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'Los primeros días': así vivió un reportero español el estallido de la pandemia en Wuhan
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'Los primeros días': así vivió un reportero español el estallido de la pandemia en Wuhan

El Confidencial publica un extracto de 'Los primeros días. Un reportero atrapado en Wuhan' (Editorial Altamarea), el relato del comienzo de la pandemia de Jaime Santirso desde dentro

Foto: Una mujer se traslada en bicicleta por Wuhan, China, en enero de 2020. (Getty)
Una mujer se traslada en bicicleta por Wuhan, China, en enero de 2020. (Getty)

Encontrar transporte para alejarse del Jinyintian resulta más sencillo. Nada más dar la vuelta a la esquina me tropiezo con un taxi aparcado a un lado de la calzada. Su conductor descansa con el asiento reclinado, los pies sobre el salpicadero y un cigarrillo entre los labios. Le pregunto si está disponible y me devuelve otra pregunta. "¿Vienes del hospital?". "Sí", respondo, "he ido a ver al médico porque tengo muchísima fiebre". El hombre salta hacia atrás como un resorte, lívido, mientras con la mano hace ademán de buscar la manivela para subir la ventanilla. Me echo a reír y tras un instante también él acaba por dejar salir unas carcajadas. Con un gesto de la cabeza me invita a tomar asiento. "¿Dónde vas?". "A la estación de Hankou, por favor".

Uno de los motivos que explican la decisión, entonces sin precedentes, de aislar esta megalópolis, con una población superior a la de Londres o Nueva York, es su condición de punto clave en la red ferroviaria china. Wuhan conecta Pekín y Tianjin al norte con Cantón y Shenzhen al sur; y Chengdu y Chongqing al oeste con Shanghái y Hangzhou al este: una lista que comprende las nueve mayores ciudades del país, todas ellas por encima de los diez millones de habitantes. El conductor insiste en presentarse así, Conductor de Taxis, y como antes Wang expresa un apoyo sin ambages al cierre. Incluso con ellos dentro. Sus palabras exhalan el optimismo característico de un pueblo que, tras protagonizar a lo largo de las últimas décadas el desarrollo económico más rápido en la historia de la humanidad, se considera destinado a ostentar la primacía mundial. Es esta una noción muy extendida entre sus ciudadanos, alimentados desde la más tierna infancia con el pienso del nacionalismo.

placeholder Portada de 'Los primeros días. Un reportero atrapado en Wuhan'. (Editorial Altamarea)
Portada de 'Los primeros días. Un reportero atrapado en Wuhan'. (Editorial Altamarea)

"El Gobierno está haciendo un trabajo estupendo", exclama Conductor de Taxis. "En estos setenta años [bajo el mandato del Partido Comunista] China se ha desarrollado muchísimo en todos los aspectos. A diferencia del pasado, nuestro país es ahora muy poderoso. Tenemos expertos y académicos muy preparados. Ellos controlarán el brote, no hay de qué preocuparse". En días venideros escucharé opiniones similares a menudo. Para algunos, no obstante, la quiebra de su confianza ciega en el régimen provocará que la adversidad resulte aún más traumática. Para otros confirmará la opinión que guardan en secreto.

Bienvenidos a Wuhan, enero de 2020

Wuhan cuenta con tres estaciones de tren, la de Hankou es la más cercana al centro. Se trata de una enorme construcción que imita el Barroco europeo, cuyos muros ocres se extienden, macizos e interminables, desde un pórtico central rematado por dos torreones de tejado escarlata. Frente a ella una amplia explanada de estilo soviético, como reafirmación del linaje ideológico estatal, luce siempre repleta de largas colas de gente aguardando para acceder al interior, escenario vibrante de despedidas y reencuentros. Pero ahora está vacía. Una hilera de vallas metálicas bloquea el portón principal. A ambos lados se han apostado varios furgones y dos grandes pantallas en las que un discurrir de caracteres anuncia lo que todo el mundo ya sabe: Wuhan está cerrada. Nadie puede salir. La megafonía reitera el mensaje en bucle y a todo volumen. La ciudad ha abandonado la normalidad, el mundo, el tiempo. No hay más que el virus, lo que no es el virus y la difusa línea divisoria que separa uno de otro. Una mecánica voz masculina lo recuerda sin descanso:

