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¿Qué es lo que más teme Putin? Un analista de EEUU te explica por qué no es la OTAN
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Entrevista con Lincoln Mitchell

¿Qué es lo que más teme Putin? Un analista de EEUU te explica por qué no es la OTAN

El analista, escritor y profesor de la Universidad de Columbia destaca en entrevista con El Confidencial la importancia de las llamadas 'revoluciones de los colores' en la psique del presidente ruso

Foto: Lincoln Mitchell. (Universidad de Columbia)
Lincoln Mitchell. (Universidad de Columbia)

Desde el inicio de la invasión de Ucrania, un conflicto geopolítico de gran escala que durante años fue considerado como impensable, cientos de analistas han intentado resolver la gran incógnita del momento: ¿en qué está pensando Vladímir Putin? El camino que llevó al presidente ruso a lanzarse a una guerra que ha costado miles de bajas entre las filas de su ejército, una oleada de sanciones económicas occidentales sin precedentes y la destrucción de gran parte de un país al que se refiere como "hermano" ha sido escrutado hasta la saciedad sin que nadie haya dado con una respuesta definitiva. ¿Fue la expansión de la OTAN? ¿Fueron las fuerzas profundas del imperialismo ruso abriéndose camino? ¿Es el mandatario un actor irracional con un botón nuclear al alcance?

Las mismas preguntas siguen planteándose día tras día. Pero para Lincoln Mitchell, analista político, autor y profesor en la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Columbia, hay un factor determinante que ha recibido menos atención de la que debería: el legado que las llamadas 'revoluciones de colores' continúa teniendo en la visión global de Putin. Con este término se hace referencia a las transformaciones políticas no violentas que ocurrieron en Serbia en 2000, Georgia en 2003, Ucrania en 2004 y Kirguistán en 2005, cuatro países que Moscú considera parte de su esfera de influencia. Fueron movimientos políticos apoyados por Occidente —especialmente por Washington—, aunque impulsados principalmente por una ciudadanía local harta de regímenes fallidos y corruptos y en busca de mayores tasas de libertad y democracia. Sin embargo, para Putin, representaban algo muy distinto: un posible paso previo al final de su propio Gobierno.

"Los funcionarios rusos y el propio Putin han sostenido durante mucho tiempo que casi cualquier levantamiento popular en Rusia y la región circundante es un intento de revolución de color y, por lo tanto, debe estar siendo respaldado, si no instigado, por Europa y Estados Unidos", indica Mitchell, autor del libro 'The Color Revolutions'. El presidente ruso, apunta el analista en entrevista con El Confidencial, ha estado obsesionado con estas revoluciones y siempre ha temido que pudieran replicarse dentro de su país. Aunque el impacto de estos procesos políticos en los países que los atravesaron fue más bien limitado y la desestabilización de Rusia, la mayor potencia nuclear del mundo, no es un objetivo especialmente deseable para Washington o Bruselas, la percepción de amenaza del mandatario nunca ha cesado.

Foto: Militares rusas ensayan para el desfile del Día de la Victoria en la Plaza Roja de Moscú. (EFE/Maxim Shipenkov)

PREGUNTA. Hasta ahora, las dos explicaciones más frecuentes sobre la motivación del Kremlin para invadir Ucrania han sido la de una reacción a la expansión de la OTAN y la del resurgir del imperialismo ruso. Sin embargo, usted destaca un tercer factor: la obsesión y paranoia de Vladímir Putin con las revoluciones de colores.

RESPUESTA. Se trata de un factor muy determinante. Siempre digo a mis alumnos que, a la hora de aproximarse a las relaciones internacionales, siempre hay que considerar la política interna de los Estados. Si uno no lo hace, siempre va a perderse una parte importantísima de lo que está ocurriendo. Para Putin, la preservación de su régimen siempre ha sido una prioridad esencial. En este sentido, Rusia siempre ha considerado que Estados Unidos jugó un rol mucho mayor del que realmente tuvo en las revoluciones de colores, y el Kremlin siempre ha temido que una de ellas se produjera en su propio territorio. Por eso, a partir de 2003, después de la Revolución de las Rosas de Georgia, el Gobierno ruso empezó a limitar severamente las libertades civiles.

P. Esta serie de revoluciones coincide con los primeros años de gobierno de Putin, quien llega al poder en el año 2000. ¿Cuánto influyeron en su visión de cómo debía ser la relación entre Rusia y Occidente?

R. Creo que desde un primer momento Putin consideró que Occidente estaba intentando crearle problemas y expandir su influencia en la región y que, en última instancia, eso podía dirigirle hacia el precipicio. Aquí, es importante recordar que en Estados Unidos no teníamos ni la más mínima idea de que eso era lo que pensaba. Parece extraño decirlo ahora, pero en Washington no había una visión de Putin como un actor problemático o inequívocamente antidemocrático. Y desde luego no se percibía el apoyo a las revoluciones de colores como un intento de EEUU y Europa de arrebatarle a Rusia parte del poder en la región. Pero en Moscú era exactamente como se veía.

