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Así trata de reinventarse la propaganda rusa en Telegram para esquivar las sanciones
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En campaña para redirigir su audiencia

Así trata de reinventarse la propaganda rusa en Telegram para esquivar las sanciones

La efectividad de las sanciones europeas para contrarrestar la propaganda rusa de RT y Sputnik tiene un agujero: Telegram sigue ofreciendo sus contenidos y mensajes prorrusos

Foto: Logo del canal ruso RT. (Reuters/Dado Ruvic)
Logo del canal ruso RT. (Reuters/Dado Ruvic)
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A principios de este año, después de que Twitter suspendiese la cuenta de Donald Trump tras el asalto al Capitolio, las webs de RT y Sputnik empezaron a mostrar un mensaje al final de sus páginas, animando a los lectores a seguir a estos medios en Telegram. Había una relación evidente entre ambos hechos: al ver silenciado nada menos que al todavía presidente de los EEUU, los responsables de estos medios se dieron cuenta de la urgencia de contar con canales de difusión alternativos, por si los gigantes de Silicon Valley optaban por aplicarles el mismo tratamiento.

Foto: Dentro de los estudios de RT en Moscú. (Getty/Misha Friedman)

Ese momento llegó poco después de la invasión a Ucrania: el pasado 2 de marzo, Bruselas impuso sanciones en la radiodifusión de RT y Sputnik en el territorio de la Unión Europea. A los pocos días dejó de poder accederse a sus páginas web, excepto utilizando una VPN (una red privada virtual) que nos “situase” fuera de la UE, por ejemplo en algún país de Latinoamérica. Desde entonces, el acceso a estos medios ha experimentado modificaciones de forma intermitente en los distintos lugares de Europa. En el momento de escribir estas líneas se puede entrar libremente a la página de RT, pero es imposible cargar la web de Sputnik, por motivos que desconozco.

Cuando la UE impuso estas sanciones expresé mi escepticismo sobre la conveniencia de una medida que podía sentar un precedente discutible, daba alas al victimismo del Kremlin y alimentaba sus teorías de la conspiración sobre cómo “Occidente silencia a las voces alternativas”, y sobre todo resultaría ineficaz: como alguien que lleva años observando la desinformación rusa en español, sé que el verdadero impacto de RT y Sputnik no reside en los espectadores de la cadena o el número de fieles lectores de la web (que son pocos), sino en cómo estos medios generan contenido de forma masiva que después es difundido en campañas de ‘astroturfing’ mediante bots y granjas de trolls. Lo que marca la diferencia es cómo millones de ciudadanos comunes y corrientes son expuestos a estas narrativas a través de las redes sociales, a menudo remitidos por familiares y conocidos. Mientras esto siga siendo posible, pensaba, la prohibición de estos medios serviría de poco.

Pero me equivoqué: las sanciones han venido acompañadas -en algunos casos, precedidas- de restricciones en Twitter, YouTube, Facebook y Google, que ya no permiten visualizar los enlaces y materiales de estos medios. De este modo, la exposición casual a estos contenidos resulta imposible. “Eso sí les ha hecho verdadero daño y ha limitado mucho la difusión de sus mensajes”, me decía hace unos días un experto europeo en desinformación rusa. La prohibición aplicada por YouTube, por ejemplo, hace que el 99% de los vídeos empotrados en las páginas de RT y Sputnik sean inaccesibles, por lo que en la práctica es como si se hubieran volatilizado de golpe.

Por eso, en las últimas semanas los canales de propaganda rusos están llevando a cabo una campaña frenética para redirigir a su audiencia hacia otras plataformas. La más prominente es Telegram, creada por el empresario ruso Pavel Durov, que después de varios altibajos en su relación con el Kremlin parece haberse echado definitivamente en brazos de las autoridades rusas. Recientemente, Telegram ha puesto en marcha una opción que permite empotrar vídeos, que está siendo utilizada por RT dentro de sus páginas en sustitución de YouTube. Además, ante la imposibilidad de seguir utilizando esta última herramienta, estos medios oficiales rusos han migrado en masa al canal de vídeos Odysee, otra plataforma de vídeos creada en 2020 que se presenta como la alternativa sin censura de YouTube y donde, como tal, apenas existen restricciones de contenido.

Por supuesto, no toda la propaganda rusa es RT y Sputnik: vídeos y mensajes llevan tiempo brotando en redes sociales con mensajes explícitamente prorrusos (por ejemplo, negando las atrocidades y violaciones de derechos humanos, diciendo que las imágenes de bombardeos son falsas y los heridos que aparecen en ellas son actores, o asegurando que las tropas rusas están machacando a las fuerzas ucranianas) sin que su origen pueda ser atribuido a Rusia a simple vista. En ocasiones, estos contenidos son difundidos aprovechando ecosistemas ya existentes. Por ejemplo, investigadores de redes sociales y verificadores como Newtral han detectado cómo canales ya conocidos por su militancia negacionista del covid han pasado a promover narrativas de desinformación a favor de Rusia. Tras haber probado su efectividad, nada hace pensar que Rusia vaya a renunciar a una práctica con tanta capacidad desestabilizadora en las sociedades occidentales a tan bajo coste. La próxima ola quizá no la veamos venir.

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