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Historias desde el infierno: habla una superviviente de Mariúpol
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El epicentro del sufrimiento ucraniano

Historias desde el infierno: habla una superviviente de Mariúpol

Oksana Stomina, poeta ucraniana, y otros 400.000 marioupolenses se despertaron un día en medio de un paisaje de bombardeos, escasez y muerte. Tras escapar de la ciudad, cuenta su calvario

Foto: Desplazados ucranianos llegan a una estación de tren de Lviv. (Getty/Joe Raedle)
Desplazados ucranianos llegan a una estación de tren de Lviv. (Getty/Joe Raedle)
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La última vez que Oksana Stomina apareció en estas páginas, la invasión de Ucrania era una hipótesis. Estábamos a principios de febrero y Mariúpol no solo resplandecía entera, sino que vivía una época de optimismo generado por el aumento de las inversiones públicas, la apertura o reapertura de empresas y la noción de que Ucrania, a tenor de las encuestas y de los últimos comicios, estaba más unida que nunca. Dos semanas después, sin embargo, se abrieron las fauces del infierno. Oksana Stomina y los otros 400.000 marioupolenses se despertaron en un paisaje de bombardeos, escasez y muerte. Hace unos días, presionada por su marido, Stomina salió de este infierno. Una pesadilla de la que nos ha contado los detalles.

“Justo antes de la invasión, hablaba con unos amigos de la posibilidad de guerra. Yo no creía que hubiera una invasión a semejante escala. No le veía ninguna lógica. No tenía sentido”, dice la poeta. El 24 de febrero, se enteró del ataque cuando su hija, que vive en Kiev, la llamó a las cuatro de la mañana para informarle de los bombardeos sobre la capital. “La guerra empezó de repente. Al principio estaba muy nerviosa viendo los ataques por toda Ucrania. Pero luego, al final del día, me tranquilicé. Aunque temía por mi hija y por el resto de los ucranianos”.

Foto: Josep Borrell. (EFE/EPA/Fehim Demir)

Los primeros tres días, Stomina durmió en el suelo del baño de su apartamento, situado cerca de la plaza del Teatro Dramático Regional. Pero resultaba demasiado peligroso y tuvo que mudarse al sótano. Durante la jornada, la poeta ejercía de voluntaria para distribuir las menguantes provisiones de la ciudad.

“Intentábamos que la vida siguiera funcionando en Mariúpol”, dice Stomina. “Ayudábamos con nuestros coches a sacar a las personas de los barrios atacados. Luego llevábamos las medicinas al centro de voluntarios, porque ya había muchos soldados heridos. Y desde el centro luego se repartían a los hospitales o a los vecinos que las necesitaran. Más adelante eran los propios propietarios quienes traían los productos al centro, ya que sus tiendas podían ser ocupadas o bombardeadas”.

"Un hombre que estaba con nosotros en el refugio no podía enterrar a su madre, así que la dejó en una caseta al lado de su casa"

Enseguida comenzó la escasez de todo: agua, comida, pañales. Las primeras víctimas, recuerda Stomina, fueron los huérfanos, los inválidos, los convalecientes y otras personas desprotegidas o que necesitaban cuidados especiales. “Había madres recientes que no podían alimentar a sus bebés porque, del estrés, no daban leche. Había niños que tenían problemas porque acababan de ser operados del corazón”.

El testimonio de Stomina concuerda con el de otros desplazados y con las crónicas que mandó el único equipo occidental de periodistas que estaba allí: los de la agencia Associated Press. Dado que los rusos bombardearon indiscriminadamente las infraestructuras civiles, al final solo quedaba un hospital en pie, y estaba tan desbordado que los casos insalvables se dejaban en el sótano, junto a los cadáveres.