"Con el fin de hacer todo lo posible para prevenir y controlar la epidemia de neumonía causada por el nuevo tipo de coronavirus, cortar efectivamente la propagación del virus, frenar con determinación la epidemia y garantizar la seguridad y la salud de las personas, se notifica lo siguiente:

A partir de las 10:00 del 23 de enero de 2020, el servicio de autobús interurbano, metro, ferry y el transporte de pasajeros de larga distancia se suspenderán. Los ciudadanos no deben abandonar Wuhan si no tienen razones especiales. El aeropuerto y las estaciones de tren se cerrarán temporalmente. La fecha de reapertura se anunciará más adelante. ¡Rogamos sinceramente al público en general y a los pasajeros su comprensión y apoyo!".

El eco de estas palabras retumba en la plaza vacía.

Foto: Mercado en Wuhan (Reuters)

Ni un techo para cobijarse

En una esquina del aparcamiento, un grupo de barrenderos ataviados con un mono naranja charlan como lo harían cualquier otro día. A la espalda cargan equipos fumigadores. Unos pocos curiosos se detienen frente a la estación para sacar fotos, hasta que el cielo plomizo acaba por cumplir su amenaza y rompe a llover. La estampa se vuelve aún más desoladora. Los escasos viandantes, entre los que me cuento, nos refugiamos bajo el techo de un espacio lateral. La policía opta entonces por ampliar el perímetro de seguridad y despejar la zona sin más explicaciones, devolviéndonos a la intemperie.

Entre las personas forzadas a abandonar el lugar hay una chica joven que arrastra dos maletas y un bolso tan lleno que parece a punto de reventar. Al verme se pega a mí y me sigue hacia la lona de un quiosco que ofrece treinta centímetros de amparo. Se queda mirándome, sin decir nada, hasta que la saludo en mandarín y le pregunto por su nombre. Xiao Xue, así se llama, trabaja y vive en un hotel de los alrededores que acaba de cerrar. Aquellos bultos contienen todo lo que posee. Una lágrima serena cae de los ojos que me escrutan. "No soy de aquí, no sé qué hacer con mis cosas, no sé dónde ir". El desastre le ha pasado por encima dejándola sin nada, ni siquiera un techo bajo el que cobijarse en un día de tormenta.

Foto: La macrofiesta celebrada en Wuhan. (Reuters)

En ese momento suena mi teléfono móvil y le pido un instante. Es un equipo de producción de la BBC. Medios de comunicación de todo el mundo asaltan desde primera hora de la mañana mi correo electrónico, mi WhatsApp, mi Twitter, mi Instagram. Aquí, en efecto, no debe de quedar un solo periodista. Bajo la lluvia de Wuhan, el toldo del quiosco y la mirada de Xiao Xue contesto a las preguntas del locutor.

Al colgar me dirijo de nuevo a ella. "Tengo que irme. No sé muy bien cómo ayudarte, ¿hay algo que pueda hacer?". No responde, se limita a mirarme mientras llora. Ahora sé que me equivoqué. Debería haberle dado mi número de teléfono, el dinero que llevaba encima, cualquier cosa. Pero no lo hice. Me limité a repetir la pregunta. Y ella permaneció en silencio. Tras dos pasos titubeantes acabé por darme media vuelta. Me adentré en el chaparrón, con la cámara de fotos colgada por dentro de la chaqueta, a perseguir la historia.

*Jaime Santirso es periodista y escritor. Desde 2014 reside en China, donde fue uno de los pocos corresponsales que vivió y contó el comienzo de la pandemia en Wuhan.

Encontrar transporte para alejarse del Jinyintian resulta más sencillo. Nada más dar la vuelta a la esquina me tropiezo con un taxi aparcado a un lado de la calzada. Su conductor descansa con el asiento reclinado, los pies sobre el salpicadero y un cigarrillo entre los labios. Le pregunto si está disponible y me devuelve otra pregunta. "¿Vienes del hospital?". "Sí", respondo, "he ido a ver al médico porque tengo muchísima fiebre". El hombre salta hacia atrás como un resorte, lívido, mientras con la mano hace ademán de buscar la manivela para subir la ventanilla. Me echo a reír y tras un instante también él acaba por dejar salir unas carcajadas. Con un gesto de la cabeza me invita a tomar asiento. "¿Dónde vas?". "A la estación de Hankou, por favor".

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