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¿Qué nos dice el cierre del Bósforo? La guerra de Rusia y Ucrania ya la ha perdido Turquía
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¿Qué nos dice el cierre del Bósforo? La guerra de Rusia y Ucrania ya la ha perdido Turquía

Turquía ha cerrado del paso del Bósforo para desescalar la actividad bélica en el mar Negro. La medida ha creado confusión y, quizá, lo único que deja claro es que Ankara ya es uno de los perdedores de esta guerra

Foto: Un submarino ruso atraviesa el Bósforo con dirección al mar Negro. (EFE/Erdem Sahin)
Un submarino ruso atraviesa el Bósforo con dirección al mar Negro. (EFE/Erdem Sahin)
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¡Abran paso! ¡Cierren paso! Las declaraciones del Gobierno turco sobre la posibilidad de que buques de guerra pasen por el Bósforo para acercarse al escenario de guerra en el mar Negro han creado más confusión que claridad, tras días de espera a que Ankara se pronunciara al respecto. Ahora ya sabemos que, en aplicación de la Convención de Montreux, Turquía clausura el Estrecho para los buques militares de los países en guerra o quizá mejor para los de todos los países, invocando el artículo que prevé su neutralidad, o tal vez el que le considera parte implicada o parte amenazada; las normas son muy claras y vamos a interpretarlas como convenga para rebajar tensiones. Así que mejor no pidan paso; es una recomendación, no pregunten más.

Una confusión que da toda la impresión de ser un efecto buscado porque, como ya apuntamos, Turquía no tiene más opción que ser neutral en la guerra de Ucrania, pero hasta la neutralidad es una mala opción: gane quien gane en Ucrania, para Turquía será una derrota. Ya lo es.

Foto: Un submarino ruso pasa frente a Santa Sofía (d) y la Mezquita Azul mientras atraviesa el Bósforo con dirección al Mar Negro, en Estambul, Turquía. (EFE/ Erdem Sahin)

Si esto fuera un partido de fútbol, no sería difícil saber a quién apoya la hinchada turca desde la grada: al Dinamo de Kiev. Basta con mirar las portadas de la prensa turca, desde los panfletos islamistas que llevan años dedicados a denigrar Europa como nido de neonazis, colonialistas y racistas hasta los diarios de la izquierda sindical que rezan a la Corte de Estrasburgo, el último clavo ardiendo al que agarrarse en un país con la judicatura desmantelada. Aquí y allá, algún columnista de izquierda se esfuerza en presentar la guerra como una confrontación entre dos bloques imperialistas, la Rusia de Putin y la OTAN, aunque recordando que solo uno de los dos está bombardeando ahora mismo contra el pueblo de Ucrania.

Desde luego, hay quien combina ambas posturas: el hábito de atacar a Europa como el pérfido Occidente dedicado a destruir el mundo y el aplauso al heroísmo de la población ucraniana que resiste contra una invasión. El titular: "La OTAN ha traicionado a Ucrania". Al no implicarse en la guerra contra Rusia, Europa ha dejado en la estacada un país vulnerable ante la invasión, proclaman columnistas y altos cargos. Como si Turquía no fuese parte de la OTAN. Y para lo que a esta guerra se refiere, no lo es. Ahí es totalmente neutral.

Foto: El prisidente turco Erdogan durante el G20 de 2019. (Reuters/Jorge Silva) Opinión

Lo ha dicho el presidente Recep Tayyip Erdogan varias veces estos últimos días: “No podemos romper con Ucrania, no podemos romper con Rusia”. Y tiene toda la razón. Con Ucrania no puede romper, porque pese a años de navegación entre dos aguas —entre tres y cuatro incluso— coqueteando con Rusia, China y La Meca, la patria de Turquía no deja de ser Europa. La Europa de los valores universales formulados en Francia y adoptados por Atatürk, el fundador de la República. Proclamar que Turquía no es Occidente, sino la cabeza del mundo musulmán puede quedar bien en un mitin electoral para galvanizar a votantes Corán en ristre, pero es un bluf. El mundo musulmán ya tiene cabeza, y se llama Arabia Saudí.

Un equilibrismo algo desequilibrado

Basta con mirar el mapa de exportaciones: el 40% va a la Unión Europea. Y por mucho que el propio Erdogan ha pregonado a los cuatro vientos que si Bruselas no quiere a Turquía, Turquía no querrá a Bruselas, en el momento de ver a Volodímir Zelenski pidiendo el ingreso urgente de Ucrania en la UE, el martes, le salió la vena de envidia: “Ya podrían mostrar la misma deferencia a Turquía. ¿Qué pasa, que solo nos van a poner en la agenda cuando alguien nos agrede en una guerra?”.

