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El infierno en un sótano: francotiradores, misiles y 27 días secuestrado en tu propia escuela
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Un pueblo como escudo humano para los rusos

El infierno en un sótano: francotiradores, misiles y 27 días secuestrado en tu propia escuela

Los 300 vecinos del pueblo de Yahidne, en Chernihiv, fueron encerrados en un sótano durante el mes que duró la ocupación rusa

Foto: Una de las paredes del sótano de la escuela, donde los niños dibujaron durante los 27 días de ocupación. (Alicia Alamillos)
Una de las paredes del sótano de la escuela, donde los niños dibujaron durante los 27 días de ocupación. (Alicia Alamillos)

A Kira se le escapan algunos mechones de las trenzas, pero por lo demás está guapísima. Juega con un perrito minúsculo, apenas una cría de días, en la franja de hierba que hay justo enfrente de su casa. Una casa que no tiene ventanas, tiene medio techo, tiene un boquete en la pared de la cocina con forma de impacto de misil. Cuando juega bajo el sol apenas se nota, pero Kira ha pasado un mes de ocupación rusa secuestrada en la oscuridad del sótano de su propia escuela. Sin salida, sin aire, con dos francotiradores rusos con ángulo sobre la puerta; los más de 300 vecinos —77 de ellos niños— de la aldea de Yahidne pasaron todos juntos por el mismo infierno: 27 días de encierro, pavor y muerte para todo un pueblo traumatizado sin margen para digerir una invasión, una reconquista y ahora la reconstrucción.

Con la ofensiva rusa centrada ahora en el este y sur de Ucrania, el país va descubriendo poco a poco nuevos restos de los horrores que dejó la ocupación en el momento álgido de la invasión. El 3 de marzo, apenas ocho días después de que las tropas del Kremlin cruzaran la frontera desde Bielorrusia hacia Kiev, Yahidne —en el óblast de Chernihiv, la provincia más septentrional de Ucrania— fue conquistada por los rusos.

Foto: Niños juegan con un tanque ruso expuesto en la plaza de Mykhailivska, en Kiev. (EFE/Oleg Petrasyuk)

"Cuando llegaron los rusos, pasaron casa por casa, juntaron a todo el mundo y nos llevaron a la escuela. Nos encerraron en el sótano", recuerda Igor, de 33 años. Yahidne, una pequeña aldea a unos 150 kilómetros al norte de Kiev, se convirtió entonces en una suerte de base para los rusos en la primera fase de la ofensiva ucraniana, y todo el pueblo encerrado en el sótano en rehén y escudo humano para proteger a los rusos de los misiles de la contraofensiva ucraniana.

Los 300 vecinos —el más joven un bebé de meses, el mayor una anciana de 93 años— pasaron casi un mes hacinados en el sótano de la escuela secundaria del pueblo, una superficie de unos 197 metros cuadrados dividida en varias salas. En la puerta de cada habitación, dos números: una por el total de personas que malvivían allí, y otro por cuántos niños. En la más grande, 136 y 9. Kira no ha vuelto a entrar en la escuela desde que la ciudad fuera liberada, así que no puedo saber si ella fue una de los niños que intentó conjurar la oscuridad del encierro con unos dibujos en las paredes. Flores, una isla desierta con un cocotero, una huella de un perro, un sol pintados con cera y encima, un mensaje: "¡No a la guerra!".

"Reguero de cadáveres"

La rápida conquista, acompañada de un fuerte fuego de artillería, no dio margen a los vecinos para reaccionar. "De la gasolinera hasta la casa de la Cultura [hoy un edificio completamente destrozado y quemado] era todo un reguero de cadáveres" de aquellos que intentaron huir una vez ya los rusos se habían hecho con el pueblo, detalla Igor con un gesto amplio de la mano. En la misma calle donde ahora juega Kira quedan todavía un par de coches destrozados, con los cristales de las ventanas reventados, las ruedas robadas y un gato sin dueño que trepa a un asiento del conductor con una mancha sobre la tapicería que deja pocas dudas.