Foto: El presidente ruso, Vladímir Putin, en el Día de la Victoria. (Reuters/Maxim Shemetov)

P. Pero ¿puede realmente desligarse este miedo de una visión imperialista por parte de Putin? Uno no puede percibir como una amenaza un cambio de gobierno en Georgia o Ucrania si no considera que esos países, en cierto modo, le pertenecen.

R. No hay duda de que la ambición imperialista de Rusia es parte de ello. Pero, por sí misma, esta ambición no explica por qué Putin ha decidido que una invasión a gran escala de Ucrania era necesaria ahora mismo. Si realmente todo lo que quería era la reconstrucción de la Unión Soviética, ¿por qué no invadió toda Georgia en 2008? Todo el mundo se centra ahora en su afirmación, en 2005, de que el desmantelamiento de la URSS fue la mayor tragedia geopolítica del siglo XX, pero esa es una percepción que comparten gran parte de los rusos. Lo cierto es que, si hubiera querido, Rusia podría haberse expandido más estas décadas en el Cáucaso y en Asia Central, pero no lo hizo. Entonces, ¿por qué sí en Ucrania?, ¿por qué ahora? El imperialismo no explica eso. Tampoco la OTAN, dado que todo el mundo sabía que Kiev nunca iba a formar parte de la Alianza.

"El Kremlin cree que cada vez que un régimen autoritario cae, Occidente está contento"

P. Ha mencionado que Estados Unidos no tenía ni idea de que Rusia lo culpaba en gran medida de las revoluciones de color. ¿Pasó algo parecido en la Primavera Árabe?

R. Correcto. El análisis ruso de la Primavera Árabe siempre ha estado plagado de referencias a las revoluciones de colores. Para Moscú, había una clara conexión entre ambos fenómenos y, por lo tanto, una misma responsabilidad occidental. En Estados Unidos, conforme las revoluciones de colores se fueron apagando sin grandes éxitos democráticos de los que presumir, estas fueron, en gran medida, olvidadas. La presidencia de Barack Obama también supuso el fin de la retórica de la promoción global de la democracia y la libertad, tan utilizada por la Administración Bush. Washington ha olvidado esa etapa, pero, desde luego, lo mismo no es cierto en Rusia ni gran parte del mundo, incluyendo a China.

El Kremlin sigue considerando que cada vez que un régimen autoritario cae, Occidente está contento. Eso significa que, de un modo u otro, eventos como las revoluciones de colores y la Primavera Árabe tienen que estar conectados. Ese es el marco con el que ve las relaciones internacionales. Y no es como si EEUU o Europa no estuvieran haciendo absolutamente nada en estos países, por lo que siempre tienen motivos para sospechar.

Foto: Vladislav Surkov. (Reuters/Sergei Karpukhin)

P. En un análisis reciente, usted hacía referencia a las múltiples manifestaciones contra Vladímir Putin que tuvieron lugar en Rusia en 2012 después de que las elecciones legislativas fueran percibidas como fraudulentas. Fueron las protestas más grandes desde el fin de la URSS, pero del lado occidental, una vez más, pocos se acuerdan de ellas. ¿También las tiene Putin grabadas a fuego en la memoria?

R. Putin responsabilizó explícitamente de estas protestas a Hillary Clinton, quien por aquel entonces era secretaria de Estado de EEUU. Dos años después, en 2014, Viktor Yanukovich, presidente de Ucrania y uno de sus aliados más cercanos, es expulsado del Gobierno y se ve obligado a escapar del país. Creo que estos dos eventos tienen que analizarse como un conjunto. La reacción rusa al Euromaidán es tan fuerte precisamente porque ocurre poco después de las protestas en Rusia.

P. 2014 supone un antes y un después para la relación entre Rusia y Occidente. La invasión y anexión de Crimea y el apoyo abierto a los separatistas del Donbás supusieron una agresión sin precedentes por parte de Moscú desde el fin de la Unión Soviética. ¿Por qué fue Putin tan drástico?

R. Ucrania es un país de enorme importancia para Rusia. Y cuando Yanukovich ganó la presidencia del país en 2010, las propias potencias occidentales reconocieron que lo hizo en unas elecciones relativamente libres y justas. Entonces, cuando es expulsado del Gobierno cuatro años después, estoy seguro de que Putin pensó que ni siquiera jugando con las reglas occidentales se estaba a salvo de ser derrocado. La llamada entre Victoria Nuland y Geoffrey Pyatt fue, para él, una confirmación de las intenciones de EEUU. “Si pueden hacer esto en Ucrania, pueden hacerlo en cualquier parte”, debió pensar. No me gusta Putin, obviamente, pero esto no es algo completamente irracional. Y estoy seguro de que Washington no tenía intención alguna de ayudar a acabar con su Gobierno, dado el peligro que supone una desestabilización de Rusia. Pero Putin, probablemente, creía que eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.

