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Si crece la represión dentro y el repudio fuera, ¿por qué la mayoría de los rusos apoyan a Putin?
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Sin libertades dentro, parias fuera

Si crece la represión dentro y el repudio fuera, ¿por qué la mayoría de los rusos apoyan a Putin?

Desde que empezó lo que el Kremlin calificó de "operación militar especial" en Ucrania, el rumbo de Rusia ha cambiado drásticamente y la popularidad de Putin se ha disparado

Foto: Teatro decorado con la letra 'Z' en el centro de Moscú. (EFE/Yuri Kochetkov)
Teatro decorado con la letra 'Z' en el centro de Moscú. (EFE/Yuri Kochetkov)
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Han pasado más de 40 días desde que el Ejército ruso entró en Ucrania para “desnazificar” y “desmilitarizar” el país con una "operación militar especial" cuyo objetivo último era conjurar el gran miedo del Kremlin: que Ucrania fuera aceptada como socio de la OTAN. El presidente Vladímir Putin vendió la medida como imprescindible para garantizar la seguridad de Rusia y detener el "genocidio" de los rusófonos de las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, en el oriente ucraniano. ¿Y quién amenaza esta seguridad? ¿Quién es el enemigo? “Los neonazis y drogadictos” de Kiev, como llaman desde Moscú al Gobierno elegido democráticamente por los ucranianos en 2019. Así planteó Moscú su narrativa interna. Y está funcionando.

Rusia y sus ciudadanos han sufrido en poco más de un mes varios reveses que amenazan con hacer retroceder al país varios años. El más visible es el impacto económico. Pero también lidian con un aumento de la represión interna de Moscú a niveles inéditos, mientras la rusofobia campa a sus anchas en el resto del mundo. Y, pese a ello, la popularidad de Putin se habría disparado de forma espectacular, tocando en marzo máximos de cuatro años y cerca de su récord histórico. Según el Levada-Center, la aprobación del presidente ruso habría llegado al 83%, frente a un 15% de rechazo, niveles no vistos desde 2018. El máximo de la serie lo alcanzó en 2015, tras la anexión de Crimea (y el mínimo es del 60% en 2013).

Analistas y expertos, que consideran al Levada-Center la firma demoscópica más confiable e independiente del país, puntualizan que las cifras pueden estar distorsionadas por el temor de los ciudadanos a expresar sus opiniones a encuestadores anónimos en un ambiente de tensión bélica. Al factor 'rally around the flag' (unirse bajo la bandera) típico de situaciones de crisis, se unen medidas legales aprobadas por el Kremlin para castigar la supuesta difamación de las Fuerzas Armadas y mantener controlada a la disidencia.

¿McVanya?

A mediados de marzo, la cadena rusa de hamburguesas Tío Vanya recicló la icónica 'M' amarilla de McDonalds por una 'B' para emular el reconocible logo de los Arcos Dorados y llegó a solicitar su registro en el Servicio Federal de Propiedad Intelectual ruso, aunque todavía no hay ningún restaurante abierto. Es dudoso si la iniciativa llegará a prosperar, pero es una muestra de cómo Moscú confía en reemplazar a los cientos de multinacionales que han empezado a salir de Rusia por las sanciones.

Apple, Adidas, Audi, AMD, Amazon, Adobe, British Petroleum, BMW, Bolt, Boeing, Chevrolet, Cadillac, Carlsberg, Coca-Cola, Danone, Disney, Dell, Dropbox, DHL, Ericsson, Exxon Mobil, FedEx, Ford, Google, Get Contact, General Motors, HP, Harley Davidson, Ikea, Intel, Jaguar, Jooble, Kuna, Lenovo, Mastercard, Maersk, Mercedes, Mitsubishi, Microsoft, Netflix, Nike, Nintendo, Nestlé, PayPal, Play Station y así hasta más de 400 empresas occidentales han abandonado o restringido su actividad en el país. Esto se ha traducido en miles de rusos que han perdido sus trabajos y miles de consumidores rusos que han perdido el acceso directo a estos productos.

Los trabajadores de las compañías occidentales que aún se mantienen en el país saben que pueden perder su empleo cualquier día. Mientras, Rusia ya ha respondido a todas estas empresas con una ley que permitirá nacionalizar sus activos por abandonar el país —una solución que es papel mojado en muchos casos, como el de Ikea o Zara, ya que sus productos son de importación—. Ya en 2014, las sanciones por la anexión de Crimea obligaron a las empresas rusas a mirar hacia su mercado interior y se implementaron varias medidas proteccionistas para favorecerlo. A día de hoy, no obstante, muchas compañías tienen problemas de suministros o pagos porque dependen en algún grado del exterior.