Foto: Una mujer permanece en un refugio antibombas durante el conflicto entre Ucrania y Rusia en la asediada ciudad portuaria del sur de Mariupol, Ucrania 20 de marzo de 2022. (Reuters/Alexander Ermochenko)

Cuenta Stomina que los bombardeos, que según AP oscilaban entre los 50 y 200 impactos al día, eran tan intensos que no se podían celebrar entierros. Los invasores, además, habían ocupado el cementerio principal de Mariúpol. Así que las autoridades pidieron a sus conciudadanos que dejaran los cadáveres en la calle o que los envolviesen, por ejemplo, en una alfombra, y los depositasen en un “lugar frío”. Otra de las tareas de los voluntarios era recoger estos cadáveres y arrojarlos a una fosa común, cavada en un cementerio histórico del centro, que no se usaba.

“Un hombre que estaba con nosotros en el refugio no podía enterrar a su madre, así que la dejó en una caseta al lado de su casa”, dice Stomina. “El cadáver estuvo allí siete días. No podía enterrarla. Los perros callejeros venían y se comían el cuerpo. Al final ya casi no tenía cabeza”.

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Pese a las severísimas carencias materiales, lo más difícil era el apagón informativo. Al no haber ni teléfono ni internet, los mariupolenses no sabían nada sobre el transcurso de la guerra ni sobre el devenir de sus seres queridos. Ni siquiera dentro de la misma ciudad. Todo el mundo estaba a oscuras, de manera que muchas personas no sabían qué hacer. Deseaban huir de Mariúpol, pero, al mismo tiempo, no querían dejar atrás a sus padres o hermanos, de los que no sabían nada. En esta situación, cualquier gota de información tenía un valor extraordinario. Cuenta Stomina que, como ella estaba fuera durante el día, cuando volvía al sótano se encontraba a sus vecinos sedientos de detalles, de historias, de rumores.

“En el centro había voluntarios de diferentes barrios de la ciudad. Cada uno compartía lo que sabía: qué zonas se habían bombardeado, dónde estaban los heridos”, recuerda. “Por las noches, yo transmitía estas noticias en el refugio. Siempre se tenía la esperanza de que llegarían ayudas para el Ejército ucraniano, de que este tendría armas contra los aviones rusos. Cuando salía del refugio por la mañana, me hacían la señal de la cruz para que estuviera protegida”.

Foto: Fuerzas de Defensa Territorial en las afueras de Kiev la semana pasada. (Getty/Chris McGrath)

Dice Stomina que en el sótano se formó un ambiente mágico, de extrema unión y solidaridad. “Nos ayudábamos los unos a los otros. Y los niños maduraron de golpe. No lloraban, no protestaban. Ayudaban a los adultos. Eran como ángeles de la guarda que nos consolaban en momentos de estrés”.

La muerte rondaba por todas partes. Caminando de vuelta al refugio, Stomina veía a un grupo de mujeres, con sus niños, cocinando al aire libre lo poco que tenían. Como no había gas ni electricidad, se apañaban encendiendo una hoguera. Luego este lugar fue atacado y 13 de esas mujeres y niños perdieron la vida. Un conocido suyo, un cámara de la televisión local, murió mientras estaba en su cocina. La familia no pudo recuperar el cadáver de entre los escombros. Ni siquiera pudo abrir la puerta.

La lluvia de bombas fue cubriendo cada vez más barrios, hasta llegar al mismísimo Teatro Dramático Regional. Allí se refugiaban en torno a 1.200 personas, muchas procedentes de las zonas más destruidas, como el barrio de Vostochny. La semana pasada los rusos lo partieron por la mitad. A pesar de que, delante y detrás, sobre el asfalto, se leía en grande la palabra 'niños', el teatro fue destrozado. Las autoridades rescataron a unas 200 personas. Los combates son tan intensos que dificultan las tareas de ayuda, y en este momento no está claro qué sucedió con el resto de quienes se refugiaban en los sótanos del edificio arrasado. Si miramos las imágenes por satélite, vemos que el 90% de Mariúpol está dañado o destruido.