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En febrero de 2014, en el punto más álgido de las protestas ucranianas contra el Gobierno, la grabación de una llamada telefónica entre la subsecretaria de Estado de EEUU, Victoria Nuland, y Geoffrey Pyatt, el embajador del país en Ucrania, fue publicada en YouTube. En esta filtración (considerada ampliamente como fruto de los servicios de Inteligencia rusos), ambos discutían sobre cómo podría verse el país tras una caída de Viktor Yanukovich y qué podría hacerse para favorecer un Gobierno ucraniano más cercano a Estados Unidos. Moscú ha señalado desde entonces esta conversación, que se produjo mientras el presidente prorruso todavía estaba en el cargo en Kiev, como evidencia de que el Euromaidán fue provocado por Estados Unidos.

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P. ¿Cree que EEUU no entendía la mentalidad de Putin por aquel entonces?

R. A principios de la década de los dos mil, EEUU no lo comprendía en absoluto. Pero para 2014, ¿cómo no? Pensar que no habría consecuencias por el Euromaidán hubiera sido absurdo. Pero Washington estaba en una posición difícil en lo que a las protestas se refería, no pudiendo ignorar la represión contra los manifestantes en medio de una enorme atención internacional a los eventos. Por otra parte, una cosa es decir “esto va a hacer que Putin se enfade” y tener en cuenta que querría hacer algo al respecto, pero de ahí a lo que vivimos hoy, con una invasión a gran escala de Ucrania, eso es algo enormemente difícil de predecir. Aun siendo drásticas, las acciones rusas en Crimea y el Donbás nunca fueron vistas como irracionales. Pero la guerra actual va mucho más allá de lo que cualquier analista responsable consideraba por aquel entonces como posible.

Foto: Vladímir Putin. (Reuters/Sputnik/Mikhail Metzel)

P. EEUU se equivocó con Putin, pero Putin parece haberse equivocado enormemente con Ucrania, dado que parecía creer que la invasión sería muchísimo más fácil y que podría provocar un cambio rápido de Gobierno en Kiev.

R. Uno de los factores es que, cuando alguien lleva tanto tiempo en el poder, suele haberse desprendido progresivamente de la gente que le dice no. Putin ahora está rodeado de gente que le dice lo que quiere escuchar y se encuentra muy aislado del resto, especialmente a raíz del covid. Pero por otro lado, él mismo lleva tiempo creyéndose su misma historia: que Ucrania no es realmente un país independiente y que gran parte de su población quiere ser parte de Rusia. Él creía que muchos ucranianos les darían la bienvenida. Y ahora tiene que seguir creyéndolo de un modo u otro, porque no hacerlo sería reconocer que su propio entendimiento de Ucrania era completamente erróneo, y no quiere hacer eso. Fue un error de cálculo muy extraño. Muchos, incluido yo, creían que el Ejército ucraniano no resistiría como lo ha hecho, pero prácticamente nadie creía que los ciudadanos estarían contentos de ser invadidos. Excepto Putin.

P. ¿Qué lección puede sacar Occidente de esta obsesión de Putin con las revoluciones de colores?

R. La misma que deberíamos haber aprendido hace más de una década. Claro, si ahora Rusia acaba tan debilitada por la guerra como parece que va a hacerlo, puede que no importe tanto. Pero la misma lección sirve para China, quien cuenta con países en su entorno con los que podría mostrar una sensibilidad similar.

Esa lección es que nuestro proyecto de promover la democracia en el mundo nunca fue comprendido más allá de Occidente como otra cosa que no fuera una proyección de poder por parte de Estados Unidos. Nadie cree que tenga nada que ver con la democracia. Es algo que tenemos que entender, pero seguimos sin hacerlo.

Desde el inicio de la invasión de Ucrania, un conflicto geopolítico de gran escala que durante años fue considerado como impensable, cientos de analistas han intentado resolver la gran incógnita del momento: ¿en qué está pensando Vladímir Putin? El camino que llevó al presidente ruso a lanzarse a una guerra que ha costado miles de bajas entre las filas de su ejército, una oleada de sanciones económicas occidentales sin precedentes y la destrucción de gran parte de un país al que se refiere como "hermano" ha sido escrutado hasta la saciedad sin que nadie haya dado con una respuesta definitiva. ¿Fue la expansión de la OTAN? ¿Fueron las fuerzas profundas del imperialismo ruso abriéndose camino? ¿Es el mandatario un actor irracional con un botón nuclear al alcance?

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