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"Tuve miedo": cómo Felipe quebró a los intelectuales de la OTAN (y salvó el pellejo)
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La trastienda del referéndum

"Tuve miedo": cómo Felipe quebró a los intelectuales de la OTAN (y salvó el pellejo)

La mayoría de la cultura progresista estaba en contra de la OTAN cuando el PSOE llegó al poder. Cómo el partido logró el gran volantazo con una sucesión de comidas y maniobras

Foto: Felipe González en un mitin a favor de la permanencia de España en la OTAN. (Getty/Cover/Paco Junqueras)
Felipe González en un mitin a favor de la permanencia de España en la OTAN. (Getty/Cover/Paco Junqueras)
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No hay tragicomedia política en España que no ocurra entre café, vino y chuletones.

El 31 de enero de 1986 se convocó el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN para el 12 de marzo. Fueron seis semanas pródigas en contubernios de mesa y mantel. La cultura progresista tenía aversión histórica a la OTAN, la derecha pidió la abstención, las encuestas no lo veían claro y el Gobierno podía caer si ganaba el NO. Había nervios en el Madrid del gran poder. Nada que una buena comida conspiratoria en la almendra central madrileña no pudiera intentar engrasar…

Hacia principios de febrero, tuvo lugar la comida que empezó a quebrar la resistencia a la OTAN de la intelectualidad progresista. Zona residencial del barrio de Chamartín. Convite en casa de Alberto Oliart, exministro de Defensa de la UCD, con invitados de postín: Felipe González, presidente del Gobierno, y Narcís Serra, ministro de Defensa, con sus respectivas esposas. También Pablo García-Arena, presidente de la constructora MZOV, y uno de sus empleados, el ingeniero Juan Benet, uno de los escritores más prestigiosos del país.

"La comida en casa de Oliart, inteligentemente preparada, fue la bisagra del cambio de rumbo de los intelectuales"

¿Qué ocurrió en casa de Oliart? Críticas a la aversión a la OTAN de Francisco Umbral y Manuel Vázquez Montalbán, e ideas para impulsar un bloque cultural progresista en favor de la permanencia; de la permanencia en la OTAN… y de la permanencia en el poder de Felipe González, hostigado por el fuego cruzado entre la derecha —que se había puesto de perfil con la OTAN para desgastar al Gobierno— y la intelectualidad de izquierdas.

La operación salvar la NATO fue también, por tanto, la operación salvar al soldado Felipe.

"Al PSOE le aterrorizaba la posibilidad de perder el referéndum. Tenía un susto tremendo", según el periodista Víctor Márquez Reviriego, que en marzo de 1986 desveló el banquete de Oliart en 'Cambio 16'. "Esa comida fue la bisagra del cambio de rumbo de los intelectuales", añade.

"Fue una comida muy inteligentemente preparada, porque el PSOE no recurrió [para convencer a Benet] a un militante socialista, sino a Oliart, que no solo conocía perfectamente el tema de la OTAN como exministro de Defensa, sino que era un hombre culto y con conexiones profundas con los intelectuales", recuerda Márquez Reviriego.

placeholder Protesta en Madrid contra la OTAN el 15 de noviembre de 1985. (Getty/Sygma/Christine Spengler)
Protesta en Madrid contra la OTAN el 15 de noviembre de 1985. (Getty/Sygma/Christine Spengler)

Criado en Cataluña, Oliart formó parte de la pandilla de la Generación de los Cincuenta —amigo de Barral, Gil de Biedma y Goytisolo—. Aunque acabó en la abogacía del Estado, la banca y la política, había escrito poesía en su juventud. Oliart, en definitiva, era uno de los suyos, o al menos lo había sido, y enganchar a los intelectuales progresistas a la OTAN era de pronto una cuestión de Estado.

