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Del culto bolchevique al secuestro del Día de la Victoria, así Rusia se rindió a Putin
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La maldición del Kremlin

Del culto bolchevique al secuestro del Día de la Victoria, así Rusia se rindió a Putin

Putin mantiene una forma personalista de ostentar el poder en Moscú arraigada en la cultura rusa, desde la revolución soviética a la época zarista

Foto: Militares rusas ensayan para el desfile del Día de la Victoria en la Plaza Roja de Moscú. (EFE/Maxim Shipenkov)
Militares rusas ensayan para el desfile del Día de la Victoria en la Plaza Roja de Moscú. (EFE/Maxim Shipenkov)
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Por fin es 9 de mayo, aniversario de la victoria soviética sobre el nazismo. A partir de las 10 de la mañana, hora de Moscú, resonarán las voces de mando en la Plaza Roja. Los soldados desfilarán al unísono, disparando sus piernas y gritando "urrá" con toda la capacidad de sus pulmones. Los aviones de combate formarán el símbolo de la Z en el cielo. Los contados veteranos de Berlín o de Stalingrado lucirán sus medallas sentados en sus sillas de ruedas. Una voz de ultratumba narrará este ritual patriótico anual del pueblo ruso, cuando las generaciones se funden en una misa guerrera, usando como neurotransmisores los brillantes uniformes, las marchas militares y el discurso del presidente. Una religión estatal en proceso de renovar sus votos mediante la conquista de Ucrania y la liquidación de la sociedad civil rusa.

Paralelamente a la invasión lanzada el 24 de febrero, que trata de amputar la ribera ucraniana y rusificar los territorios conquistados, secundada por una propaganda de crecientes tintes genocidas, el Kremlin cierra las escasas válvulas de libertad que quedaban en Rusia. Los últimos grandes medios independientes, Dozhd TV y 'Nóvaya Gazeta', han echado el candado. Hablar de la guerra sin adherirse a las indicaciones del Ministerio de Defensa puede acarrear hasta 15 años de prisión y las referencias a Ucrania están siendo borradas de los libros de texto de las escuelas, donde las lecciones adquieren un cariz patriótico y militar. También hay una purga en el Gobierno. Según el periodista Andréi Soldatov, unos 150 oficiales de los servicios de Inteligencia han sido detenidos en las últimas semanas. Las oenegés y la disidencia política ya habían sido disueltas, envenenadas o encarceladas antes de la invasión.

Foto: Ensayos del desfile del Día de la Victoria en San Petersburgo. (EFE/A. Maltsev)

No tenía por qué ser así. Como cualquier otra nación de Europa, Rusia tiene su porción de clases medias abiertas y cosmopolitas, interesadas en la democracia y el imperio de la ley. La Administración que encabeza Vladímir Putin aún cuenta con elementos así: gestores económicos eficientes y creativos inclinados hacia Occidente. Incluso entre sus colaboradores más cercanos hubo perfiles liberales, como el exministro Aleksei Kudrin o el exjefe de la administración presidencial Aleksandr Voloshin. Pero hace años que Putin no les escucha. Su círculo se ha reducido a un puñado de 'siloviki', veteranos de los servicios de seguridad soviéticos, como el propio Putin, que han ido desmontando golpe a golpe las frágiles garantías democráticas.

Rusia no es el único país industrializado de la historia en descender al autoritarismo, pero sí aquel en el que la democracia ha sido más una excepción que una regla. Más allá de que el Estado ruso tenga forma monárquica, comunista o presidencialista, hay una especie de fuerza de gravedad que ataja las etapas aperturistas y devuelve las cosas al mismo sitio, a la verticalidad y al orden dictados desde los muros de una fortaleza.

El culto bolchevique

Hace poco más de un siglo, los bolcheviques luchaban contra un régimen oscurantista que mantenía Rusia con un pie en el Medievo. Las últimas décadas del zarismo vieron cómo se desarrollaba un tejido empresarial, una burguesía, la comunicación ferroviaria o la prensa, pero el zar seguía siendo un emperador bizantino cuyas órdenes aparecían como de la nada, por la gracia de Dios, en un país en el que ocho de cada 10 personas trabajaban en el campo.

