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Ucrania ante el Día de la Victoria: en este punto del mapa se decide la tercera fase de la guerra
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kramatorsk, capital de donetsk

Ucrania ante el Día de la Victoria: en este punto del mapa se decide la tercera fase de la guerra

Kramatorsk y Sloviansk -una conurbación de medio millón de habitantes- se han convertido en el termómetro del apetito del Kremlin por dar un golpe de efecto a la invasión o atrincherarse en la guerra de desgaste

Foto: Un soldado ucraniano en un supermercado en Kramatorsk, Donetsk. (Reuters, Jorge Silva)
Un soldado ucraniano en un supermercado en Kramatorsk, Donetsk. (Reuters, Jorge Silva)

Kramatorsk es hoy el relámpago que precede al trueno de la guerra. Sus calles, plazas y parques desamparados son una sucesión de postales de ausencia. Tiendas, restaurantes y bloques enteros de viviendas abandonados a su suerte. Y, de fondo, la arrítmica banda sonora de la artillería rusa restallando sobre Ucrania. En los callejones, aquí y allá, la risa de un niño solitario corriendo por el asfalto; dos señoras con la rebeca puesta charlando en un portal, o una chica haciendo footing con los cascos, ajena a cómo su presencia pueda aumentar la sensación de vacío anticlimático a pocos kilómetros de la contienda.

Al menos ocho de cada diez habitantes de la ciudad y sus alrededores han huido. De 200.000 a 40.000 en apenas diez semanas, calculan las autoridades locales. Algunos residentes estiman que podrían quedar incluso menos. En realidad, nadie lleva la cuenta. Dependiendo de la hora del día, puedes pasear kilómetros de avenidas y callejuelas sin cruzarte con nadie. Apenas hay un restaurante abierto -donde no hay hamburguesas, pero puedes pedir sushi-, un supermercado con la mitad de los estantes pelados y un par de hoteles atestados de periodistas y trabajadores humanitarios. Hay escasez de suministros, de medicamentos y, sobre todo, de gasolina. Todavía queda gas, que alimenta a una parte de la flota automotriz ucraniana. Pero las colas para repostar pueden llegar a ser kilométricas. Lo único que abunda son las malas noticias y los perros sin amo que comen de los contenedores.

Foto: Tranvía destrozado en Mariúpol tras la invasión rusa. (Reuters/Alexander Ermochenko)

Así está el panorama en vísperas del 9 de mayo, una fecha marcada en rojo en el calendario por militares y analistas. Rusia conmemora este lunes el Día de la Victoria de la Gran Guerra Patria contra los nazis y los kremlinólogos ya han sacado papel y lápiz para diseccionar el esperado (o temido) discurso del presidente Vladímir Putin en la Plaza Roja de Moscú. Todos asumen que hoy la invasión entra en su tercera fase, pero solo él sabe hacia dónde se dirige. Algunos creen que abandonará el circunloquio de la ‘operación especial’ para declarar formalmente la guerra y arreciar su ofensiva en Ucrania. Otros, que podría dar por buenas sus conquistas territoriales para vender una victoria en casa y recuperar aliento ante la dura resistencia ucraniana y la presión occidental.

Entre esos dos extremos, toda una escala de grises que pueden alterar el rumbo de las hostilidades en varios puntos estratégicos. Puede que el anuncio sea ambiguo o que oculte dobles intenciones. A estas alturas, Putin ha destrozado los pronósticos de expertos y tertulianos, tanto por audacia, como por incompetencia. Por eso, Kramatorsk, Sloviansk y los pueblos de los alrededores como Bakhmut o Kostyantynivka -una conurbación de medio millón de habitantes- se han convertido en el nuevo termómetro del apetito bélico del Kremlin. ¿Dar un golpe de efecto o atrincherarse en una lucha de desgaste?

placeholder Un bloque de apartamentos de Kramatorsk, destrozado por un misil ruso. (KAP)
Un bloque de apartamentos de Kramatorsk, destrozado por un misil ruso. (KAP)