Foto: Tayyip Erdogan. (Reuters)

Cierta razón no le falta: tal vez no habría ataque a Ucrania hoy si la UE hubiese puesto más, mucho más, de su parte para integrar Turquía cuando aún era factible, en la primera década del siglo. Pero ahora es tarde para lamentarse: durante años, Erdogan ha creído que una hermosa amistad con un líder tan viril como Vladímir Putin podría devolver a Turquía un lugar propio en la geopolítica. También lo creyó con Donald Trump, y debería haber quedado escaldado, pero siempre lo atribuyó a que Trump no pudo hacer las cosas que quería, que al fin y al cabo, desgraciadamente para algunos, Estados Unidos es una democracia. De esas que tienen jueces. Rusia no lo es, Putin puede hacer lo que quiere. Solo podemos conjeturar que Erdogan quedó escaldado al ver que también puede hacer una guerra sin consultar con los que se creen sus mejores amigos.

Pero es tarde. Ahora la imbricación de Turquía con Rusia es demasiado grande como para dar media vuelta, aunque a la luz de los últimos discursos, ganas no le faltan a Erdogan. Por una parte está la dependencia energética: un 33% del gas que usa Turquía viene de Rusia, lo que equivale al 9% de todo su gasto energético. Es verdad que la dependencia de Alemania es aún mucho mayor: el 55% de su gas es ruso, equivalente al 15% de toda su energía consumida. Pero es difícil creer que un cierre del grifo ruso vaya a causar el colapso de Alemania: queremos pensar que la UE amortiguaría el choque. ¿Quién acudiría al rescate de Turquía? Además, perder las elecciones a causa de una debacle económica no es un drama para los dos partidos alemanes que llevan décadas pasándose mutuamente el testigo. En Turquía, es cuestión de supervivencia para Erdogan y todo su sistema.

Foto: El presidente de Chipre, Nicos Anastasiades, el primer ministro griego, Kyriakos Mitsotakis, y el ex primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, tras la firma del acuerdo para construir el EastMed, en febrero de 2020. (Reuters/Alkis Konstantinidis)

No es solo el gas. Si Rusia se enfada, se acaba la calma en el flanco sur. Turquía tiene bajo control importantes franjas del norte de Siria, pero solo porque Moscú ha dado el visto bueno y le evita todo enfrentamiento con el régimen de Asad. Si abre la veda, Ankara tiene un serio problema en un momento en que la economía no está para tirar cohetes. Y finalmente está el mercado ruso: es verdad que Rusia solo representa el 2,7% de las exportaciones turcas, 4.500 millones de dólares, menos de la tercera parte de Alemania, la mitad de Estados Unidos, por debajo de España o Países Bajos... Pero las exportaciones de verdura a Rusia, sin cotizar muy caras en bolsa, dan de comer a muchas familias de agricultores. Y la guerra ya ha dejado parados los camiones, porque Ucrania está en la ruta a Moscú; la carretera a través de Georgia y a lo largo del Cáucaso es mucho menos práctica.

Además, a la cifra del comercio hay que añadir esos 1.100 millones que el año pasado, con pandemia y todo, dejó el turismo ruso en Turquía: Rusia es el primer país emisor de turistas, con 3,7 millones de visitantes en 2021, por delante de Alemania (2,6 millones). Cuando, en 2015, Putin cortó los vuelos chárter en castigo por el derribo de un caza ruso en Siria, la costa de Antalya se hundió en la miseria. Ahora se presenta un verano igual de desesperado. Es cierto que Ucrania el año pasado era el tercer emisor de turistas, con 1,6 millones, pero gane quien gane la contienda, el país tardará en volver a ser fuente de ingresos para Turquía.

Foto: El presidente ruso, Vladímir Putin (Reuters)

Incluso el negocio de armas se ha ido al sumidero. Kiev era el primer cliente de los drones armados Bayraktar TB2, estrella de la exportación armamentística turca, solicitados desde Etiopía a Polonia y Marruecos. Ucrania se había llevado primero seis, luego encargó otros seis, y según los expertos hay otros 24 en la cesta de la compra. Si aún los quiere después de terminar la guerra, es dudoso: incluso si Zelenski sale solo medio vapuleado de las negociaciones, probablemente deberá firmar la paz en el Donbás, donde ahora estaba empleando los drones, porque contra milicias y guerrillas son útiles, contra tanques rusos no tanto. Probablemente, no tenga ya uso para el cargamento, ni dinero para pagarlo.

Turquía ya está entre los perdedores de la guerra

Ante esta situación, Erdogan y su Gobierno hacen gestos desesperados para al menos no empeorar la situación. Junto a una clara apuesta, digamos emocional, por el bando europeo, Ankara destaca una y otra vez su neutralidad. Solo así se explica la confusión creada alrededor de la aplicación del Convenio de Montreux, rodeado de una marea de confusiones que solo cabe considerar buscada.