Cuando los bolcheviques tomaron el poder, con la promesa de industrializar, electrificar, alfabetizar y colocar Rusia en la misma liga que las potencias europeas, lo primero que hicieron fue disolver la Asamblea Constituyente que habría dado a su país una democracia parlamentaria. El resto de partidos, empezando por los partidos de izquierda que habían impulsado la revolución, fueron perseguidos y aplastados.

Foto: ucrania-transnistria-rusia-union-sovietica

Pese al empeño en modernizar Rusia y levantar ese mundo nuevo, muchos elementos del régimen soviético resultaban familiares a sus habitantes. Los iconos de los santos ortodoxos que custodiaban los hogares fueron reemplazados por los retratos de Marx, Engels, Lenin y Stalin. La hoz y el martillo sustituyeron a la cruz ortodoxa y las procesiones religiosas de los pueblos se mantuvieron igual, solo que erizadas de banderas rojas y lemas revolucionarios. Las fiestas comunistas imitaron a las cristianas y las iglesias se convirtieron en museos del ateísmo. El propio Lenin, a su muerte, fue canonizado, embalsamado y metido en una urna, pasando a liderar el creciente relicario de la revolución comunista. Pero, sobre todo, el poder político se volvió a atrincherar en el Kremlin, como si el sistema de gobierno se colocase, de nuevo, en los viejos goznes del mesianismo y del culto a la fuerza.

Los rusos de más edad, aquellos que superan los 80 años, se acuerdan muy bien de la época de Stalin: probablemente, la destilación más pura, más elemental, jamás alcanzada por una dictadura. Durante el estalinismo, el Kremlin entró en guerra contra el azar y la voluntad individual. Todas las decisiones del imperio, que ocupaba una sexta parte de la tierra emergida, salían del puño de Stalin, que solía trabajar 20 horas diarias envuelto en el espeso humo de 'majorka' que salía de su pipa. Desde la política exterior al argumento de una película, el contenido de los libros de texto, las listas de acusaciones a reos notorios o un pedido concreto de raíles para una acería, la atención de Stalin llegaba allí donde permitían los límites del espacio-tiempo.

Stalin decidía de igual forma la política exterior y el guion de una película

El dictador corregía inmensos legajos de leyes y decretos con su lápiz de dos puntas, una roja y otra azul, y las correas del sistema se movían sin freno, machacando entre sus ruedas dentadas millones de vidas. La URSS de los años treinta era un inmenso hormiguero. Los pueblos se vaciaban y sus habitantes iban a parar a los altos hornos de Magnitogorsk, la construcción del canal del Mar Blanco o las minas de oro de Kolimá. Las etnias y nacionalidades se mezclaban para capar instintos independentistas y todo lo antiguo era derribado para dar paso a lo nuevo.

Como complemento a esta cruzada faraónica, Stalin impuso una represión masiva, una criba estructural, constante, de todos los estamentos sociales: el Partido, el Ejército, la ciencia, la literatura o el campesinado fueron presa de las purgas, que solo en 1937 registraron más de 600.000 fusilados. Algunos por conspiración o sospecha de conspiración; otros, para rellenar las cuotas fijadas de antemano. Unos 10 millones de soviéticos pasaron por la red de campos de trabajos forzados.

Foto: Ruben y Dolores Ibarruri

Nadie sabe de dónde emanaba esta necesidad. Quizá fuera una combinación de varias causas. La explicación más popular y perezosa es que Stalin era un paranoico: un tirano más en la larga lista de tiranos que duermen con un ojo abierto y que matan por sistema para aplacar sus miedos. A veces las explicaciones más sencillas son las correctas, y hay numerosas pruebas de que Stalin, efectivamente, era un hombre paranoico, desconfiado y cruel. Cuando ya no le quedaba nada más por controlar, hacia el final de su vida, se dedicaba a torturar a los miembros de su gabinete. Los invitaba a su dacha y los obligaba a beber y a bailar a su dictado.

Otra explicación, barruntada por el historiador Moshe Lewin en su libro 'The Soviet Century', es que la Unión Soviética, dada la centralización de todas las decisiones imaginables, desarrolló una burocracia monstruosa. Una especie de Godzilla que no dejaba de crecer y crecer, y que amenazaba con arrastrar todo el sistema hacia el fondo del mar. En este sentido, las purgas habrían servido para recortar puestos y departamentos: para mantener a Godzilla domesticado, a dieta y bajo control.