Ofensivas y contraofensivas: el escenario de partida

Los combates se han enconado durante la semana pasada a lo largo de todo el frente oriental ucraniano, con las tropas rusas presionando agresivamente en varios enclaves para ofrecer a su líder un triunfo que exhibir en los rituales de este 9 de mayo. Los resultados, por el momento, no han sido los esperados. La estrategia de envolver a los defensores en el Donbás parece haber fracasado. Las tropas ucranianas han organizado una defensa de alta movilidad, con pequeñas unidades que maniobran ágilmente en torno al grueso de tropas rusas, tratando de aprovechar su conocimiento del terreno con ataques fugaces e impredecibles. Por eso, las señales que dé el presidente ruso serán instrumentales para descifrar hacia dónde va la ofensiva. El escenario de partida, día 75 de la invasión, es el siguiente.

La actual capital administrativa de la región de Donetsk está amenazada por un triple frente. El más peligroso está unos 30 kilómetros al este, donde las líneas de contacto rusas y ucranianas chocan entre Lyman y Zakitne; el segundo es desde el norte, las tropas rusas tratan de bajar desde la ciudad de Izyum hasta Dibrovne, a unos 35 kilómetros de aquí; por último, a unos 50 kilómetros al sur, los ocupantes empujan desde los territorios bajo control de los rebeldes prorrusos de Donetsk y Luhansk. Si hay una nueva acometida, este será el tablero definitivo donde se dirima la gran batalla del Donbás, que Moscú ha identificado como el objetivo último de la ocupación.

Hasta ahora, las fuerzas ucranianas están conteniendo el avance en estos ejes. Más al este, los rusos han ido avanzando y ya luchan a las afueras de Severodonetsk, donde han conquistado varios pueblos cercanos tratando de rodear la ciudad -cabecera administrativa de la región de Lugansk y con de unos 100.000 habitantes antes de la guerra-. Sin embargo, en el extremo norte, los ucranianos están lanzando una amplia contraofensiva en Járkov, la segunda mayor ciudad del país. Un empuje militar que, eventualmente, podría acercar la lucha peligrosamente a las fronteras rusas o llegar a intranquilizar la retaguardia de su Ejército por Izyum.

“Las fuerzas ucranianas están logrando progresos significativas en torno a Járkov y probablemente avancen hacia la frontera rusa en los próximos días. El avance hacia Barvinkove ha sido repelido y las fuerzas rusas podrían abandonar sus esfuerzos de ir hacia el sureste hacia Sloviansk-Kramatorsk”, dijo el más reciente análisis del ‘Institute for the Study of War’. “Si las tropas rusas capturan exitosamente Popasna, probablemente intentarán avanzar hacia Bakhmut, en el oeste, antes de pivotar al norte hacia Siversk o Sloviansk, aunque es poco probable que las fuerzas rusas tomen rápidamente estos enclaves”.

Foto: Retrato del presidente de Rusia, Vladímir Putin, en Bucarest. (EFE/Robert Ghement)

En el frente sur, Moscú tiene más trofeos de guerra para presumir. En esta área, ha conquistado Mariúpol, Melitopol y Jersón, en la desembocadura del río Dniéper, estableciendo un corredor terrestre a lo largo de la costa ucraniana desde el Donbás hasta la península de Crimea -que Rusia se anexionó ilegalmente en 2014-. Así que otra de las lecturas más cruciales del discurso de Putin será en este punto, donde no está claro si tiene intención proseguir con su ofensiva hacia Odesa -capital del sur y ‘perla del Mar Negro’- asediada por mar, pero protegida por la resistencia local en la ciudad de Nicolayev; o si optará por asegurar el territorio ocupado, donde Moscú trata de cooptar la política, la economía y la sociedad pese a los conatos de resistencia local.

