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De Benidorm a Kiev para pasar la guerra en familia: la angustia de los que vuelven a casa
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De Benidorm a Kiev para pasar la guerra en familia: la angustia de los que vuelven a casa

Largas colas de coches esperan para salir de Ucrania, huyendo de la ofensiva militar rusa. Pero un pequeño grupo busca como pueda regresar y están moviendo cielo y tierra para conseguir su objetivo

Foto: Refugiados ucranianos en el paso fronterizo con Rumanía (EFE/Robert Ghement)
Refugiados ucranianos en el paso fronterizo con Rumanía (EFE/Robert Ghement)

Dos de la madrugada de una Varsovia bajo cero. En la estación de autobuses de Warszawa Zachodnia, un grupo de ucranianos intenta negociar con el conductor de un autobús. No ha habido suerte. Este está lleno y toca esperar al siguiente. A diferencia de las miles de personas apelotonadas al otro lado de la frontera polaca, ellos están moviendo cielo y tierra con tal de regresar a Ucrania. Por eso apenas se han detenido desde que partieron el jueves del sitio que uno menos asociaría a la guerra: Benidorm.

Lidia, Julia, Igden, Victoria y otros tres nombres que no da tiempo a apuntar. Son siete de un grupo de 60 ucranianos a los que el inicio de la invasión de Rusia les pilló de viaje de negocios en la ciudad costera alicantina, relatan. Allí se celebraba el congreso de una importante empresa francesa de automatización industrial para la que trabajan y cuyo nombre prefieren que no sea revelado. Su vuelo de vuelta estaba programado para el mismo 24 de febrero en el que el Gobierno de Vladimir Putin decidió volver a traer la guerra a Europa.

"No me lo podía creer. Estaba segura de que seguía soñando", narra Lidia, a quien Victoria despertó con la alerta de los primeros movimientos militares rusos en su país. El espacio aéreo ucraniano se cerró poco después. Les tocó buscarse la vida.

Ellos intentan ir a Lviv (Leópolis, para los muy castellanos), la ciudad más importante del oeste ucraniano y a donde está escapando gran parte de la población del este, bajo asedio de las tropas rusas. Están en comunicación con el resto de empleados, pero no saben demasiado de su paradero tras fragmentarse en grupos. Algunos están esperando al siguiente autobús porque se quedaron sin billetes. Otros, en su mayoría hombres, se quedarán en Varsovia esperando a sus familias. Desde el viernes, Ucrania no permite salir del país a ningún varón de entre 18 y 60 años. Deben quedarse por si les llaman a las armas. "Si entran, no podrán volver", predice Julia.

placeholder Los ucranianos, esperando el autobús para poder cruzar de vuelta a Ucrania (L.P.)
Los ucranianos, esperando el autobús para poder cruzar de vuelta a Ucrania (L.P.)

A Igden eso poco le importa. La prioridad absoluta es reunirse con su mujer, sus hijos —de 5 y 9 años— y sus padres, que siguen atrapados en Kiev. Si luego toca agarrar un rifle, “ya se verá”, pero lo importante es volver a estar juntos. Es el objetivo que comparten todos en el grupo, constantemente pegados a sus teléfonos a la espera de una nueva actualización de sus familiares. La mayoría han huido de Kiev en viajes de más de 15 horas, superando cientos de kilómetros de atascos para abandonar la capital. Narran que han tenido que hacer colas gigantescas para dejar la ciudad, para repostar combustible, para comprar alimentos. Para todo.

Comparando con lo que están viviendo sus allegados, los siete de Benidorm minimizan lo que llevan ellos a la espalda, que en cualquier otra circunstancia se consideraría como una absoluta paliza. Más de diez horas de viaje en aviones cuyos billetes subían de precio cada minuto en pleno frenesí de compras, con escalas ridículas y sin apenas poder pegar ojo, atentos al recorrido de sus familiares, a los mensajes patrióticos de su presidente, Volodímir Zelensky, y a las noticias que llueven desde el frente. Comentan de todo: que hay infiltrados rusos en los refugios antibombas de Kiev, que los misiles están lloviendo sobre la ciudad, que los ucranianos han donado millones de dólares en cuestión de horas para ayudar al Ejército, que Zelensky está dando la cara en una zona de combate mientras la Unión Europea ni siquiera decide ni a expulsar a Rusia del sistema SWIFT… Todo lo que han podido leer incesantemente durante este periplo para retornar. Las fuentes son varios medios ucranianos, pero sobre todo múltiples canales de Telegram en los que se comparten más vídeos e información de lo que los ojos pueden ver.