La vida de Stomina cambió de manera fortuita la semana pasada. El hermano de su marido decidió salir de Mariúpol con sus hijos. Dice ella que su marido la obligó a irse con ellos. La poeta no quería. “Tomé la decisión en unos minutos”, confiesa. Y, con lo puesto, apenas unos vaqueros y una chaqueta, Oksana Stomina salió del infierno. Y tuvo suerte en la escapada.

“Había bombardeos y tiroteos cerca, pero gracias a Dios salimos ilesos”, dice la ucraniana. “Una amiga del centro de voluntarios, sin embargo, iba en un coche que fue tiroteado. Cinco heridos, incluido un niño pequeño que fue alcanzado en la cabeza. El niño ha sido operado en un hospital de Zaporiyia. Está vivo, pero malherido”.

"Mientras en el mundo están pensando en si cerrar el cielo de Ucrania, en Mariúpol muchas personas están muriendo bajo las bombas"

La intensidad de los ataques sobre Mariúpol se debe al carácter estratégico de la ciudad. Situada en el mar de Azov, la urbe está a mitad de camino entre los enclaves prorrusos de Donetsk y Luhansk y la ocupada Crimea. Si cae en manos de Moscú, las tropas rusas podrían unir sus efectivos del este y del sur, y probablemente atizar un golpe a los ucranianos que combaten en el Donbás. De ahí el interés ruso en doblegarla y el interés ucraniano en defenderla.

Recientemente, los rusos, que tienen a Mariúpol estrangulada, dieron a Ucrania un ultimátum. Pero Ucrania lo rechazó. Según el profesor de estudios estratégicos Phillip O’Brien, de la Universidad de St. Andrews, los rusos intentarían evitar una situación muy desfavorable para ellos: la lucha urbana. Una modalidad de combate para la que el Ejército ruso, que suele depender del uso intensivo de la artillería, no está muy entrenado. Meterse en Mariúpol a jugar el papel de los nazis en Stalingrado, la 'rattenkrieg' o 'guerra de ratas', podría ser letal para las fuerzas rusas, multiplicar sus bajas, minar aún más su moral y hacer peligrar la estabilidad política en la retaguardia. Moscú necesita una victoria, no un largo y cruento polvorín.

Foto: Mariúpol. (Reuters/Alexander Ermochenko)

Ahora, Stomina está en el este de Ucrania, planeando su futuro. Dice que, a medida que se alejaba de Mariúpol, se sentía peor, alejada de la ciudad y de las personas a las que ama. Pero se va a quedar en Ucrania. Antes de despedirse, quiere hacer un llamamiento a que la OTAN cierre el espacio aéreo ucraniano para que Rusia no pueda seguir asesinando a sus conciudadanos. Una opción, la exclusión aérea, que la Alianza Atlántica ha descartado por el riesgo de enzarzarse con Rusia y desencadenar la Tercera Guerra Mundial. Vladímir Putin ha dejado claro que cerrar el cielo ucraniano sería interpretado como una declaración de guerra por parte de Occidente.

“Quiero que el mundo civilizado detenga esta guerra”, dice la mariupolense. “Las sanciones no sirven de mucho. Mientras los gobiernos de todo el mundo están pensando en si cerrar o no el cielo de Ucrania, en Mariúpol quedan muchas personas y están muriendo bajo las bombas. Necesitan ayuda. Necesitan ser liberadas”.

La última vez que Oksana Stomina apareció en estas páginas, la invasión de Ucrania era una hipótesis. Estábamos a principios de febrero y Mariúpol no solo resplandecía entera, sino que vivía una época de optimismo generado por el aumento de las inversiones públicas, la apertura o reapertura de empresas y la noción de que Ucrania, a tenor de las encuestas y de los últimos comicios, estaba más unida que nunca. Dos semanas después, sin embargo, se abrieron las fauces del infierno. Oksana Stomina y los otros 400.000 marioupolenses se despertaron en un paisaje de bombardeos, escasez y muerte. Hace unos días, presionada por su marido, Stomina salió de este infierno. Una pesadilla de la que nos ha contado los detalles.

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