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Qué dice del futuro de la democracia que Italia no deje jubilarse a un señor de 80 años
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Que si quieres arroz, Mattarella

Qué dice del futuro de la democracia que Italia no deje jubilarse a un señor de 80 años

Tras una semana de show sin consenso, los encargados de nombrar a un nuevo presidente obligaron a Sergio Mattarella, deseoso de retirarse, a repetir en el cargo

Foto: Inauguración del segundo mandato de Sergio Mattarella. (EFE/Francesco Ammendola)
Inauguración del segundo mandato de Sergio Mattarella. (EFE/Francesco Ammendola)

La tarde del sábado 29 de enero, la clase política italiana se ponía en pie y protagonizaba una larguísima ovación, eufórica casi. ¿Qué celebraban? Sus señorías, tras una semana de negociaciones vacías, discursos pomposos y todo tipo de filtraciones interesadas a la prensa, solo consiguieron ponerse de acuerdo en una cosa: no permitir que el octogenario presidente Sergio Mattarella, quien quería dejar el cargo porque estaba “viejo y cansado”, se jubilara. Una semana con el país paralizado y todavía lidiando con la pandemia para lograr que todo quedara exactamente igual que antes. El único gran partido que se opuso, el ultraconservador Fratelli d’Italia, saca tajada de su “coherencia” y lidera de nuevo las encuestas de intención de voto.

Mattarella acabó siendo el segundo presidente más votado de la historia, con 759 votos, porque los políticos italianos fueron incapaces de encontrar en toda Italia una figura de consenso que pudiera sucederle. “Si sirvo, aquí estoy”, manifestó el reputado político siciliano, quien ya había amueblado una casa para su retiro. Los numerosos memes en redes sociales del presidente atado a la silla o deprimido porque no le dejan jubilarse ejemplifican bien lo casi cómico de lo sucedido.

Foto: El presidente italiano, Sergio Mattarella. (EFE/Giuseppe Lami)

Y sería cómico si no fuera porque todo este espectáculo, en el que los encargados de elegir al presidente votaban en blanco constantemente, elegían a jugadores de futbol o presentadores de televisión, ha hundido un poco más a la ya muy socavada percepción de la clase política italiana. Tras dos años de pandemia en los que se ha exigido a los ciudadanos esfuerzos sociales y económico, y coartado sus libertades constantemente, este tipo de episodios amenazan con alimentar los espectros populistas del país. Según el estudio 'Democracy Project', publicado en 2020 por la Universidad de Cambridge y la encuestadora YouGov, mostró que los italianos siguen confiando mucho en la democracia (un 86% lo ve como el mejor sistema de gobierno, la puntuación más alta solo por detrás del 90% de España), pero también que un 50% prefiere un líder fuerte que no esté limitado por el Parlamento o el ciclo electoral.

Desconfiar de todo

Piero, un italiano de 33 años, reflejó bien el sentir popular al resumir lo acontecido así: “Vaffanculo”. La frase, por vulgar, no es baladí. Es exactamente el mismo eslogan con el que en 2007 comenzaba una revuelta en las calles liderada por el cómico Beppe Grillo, quien acabaría convirtiéndose en 2018 en el primer Gobierno en la UE de corte populista, liderado por su ecléctico Movimiento 5 Estrellas (M5S). Entonces, muchos se echaron las manos a la cabeza con la llegada de un partido antisistema y se preguntaron cómo hemos llegado hasta aquí. ¿Qué ideología tiene el M5S?

“Es una ideología esencialmente antisistema, que le asocia a buena parte de los movimientos populistas occidentales", señalaba a El Confidencial el analista del periódico Corriere, Massimo Franco. "Significa desconfiar de todo lo que parece 'establishment', de derecha o de izquierda”, agrega.

Hoy, el M5S como fuerza política está debilitada, pero su audiencia de votantes enfadados con el sistema, no. Atendiendo a las encuestas, sería la extrema derecha radical de Fratelli d’Italia (FdI), el único grupo que se opuso a la reelección de Matterella y que se enfrenta en solitario al Gobierno de coalición de Mario Draghi, la actual beneficiaria de ese descontento. Los herederos del viejo partido fascista son también los herederos de una parte del “vaffanculo” del M5S. El único partido que esta vez -y ya van muchas en el último año- se ha quedado al margen del conglomerado del poder.

Foto: Giorgia Meloni, líder del partido Fratelli d'Italia (Hermanos de Italia). EFE

Por eso, la reelección de Mattarellla abre una doble lectura política. Por un lado, la de mercados, instituciones, analistas y hasta medios de comunicación internacionales que alaban la decisión. “Era el único candidato capaz de garantizar la supervivencia del frágil Gobierno de Draghi”, ha dicho el Financial Times.

Pero luego hay una segunda lectura. La que hacen desencantados, enfadados, empobrecidos aún más por la pandemia, antivacunas y votantes de extrema derecha que no leen prensa internacional. Aquellos para los que los mercados son los de sus barrios. En un panorama político tan fragmentado como el italiano, garantizarse el voto de esa parte de la población es suficiente para llegar a la cúspide. Y ahí, FdI se está quedando solo. Todos son Draghi y todos son Mattarella; todos menos ellos. Los neofascistas de Giorgia Meloni, de hecho, pueden presumir de ser los únicos que han mantenido su palabra de no apoyar la reelección del veterano presidente.