La primera declaración vino de boca del ministro de Exteriores, Mevlüt Çavusoglu, el domingo: dictaminó que tras consultar con expertos, militares y juristas se había llegado a la conclusión de que lo de Ucrania no era un mero movimiento de tropas, sino una guerra con todas las de la ley. “El artículo 19 de la Convención es muy claro”, añadió. Efectivamente lo es: prevé que en caso de guerra, con Turquía neutral, pueden pasar todos los buques militares, salvo los de las potencias implicadas (los mercantes de todas las naciones pueden pasar siempre, en todas las circunstancias). Y también pueden pasar, como Çavusoglu se encargó de subrayar, los buques de los países en guerra que quieran volver al puerto en el que están matriculados. Es decir, Rusia se podría traer alguna fragata registrada en Sevastópol —salvo si en su popa figura el nombre de Kaliningrado o Vladivostok— que aún ande por el Mediterráneo. No sabemos si hay alguna: todo indica que Moscú tuvo la precaución de traérselas con antelación y de todas formas no parece haber ahora mismo en el mar Negro flota capaz de hacer frente a Rusia. Por lo que todo lo que diga Turquía de la Convención de Montreux es altamente simbólico.

Foto: Isla de las Serpientes, en un vídeo difundido por un medio ucraniano (Ukrainska Pravda)

Pero en lo simbólico reside la guerra de los gestos. Con el artículo 19 en la mano, la OTAN podría mandar al mar Negro todos los buques que quisiera, porque de momento, países beligerantes son solo dos: Rusia y Ucrania. Por eso llamó la atención que después de lanzar Erdogan una sola frase el lunes por la noche —“Aplicaremos la Convención de Montreux para evitar que escale la tensión”—, Çavusoglu volvió a salir a la palestra, horas más tarde, para anunciar que había “advertido a todos los países, sean o no sean ribereños del mar Negro, de que no deben pasar buques de guerra por el Bósforo”. En la misma charla con periodistas, referida sucintamente por la prensa, indicó que si Turquía es parte de la guerra, puede tomar las decisiones que considere —efectivamente, así lo prevé el artículo 20—, y si es neutral, debe impedir el paso de los buques militares de los bandos enfrentados, salvo los que regresen a su puerto. Evitó aclarar qué artículo exactamente invocaba Turquía para impedir el paso de todo navío militar.

Por si no bastara, el ministro de Defensa, Hulusi Akar, aseguró al día siguiente que Turquía “seguirá aplicando los artículos 19, 20 y 21” de la Convención para favorecer la paz en el mar Negro. Sospecharíamos que el ministro no se ha leído el texto: es imposible aplicar a la vez el 19 y el 20, porque no se puede ser neutral y parte a la vez, y, además, ni el 20 ni el 21 se han aplicado nunca en la historia y no se pueden “seguir aplicando”. Ya el 19 es una rareza: solo se invocó una vez, en la II Guerra Mundial. Y se respetó escrupulosamente.

Foto: Sergey Lagodinsky, en conversación con El Confidencial.
"Erdogan se ha dado cuenta de que necesita a la UE"
María Zornoza. Bruselas Vídeo: Patricia Seijas

Quizás el 21 sea el artículo más curioso: permite a Turquía tomar cualquier decisión que considere si, sin ser parte de una guerra, se siente “amenazada”. Pero entonces debe notificarlo. A la Liga de las Naciones, dice el tratado, firmado en 1936. La mala noticia es que la Liga no existe desde 1946. Quizás Ankara haya llamado a la oficina de Ginebra y le da apagado o fuera de cobertura. Dirá usted que hay que llamar a Naciones Unidas, pero eso está lejos de ser doctrina consensuada. Para redondear, el martes, el portavoz de Presidencia, Ibrahim Kalin, reiteró que “se aplican las normas de Montreux. Los artículos 19, 20 y 21 son claros. Los barcos que vayan a la guerra no deben pasar. Interpretamos Montreux para no escalar las tensiones”.

A Bósforo revuelto, ganancia de pescadores, dice el refrán. En este caso, ya no queda nada por ganar: Turquía está braceando para que no se la lleve la corriente. Ahora, yo no sé, pero si ustedes se quieren fiar del instinto político de Erdogan, que lo tiene, de esta guerra no saldrá victorioso quizá nadie, pero Putin tampoco.

¡Abran paso! ¡Cierren paso! Las declaraciones del Gobierno turco sobre la posibilidad de que buques de guerra pasen por el Bósforo para acercarse al escenario de guerra en el mar Negro han creado más confusión que claridad, tras días de espera a que Ankara se pronunciara al respecto. Ahora ya sabemos que, en aplicación de la Convención de Montreux, Turquía clausura el Estrecho para los buques militares de los países en guerra o quizá mejor para los de todos los países, invocando el artículo que prevé su neutralidad, o tal vez el que le considera parte implicada o parte amenazada; las normas son muy claras y vamos a interpretarlas como convenga para rebajar tensiones. Así que mejor no pidan paso; es una recomendación, no pregunten más.

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