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Holanda: un confinamiento menos 'inteligente' contra la variante ómicron
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Holanda: un confinamiento menos 'inteligente' contra la variante ómicron

Decreta un cierre para "ganar tiempo" y ralentizar el avance de la temida y desconocida variante ómicron, a pesar de que las hospitalizaciones y los contagios se reducen en general

Foto: Calles vacías en Róterdam. (EFE/Marco de Swart)
Calles vacías en Róterdam. (EFE/Marco de Swart)

Manos camufladas en los guantes, cuellos envueltos en bufandas gigantes y varias capas de abrigo para resguardarse del frío. Familias enteras con críos corriendo entre los árboles, o gente mayor paseando bien agarrada a la correa de su perro. Un hombre, de unos cuarenta y tantos, suspira frotándose las manos por los cinco grados de temperatura, y “lo que queda” de invierno. Otra señora protesta, visiblemente enfadada, porque sus hijos no quieren una comida abarrotada en Navidad y ella está "harta del corona". Vondelpark, el parque público por excelencia de Ámsterdam, es reflejo de los temores, la incertidumbre y la desconfianza hacia los ministros que deambulan por La Haya sin estrategia clara contra la pandemia.

Algunos de los que pasean bajo los cielos nublados del país pasaron la tarde del sábado, como 6,9 millones de holandeses, delante del televisor de su casa. El jefe del Gobierno, Mark Rutte, aguó las vacaciones a los 17 millones de habitantes de los Países Bajos y les comunicó que tienen que confinarse —siempre por voluntad propia, claro— en su casa. Respetar la distancia al salir a la calle —porque eso nadie se lo impedirá nunca, que son holandeses y su libertad es sagrada—. Usar obligatoriamente la mascarilla, teletrabajar, evitar llevar a los nietos a ver a los mayores de 70 años, y no invitar a más de dos huéspedes a casa (cuatro en Nochebuena y Nochevieja). ¿El motivo? Ómicron. “Hay que ganar tiempo”, ha dicho Rutte. La idea es vacunar con el refuerzo a todos a finales del próximo mes.

Para hacer viables todas estas restricciones, el gabinete holandés ha dictado la clausura de todo lo que no sea imprescindible, la misma norma que declaró por estas mismas fechas en 2020. Un 'déjà vu': hasta el 14 de enero, no habrá restaurantes, ni bares, museos, lugares de ocio, cines, teatros, eventos, conciertos, gimnasios, ni siquiera mercadillos de Navidad. Los colegios cierran hasta el 10 de enero y las 56.000 tiendas no esenciales del país (con 350.000 empleados) solo podrán abrir para recoger pedidos o devoluciones. Sus puertas también están clausuradas al público.

Foto: El primer ministro de Países Bajos, Mark Rutte. (EFE/EPA/Bart Size)

No habrá toque de queda ni controles estrictos en la calle. Esto está lejos de la idea que sobrevive en el imaginario español al escuchar la palabra 'confinamiento'. Pero cerrarlo todo hace que salir de casa solo tenga sentido si es para comprar alimentos, o hacer uso de los servicios mínimos de un notario o un abogado. No se limita la posibilidad de salir a la calle a caminar, aunque sí se fija en dos el 'grupo', por lo que las multas son posibles si se amontonan grandes grupos de personas en la calle o se celebran fiestas en casa. En este escenario, ¿quién quiere extralimitarse con las reglas y pasarse la vida en la calle con temperaturas bajo cero?

Los hospitales de Holanda ya están llenos de pacientes contagiados con la variante delta, y ofrecen menos atención no crítica. Hay 2.342 pacientes con coronavirus en los hospitales y de ellos 628 están en las UCI. Han enviado a 19 enfermos graves con covid-19 a Alemania para que los atiendan en los centros de ese país. En general, hay menos ingresados que el día anterior, pero si la variante ómicron viene pisando fuerte, la situación podría tornarse en un escenario para el que los holandeses no están preparados. Por eso, el país pisa el freno para ganar tiempo hasta que los científicos entiendan mejor a ómicron.

Esta vez, Rutte ha dejado de lado las apelaciones a la "madurez ciudadana" tan típicas de sus otras ruedas de prensa

Para Rutte, declararle la guerra a la variante ómicron ha sido su “peor” momento desde la primera ola de contagios. Tener que volver a pedir a la sociedad que se confine, evite visitar a los abuelos y se limite a dos convidados en casa, es algo que le ha quitado el sueño e incluso le ha hecho derramar alguna lágrima. Lo ha admitido tal cual, en la rueda de prensa de este fin de semana, que ha convocado de forma urgente porque la nueva variante empieza a tomar el control. Restringir la libertad es la única forma de, ni siquiera frenarla, pero sí ralentizar su propagación hasta entenderla, dijo.