A la comida con Oliart entró un Benet y salió otro. Hasta entonces, a Benet se le conocían opiniones poco proclives a la NATO. En '100 españoles y la OTAN', libro de Víctor Márquez Reviriego publicado cuatro meses antes de la comida con Oliart, Benet había dicho que cada vez que España abandonaba la neutralidad militar se producían situaciones "estúpidas, nocivas y contraproducentes". Ya no lo diría más...

Guerra de manifiestos

Aunque intelectuales socialistas más o menos orgánicos llevaban tiempo escribiendo a favor de la OTAN en 'El País', especialmente Ludolfo Paramio y Fernando Claudín, la batalla cultural la estaban ganando los del NO, más movilizados que sus rivales, a los que quizá les daba corte gritar SÍ a la OTAN tras años promulgando el NO. A un mes del referéndum, el 42% de los votantes socialistas del 82 apostaba por el NO. El gobierno de González estaba en peligro. Había llegado la hora de dar un paso al frente.

Días después de la comida con Oliart, Benet se juntó con su amigo Javier Pradera, jefe de opinión de 'El País' y asesor áulico de Felipe González. Se vieron en el Restaurante La Ancha, junto al Parque de Berlín, para redactar un manifiesto en favor del SÍ a la OTAN. "Pradera puso la autoría intelectual y Benet la pluma", cuenta J. Benito Fernández, autor de una biografía sobre Ferlosio, y que ahora trabaja en una biografía sobre Benet.

Redactado el manifiesto, Pradera y Benet convencieron a un íntimo para que se sumara: nada más y nada menos que Rafael Sánchez Ferlosio, cuñado de Pradera. La reunión, por supuesto, se produjo cenando (en casa de Benet, según Benito).

Lo que no podían imaginar ni Ferlosio, ni Benet, ni Pradera entonces es que el manifiesto iba a acabar con Pradera fuera de 'El País' y con Ferlosio con remordimientos de por vida...

"Al PSOE le aterrorizaba la posibilidad de perder el referéndum. Tenía un susto tremendo"

El 'fichaje' de Ferlosio era clave: no solo era uno de los intelectuales más respetados de España, sino uno de los que más profunda y ácidamente había escrito contra el militarismo atlantista, incluido un serial de tres artículos en 'El País' (1984) donde escribió cosas como: "Recordando esa frase hecha que hoy se oye con frecuencia de "Yo esto lo tengo muy claro", siento tener que decir que, por mi parte, yo esto de la OTAN, cualquiera que sea la opción, no es que lo tenga oscuro: lo tengo tenebroso". Ferlosio también había escrito andanadas demoledoras contra el postureo socialista en el poder, como su célebre artículo 'La cultura, ese invento del Gobierno'.

Poco después, Benet y Pradera llevaron el manifiesto a su tertulia cultural, en el restaurante José Luis, cerca del Bernabéu. Y empezó a prender la mecha.

Poco a poco, consiguieron las firmas de Eduardo Chillida, Amancio Prada, Jaime Gil de Biedma, Jorge Semprún, Juan Marsé y Luis Goytisolo. El gran volantazo intelectual empezaba a ser un hecho.

El 18 de febrero, 'El País' publicó el manifiesto, que aseguraba que "el voto negativo" había sido "usurpado por sectores reaccionarios" [se referían a la extrema derecha, aunque la izquierda de la izquierda también pedía el voto por el NO]. Según los firmantes, la abstención había "quedado adulterada por el burdo oportunismo de cierta derecha" y "un referéndum convocado para determinar una cuestión central de la política exterior española, como es la permanencia o salida de España de la OTAN, ha creado un estado de confusión e incertidumbre que puede acarrear consecuencias indeseables para el normal funcionamiento de nuestra vida democrática’". Es decir, según ellos, el problema quizá no era tanto la OTAN como la derecha y la inestabilidad del Gobierno si perdía el referéndum.

