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Júpiter y la tormenta: los cinco años que bajaron a Macron a la Tierra
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Ascenso, caída y retorno

Júpiter y la tormenta: los cinco años que bajaron a Macron a la Tierra

Emmanuel Macron, el mandatario francés más joven desde Napoleón, llegó al Elíseo dispuesto a cambiar a Francia por completo. Un lustro después, Francia le ha cambiado a él

Foto: Ilustración: L. Martín.
Ilustración: L. Martín.
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Era el 12 de septiembre de 2017. Otra era. Bajo un calor sofocante y flanqueado por árboles arrancados de cuajo, montañas de escombros y los esqueletos de piedra y madera de lo que hasta hace poco eran casas, Emmanuel Macron recorría las calles de la isla antillana de Saint Martin. El territorio francés de ultramar había sido arrasado por el huracán Irma y el mandatario, que por aquel entonces todavía no había cumplido cuatro meses en el cargo, se había desplazado hasta la zona acompañado por su frenético equipo y, también, por el escritor Emmanuel Carrère, quien estaba trabajando en un perfil sobre el nuevo líder que tenía revolucionado tanto al país como a Europa. Tras mostrar su apoyo a una población desolada por la destrucción y mientras observaba las casas derruidas por el inclemente temporal, Macron se dirigió a su acompañante. "Yo no estoy hecho para presidir un clima tranquilo", le indicó. "Mi predecesor sí estaba hecho para gobernar en la calma. Yo estoy hecho para la tormenta".

Como estipula el dicho, hay que tener cuidado con lo que uno desea. Los casi cinco años que han pasado desde que Macron hiciera su espectacular entrada en la plaza del Carrusel del Louvre acompañado por los compases del 'Himno de la Alegría' —el himno europeo— han sido los más turbulentos en varias décadas no solo para Francia, sino para el mundo entero.

Foto: Guillermo Fernández-Vázquez. (Foto cedida)

La orquestada inauguración del mandatario francés más joven desde Napoleón era una muestra de la ambición de este líder hiperactivo que construyó un movimiento político de la nada y, arropado en las banderas del centro y de la Unión Europea, asaltó el Elíseo y el Parlamento francés con sendas victorias aplastantes. "La elección de Macron es como Hiroshima, año cero", afirmaba entonces Laurent Bigorgne, director del ‘think-tank’ Institut Montaigne y uno de los participantes en la revolución política que propulsó al banquero al poder. "Una bomba nuclear ha caído sobre la política francesa y estamos parados sobre sus ruinas", agregó, de acuerdo con el libro ‘The Last President of Europe’, de William Drozdiak. Son frases dramáticas que reflejan el sentimiento que predominaba por aquel entonces. Era el grito triunfal de la "presidencia jupiterina" prometida por el candidato de La République En Marche, en contraste con la de su antecesor socialista, Francois Hollande, el mortal corriente y hecho para la calma que se ganó el apodo de Flanby, por una marca de pudín de caramelo. Macron estaba dispuesto a transformar a Francia desde la raíz.

El país ha cambiado, no hay duda de ello. Bajo su mandato, Francia se ha vuelto más presente en el escenario europeo, más amigable con el mundo empresarial y más sólida económicamente, tres de los principales objetivos del presidente. Pero, a lo largo estos cinco años, a menudo se produjo lo contrario: Francia fue la que obligó a Macron a cambiar. En el viaje de ida y vuelta que recorrió para regresar a la casilla de salida en la que le espera, una vez más, Marine Le Pen, Júpiter se vio obligado a bajar a la Tierra y reconocer sus errores, sus debilidades y, ante todo, sus límites.

El apogeo macronista

Macron comenzó su presidencia con el deseo de demostrar a sus detractores que se equivocaban. Que no solo un ‘outsider’ de menos de 40 años podía erigirse en un líder poderoso e imperativo —en 2015, afirmó en una entrevista que los franceses, fundamentalmente, "nunca habían querido la muerte del rey"—, sino que podía hacerlo a través de un programa político que atacaba el corazón del modelo social francés. Su idea era desfibrilar un mercado nacional que consideraba paralizado bajo el yugo de los sindicatos, los privilegios laborales excesivos y la sobredimensión del estado de bienestar (al que el país dedica un 32% del PIB, la mayor proporción del planeta). Planeaba convertir a Francia, como célebremente manifestó durante su campaña, en una 'start-up nation'.

