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Así rima la guerra de Ucrania en la historia: volver a 1709 para entender la invasión de hoy
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Desde la batalla de Poltava hasta hoy

Así rima la guerra de Ucrania en la historia: volver a 1709 para entender la invasión de hoy

Vladímir Putin quiere recuperar las tierras originales de la Rus de Kiev, Bielorrusia y Ucrania. La primera está en camino, pero Ucrania lucha como ya lo hizo hace tres siglos

Foto: Pin del presidente ruso, Vladímir Putin, vestido de militar, junto a otro del zar Nicolás II. (Reuters/Kevin Coombs)
Pin del presidente ruso, Vladímir Putin, vestido de militar, junto a otro del zar Nicolás II. (Reuters/Kevin Coombs)
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Como se suele decir, la historia no se repite, pero tiende a rimar. Hay una especie de pentagrama cósmico en el que todos vamos escribiendo nuestras notitas, unas más grandes que otras. Y esas notitas, juntas y en el largo plazo, a veces forman un atisbo de patrón, de coherencia. Una partitura. La mayoría de las veces esta partitura solo se revela muchos años después, con la observación y el estudio. Otras, sin embargo, da la impresión de que los patrones son tan claros que uno puede escuchar esta partitura en tiempo real, como si la interpretara una orquesta en nuestra presencia. No estamos hablando de magia, sino de las férreas condiciones estratégicas y sentimentales que van empujando, como un irresistible mar de fondo, las decisiones de los líderes, y que producen escenas parecidas a lo largo de los siglos.

Una de las aficiones de Vladímir Putin es leer biografías; sobre todo, biografías de grandes líderes rusos. Especialmente de Pedro el Grande. Estas últimas semanas, los estudiosos de la historia de Rusia han mencionado varias veces el nombre de una ciudad de provincias ucraniana: Poltava. No porque allí, ahora mismo, se estén dando combates importantes, sino porque fue en Poltava donde se libró la batalla que posibilitó, desde el punto de vista ruso, 'reunificar' las tierras originales de la Rus de Kiev. El reino medieval del que emergieron las actuales Rusia, Bielorrusia y Ucrania, y que había sido desmembrado en el siglo XIII por las invasiones mongolas.

Foto: Banderas de Ucrania y Rusia. (EFE/Julian Stratenschulte)

Un resumen brevísimo de Poltava sería el siguiente: a principios del siglo XVIII varias potencias se disputan el dominio del norte de Europa. Sobre todo, el Reino de Suecia y el Zarato de Rusia, encabezado por Pedro el Grande. El joven y dinámico rey sueco, Carlos XII, fracasa en su intento de tomar Moscú, pero se repliega a los territorios de la actual Ucrania. Entre otros aliados, Carlos XII cuenta con Iván Mazepa, que sería el último de una serie de líderes cosacos que se rebelaron contra Rusia. El destino de esta larga guerra se dirime en Poltava en 1709. Las tropas de Pedro el Grande triunfan y este consolida su dominio sobre los territorios de la actual Ucrania y sobre Kiev, que los rusos habían arrebatado de manos polacas dos décadas antes.

Esto marca el final del Zarato de Rusia y el comienzo del Imperio ruso. Pedro el Grande se proclama 'emperador de todas las Rusias', incluida Ucrania, una palabra que ya entonces denominaba informalmente los territorios que habían controlado los cosacos en su guerra contra Polonia. Cuando el atamán Bohdan Jmelnitski entra en Kiev, en 1648, es aclamado como “nuevo Moisés” y “libertador de Ucrania”.

El regreso de la historia

Parece poco relevante, o incluso ridículo, tener que desempolvar estos episodios de hace tres siglos para entender una guerra en 2022. Pero miren a Putin. Examinen su discurso, traten de explicar sus decisiones. Fuera de razones históricas y sentimentales, resulta difícil encontrarles coherencia. Una cosa es maniobrar para dominar Ucrania, propaganda y agresiones incluidas, y otra lanzar una guerra a gran escala cuyo precio va a ser, a todas luces, incalculable. Primero para los ucranianos, que en este momento se refugian de las bombas o plantan cara al enemigo. Pero también para el pueblo ruso, para su conciencia, su reputación y su bienestar. El resto de europeos también pagaremos un precio. Esperemos que solo económico.