Mordiscos metálicos

Desde que el Kremlin abandonó la idea de tomar Kiev, pasado un mes de la refriega, sus tropas se han ido retirándo del norte y oeste de Ucrania para enfocarse en el Donbás y evitar los humillantes problemas de logística que estaban poniendo en duda su poderío militar ante los ojos del mundo. Sin embargo, su desempeño en este frente también está siendo desigual, ganando y perdiendo terreno en varios puntos del mapa sin llegar a tomar ninguna otra ciudad relevante en las últimas semanas. Todavía hoy, los rusos tratan de doblegar el foco de oposición final en la arrasada Mariúpol, donde un número indeterminado de soldados ucranianos llevan dos meses resistiendo en el laberíntico sistema de túneles y búnkeres del complejo metalúrgico Azovstal.

placeholder Un bombardeo destrozó la casa de Natasha en Kramatorsk. (KAP)
Un bombardeo destrozó la casa de Natasha en Kramatorsk. (KAP)

Ante su incapacidad de hacer avanzar la línea de contacto con más celeridad sobre el terreno, el Kremlin no ha escatimado recursos ni escrúpulos en una campaña permanente de bombardeos de artillería, aviación y navales. Kramatorsk, como muchas ciudades del país, sigue recibiendo impactos de obuses desde la distancia. El sábado, un bombardeo aéreo en un barrio residencial a las afueras de la ciudad dañó cientos de apartamentos, media docena de casas, dos escuelas, una guardería y varias infraestructuras, informó el jefe la administración militar regional. La rápida evacuación previa evitó que hubiera muertos o heridos de gravedad.

El día anterior, otro misil impactó en una zona céntrica, abriendo un cráter de varios metros de profundidad. La onda expansiva reventó un bloque de viviendas a pocos pasos de la deflagración, destruyendo por completo una veintena de apartamentos y dejando unos 25 heridos. Los días siguientes, se podía ver a los vecinos tirando por las ventanas los restos de paredes destrozadas, puertas deformadas y mobiliario inservible. A la entrada de uno de los edificios, una jubilada de 69 años cuida de un gato mientras se mueve de un sitio a otro con aire confundido. La explosión hirió de gravedad a su hijo, de 36 años, y convirtió su piso en una ruina, con apenas la cocina y un dormitorio medio habitables.

placeholder Natasha vive en una casa sin puertas ni ventanas en Kramatorsk. (KAP)
Natasha vive en una casa sin puertas ni ventanas en Kramatorsk. (KAP)

“Me despertó el estruendo a las cuatro de la mañana y escuché a Misha gritar. Estaba con el ordenador en el salón cuando cayó la bomba. Todo estaba destruido. Los vecinos me ayudaron a sacarlo de entre los escombros, porque yo no podía. La última vez que lo vi se lo llevaban en una ambulancia cubierto en sangre”, cuenta Natasha Mihaliova, quien duerme ahora vestida con varias capas de ropa para soportar el frío en una casa sin ventanas ni puertas que no puede arreglar. “Se dejó el teléfono y no puedo contactarle, no sé cómo está”, agrega angustiada la mujer, que se mueve con dificultad entre los cascotes de ladrillos y cristales rotos que crujen al caminar por su modesta vivienda.

Su hijo está en algún hospital de Dnipro, a unos 220 kilómetros al oeste de la ciudad, donde evacúan a los heridos graves. Apenas quedan doctores en Kramatorsk, nos cuenta el director de uno de los hospitales de la ciudad. De los 100 médicos que había en su centro, tan solo quedan 20. Una situación que se repite en otras instalaciones sanitarias. Aunque hay menos gente, los que se niegan a salir son precisamente ancianos, enfermos y familias de bajos recursos con niños. Hay gente con cuadros crónicos, problemas cardiovasculares, depresión, patologías neurológicas, diabetes, presión alta.