Foto: El presidente Emmanuel Macron durante la reunión anual de embajadores franceses, en París. (Reuters)

No perdió ni un minuto. Su primer año estuvo marcado por una avalancha de legislaciones y enfrentamientos contra las fuerzas sociales y laborales más reacias a la liberalización del mercado. Pese a decenas de huelgas, protestas y amenazas, al presidente no le tembló el pulso a la hora de suavizar las reglas de contratación y despido, dar a las empresas el poder de negociar salarios directamente con los empleados fuera de los acuerdos sectoriales, eliminar un impuesto sobre la riqueza para personas con altos ingresos o restringir los beneficios por desempleo, entre un amplio abanico de medidas.

El mandatario incluso se atrevió a enfrentarse a un sector que parecía intocable en Francia: el ferroviario. Su duelo con los trabajadores por una reforma que reducía sus privilegios históricos con el objetivo de sanear la empresa estatal SNCF, muy endeudada y con más de 200.000 empleados, duró más de tres meses con huelgas constantes que provocaron la disrupción en el sistema de transporte francés. El pulso fue comparado con el que Margaret Thatcher mantuvo entre 1984 y 1985 con los mineros británicos, y el resultado fue similar. Al igual que la Dama de Hierro, Macron no pestañeó, logrando sacar adelante la reforma y demostrando su capacidad para hacer frente a los sindicatos franceses que tanto éxito habían tenido en la historia del país a la hora de presionar a los gobiernos para que retiraran o diluyeran legislaciones poco populares.

Un apodo le acompañaría durante el resto de su mandato: 'le président des riches'

Pero los triunfos que el nuevo líder recabó durante su primer año no salieron gratis. Su paquete de medidas económicas hizo que se ganara un apodo que le acompañaría durante el resto de su mandato: 'le président des riches' (el presidente de los ricos). Su estilo personalista y su omnipresencia mediática hacían que todas las reformas llevaran, simbólica y literalmente, su sello. Dominique de Villepin, ex primer ministro francés, advertía por aquel entonces del peligro que implicaba. "Tarde o temprano, muchos ciudadanos franceses descontentos saldrán a la calle para protestar contra todos estos cambios que los confunden y que perturban sus vidas. Y Macron será el objetivo principal porque no hay nada que se interponga entre él y la ira de la gente", vaticinaba el político en una entrevista con Drozdiak el 9 de noviembre de 2018.

Efectivamente, mientras 'le président des riches' recibía los aplausos de cientos de politólogos de París —y las loas y alabanzas de miles políticos y analistas internacionales—, en las poblaciones rurales de la Francia profunda crecía el resentimiento hacia lo que percibían como un abandono absoluto del Estado en pos de una economía que no tenía espacio para ellos. Ocho días después de las palabras proféticas de De Villepin, comenzaba en Francia la ola de protestas que acabarían convirtiéndose en el mayor desafío planteado en las calles contra el Elíseo desde mayo del 68.

La ira de las rotondas

En cualquier otra circunstancia, una pandemia que trastocó la vida de la práctica totalidad del planeta o el conflicto más grave en suelo europeo desde las guerras yugoslavas habrían supuesto las crisis que definirían cualquier presidencia. Pero, en el caso de Macron, los ecos de las movilizaciones de los ‘jillets jaunes’, chalecos amarillos, son los que retumban con más fuerza de cara a las urnas de este domingo. "La guerra de Ucrania y la pandemia han eclipsado mediáticamente el peso de estas protestas, pero no ha ocurrido lo mismo en el malestar social", afirma Carme Colomina, investigadora principal del CIDOB. "Aquello que movilizó a los chalecos amarillos sigue estando muy presente en gran parte del electorado francés", agrega en entrevista con El Confidencial.

Foto: Chalecos amarillos ante una pintada que reza "No renunciamos a nada" durante una protesta en Cissac-Medoc, Francia. (Reuters)

Desatadas en su origen por una subida del impuesto al combustible, las protestas que deben su nombre a los chalecos fluorescentes que son obligatorios en los vehículos franceses se extendieron durante más de 60 semanas consecutivas, ocupando cada sábado gran parte de las cerca de 30.000 rotondas que existen en el país (la mayor cantidad del mundo). En su punto más álgido, en diciembre de 2018, incluso asaltaron el Arco del Triunfo en el centro de París, grafiteando el monumento con la frase 'Los chalecos amarillos triunfarán' y provocando escenas de caos no vistas en los últimos 50 años en Francia.