Foto: Logo del banco VTB. (EFE/Maxim Shipenkov)

El otro factor que está afectando a toda la economía, particulares y empresas, es el rublo. La divisa vivió su peor jornada el 10 de marzo, cuando llegó a cambiarse a 150 rublos por euro, y, aunque se ha recuperado desde entonces —actualmente está a 91 rublos por euro—, sigue por debajo de cómo arrancó el año —en unos 80 rublos por euro—. Esto ha hecho que los precios de muchos productos, como alimentos básicos, tecnología o higiene personal, se hayan disparado. En apenas unos días, los precios de verduras como el pimiento, el calabacín o el pepino subieron un 40%. Mientras tanto, los salarios de los rusos no han subido y hay mucha incertidumbre. Algunas compañías tienen problemas para pagar a sus empleados y hay tiendas y supermercados con problemas de abastecimiento.

La otra gran medida que está complicando la vida de ciudadanos y compañías es la expulsión de la mayor parte de los bancos rusos del sistema bancario SWIFT, que facilita las transferencias internacionales. Esto ha aislado económicamente a Rusia, dificultando exportaciones e importaciones, así como el envío de remesas. La demanda de tarjetas que utilizan los sistemas MIR y UnionPay, sistemas ruso y chino respectivamente, llegó a ser tan grande que las entidades bancarias se quedaron sin el plástico necesario para hacerlas. En los primeros días tras la sanción, muchas tiendas no podían cobrar con tarjeta y los rusos formaron largas colas en cajeros automáticos para poder retirar efectivo.

La demanda de VPN sube un 2.700%

Al ambiente de constricción económica se une un contexto de represión sin precedentes. Pocos medios rusos se atreven a desafiar el discurso oficial y cada vez son menos. Tras el inicio del conflicto, algunos se atrevieron a utilizar expresiones como 'guerra' e 'invasión' —en lugar de la oficial "operación militar especial— e incluso 'Novaya Gazeta', dirigida por el premio nobel de la Paz Dmitri Muratov, se atrevió a titular en portada 'Rusia bombardea Ucrania'. Eso les valió a ellos y a otros medios independientes —como Mediazona, Dozhd, Eco de Moscú o Meduza— una primera advertencia del Roskomnadzor, el regulador de las comunicaciones en Rusia.

Dozhd y la radio Eco de Moscú se vieron obligados a cerrar por las autoridades. El espacio radioeléctrico de Eco de Moscú pasó a ser para Sputnik, uno de los medios estatales rusos que ha sido restringido en Europa y Estados Unidos. El regulador de las comunicaciones también amenazó a los medios rusos que entrevistaron al presidente ucraniano Volodímir Zelenski, entre ellos a la misma 'Novaya Gazeta'. Tras el segundo aviso de las autoridades rusas, el diario anunció este lunes que cesará sus actividades hasta el fin de la "operación militar especial". Para asegurarse de que no hay ningún margen para el discurso disidente, el Kremlin ha aprobado varias leyes punitivas que contemplan cuantiosas multas y penas de hasta 15 años de cárcel para quien difunda de forma pública "noticias falsas" sobre el Ejército ruso. Es decir, cualquier información que ponga en duda el discurso oficial.

Foto: Una captura del vídeo en el momento en que aparece la periodista. (Twitter)

Para asegurarse de que solo el discurso oficial llega a la opinión pública, las autoridades rusas también bloquearon Facebook, Twitter, Instagram, TikTok y LinkedIn, bajo diferentes pretextos. Los siguientes en el punto de mira son YouTube y Wikipedia, que por ahora siguen funcionando. Para burlar estas restricciones, existen medidas como los servicios VPN, que han aumentado hasta un 2.700% su demanda este mes de marzo en Rusia. En teoría, utilizar este tipo de servicio no es ilegal en Rusia, excepto si se utiliza para entrar en lugares bloqueados por el Gobierno.

La 'Z' del Kremlin

Los ciudadanos rusos han visto como la 'Z' belicista se ha adueñado del espacio público y campa a sus anchas como un símbolo más de la Rusia de Putin. Significa 'Za pobedu' (hasta la victoria), y se ha preferido usar su versión latina en lugar de la cirílica. Rápidamente se ha comercializado todo tipo de mercadotecnia como camisetas, 'souvenirs' o pegatinas, así como en avatares o publicaciones en redes sociales. Grupos nacionalistas y partidarios del Gobierno la han tomado no solo como un símbolo, también como un arma contra todos aquellos que se manifiestan públicamente a favor de la paz, como activistas o periodistas. Se les pinta en la puerta de sus domicilios, acompañados de frases amenazantes o insultos, como le pasó al exdirector de la radio Eco de Moscú, Alexei Venediktov, al que le pintaron en su casa 'cerdo judío'.