Igor puede contar el reguero de cadáveres porque es de los pocos a los que se les permitía salir del encierro en el sótano de la escuela

Igor puede contar el reguero de cadáveres porque es de los pocos a los que se les permitía salir del encierro en el sótano de la escuela. "A veces nos dejaban enterrarlos. No de uno en uno, esperaban varios días y los enterrábamos juntos" en una fosa común. Ahora la tierra está de nuevo abierta y vacía, después de que la Cruz Roja desenterrara los cadáveres para identificarlos y enterrados de nuevo en su propia tumba en el cementerio local.

Pero no todos morían bajo las balas. Las condiciones dentro del sótano, donde apenas tenían aire viciado para respirar, poca comida y agua escasa, acabaron matando a al menos otras seis personas. El pueblo llevaba la cuenta en las paredes donde todavía pueden leerse los nombres de las víctimas: a un lado, los asesinados por los rusos, a otro, los muertos en el encierro. En medio, un triste calendario sumando días en la oscuridad.

placeholder Igor, frente a la puerta donde marcaban los nombres de los asesinados por los rusos (izq.) y los muertos en el sótano (der.). (Alicia Alamillos)
Igor, frente a la puerta donde marcaban los nombres de los asesinados por los rusos (izq.) y los muertos en el sótano (der.). (Alicia Alamillos)

Hoy, el sótano está húmedo y frío. Pero con 300 personas dentro, muchas veces sin posibilidad ni de salir a orinar, el ambiente era sofocante, rememora Igor. Para los hombres jóvenes como él, no había ni espacio para dormir. "Este era mi sitio, sentado", dice mientras señala un banco de madera en el pasillo. En los días buenos, los rusos les dejaban salir a cocinar fuera de vez en cuando, a veces recibían raciones de campaña del Ejército, apestando a gasolina. "Aquí, y ahí", explica otro vecino, Sasha, señalando el tejado de la escuela, "había francotiradores rusos".

placeholder Restos de armamento en el bosque junto a la escuela. (Alicia Alamillos)
Restos de armamento en el bosque junto a la escuela. (Alicia Alamillos)

Para abril, las tropas rusas comenzaron su retirada de las provincias del norte de Ucrania acosadas por el Ejército de Kiev. En medio del fuego cruzado, Yahidne quedó destrozada, con casi el 90% de los edificios afectados por los bombardeos, según detalla a El Confidencial Olena Shvydka, la líder de la comunidad que engloba a varias aldeas aledañas. Aunque los equipos de desminado del Ejército ucraniano ya han peinado la zona, Oleksander me pide que no me aleje del camino y que pise sobre sus huellas. En el bosque, junto a la escuela, todavía están los restos de la ofensiva en forma de munición, casquillos y árboles quemados.

Cuando salió de aquel sótano, Igor abandonó el pueblo, intentando alejarse de los recuerdos. "La sensación de miedo y pavor era tal que ahora se me hace difícil recordarla", asegura. Pero ahora ha decidido volver, reconstruir su casa y su vida en el pueblo. Con el sol del verano, la vida vuelve a los escenarios del terror; como Kira, que juega con su perrito frente a su casa destrozada.

A Kira se le escapan algunos mechones de las trenzas, pero por lo demás está guapísima. Juega con un perrito minúsculo, apenas una cría de días, en la franja de hierba que hay justo enfrente de su casa. Una casa que no tiene ventanas, tiene medio techo, tiene un boquete en la pared de la cocina con forma de impacto de misil. Cuando juega bajo el sol apenas se nota, pero Kira ha pasado un mes de ocupación rusa secuestrada en la oscuridad del sótano de su propia escuela. Sin salida, sin aire, con dos francotiradores rusos con ángulo sobre la puerta; los más de 300 vecinos —77 de ellos niños— de la aldea de Yahidne pasaron todos juntos por el mismo infierno: 27 días de encierro, pavor y muerte para todo un pueblo traumatizado sin margen para digerir una invasión, una reconquista y ahora la reconstrucción.

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