Las protestas sacudieron al país, pero especialmente a su presidente, quien no era capaz de comprender lo que el sociólogo Herve Le Bras describió como un "fuerte sentimiento de odio" hacia su figura. La campaña de reformas de Macron, su imagen de presidente de los ricos, su altiva actitud jupiteriana y su lenguaje tan alejado de la calle, producto de las instituciones de élite del país en las que se movió durante toda su vida, habían convertido al mandatario en el blanco perfecto para las protestas. Su rostro se convirtió en el símbolo de un sistema económico globalizado que, para estos manifestantes, era responsable de la pérdida no solo de su poder adquisitivo, sino también de su identidad como franceses.

Tras varias semanas de parálisis en las que un Macron confundido batalló por responder a la crisis, el mandatario se vio obligado a reconocerse como parte del problema, admitiendo que el inicio de su mandato había supuesto una píldora demasiado grande para los sectores más vulnerables de la sociedad francesa sin azúcar alguno que la ayudara a pasar. "He cometido errores en el pasado que son parte del motivo de esta crisis. No podemos dejar que aquellos que necesitan trabajar, que necesitan vivir, que necesitan moverse, se enfrenten a un futuro incierto y vacío de oportunidades", indicó más adelante en una entrevista con el canal de televisión italiano RAI Uno. El presidente aumentó el salario mínimo, redujo los impuestos sobre la renta de la población con los ingresos más bajos y dio marcha atrás al impuesto al combustible. En enero de 2019, Macron revelaba su plan para hacer frente al desencanto de los franceses: el Gran Debate Nacional.

Este debate, celebrado en ayuntamientos a lo largo y ancho de toda Francia, se centró en cuatro temas centrales: fiscalidad, Estado y Administración pública, cuestiones ecológicas y ciudadanía y democracia. Fue un relativo éxito. Más de medio millón de personas participaron en más de 10.000 reuniones convocadas en toda Francia, se enviaron más de 27.000 correos electrónicos y cartas a la oficina presidencial, se llenaron más de 16.000 libros de quejas y se publicaron casi dos millones de sugerencias en una plataforma digital creada por el Gobierno. El propio Macron se desplazó por todo el país, aguantando debates de más de 10 horas, sentado sobre sillas de plástico, anotando quejas que iban desde el elevado precio del combustible para los tractores hasta la amenaza de los lobos de montaña para las ovejas, sorprendiendo a unas audiencias que nunca habían imaginado poder interactuar de esa forma con el presidente.

Foto: Emmanuel Macron durante la presentación del premio Simone Veil en el Palacio del Elíseo, el 8 de marzo de 2019. (Reuters)

Aunque las protestas continuaron extendiéndose durante más de un año, perdieron gran parte de su fuerza. Tras concluir el Gran Debate, Macron preparó durante semanas un gran discurso televisado en el que anunciaría una serie de medidas para reducir impuestos a las clases trabajadores, dar ayudas a las madres solteras, rebajar el número de diputados en la Asamblea Nacional y ampliar el número de aulas para los estudiantes de la educación pública, entre otras medidas populares. La alocución, de 26 minutos de duración, se grabó el 15 de abril y debía emitirse a las ocho de la tarde. Probablemente, hubiera sido uno de los discursos más importantes de su mandato, pero nunca vio la luz del sol. A las siete de la tarde, Macron fue informado de que la catedral de Notre Dame, la majestuosa iglesia gótica de 850 años de antigüedad considerada por los parisinos como el alma de la capital, estaba en llamas. La tormenta no da tregua.

El sueño europeo

Uno de los principales elementos que definió la campaña que llevó a Macron a la presidencia francesa fue su apuesta sin complejos por más Europa en un momento en el euroescepticismo reinaba en casa. Una vez en el Elíseo, el mandatario dejó claro que no se trataba de una simple estrategia electoral. Una de sus primeras medidas fue la de cambiar el nombre del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia a Ministerio de Europa y Asuntos Exteriores. Desde entonces, el mandatario nunca ha dejado de promulgar una visión muy fuerte —y muy francesa— de la Unión Europea, nunca ocultando sus esperanzas de que los Veintisiete tengan algún día un presupuesto único, reglas fiscales compartidas y, sobre todo, una defensa común.

La estrategia del presidente francés para impulsar estas reformas a gran escala pasaba, en primer lugar, por restaurar el balance del eje franco-alemán, descuidado por sus predecesores y que desde hace años se inclinaba demasiado, en opinión de Macron, hacia Berlín. Para explicar la importancia que Macron daba a reformular su relación vecinal, baste mencionar una cifra: durante los primeros tres meses de su mandato, el mandatario se reunió nueve veces con la entonces canciller alemana, Angela Merkel.

