y durante el primer trimestre el país experimentó un superávit histórico de 58.000 millones de dólares en su balanza comercial.

Y sin embargo, este lunes Rusia entró en ‘default’ por el impago de 100 millones de dólares en concepto de intereses por su deuda soberana. Las consecuencias de este ‘default’ son relativas: aunque esto podría afectar negativamente a la futura inversión extranjera en el país, ahora mismo Rusia cuenta con liquidez suficiente, y de todos modos la economía rusa se está volcando hacia sí misma y limitando la exposición al exterior. Pero en cualquier caso, el país tiene problemas financieros mucho mayores. La guerra está resultando mucho más cara de lo esperado, lo que ha llevado a incrementar el gasto militar un 130%, hasta el 6% del PIB, según datos del último mes. La supuesta bonanza del rublo hace aguas, la inflación supera el 17% (los segundos niveles más altos desde 2002), y Rusia, cuyo PIB se contraerá entre un 10 y un 15% este año, podría pasar de ser la undécima economía del mundo en 2021 a ni siquiera aparecer entre las veinte primeras.

Foto: Billetes de rublos junto a los de dólares. (Reuters/Dado Ruvic)

Entonces, ¿a Rusia le están afectando las sanciones internacionales o no? La respuesta a esta pregunta es: depende. Numerosos comentaristas prorrusos aseguran que el Kremlin lleva años preparándose para este tipo de guerra económica, lo que ha dado ventaja en la situación actual. Y es cierto que las medidas impuestas sobre la economía rusa no están teniendo el efecto esperado, y que el país está obteniendo ingresos récord con la exportación de hidrocarburos gracias a unos precios que se han disparado precisamente por estas restricciones. Pero también lo es que en otras áreas los resultados han sido devastadores, o van camino de serlo dentro de muy poco. En resumen: todos tienen parte de razón.

Estas diferencias en la percepción sobre el verdadero efecto de las sanciones se deben, ante todo, a que a menudo se intenta abarcarlo todo bajo un solo paraguas, cuando en realidad el mismo término engloba aspectos muy diversos. La Unión Europea, por ejemplo, ha impuesto seis paquetes de sanciones distintos, cada uno sobre individuos o sectores económicos diferentes. EEUU, Reino Unido y otros países como Canadá y Japón tienen sus propias restricciones, a las que se suma ahora la impuesta por el G7 sobre las exportaciones de oro ruso. Algunas de estas medidas han sido ineficaces, mientras que otras han bloqueado sectores enteros de la economía rusa.

Los hidrocarburos se benefician del embargo

Empecemos por lo más evidente, los hidrocarburos. Rusia es el mayor exportador del mundo, responsable del 20% de las ventas de crudo y derivados del petróleo y del 17,5% del gas. Su mayor cliente venía siendo, con diferencia, la Unión Europea. Pero a raíz del embargo petrolero acordado por Bruselas a finales de mayo, Rusia está haciendo un serio esfuerzo de diversificación, y China e India están aprovechando para hacerse con grandes cantidades de petróleo a bajo coste. Se estima que en conjunto, en mayo adquirieron alrededor de 2,4 millones de barriles al día, la mitad de las exportaciones rusas.

Foto: El presidente de EEUU, Joe Biden. (Reuters/Jonathan Ernst)

Rusia está vendiendo el crudo a 70 dólares por barril, un 30% por debajo del precio de mercado. Pero incluso con este descuento, los precios están tan altos —en gran medida consecuencia, precisamente, de dicho embargo— que el país obtuvo un beneficio récord de más de 90.000 millones de euros durante los primeros cien días de guerra. Y dado que las demás exportaciones rusas se han desplomado, los impuestos por las ventas de gas y petróleo suponen ahora más de un 60% de los ingresos fiscales del país, frente al 40% de hace un año.