La invasión está siendo aparentemente torpe. No se cansan de decírnoslo los expertos en estrategia y en las Fuerzas Armadas de Rusia. De los aproximadamente 66.000 soldados rusos desplegados, de momento, en Ucrania, solo un tercio puede entrar en combate. El resto se dedica, entre otras cosas, a proteger las extensísimas líneas de suministro que corren el peligro de disolverse y ser engullidas por la estepa. La moral parece ser baja y las rápidas victorias previstas no se han producido. Los ucranianos presentan una resistencia enconada y están liderados por un presidente dispuesto a luchar —y no es una frase hecha— hasta la muerte. No es una imagen buena para Rusia, que no encuentra la manera de empaquetar y vender su guerra.

Foto: Plaza de la Independencia de Kiev, en 2015. (EFE/Sergey Dolzhenko)

Incluso si el Kremlin conquistase las principales ciudades ucranianas y derrocase al Gobierno de Volodímir Zelenski, ¿qué espera? ¿Anexionarse el país más grande de Europa después de Rusia? Incluso antes del ataque, el rechazo de los ucranianos a las ambiciones rusas era estratosférico. Lo dicen las encuestas, los partidos que son votados en las elecciones y la más básica observación de su vida cotidiana. Hasta los considerados 'prorrusos' se llaman a sí mismos 'proucranianos' y tienen cuidado de no proponer una amistad con Rusia. Más que nada porque, si lo hacen, se evaporan políticamente. Una vez más: ser ruso étnico, hablar ruso y vivir en el este no implica ser prorruso. Eso es muy de 2014. Desde entonces, ocho años de guerra han horadado estos vínculos. Aquella minoría que, aun así, es afín a Rusia, ¿está dispuesta a tolerar el bombardeo de sus ciudades o la presencia de tropas rusas?

Es posible que Putin se imaginase a los ucranianos recibiendo con flores a sus soldados, como si fuese 1943. El consenso en Washington, a tenor de las informaciones de Inteligencia que llegan a la prensa y los análisis que realizan figuras de la política exterior, es que Putin ha perdido el control. Se ha ido atrincherando cada vez más en su búnquer y ya no escucha ni a sus más cercanos asesores de seguridad, a los que humilla desde la distancia, como un emperador envejecido. Sus rostros lívidos y sus balbuceos no reflejan influencia ninguna en el presidente.

Foto: Refugiados que huyen de la guerra en Ucrania llegan a Varsovia, Polonia (EFE/EPA/Marek)

Las últimas filtraciones dicen que Putin está frustrado, que grita y que puede recurrir a más violencia, como vemos en los bombardeos de Járkov, para lograr sus objetivos. Quizá solo sea propaganda estadounidense, pero, a la luz de los correctos vaticinios de invasión de las últimas semanas, sería un error no darles algo de credibilidad. Su discurso del lunes pasado y su posterior declaración de guerra dejaron claro que Putin no considera Ucrania un país, sino una provincia de Rusia. Solo eran palabras hasta la madrugada del jueves. Ahora vemos las acciones, y están destinadas a 'reunificar' los territorios de lo que él considera la Rusia histórica.

Bielorrusia, la otra pieza del puzle de la Rus de Kiev, ya está volviendo al seno ruso. La posición de extrema debilidad del dictador, Aleksandr Lukashenko, que casi pierde el poder durante las protestas masivas de 2020, ha hecho que abandonase su viejo equilibrio entre el este y el oeste para echarse directamente en brazos de su salvador, Vladímir Putin. Lukashenko ha permitido que su país sea el escenario de las maniobras rusas, la plataforma de lanzamiento de la invasión y el probable hogar de futuras armas nucleares rusas, a la luz de un reciente referéndum celebrado a todo correr y con prácticamente toda la oposición en la cárcel o en el exilio. Poco antes de la invasión, Lukashenko dijo que él sería el “coronel” de Putin en su nueva guerra.