Foto: El presidente francés Emmanuel Macron y el canciller alemán Olaf Scholz, en un encuentro de la OTAN (EFE/Olivier Hoslet)

Aunque Francia y Alemania son aliados vitales desde la fundación del bloque comunitario, la relación entre ambos países en el ámbito europeo siempre ha estado marcada por dinámicas contradictorias. Por resumir la tensión de forma sencilla, podría decirse que Berlín ve a su vecino occidental como un ‘bon vivant’ despilfarrador incapaz de controlarse, y que París ve al suyo oriental como un tacaño demasiado precavido que impide una UE más ambiciosa. El plan de Macron para resolver el entuerto queda bien retratado en el libro 'Revolución francesa', de la periodista Sophie Pedder. "50.000 millones de recortes presupuestarios para nosotros, 50.000 millones de inversión para ellos", afirmó el político mientras todavía era ministro de Economía. Era un plan sólido para encontrar un punto medio. Sin embargo, al concluir 2019, los recortes y ajustes de déficit franceses habían llegado, mientras que del mayor gasto y voluntad de reforma alemanas no había ni rastro.

Macron halló en Merkel, el gran baluarte de la estabilidad alemana, la mayor criptonita a sus grandes ambiciones de impulsar la integración económica y estratégica de la UE. La relación entre ambos, aunque siempre fue amistosa y cordial, no llegó a producir grandes resultados y evidenció los límites que cualquier presidente galo, por entusiasta y propositivo que se muestre, siempre encontrará en Bruselas mientras su par alemán no colabore. "Puede haber hoy elementos de decepción hacia un líder que ha tenido un relato tan europeísta y tan audaz, pero tampoco corresponde al presidente de un país impulsar a los Veintisiete", plantea Ignacio Molina, investigador principal del Real Instituto Elcano, en entrevista con El Confidencial.

Sin embargo, la pandemia trajo consigo una inesperada oportunidad para propulsar el gasto común europeo. Inmediatamente después de que los países europeos comenzaran a vislumbrar el coste humano y económico que se avecinaba a raíz del covid-19, el presidente francés se convirtió en la voz más importante en exigir una respuesta solidaria a la crisis que evitara el desastre reputacional que los años de la gran depresión y la 'troika' supusieron para Bruselas. Merkel acabó aceptando el modo de ver las cosas de su vecino, acordando junto a él —e impulsando en el Consejo Europeo hasta su aprobación— un fondo de recuperación de 750.000 millones de euros con el que relanzar las economías del bloque comunitario, especialmente las de los países más golpeados por la pandemia, como España e Italia.

"El balance de Macron en Europa es positivo, pese a que los franceses piensan que son mucho más influyentes de lo que realmente son"

Fue la mayor victoria de la visión macroniana de Europa. Fue, también, una de las pocas que ha podido anotarse en un escenario europeo que le ha traído muchos dolores de cabeza. Frente a sus deseos de una autonomía estratégica europea, la guerra de Ucrania ha demostrado mejor que nunca la supremacía de la OTAN (una Alianza a la que él mismo atribuyó un estado de muerte cerebral) en la arquitectura de defensa europea. Tras la salida de Merkel de la cancillería, la posición de liderazgo francesa en Europa se vio reforzada, pero sus frecuentes llamadas y reuniones con Vladímir Putin solo resultaron en humillaciones —recordemos la célebre mesa kilométrica— y en promesas vacías por parte de un líder autócrata que nunca consideró a la UE, y mucho menos a Francia en solitario, como un interlocutor válido para discutir una guerra.

Aun así, Macron contribuyó a sembrar en Bruselas una semilla que podría germinar a lo largo de su probable (aunque en absoluto garantizado) segundo mandato. Un estudio reciente realizado por Susi Dennison y Tara Varma, del European Council on Foreign Relations, revela que muchos europeos ven hoy Francia como un socio fiable y confían mucho más en su liderazgo de lo que uno podría deducir de los predominantes discursos pesimistas. Si repite mandato, el presidente francés contará con el espacio y la ventana de oportunidad para impulsar su visión europea, aunque deberá moderar sus expectativas. "El balance de estos cinco años de Macron en Europa es positivo, a pesar de que los franceses piensan que son mucho más influyentes de lo que realmente son para impulsar la política del continente", concluye Molina.

La gran división

Sin duda, la mayor promesa incumplida que Macron deja tras cinco años es una de las primeras que hizo y la que le trae de vuelta cara a cara contra Marine Le Pen. En su discurso de victoria en la segunda vuelta electoral de 2017, el presidente electo afirmó que el objetivo principal de su Administración sería asegurarse de que la gente "ya no tuviera motivos para votar por los extremos". Se refería tanto a la candidata del entonces Frente Nacional como al líder izquierdista de la Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon. La primera ronda de 2022 demostró hasta qué punto el mandatario ha fallado en su misión manifiesta, con ambos candidatos por encima del 20% de los votos y con Éric Zemmour, el aspirante presidencial más extremista de la historia de la Quinta República, con cerca de un 7% de respaldo. En total, los tres sumaron más de un 50% de las papeletas.