“Parlamentarios eufóricos por no haber cambiado nada y haber obligado a Mattarella a otro mandato. ¿Qué festejan? Que la paga está a salvo”, publicaba la página de Facebook 'Políticos italianos, la vergüenza de Italia', de ideología ultra conservadora y antivacunas, reproduciendo un comentario de Meloni bajo un video de sus señorías felicitándose por la reelección.

Asegurarse la pensión

A lo que se refiere la política romana es a un factor que todo el país conocía y que ha estado en boca de todos durante este proceso. Las actuales cámaras debían durar hasta el 24 de septiembre, al menos, para que un 71% de los parlamentarios y un 76% de los senadores se asegurara el pago de una pensión. Ese día se cumplen los cuatro años, seis meses y un día de ejercicio parlamentario necesarios para garantizar esa retribución. El colapso por la no elección de presidente podía llevar a un adelanto electoral.

Y ahí es hacia donde ha apuntado directamente Meloni. A esa línea de flotación de la clase política que los dibuja como interesados en ellos mismos. Frente a ese ¿populismo?, entendida la acepción como manejar eslóganes que tocan la fibra de la gente -sean verdad o no- su postura es mostrarse fiable: “Estábamos tan de acuerdo en el 'No' a Mattarella que hasta bromeábamos sobre ello. Hoy, de pronto, descubro que todos han cambiado de idea menos yo”, manifestó la romana sobre sus teóricos socios de Lega y Forza Italia.

Según una encuesta de la conservadora web 'Il Tempo', el 70% de los italianos cree que "toda la política sale derrotada de este proceso"

La líder política fijó un tuit el 29 de enero, día final de la reelección, con una foto de los parlamentarios y senadores de su partido en el que se lee: “En este sórdido teatro me enorgullece representar a un partido que nunca ha traicionado su palabra. Incluso hoy no cederemos en la Cámara a otro lío entre los partidos. Seguimos luchando por representar a los italianos. Todavía podemos mirarles a los ojos”.

El mensaje quizá no cala en el Financial Times, ni en los ambientes intelectuales italianos, ni afecta al porcentaje de la prima de riesgo. Pero los números que le interesan a FdI son otros. Según una encuesta de la conservadora web 'Il Tempo', el 70% de los italianos cree que “toda la política sale derrotada de este proceso” y el 32% lo ha visto como “una tomadura de pelo”.

Foto: El presidente Sergio Mattarella. (EFE/Paolo Giandotti)

¿Todo esto tiene un resultado tangible en votos? La tendencia es que el partido heredero del fascismo, hasta no hace tanto una formación residual de ciertas áreas periféricas de las grandes ciudades como Roma, mantiene un continuo ascenso. FdI es el primer partido en intención de voto con un 21,1% por el 20,8% del izquierdista PD, según la más reciente encuesta publicada por 'La Stampa' el 2 de febrero, tras la reelección de Mattarella. Más reseñable que ese dato es el hecho de que ya le separan 4,4 puntos con sus socios y competidores de la Lega de Matteo Salvini, que tiene un 16,7%. Hace dos años, la Lega le sacaba casi 20 puntos a FdI.

Otra cifra significativa del sondeo es que todos los líderes políticos de las grandes formaciones que han participado en la reelección de Mattarella ven como baja su popularidad, menos Meloni, que sube un 2,7%. Salvini baja 5,3 puntos, por los 5,2 de Giuseppe Conte, los 2,1 de Berlusconi y los 1,5 de Enrico Letta.

Meloni crece, cumple con su palabra y se queda ella sola con todo ese enorme espacio que es la oposición en un país. Habla de patria, de inmigrantes, de familias tradicionales y de trabajadores, mientras el resto asume o presume de haber elegido a un excelente presidente de nuevo. Para muchos, la mejor de las opciones. Pero eso no quita el cómo se ha hecho y el por qué se ha hecho. La respuesta a esas dos preguntas genera ese hartazgo que llevó a partido antisistema al poder y ahora puede llevar a un partido neofascista a liderar el país. Queda un año para las elecciones y las encuestas son circunstanciales. Pero el plan Meloni, por ahora, funciona.

La tarde del sábado 29 de enero, la clase política italiana se ponía en pie y protagonizaba una larguísima ovación, eufórica casi. ¿Qué celebraban? Sus señorías, tras una semana de negociaciones vacías, discursos pomposos y todo tipo de filtraciones interesadas a la prensa, solo consiguieron ponerse de acuerdo en una cosa: no permitir que el octogenario presidente Sergio Mattarella, quien quería dejar el cargo porque estaba “viejo y cansado”, se jubilara. Una semana con el país paralizado y todavía lidiando con la pandemia para lograr que todo quedara exactamente igual que antes. El único gran partido que se opuso, el ultraconservador Fratelli d’Italia, saca tajada de su “coherencia” y lidera de nuevo las encuestas de intención de voto.

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