"Ferlosio tuvo insomnio los siguientes días. Estaba agobiado y disgustado con su decisión de apoyar al Gobierno con la OTAN"

Además de los citados antes, firmaban el manifiesto: Antonio López, Oriol Bohígas, Assumpta Serna, Álvaro Pombo, Eduardo Úrculo, Luis Antonio de Villena, Jaime de Armiñán, Adolfo Domínguez, Beatriz de Moura, Sancho Gracia, Santos Juliá, Emilio Martínez Lázaro, Luis de Pablo, Francisco Calvo Serraller, Ignacio Gómez de Liaño y Michi Panero, entre otros.

Un día después de publicarse el texto, vino el contraataque: manifiesto de los contrarios a la OTAN firmado por Antonio Gala, José Luis Aranguren, Rafael Alberti, Cristina Almeida, José Luis Balbín, Moncho Alpuente, Juan Genovés, Basilio Martín Patino, Luis García Berlanga, José Luis Garci, Manuel Tuñón de Lara, José María Caballero Bonald, Manuel Vázquez Montalbán, Francisco Umbral, Carmen Martín Gaite, Carlos Castillo del Pino, Lola Gaos, Rosa León y Lluis Llach, entre otros. "Frente a la política de alineamiento propugnamos para España una política de neutralidad activa, política caracterizada por una sección exterior orientada a lograr la paz y el desarme a través del incremento de la cooperación internacional", decía el manifiesto.

Entre la intelectualidad crítica con el PSOE había estupor con algunos cambios de bando. Y hubo quien se arrepintió de apoyar el SÍ casi inmediatamente. "Ferlosio tuvo insomnio los siguientes días. Estaba agobiado y disgustado con su decisión. Una noche llamó a un amigo, el filósofo Tomás Poyán, para desahogarse. ¡Le llamó a las tres de la madrugada!", cuenta J. Benito Fernández. Dos años y medio después, Ferlosio admitió en público que "perdió el honor e hizo el imbécil para nada" al apoyar al Gobierno con la OTAN. "Tuve un miedo reaccionario, porque no me fiaba, ni entonces ni ahora, del Ejército nacional", añadió.

Pradera en llamas

Lo que le pasó a Javier Pradera merece capítulo aparte. Pradera era entonces el principal editorialista de 'El País'. Aunque le gustaba operar sin exponerse y entre bambalinas, su mito era ya alargado (para Vázquez Montalbán, Pradera era el "ideólogo" de 'El País') y despachaba habitualmente con Felipe González. Cuando se publicó el manifiesto por el SÍ a la OTAN en 'El País', muchos lectores protestaron y pusieron el foco en Pradera: ¿Por qué el jefe de Opinión se posicionaba en público de esta forma?

placeholder Grafitis contra la OTAN en Barcelona.  (Getty/Gamma-Rapho/Jean-Marc Charles)
Grafitis contra la OTAN en Barcelona. (Getty/Gamma-Rapho/Jean-Marc Charles)

Extractos de cartas de lectores recibidas esos días en 'El País':

"Resulta sorprendente y escandaloso que el tándem Pradera-Benet han conseguido su objetivo que era utilizar las páginas de 'El País', periódico que se titula como 'Diario independiente de la mañana', y colocarle en el lado del sí mediante un apoyo vergonzante al Gobierno, utilizando para ello la falacia de que el voto negativo ha sido usurpado ahora por sectores reaccionarios".

"A la vista de la postura adoptada por el señor Pradera, desde este momento y hasta el próximo 12 de marzo debe ser relevado de la jefatura de la sección de Opinión, pues no existen garantías de imparcialidad en la línea editorial que pueda seguir ese periódico durante el transcurso de la campaña electoral del referéndum".

El asunto escaló.

El defensor del lector analizó el caso en las páginas del periódico, con la aportación del director, Juan Luis Cebrián, que realizó con una ambigua defensa (pasivo-agresiva) de Pradera: 1) "No me parece ni bien ni mal, aunque creo que quienes firman habitualmente artículos y opiniones en la prensa no necesitan hacer este tipo de afirmaciones colectivas". 2) "El cargo de Javier Pradera, que no es el único que escribe editoriales políticos, no es funcional, no tiene redactores a sus órdenes…. El director es el único responsable ante la opinión pública de la opinión editorial del periódico".