El LDPR (Partido Liberal-Democrático de Rusia, ultranacionalista), presentó un proyecto de ley que obligaría a todos los que protesten a favor de la paz a ir al frente en caso de ser aprobado. Incluso antes de esta propuesta, manifestarse contra la "operación especial militar" de Putin ya era complicado. La Plaza Roja y otras partes del centro de Moscú están fortificadas ante cualquier intento de protesta con numerosos agentes de la policía antidisturbios. Estos no dudan a la hora de detener a cualquier persona que consideren, incluso cuando quiere manifestarse abiertamente a favor del Gobierno.

Estado paria, ciudadanos parias

Aunque las tensiones entre Moscú y Occidente se han ido fraguando desde hace años, en las últimas semanas la imagen de Rusia en el mundo se ha derrumbado y Putin ha dinamitado muchos puentes de entendimiento con Europa y gran parte de la comunidad internacional. Su posición es delicada, como quedó evidenciada en la resolución no vinculante de Naciones Unidas del pasado 2 de marzo, en la que 141 países condenaron la campaña militar de Rusia en Ucrania. Solo cuatro naciones votaron junto a Rusia: Bielorrusia, Eritrea, Corea del Norte y Siria. Tanto Minsk como Damasco deben la permanencia de Lukashenko y Al Asad en el poder al Kremlin, mientras que algunos pesos pesados de la geopolítica como India o China prefirieron abstenerse —como lo hicieron los Estados exsoviéticos de Armenia y los países de Asia Central, próximos y dependientes de Moscú—.

El sentimiento de rechazo se ha extendido a todos los ciudadanos rusos, independientemente de su posicionamiento ideológico respecto a la actuación de su Ejército o de su Gobierno. En España, por ejemplo, la rectora de la Universidad de Valencia recomendó a sus estudiantes rusos “abandonar el país” ante la posibilidad de que las sanciones occidentales afectaran a su situación personal. En toda Europa se han visto episodios de expulsión de rusos de universidades, de protesta contra embajadas, restaurantes u otros locales relacionados con Rusia. Incluso se han cancelado proyecciones de cineastas rusos como Andrei Tarkovsky.

Foto: El presidente de Rusia, Vladímir Putin. (Reuters/Mikhail Klimentyev)

La aparición de la rusofobia ha sido combustible para el Kremlin, alimentando el relato de que Occidente odia a los rusos y a su cultura. El mismo Putin afirmó en un discurso este 24 de marzo que tanto EEUU como la UE están “cancelando” a Rusia, comparándolo con la situación de la escritora JK Rowling por su postura en cuestiones LGBT.

Por oposición, por miedo, o por el impacto económico, muchos rusos han preferido abandonar el país como han podido. A día de hoy, desde los aeropuertos rusos se puede volar de forma directa a unos pocos países, principalmente a Asia Central, Armenia y Turquía. Este último se ha convertido en las últimas semanas en el nodo para todos los rusos que querían salir de su país. Ya es un destino habitual para las vacaciones, pero la demanda de vuelos aumentó de manera exponencial y a finales de febrero era casi imposible encontrar uno a Estambul hasta, por lo menos, el mes de mayo. La ruta suele costar cerca de 200 euros, pero hay ciudadanos rusos que han llegado a pagar más de 1.800 euros por un billete.

Una vez preparados para instalarse fuera de su patria, los rusos se topan con el rechazo de los locales. Es el caso de Georgia, donde muchos propietarios de pisos se niegan a alquilar a cualquiera que venga de Rusia, piensen lo que piensen. Una situación que se va extendiendo, poco a poco, al resto de países europeos.

Han pasado más de 40 días desde que el Ejército ruso entró en Ucrania para “desnazificar” y “desmilitarizar” el país con una "operación militar especial" cuyo objetivo último era conjurar el gran miedo del Kremlin: que Ucrania fuera aceptada como socio de la OTAN. El presidente Vladímir Putin vendió la medida como imprescindible para garantizar la seguridad de Rusia y detener el "genocidio" de los rusófonos de las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, en el oriente ucraniano. ¿Y quién amenaza esta seguridad? ¿Quién es el enemigo? “Los neonazis y drogadictos” de Kiev, como llaman desde Moscú al Gobierno elegido democráticamente por los ucranianos en 2019. Así planteó Moscú su narrativa interna. Y está funcionando.

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