Foto: Militares ucranianos junto a un tanque, presuntamente ruso, a las afueras de Kharkiv (Reuters/Maksim Levin)

Son ya las tres de la noche y el siguiente autobús no llega. De pronto, una joven llega ofreciendo una caja rectangular a rebosar de gigantescos donuts rellenos. Forma parte de una organización local de Varsovia que se ha movilizado para apoyar todo lo posible a los ucranianos que huyen de (o van a) la guerra. Hacen acopio de agua, mantas, ropa y alimentos. Resulta que el día en el que Putin decidió invadir, en Polonia y otros países centroeuropeos se celebraba el Jueves Lardero (Tlusty czwartek’, como ahí lo llaman), una tradición algo olvidada en España en la que atiborrarse de estos bollos colosales, por lo que al día siguiente sobran un montón. Cajas sobre cajas de ‘paczek’ (masa frita, en polaco) se acumulan en la zona de distribución de ayuda. Es uno de los detalles surrealistas que acompañan la espera en la estación, donde un hombre —que amablemente rechaza el armamento de calorías que le ofrecen— combina una mascarilla amarilla y celeste (los colores de la bandera ucraniana) con una gorra en la que aparece un toro bravo y 'VALENCIA' en mayúsculas. "¡La compré hace dos días!", dice orgulloso.

placeholder Algunos víveres repartidos (L.P.)
Algunos víveres repartidos (L.P.)

Cuatro y media de la noche y el autocar de las tres ya ha desaparecido de las pantallas sin jamás hacer acto de presencia en la estación. Resignados, los ucranianos se preparan para volver al hotel a pasar otra noche de angustia. De repente, alguien grita que un autobús acaba de llegar de la nada y está ofreciendo llevar a la gente a Lviv por 100 zlotis polacos (unos 21 euros). Mientras varios dudan de la oferta súbita, la mayoría se abalanza sobre el vehículo con los billetes en alto. Acabaremos entrando todos los que estamos en la estación, unas 30 personas. Los maleteros se llenan en cuestión de un minuto. Además de maletas y bultos descomunales, están repletos de cajas y cajas de productos básicos como azúcar, leche, aceite, harina o galletas. Al entrar al autocar, la calefacción a todo trapo ayuda a entrar en calor y casi todo el mundo, exhausto como está, se duerme de inmediato. Horas después, ya cerca del paso de Hrebenne hacia la frontera ucraniana, el sol y los radiadores habrán convertido al autobús en una sauna. Capas y capas de ropa son retiradas al unísono.

Al llegar al control fronterizo, la policía ordena aparcar el autobús en el arcén y esperar. Los pasajeros no muestran sorpresa alguna ante la parada. "El otro día, a una amiga mía le tocó estar cerca de cinco horas aquí", comenta Lidia. Al final serán tres, entre una retahíla de inspecciones, preguntas y trámites. La mayoría parece más animada ante la cercanía del hogar y hay algunos intercambios de bromas. Tras pasar el primer control, cambio a un nuevo autobús. En el segundo control, una guardia ucraniana se sube y requisa todos los pasaportes. La pila de documentos es completamente azul ucraniano con excepción de un solo renglón extraño, color rojo borgoña y español. "¿Journalist?". "Yes". No pide más explicaciones. Media hora después, nos devuelven los papeles y, tras lo que ha parecido una eternidad, el autobús llega a Ucrania.