Pradera interpretó las palabras de Cebrián como una desautorización, al minusvalorar su influencia en el periódico. Dónde había patrón (Cebrián), no mandaba marinero (Pradera). Era el fin.

Pradera decidió irse de 'El País'. No le gustaron las intervenciones del defensor del lector y Cebrián.

"Debió de sentirse desautorizado o, como mínimo, relegado a un plano secundario y ese es el sentimiento de despecho que transmite el recuerdo de varios testigos… Pradera lo tomó como una humillación y decidió dimitir de forma irrevocable", cuenta Jordi Gracia en ‘Javier Pradera o el poder de la izquierda’, que reproduce la carta que le envió Pradera a Cebrián para explicar su decisión. "Sirva como explicación (claramente insuficiente a la vista de los acontecimientos) de mi decisión, objetivamente equivocada, que confié al firmar ese llamamiento en que mi nombre no fuera percibido exclusiva o predominantemente como el de un periodista de 'El País' (al que estoy jurídico-laboralmente vinculado como colaborador), sino como el de un editor (mi profesión desde hace 20 años)", contó Pradera, que entonces era editor de Alianza, del grupo PRISA. "En cualquier caso, me parece inexcusable que aceptes mi dimisión como jefe de la sección de Opinión de 'El País'", añadió.

"Pradera puso la autoría intelectual y Benet la pluma en el manifiesto a favor de la OTAN"

"A Pradera le cogió a traspié o por sorpresa el revuelo y ya no pudo dar marcha atrás: prefirió ser consecuente antes que disfrazar su posición con cualquier martingala marrullera… Un vulgar orgulloso hubiese encontrado a mano el argumento suficiente para una transacción de última hora, pero en Pradera habitaba la soberbia satánica de quien se hace cargo de sus errores y de sus aciertos", escribe Gracia.

'El País' dijo adiós a Pradera con una noticia sin firma: "Su capacidad intelectual, su entusiasmo profesional, sus dotes para el análisis político y la finura de sus criterios han servido para dilucidar no pocas cuestiones complejas sobre las que 'El País' se ha pronunciado desde la fecha de su aparición".

Juan Luis Cebrián, por su parte, recordó lo siguiente en sus memorias 'Primera página': "Ante la marea de protestas de los lectores contra lo que acabamos por llamar 'el manifiesto Pradera', que reclamaban su renuncia como jefe de Opinión… expliqué que Javier había firmado a título personal… Aunque efectivamente estaba al frente de la Opinión del diario, donde ejercía de editorialista principal, su línea la establecía autónomamente el director… Pradera consideró estas declaraciones como una desautorización a su persona y, de alguna manera, una humillación también, por lo que decidió dimitir de forma irrevocable. Para mí fue un golpe muy duro, porque yo había pretendido precisamente salvar su imagen, restando importancia a la firma del manifiesto".

Ambientazo en 'El País'

Una versión (bien) diferente de lo que pasó la tiene el hijo de Javier Pradera, el escritor y presentador de televisión Máximo Pradera, al que preguntamos por el caso.

PREGUNTA. ¿Por qué su padre instigó un manifiesto de intelectuales en favor de la OTAN?
RESPUESTA. Yo creo que fue un favor a Felipe González. Eran amigos.

"Cebrián, que es una 'prima donna', empezó a estar celoso de Javier Pradera"

P. ¿Se sintió Pradera desautorizado por Cebrián tras el revuelo causado por su firma?
R. Creo que hay que ir más allá del manifiesto y entender la relación que tenían mi padre y Cebrián. Mi padre había trabajado siempre a la sombra en 'El País', sin firmar artículos, pero, meses antes del manifiesto de la OTAN, recibió el premio de periodismo Francisco Cerecedo, que le sacó del armario, al dejar claro el jurado que estaba detrás de la línea editorial de 'El País'. Cebrián, que es una 'prima donna', empezó a estar celoso de mi padre.