Foto: Campaña de las presidenciales francesas en París. (Reuters/Gonzalo Fuentes)

"El mayor cambio que ha ocurrido durante la presidencia de Macron es la polarización del sistema político francés", afirmaba Gilles Ivaldi, investigador del Centro de Investigación Política de Sciences Po, en el pódcast de 'The Conversation'. Al apoderarse del centro de la política francesa, "ha debilitado a todos los partidos antes dominantes de izquierda y derecha y, en el proceso, ha abierto el espacio para los partidos más radicales", agregaba. Pese a su promesa, el presidente siempre ha buscado reorganizar la vida política en torno a un contraste entre él y la ultraderecha, un posicionamiento que le ha permitido, una vez más, presentarse como su único antídoto, pero que, a su vez, ha legitimado a lo largo de estos años a Le Pen como principal opositora y receptora del voto contra el sistema.

Sobre el papel, Macron tiene mucho para sacar pecho sobre su gestión. El rebote económico pospandémico de Francia ha sido uno de los más espectaculares de la eurozona; la tasa de desempleo de Francia cayó al 7,4% en el cuarto trimestre de 2021, una cifra que no se veía desde 2008; la sanidad pública se vio reforzada, con la inclusión de gafas, audífonos y prótesis dentales en su cobertura; la baja parental fue expandida, y el presidente liberal por excelencia supo reconvertirse durante la pandemia en un adalid del gasto público para ayudar a los hospitales públicos, salvar empresas, conservar puestos de trabajo y reactivar la actividad económica.

El eslogan de Macron es 'Nous tous', 'Todos nosotros', un llamamiento que suena hueco en medio de una nación profundamente dividida

Sin embargo, los números siempre son traicioneros. Durante el mandato de Macron, las dificultades que viven las personas en situación de pobreza han crecido y 400.000 personas más afrontan esta realidad en comparación con 2017, según los datos no actualizados desde 2020. Sin embargo, lo más importante es que Le Pen ha sabido conectar con una realidad en la que los problemas económicos no son un simple balance de gastos e ingresos. Como describía Pierre Rosanvallon, historiador y sociólogo del Collège de France en 'The New York Times', los perdedores de la globalización necesitan ser atendidos "en términos de dignidad, en términos de respeto, en términos de sentirse abandonados". La herida es tan material como identitaria. Macron siempre ha sido bueno con los números, pero batalla con la segunda parte.

El resultado es que henos aquí de nuevo. Cinco años más tarde, Macron contra Le Pen: ahora más ajustado que nunca. El actual eslogan electoral del mandatario es 'Nous tous', 'Todos nosotros', un llamamiento a la unidad que suena hueco en medio de una nación profundamente dividida, con una izquierda que duda deprimida entre la abstención o acudir a las urnas con una pinza en la nariz. El presidente ha sido reelegido, pero no será el mismo que en 2017, con una mayoría mucho más débil en la Asamblea Nacional (si acaso llega a lograrla en las elecciones legislativas de junio) y, sobre todo, con unas ambiciones mucho más moderadas, propias de quien ya ha experimentado en primera persona los límites del Elíseo. La tormenta aguarda de nuevo, pero quien la enfrentará, si gana, ya no será Júpiter, sino Emmanuel.

Era el 12 de septiembre de 2017. Otra era. Bajo un calor sofocante y flanqueado por árboles arrancados de cuajo, montañas de escombros y los esqueletos de piedra y madera de lo que hasta hace poco eran casas, Emmanuel Macron recorría las calles de la isla antillana de Saint Martin. El territorio francés de ultramar había sido arrasado por el huracán Irma y el mandatario, que por aquel entonces todavía no había cumplido cuatro meses en el cargo, se había desplazado hasta la zona acompañado por su frenético equipo y, también, por el escritor Emmanuel Carrère, quien estaba trabajando en un perfil sobre el nuevo líder que tenía revolucionado tanto al país como a Europa. Tras mostrar su apoyo a una población desolada por la destrucción y mientras observaba las casas derruidas por el inclemente temporal, Macron se dirigió a su acompañante. "Yo no estoy hecho para presidir un clima tranquilo", le indicó. "Mi predecesor sí estaba hecho para gobernar en la calma. Yo estoy hecho para la tormenta".

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