Occidente podría hacer más en ese sentido. La UE podría extender el embargo a las importaciones de gas (una medida que hace unas semanas parecía descartada de antemano, debido a la gran dependencia alemana del gas ruso, pero que ya no es tan remota. Bruselas ha trabajado duramente en diversificar sus proveedores, y ya solo necesitaría cubrir un 6% adicional para compensar todo el suministro que perdería en caso de prescindir del gas ruso). Se está barajando la posibilidad de imponer un techo europeo, tal y como han propuesto el primer ministro italiano Mario Draghi y la secretaria del tesoro estadounidense Janet Yellen. EEUU podría imponer sanciones secundarias a quienes adquieran hidrocarburos rusos. Pero la realidad es que, hoy por hoy, estas ideas pertenecen al campo de la especulación. De momento, las arcas del estado ruso siguen boyantes gracias a la energía.

Foto: Puerto de Baltisk, en Kaliningrado. (Reuters/Vitaly Nevar)

Eso no quiere decir que no exista un impacto. La producción petrolera rusa se reducirá un 10% este año, según el propio Ministerio de Economía ruso. El embargo europeo, además, aún no ha entrado en vigor. Probablemente lo hará antes de final de año, y ahí es cuando se verá su verdadero efecto.

Sin microchips… ni botones

En el extremo opuesto tenemos sectores enteros en los que las sanciones están teniendo el efecto de una bomba atómica: la industria militar, la aviación, la automoción y la salud dental. La producción automovilística, por ejemplo, ha caído un 85%. A mediados de junio, Avtovaz, la firma responsable de Lada, anunció el lanzamiento de un nuevo modelo que carecerá de airbags, frenos antibloqueo, GPS y sistemas de estabilización electrónica, en un gesto que muchos comparan con el regreso a la fabricación de vehículos con los viejos estándares de la URSS. La industria dental rusa, por su parte, depende casi por completo de las importaciones de equipos y materiales de EEUU y Europa, sobre todo de Alemania e Italia, y aunque algunas clínicas rusas lograron hacer acopio de suministros en marzo, antes de que las sanciones entrasen en vigor, las reservas se están agotando mientras que los precios de los servicios dentales suben.

Tampoco hay repuestos para los ‘smartphones’ que se averían, la industria textil está en serios problemas para encontrar cosas tan simples como botones, y no hay etiquetas para los envases de los productos alimentarios. “El acceso reducido a las tecnologías importadas, combinado con el éxodo de empresas extranjeras y de trabajadores cualificados rusos, serán lastres a largo plazo para la economía de Rusia. El Departamento de Comercio de EEUU asegura que las exportaciones globales de chips a Rusia han caído un 90%, y que 38 países han impuesto controles de exportación”, afirma un informe del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) de Washington publicado el pasado 22 de junio.

Foto: El primer ministro indio, Narendra Modi, junto al presidente ruso, Vladímir Putin. (EFE/Mikhael Klimentyev)

Más dramática aún es la situación de la aviación. Durante décadas, las aerolíneas rusas han dependido en gran medida de aeronaves alquiladas a otros países. Para no quedarse sin una flota de la noche a la mañana tras la imposición de las sanciones (y también a modo de venganza), el Kremlin decretó la nacionalización de estos aviones. Sin embargo, los tribunales nacionales de muchos de los países donde están aterrizando estos aparatos han dado la razón a sus propietarios originales, que han conseguido ya recuperar decenas de ellos. La prohibición de utilizar el espacio aéreo de numerosos países, combinado con las restricciones en los seguros, ha hecho que las compañías rusas solo puedan dirigirse a un puñado de destinos. En marzo, Aeroflot anunció la cancelación de todos sus vuelos internacionales. Y ante la imposibilidad de obtener repuestos, se cree que en pocos meses esta aerolínea se verá obligada a desmontar varios de sus 350 aparatos para hacerse con las piezas necesarias para mantener el resto de sus aeronaves en el aire.

Pero tal vez el área donde más se va a notar el cerrojazo occidental sea la industria militar rusa, que depende en gran medida de componentes tecnológicos occidentales, sobre todo alemanes. Aunque las capacidades de producción rusas son formidables, y ya existen indicadores de que las fábricas se están reorientando para reemplazar los equipos destruidos en Ucrania, algunos de estos sistemas necesitan elementos avanzados, como es el caso de las municiones de alta precisión, que por ahora no pueden ser sustituidos. Rusia podrá seguir haciendo la guerra en el país vecino, pero ya no será un escaparate para las ventas de armamento en todo el mundo, que ya empiezan a verse afectadas ante los malos resultados militares.