El ánimo jovial de la frontera desaparece rápidamente conforme la dimensión de la crisis que Ucrania está atravesando se revela. Una fila inacabable de vehículos de todo tipo y personas a pie intenta alcanzar Polonia. 18 kilómetros de cola, en una sola carretera de las tres que llevan al paso de Hrebenne. Eso, en uno solo de la más de una decena de pasos fronterizos del oeste ucraniano, no solo con Polonia, sino también con Eslovaquia, Hungría o Rumanía. Algunos abandonan el volante e intentan llegar caminando. Al menos 150.000 ucranianos habrían abandonado ya el país, según cifras preliminares de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Si el conflicto continúa, el número puede llegar a cuatro millones, pronostica la agencia.

Dieciocho kilómetros de coche, tras coche, tras coche, tras coche. A menudo a ambos lados del arcén, dificultando el paso a los pocos que van en dirección contraria. De vez en cuando, algún vehículo se salta la fila sólo para encontrarse con el autobús de frente. Frenazo, pitido, el conductor se baja a soltar unos gritos y a ver cómo se resuelve el entuerto ahora que la fila se ha cerrado detrás del díscolo al volante. Esta pequeña maniobra cuesta 15 minutos cada vez que ocurre. Para cuando logra arrancar de nuevo, los coches a la izquierda siguen siendo los mismos que cuando nos tuvimos que detener. No se han movido un ápice. Poco a poco, todos entendemos que, pase lo que pase en suelo ucraniano de ahora en adelante, lo más probable es que no vayamos a poder abandonar el país hasta dentro de una temporada.

"Pase lo que pase en suelo ucraniano, lo más probable es que no vayamos a poder abandonar el país hasta dentro de una temporada"

Una vez en carretera despejada, llega el aviso de que están sonando las alarmas aéreas. Llevan tres días sonando cada ciertas horas en la ciudad sin ataques reportados, por lo que nadie conoce realmente la seriedad de la situación. Hay rumores de que el acceso a la urbe está bloqueado después de que helicópteros rusos hayan aterrizado en Brody, una localidad cercana. Esta información la transmitió el propio alcalde a primera hora de la mañana. Fue desmentida poco después por el Ejército ucraniano. La niebla informativa de la guerra parece más densa cuanto más nos alejamos de la frontera.

Ivgen es el primero en abandonar el autobús algunos kilómetros antes de llegar a Lviv. Por lo visto, tiene algún plan para llegar hasta su esposa e hijos. Se despide de todos sus compañeros rápidamente y apenas alcanzo a gritarle un "¡Buena suerte!". Poco después, encontramos a una multitud de voluntarios llenando sacos de arena y usándolos para levantar muros en la carretera. Aunque nada comparable con la de salida, también hay fila para entrar a la ciudad. Las alarmas vuelven a sonar y esta vez estamos lo bastante cerca como para escucharlas a lo lejos. Una hilera de camiones cisterna nos adelanta por la izquierda y nuestro conductor aprovecha para seguirlos, saltándose gran parte del atasco. La policía ucraniana está haciendo revisiones en la entrada a la ciudad, en las que unas barricadas en forma de "S" sólo permiten el paso de un vehículo a la vez.

Un segundo pasajero se baja en la siguiente parada, la primera de Lviv ciudad. Es el único con pasaporte borgoña europeo. Tras despedirme rápidamente de los (ahora) seis de Benidorm y agradecerles su ayuda durante el viaje, recojo mis bártulos y saludo con la mano desde el arcén a Lidia, la única que puedo ver tras los cristales tintados. Me viene a la mente una de las primeras frases que me dijo en Varsovia, poco después de saludarlos por primera vez: "La familia siempre es más importante que el miedo. Es más fácil pasar miedo juntos que estar separados". El autobús se va y vuelve el frío.

Dos de la madrugada de una Varsovia bajo cero. En la estación de autobuses de Warszawa Zachodnia, un grupo de ucranianos intenta negociar con el conductor de un autobús. No ha habido suerte. Este está lleno y toca esperar al siguiente. A diferencia de las miles de personas apelotonadas al otro lado de la frontera polaca, ellos están moviendo cielo y tierra con tal de regresar a Ucrania. Por eso apenas se han detenido desde que partieron el jueves del sitio que uno menos asociaría a la guerra: Benidorm.

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