“Es una situación muy difícil”, reconoce el doctor Aleksander Kovtun. “Salvo dos, todas las farmacias están cerradas. Muchos hospitales se están financiando ahora con ayuda internacional porque es difícil obtener recursos y la logística es un infierno”, se lamenta.

placeholder Una guardería destruida por un misil ruso en el centro de Kramatorsk. (KAP)
Una guardería destruida por un misil ruso en el centro de Kramatorsk. (KAP)

Que te den, Putin

No son casos aislados. Por varias partes de la localidad se ven las dispares dentelladas metálicas del fuego enemigo. Enormes cráteres y edificios derruidos, rodeados de enormes piezas de metralla desfigurada; como los bráquets quebrados de un gigante furioso que, obsesionado, estuviera tratando de comerse a mordiscos la ciudad. Una guardería, un edificio de gobierno, unas casitas en pleno centro o en la ya tristemente célebre estación de tren de Kramatorsk, donde dos misiles rusos impactaron hace un mes, dejando 59 muertos -siete de ellos niños- y más de un centenar de heridos, mientras cientos de personas esperaban para evacuar.

Desde entonces, entrar y salir de la ciudad se ha convertido en un problema. Con la línea férrea fuera de servicio, tan solo queda un trayecto diario de autobús hacia Dnipro y la escasez de gasolina ha complicado los viajes en coches particulares. Por el momento, el Ejército no está teniendo problemas de abastecimiento, dice el Ministerio de Defensa. Pero sí podría llegar a afectar a algunas ambulancias que trasladas a los heridos más graves a otras ciudades.

placeholder El voluntario Aaron Baker conduce ambulancias en Kramatorsk. (KAP)
El voluntario Aaron Baker conduce ambulancias en Kramatorsk. (KAP)

“Me queda cinco galones (22 litros) en el depósito”, dice Aaron Baker, un bombero de Denver, Colorado, quien se presentó voluntario para conducir una ambulancia de una ONG que evacúa a los soldados heridos en el frente. “Algunos heridos que he visto son horribles. Muchas amputaciones. Impacto de metralla, todo tipo de traumas. Algunos en coma. A los que llevamos a Dnipro es que están muy mal”, asegura el paramédico de 35 años. “Todos los días son duros. Los rusos están poniendo muchos recursos en esta zona para lograr avances. En el peor de los casos, me comentan algunos militares, volarán los puentes para detenerlos en el río”, aventura.

Entre conversación y conversación, el runrún constante de la alarma antiaérea que suena varias veces al día en Kramatorsk. Aquí, la sirena no es el ulular ondulante de Kiev o Járkov, sino un quejido ascendente que, tras llegar a su octava más conseguida, se queda ahí, sosteniendo el do de pecho alimentada por unos pulmones infinitos. La que se escucha ahora no se detendrá en 48 minutos. Ni siquiera ha sido la más larga del día. Las autoridades locales insisten en que toda la población debe salir cuanto antes de la ciudad y, a los que se se queden, les implora hacer caso a las alertas y ponerse a cubierto. El 9 de mayo ya está aquí y temen que Rusia arrecie su castigo aéreo o corten las vías de salida. Pocos parecen preocupados. El ambiente es más de rabia, indignación y mucho dolor.

"Nuestros soldados , como sus ancestros, luchan hoy juntos para liberar a su tierra nativa de la escoria nazi con la confianza de que, como en 1945, la victoria será nuestra", dijo Putin el domingo, como aperitivo de lo que está por venir. Después, deseó "a todos los habitantes de Ucrania un futuro pacífico y próspero".

Cuando se le pregunta a Natasha, no se puede contener. “Lo que quiero es que se muera Putin. ¡Bastardo! ¡Fascista! ¡Que te den, Putin!”.

Kramatorsk es hoy el relámpago que precede al trueno de la guerra. Sus calles, plazas y parques desamparados son una sucesión de postales de ausencia. Tiendas, restaurantes y bloques enteros de viviendas abandonados a su suerte. Y, de fondo, la arrítmica banda sonora de la artillería rusa restallando sobre Ucrania. En los callejones, aquí y allá, la risa de un niño solitario corriendo por el asfalto; dos señoras con la rebeca puesta charlando en un portal, o una chica haciendo footing con los cascos, ajena a cómo su presencia pueda aumentar la sensación de vacío anticlimático a pocos kilómetros de la contienda.

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