A vueltas con los bancos rusos

Respecto al sector financiero, los resultados son mixtos. En previsión de una situación como la actual, Rusia lleva años tratando de reducir sus reservas y transacciones en divisas extranjeras, reemplazándolas por oro y por otras monedas como el renminbi chino. El Banco Central de Rusia ha logrado estabilizar la economía organizando controles de capitales y elevando los tipos de interés. Para mediados de junio, varios de los principales indicadores económicos, como la liquidez del sector bancario, habían vuelto a los niveles de antes de la guerra. Y dado que Gazprombank no está sometido a sanciones, puesto que es la entidad que utiliza Occidente para pagar sus compras energéticas en Rusia, el Gobierno ruso lo está utilizando a modo de banco central, aprovechando este agujero para convertir en rublos los pagos hechos en divisas extranjeras, ayudando a sanear así las cuentas estatales. Según algunas investigaciones periodísticas, también se utiliza a esta entidad para abonar los salarios de las tropas rusas desplegadas en Ucrania.

Foto: Funeral celebrado en Kiev. (EFE/Oleg Petrasyuk)

Por otro lado, el ‘default’ es, de hecho, consecuencia directa de las sanciones. Rusia no ha pagado no porque no tenga dinero, sino porque se le ha prohibido hacerlo en rublos, una divisa que ha dejado de ser convertible. Varios grandes bancos, incluyendo Sberbank, el más importante del país, han sido desconectados del sistema SWIFT. Y la mayoría de los activos rusos en el extranjero han sido congelados, y se debate ahora si deberían ceder a Ucrania para apoyar su esfuerzo militar contra la invasión. Esto no significa que las víctimas de esta guerra económica estén solamente en un bando. Occidente se enfrenta a una inflación disparada, a posibles crisis de abastecimiento energético y a una recesión en el horizonte.

El propio Putin no quiere saber nada acerca de las malas noticias en el frente económico. Cuenta el experto en Rusia Mark Galeotti que cuando la directora del Banco Central, Elvira Nabiullina, llamó al presidente ruso para decirle que la guerra estaba dinamitando la economía del país, Putin le colgó el teléfono. Pero, le guste o no al líder ruso, lo cierto es que al poner todos los elementos sobre la mesa, el triunfalismo ruso carece de justificación. El abrumador número de artículos que los medios estatales rusos dedican a sostener que las sanciones contra Rusia son inútiles y solo dañan a los países que las han impuesto sugiere, precisamente, lo contrario. Al Kremlin le preocupa el tema, y mucho. Otra cosa es que esto vaya a servir para alterar el comportamiento del Gobierno ruso, para quien una victoria en Ucrania, o al menos un remedo de ella, es una cuestión prácticamente existencial. Rusia se mantiene a flote, pero ha dejado de ser un transatlántico en el océano de la economía global.

Hace menos de dos semanas, el presidente ruso, Vladímir Putin, afirmó durante una intervención en el Foro Económico de San Petersburgo que su país ha logrado resistir lo que denominó la “guerra relámpago económica de Occidente”, que “no tenía posibilidades de éxito”. “Estamos normalizando la situación económica paso a paso”, aseguró. Por esos mismos días, numerosos artículos en la prensa estadounidense y europea ofrecían argumentos en esa misma línea: que las sanciones occidentales estaban mal diseñadas y apenas estaban teniendo impacto en la economía rusa, que Rusia había encontrado nuevos compradores para su petróleo y eso le permitía burlar el embargo europeo, y que en cambio el coste para los países occidentales está siendo enorme. En abril, el rublo recuperó los niveles previos al inicio de la invasión de Ucrania, y durante el primer trimestre el país experimentó un superávit histórico de 58.000 millones de dólares en su balanza comercial.

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