P. Siga…
R. Mira, 'El País' es el Monte del Olimpo, donde viven los principales dioses del Panteón, y las relaciones son complicadas. Zeus era el jefe de todos los dioses, y cuando se ponía celoso, te arrojaba un rayo. Pues bien: Cebrián era el Zeus de 'El País'.

P. Ya…
R. Cebrián no podía soportar que mi padre despachara directamente con Polanco, porque era amigo de Polanco, que a veces venía por casa. Felipe González, a su vez, hacía más caso a mi padre que a Cebrián.

Cebrián tenía grandes ínfulas intelectuales, y aunque siempre fue un capataz excelente, no era Albert Camus, y envidiaba a mi padre por tener más profundidad intelectual que él. Cuando se montó el escándalo del manifiesto de la OTAN, Cebrián dejó a mi padre a los pies de los caballos, al activar al defensor del lector contra él, e insinuar que quizá había atentado contra la deontología del periódico, algo que a mi padre le tocó muchos los cojones.

P. ¿La relación entre Pradera y Ferlosio quedó tocada tras el lío del manifiesto?
R. No, su relación estaba por encima de eso, por encima del bien y del mal, creo que Ferlosio tomó una decisión autónoma, buena o mala, y nunca culpó a mi padre por ello, sino a sí mismo.

El canto del cisne de la intelectualidad

La izquierda llevaba manifestándose masivamente contra la OTAN desde la Transición, en ocasiones junto a Felipe González y Alfonso Guerra (antes de su llegada al poder en el 82) y casi siempre con las encuestas a favor: solo el 13% de los españoles se mostraba a favor del SÍ a la OTAN en julio de 1981. Dentro de la izquierda, la cultura y los intelectuales jugaron un papel decisivo en el referéndum por varios motivos.

"El referéndum tuvo más repercusión aún en el terreno de la cultura y de la inteligencia que en el de la sociedad. Entre la abstención, que pasó del 40%, y el 6,4% de votos en blanco, sumaban 13 millones de ciudadanos", escribe Gregorio Morán en 'El cura y los mandarines'.

"En aquella breve primavera de la sociedad civil, que poco antes había dado a un partido el mayor poder institucional y territorial de la joven democracia española, los intelectuales tuvieron un renovado protagonismo… En realidad nada de esto era tan nuevo, pues recordaba las movilizaciones de los últimos años de la dictadura y los primeros de la transición a la democracia. La novedad radicaba en ver situados ahora en campos distintos a los que pocos meses antes habían dado su voto a la misma alternativa de cambio enarbolada por los socialistas", cuenta Javier Muñoz Soro en su estudio 'El final de la utopía: los intelectuales y el referéndum de la OTAN en 1986'.

placeholder Concentración en Barajas por la visita de Ronald Reagan a España en mayo de 1985. (Getty/Hulton Archive/Keystone)
Concentración en Barajas por la visita de Ronald Reagan a España en mayo de 1985. (Getty/Hulton Archive/Keystone)

O la lucha por el referéndum como último momento de gloria de la intelectualidad crítica salida del antifranquismo. "Algunos de ellos presentían que esa era 'la última vez que se nos da la ocasión de volver a ser héroes', según el testimonio recogido por el periodista José Luis Gutiérrez en un acto contra la OTAN, 'y ciertamente allí estaban todos los rostros de los tiempos heroicos, roturados por las hondas grietas del fracaso, por las arrugas del resentimiento contra esta pareja de pícaros sevillanos [González y Guerra]'", según Muñoz Soro.

Pero la secuencia fue la siguiente: subidón de la protesta, presiones del partido alfa, impotencia.

"Los efectos que dejó la presión gubernamental sobre los intelectuales y creadores de cultura en general iba a tener consecuencias", según Morán.