Foto: Una manifestante con una bandera europea y un mensaje contra Putin en una protesta en Bruselas. (Reuters)

Una tercera explicación es que Stalin, dada la envergadura de su proyecto, industrializar en tiempo récord un país agrícola como era la URSS y dotarlo de las instituciones necesarias para posibilitar el socialismo, no tenía otra alternativa que convertirse en un dios. El poder de un político es proporcional a la distancia que lo rodea, por eso es más fácil tomarse un café con el alcalde de un pueblo que con el presidente de Estados Unidos. Siguiendo esta regla, Stalin acumuló tanto poder, en un país tan vasto, que su figura se perdió entre las nubes: adquirió un cariz religioso. Como apuntó uno de sus mejores biógrafos, Stephen Kotkin, el régimen estalinista era, en la práctica, una teocracia. Un sistema de culto divino a Stalin. De la misma forma que Dios da la vida y la arrebata, eso hacía el dictador soviético. Stalin tenía el derecho supremo sobre la existencia. Y le gustaba ejercer ese derecho.

Vladímir Putin no es Stalin, como tampoco es Adolf Hitler. Putin es Putin, con su carácter y sus circunstancias, pero el proceso por el que pasó de ser ese líder joven y pragmático que se hizo amigo de Tony Blair y de George W. Bush y que llegó a sugerir la entrada de Rusia en la OTAN, al autócrata que liquida las libertades rusas y ha terminado lanzando una guerra expansionista, suena de algo. Rusia no siempre tuvo este aspecto. En los noventa fue una democracia caótica en la que los lobos se comieron el pastel de la gente común, pero en los dos mil, sufragado en parte por el precio del petróleo, el sistema se consolidó y era razonablemente abierto. Luego todo empezó, de nuevo, a cerrarse y a verticalizarse, añadiendo un capítulo más a la historia de fatalismo que obsesiona a los rusos y observadores de Rusia. ¿Por qué? ¿Qué tipo de maldición histórica hace que todo, al final, vuelva al mismo sitio?

La inmensidad rusa

Una explicación habitual es que Rusia, simplemente, es muy grande. El historiador Niall Ferguson ha recordado que no se trata de un estado-nación, sino de un estado-imperio. El final de la URSS en 1991 supuso la pérdida de los contornos de ese imperio, pero su núcleo, las 22 repúblicas que forman la Federación Rusa, desde el mar Negro hasta el océano Pacífico, con sus 100 idiomas y sus 120 grupos étnicos de la más variada raigambre, sigue en pie. Se trata de fronteras vastas e indefendibles, dependientes de comunidades distintas a la dominante, por lo general a miles de kilómetros de distancia de la capital. Una configuración así no podría ser manejada por un amable demócrata que escucha a los votantes y deja que cada uno viva su vida. Los imperios requieren emperadores. Si el emperador abre los portones y coquetea con las libertades, véase Mijaíl Gorbachov, el imperio se hunde.

Otro cariz es que Rusia tiene un altísimo concepto de sí misma, una actitud mesiánica heredada del Imperio bizantino, del que recibió la religión ortodoxa, el alfabeto cirílico, la arquitectura, los primeros códigos de leyes y costumbres y una autopercepción de nación elegida. La palabra 'zar' es la voz eslava de 'César', el Kremlin de Moscú y de otras ciudades (que también se llaman Kremlin, al venir de 'kreml', fortaleza) refleja la tradición bizantina de amurallar el Gobierno, y la heráldica rusa, el águila bicéfala, es la heráldica bizantina. Cuando Putin jura su cargo, lo hace en una catedral, donde se coronaban los emperadores bizantinos, y es común trazar esa tendencia a la conspiración y a la sacralidad del poder que se respira en Rusia, igualmente, hasta los usos políticos de la antigua Constantinopla.