Foto: Vladímir Putin. (Reuters/Sputnik/Alexey Nikolsky) Opinión

Las otras notas de la partitura

Esta partitura de hechos históricos tiene otras notas. Si las repasamos, a lo mejor nos suenan. Ucrania permaneció bajo dominio ruso poco más de 200 años. Década a década, los zares fueron minando la soberanía de sus autoridades y rusificando a la población. Los líderes cosacos pasaron a ser nombrados por el zar, que los desplazó al sur de Rusia y los rodeó de fortalezas rusas. En 1720 se prohibió la impresión de libros en ucraniano. En 1734 aparecieron instrucciones para mezclar ambos pueblos, el ucraniano y el ruso, mediante los matrimonios mixtos. El ruso se impuso como lengua obligatoria y Ucrania pasó a ser referida como Rusia del Sur o Pequeña Rusia.

El proceso continuó. Aun así, durante la Primera Guerra Mundial, los llamados entonces 'ucrainófilos' comenzaron a luchar por la autodeterminación. Cuando el zar y su imperio se hundieron —y Rusia se sumió en el caos—, la Rada ucraniana, el Parlamento, declaró la independencia el 22 de enero de 1918. El nuevo Estado fue reconocido por la recién nacida Rusia bolchevique, pero la cortesía no duró demasiado. Los restos del Imperio ruso cayeron en una nueva guerra que se solapó con la mundial. Entre 1918 y 1921, Ucrania fue el frente más salvaje del conflicto. Hasta cinco ejércitos se disputaban el control de Kiev y de las provincias estratégicas. La capital cambió de manos un número incontable de veces, todas ellas acompañadas de cañonazos, fusilamientos y una represión generalizada.

Foto: Estación de tren de Lviv. (L. Proto)
Estos son los trenes ucranianos que tratan de digerir el caos de la guerra
Lucas Proto. Lviv (Ucrania) Infografía: Rocío Márquez y Laura Martín

Al final, los bolcheviques reconquistaron Ucrania y la hicieron, junto a Bielorrusia, miembro fundador de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Tras las Rus de Kiev y el Imperio ruso, los tres países eslavos orientales se habían juntado de nuevo, esta vez bajo la férula de los comunistas. A esto se refería Vladímir Putin cuando, en su discurso de la semana pasada, dijo que Lenin se había inventado Ucrania. Lo más correcto hubiera sido decir que Lenin, bien por su creencia en la autordeterminación de los pueblos, bien para apaciguar a unos ucranianos que habían vivido un verdadero infierno, reconoció sus fronteras. La unión duraría hasta que, en 1991, los presidentes justamente de estos tres países le pusieron fin firmando una nueva independencia, capitaneados por Boris Yeltsin, en un bosque de Bielorrusia.

Aunque no se considera técnicamente una guerra, durante el periodo soviético Ucrania notó como ninguna otra república el peso del puño de Stalin. La colectivización de la agricultura y la requisa de grano, para exportar y poder comprar maquinaria pesada, acabaron generando una resistencia campesina. Esa resistencia hizo que Moscú mandara al Ejército, cercase las rutas del campo, requisara toda la comida y acabase causando una hambruna que, según las estimaciones más aceptadas, mató a casi cuatro millones de ucranianos. Las décadas siguientes vieron cómo se reanudaba el proceso de rusificación de esta república.

Finalmente, Ucrania se salió del seno ruso en 1991, cuando un 92,3% de su población aprobó en un referéndum la independencia, reconocida después por el primer presidente ucraniano, Leonid Kravchuk. Las naciones que el Kremlin considera una misma se habían vuelto a separar. 31 años después, sin embargo, un nuevo, viejo impulso emana de Moscú: la sempiterna obsesión con reunificar, a cualquier precio, los territorios del reino perdido.

Como se suele decir, la historia no se repite, pero tiende a rimar. Hay una especie de pentagrama cósmico en el que todos vamos escribiendo nuestras notitas, unas más grandes que otras. Y esas notitas, juntas y en el largo plazo, a veces forman un atisbo de patrón, de coherencia. Una partitura. La mayoría de las veces esta partitura solo se revela muchos años después, con la observación y el estudio. Otras, sin embargo, da la impresión de que los patrones son tan claros que uno puede escuchar esta partitura en tiempo real, como si la interpretara una orquesta en nuestra presencia. No estamos hablando de magia, sino de las férreas condiciones estratégicas y sentimentales que van empujando, como un irresistible mar de fondo, las decisiones de los líderes, y que producen escenas parecidas a lo largo de los siglos.

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