"Los términos del debate marcaron una ruptura definitiva con la memoria antifranquista y una escisión dentro de la intelectualidad de izquierdas que tendría consecuencias duraderas, sobre todo en la primacía de los partidos políticos sobre la sociedad civil", zanja Muñoz Soro.

Tanzania no es España

La batalla, por tanto, se libró en el territorio de las ideas progresistas, un duelo de la izquierda contra la izquierda, al optar la derecha por una posición ambigua (Fraga estaba por la OTAN, pero la oportunidad de castigar a Felipe era demasiado golosa). Ante la posibilidad de que el votante de derechas hiciera caso a Fraga, el PSOE puso toda la carne en el asador de convencer a los suyos, a los que había pasado años calentándoles con la postura contraria.

Al habitual contorsionismo socialista con la OTAN (recuerden su célebre eslogan "OTAN, de entrada NO"), se le sumó la necesidad imperiosa de ganar el referéndum como fuera para no abrir una crisis de gobierno impredecible.

Semanas antes del referéndum, en una conversación con Márquez Reviriego, el vicepresidente Alfonso Guerra le dijo ('off the record' y con retranca sevillana): "Para nosotros lo ideal sería que la pregunta del referéndum fuera: '¿Quiere usted que ingresemos en la OTAN o que sigamos en la OTAN con su voto en contra?". "Era la postura real del PSOE en forma irónica", recuerda Márquez Reviriego. Resumiendo: OTAN sí, OTAN no, OTAN me gusta me la como yo. Era un sí o sí y había que movilizar todos los medios al alcance para conseguirlo, de TVE al CIS.

Un estudio gubernamental sobre la percepción popular hacia la OTAN, encargado al prestigioso sociólogo Jesús Ibáñez (curiosamente uno de los intelectuales destacados contrarios a la OTAN), había revelado que detrás del NO a la OTAN había un gran componente "afectivo y emocional", explica Muñoz Soro, profesor de Historia de la UCM.

"El Gobierno tenía claro que el referéndum se jugaba entre los suyos, dada la situación absurda generada por la derecha al pedir la abstención"

Tras leer el informe de Ibáñez, el Gobierno concluyó que la mejor manera de encauzar el referéndum de la OTAN era… no hablando de la OTAN, elipsis con la que jugó el CIS, que dejó de preguntar sobre la OTAN y pasó a hacerlo sobre el referéndum, pero vinculado a las contrapartidas para España, por ejemplo, entrar en Europa por la puerta grande. El eslogan OTAN es Europa tuvo éxito esos días.

Resumiendo la estrategia gubernamental: 1) El NO a la OTAN descarrilaría nuestra aún precaria integración en la UE. 2) El NO a la OTAN significaba abrirle la puerta a la derecha. Miedo a quedarnos fuera de Europa y miedo a la derecha. Funcionó.

"El Gobierno tenía claro que la clave era amarrar a sus votantes afines, que el referéndum se jugaba entre los suyos, dada la situación absurda generada por la derecha al pedir la abstención", cuenta Muñoz Soro.

La derecha acabó consiguiendo el efecto paradójico de que parte de la izquierda se olvidara de sus principios anti-OTAN y se movilizara para salvar al Gobierno… de la derecha.


¿Y TVE? Al "acusado desequilibrio entre opiniones favorables y opiniones contrarias a la OTAN en TVE", según Muñoz Soro, se le sumaron episodios propagandísticos dantescos, como una entrevista de Mercedes Milá a José María García en la JORNADA DE REFLEXIÓN en la que Supergarcía soltó joyas como: "Estar fuera de la OTAN nos pondría al nivel de Tanzania".

El SÍ a la OTAN ganó con un 56% de los votos.

No sabemos cómo está ahora Tanzania. Sí sabemos que la cumbre más importante de la OTAN en años se celebra en unos días en Madrid, que los países occidentales vuelven a armarse hasta los dientes y que Felipe González es un jarrón chino. Todo lo sólido ha vuelto a desvanecerse en el aire.

No hay tragicomedia política en España que no ocurra entre café, vino y chuletones.

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