Foto: Centro financiero de Moscú (Reuters)

Aquí nacería la gran frustración de Vladímir Putin y de otros líderes rusos. Al considerar que gobiernan una nación elegida y con derecho natural a dominar un gran imperio, de sus labios sale siempre una exigencia de respeto, de contar con Rusia para esto y para lo otro, de consultarla, de tenerla en cuenta y de acatar sus límites y su esfera de influencia. Pero hay un problema: que Rusia, en realidad, no tiene los instrumentos necesarios para ser una gran potencia. Su PIB per cápita es inferior al de Rumanía y su economía es dependiente de los hidrocarburos. Todos sus puertos, menos dos, situados en otros países, son inservibles en invierno, y una severa crisis demográfica empaña sus perspectivas políticas y económicas de futuro.

Aun así, Rusia quiere jugar a la par que Estados Unidos, pero Estados Unidos no lo ve de la misma manera, y Rusia se frustra y se vuelve irritable. Lo cuenta Stephen Kotkin: "Rusia es una civilización extraordinaria: en las artes, la música, la literatura, la danza, el cine. En cada esfera", dijo durante una entrevista a 'The New Yorker'. "Al mismo tiempo, Rusia siente que tiene un ‘lugar especial’ en el mundo, una misión especial. Es ortodoxa oriental, no occidental. Y quiere sobresalir como un gran poder. Su problema siempre ha sido no este sentido del yo o de la identidad, sino el hecho de que sus capacidades nunca estuvieron a la altura de estas aspiraciones".

Rusia siente que tiene un 'lugar especial' en el mundo, una misión especial

Además de estos elementos, a los rusos siempre les han preocupado sus orígenes nacionales. Cuando cayó la Rus de Kyiv en el siglo XIII, a manos de la invasión mongola, sus ciudades del norte y del este, que formarían la futura Rusia, quedaron bajo el dominio de los mongoles, que en la historiografía rusa se llaman 'tártaros'. El 'yugo tártaro' controló Novgorod, Vladímir-Suzdal, la joven Moscú y otras ciudades durante casi tres siglos. En este periodo de aislamiento, como apunta Orlando Figes en su obra maestra, 'El baile de Natasha', los rusos se perdieron los procesos que trajeron las luces a Europa. Se perdieron el Renacimiento y la Reforma. Su visión del mundo no llegó a bajar de Dios al hombre, y las relaciones sociales siguieron basadas en la obediencia absoluta al zar, una figura de la que emanaba todo el derecho.

De los tártaros, los rusos habrían heredado la estructura militar, el servicio postal y una fiscalidad sofisticada. Por otro lado, como los tártaros eran pocos, solían ejercer su control sobre las ciudades rusas con ocasionales redadas llenas de torturas y violencia extrema. El historiador Geoffrey Hosking especula que este trauma original habría dejado huella en la conciencia rusa, marcando para siempre su desconfiada actitud ante las potencias extranjeras. Una actitud reforzada por las sucesivas invasiones a territorio ruso, durante siglos, a través de sus amplias y desprotegidas estepas. Cuando la OTAN asegura ser una alianza defensiva y pacífica, los rusos se acuerdan de Hitler, de Napoleón, de los suecos, de los polacos, lituanos y tártaros.

Cuando Putin ya no esté entre nosotros y Rusia tenga quién sabe si otro formato, la probablemente estéril búsqueda del 'alma rusa' seguirá siendo un motivo de obsesión. De momento, la situación está como está: sus ejércitos han invadido, una vez más, Ucrania, y la conclusión de esta calamidad aún está por escribir.

Por fin es 9 de mayo, aniversario de la victoria soviética sobre el nazismo. A partir de las 10 de la mañana, hora de Moscú, resonarán las voces de mando en la Plaza Roja. Los soldados desfilarán al unísono, disparando sus piernas y gritando "urrá" con toda la capacidad de sus pulmones. Los aviones de combate formarán el símbolo de la Z en el cielo. Los contados veteranos de Berlín o de Stalingrado lucirán sus medallas sentados en sus sillas de ruedas. Una voz de ultratumba narrará este ritual patriótico anual del pueblo ruso, cuando las generaciones se funden en una misa guerrera, usando como neurotransmisores los brillantes uniformes, las marchas militares y el discurso del presidente. Una religión estatal en proceso de renovar sus votos mediante la conquista de Ucrania y la liquidación de la sociedad civil rusa.

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