Esta vez, Rutte ha dejado de lado las apelaciones a la “madurez ciudadana” tan típicas de sus otras ruedas de prensa, o los adjetivos como 'inteligente' para maquillar las restricciones, y ha calificado de “confinamiento estricto” estas limitaciones a la vida social. Aunque hay países, como España o Italia, que han visto confinamientos más estrictos, en el contexto holandés, este planteamiento es probablemente lo máximo a lo que se puede aspirar en esta pandemia, de momento.

Foto: Mark Rutte en un Consejo Europeo en octubre de 2020. (Reuters)

A Rutte tampoco le acompaña la popularidad que caracterizó su administración de la pandemia en 2020. El apoyo a sus políticas en esta emergencia sanitaria ha alcanzado un mínimo histórico, según varias investigaciones. A finales de noviembre, solo el 16% aún tenía confianza en la estrategia oficial. A comienzos de la pandemia, ese dato era del 73%, según el estudio de las autoridades sanitarias. Para las agencias de investigación como I&O, un 40% apoya total o parcialmente la estrategia. Al principio de la crisis, ese porcentaje era del 91%.

En el anuncio del “confinamiento estricto”, Rutte no solo ha estado acompañado del habitual ministro de Sanidad, Hugo de Jonge. También ha invitado al epidemiólogo de cabecera, Jaap van Dissel, para que ponga a la gente en contexto y explique por qué, a pesar de que los contagios están bajando (unos 13.500 al día) desde hace un par de semanas, hay que confinar. “Tenemos que tomar medidas ahora como precaución. Tenemos que adelantarnos a la ola que se avecina”, avisó Rutte.

Foto: En España hay 3,5 millones de no vacunados, sin contar menores de 12 años. (EFE)

Ómicron, dijo, es más resistente a la inmunidad que proporcionan los contagios previos o las vacunas recibidas con las variantes anteriores. Es “muy distinta” a la variante para la que se desarrollaron las vacunas que hemos usado en las campañas de inmunización. Si se propaga más y provoca, por ejemplo, un covid-19 similar al de la delta, podría saturar la sanidad. Las cifras de Sudáfrica, donde la población es más joven y enferma de gravedad con menos frecuencia, son esperanzadoras. Pero las del Reino Unido y Dinamarca, similares en edad de población, son más bien alarmantes.

Rutte y Van Dissel han intentado convencer a la población de que vuelva a vacunarse y confinarse. El 85% de los ciudadanos se ha vacunado ya con la pauta completa y se les ha prometido que la 'normalidad' se mantendrá a flote gracias a los pasaportes covid, a pesar de saber que queda un 15% en el país sin vacunar, más allá de los millones en continentes como el africano. Así que promesa incumplida. Mucho ha llovido desde ese 14 de septiembre en que Rutte anunció, sonriente y aliviado, el fin de la distancia interpersonal y la mascarilla, a cambio del pasaporte covid. "¿Fracasó esa estrategia?", le preguntaron. "No", contestó Rutte. "¿Ha perdido el Gobierno el control de la situación?". "No", insistió. Aunque, admitió, es "inevitable no cometer errores en dos años de pandemia".

El 46% de la población está "harto" de escuchar hablar del coronavirus, y sobre todo de la falta de una estrategia clara

Las encuestas dicen ahora que el 46% de la población está “harto” de escuchar hablar del coronavirus, y sobre todo de la falta de una estrategia clara, de una reacción rápida y firme desde La Haya, en lugar del ir y venir de medidas cada pocas semanas: de confinamientos parciales, nocturnos o inteligentes. Porque la realidad es que, a pesar de la falta de comprensión, los ciudadanos están dispuestos y cumplen cada vez más con las reglas que se exigen, según la investigación del Instituto de Salud Pública RIVM. Lo que quieren es un gabinete que no dude en tomar las medidas que haya que tomar, sin rodeos ni titubeos.

Como pasó con el inicio de la vacunación a finales del año pasado, que llegó tres semanas después del resto de Europa, la campaña de dosis de refuerzo comenzó tarde y sin fuerza. Solo se han puesto un millón y medio de dosis (por detrás de Rumanía) y quedan casi 10 millones por administrar. Los lotes de vacunas están en Holanda y quienes las pueden inyectar están listos. Pero en el país del pólder, donde todo tiene que funcionar con consenso, negociación, debates y votación, la gestión de la pandemia ha estado a la cola de la UE por una burocracia incompatible con las urgencias de una emergencia sanitaria.

Foto: Decoración navideña en Bruselas. (EFE/EPA/Olivier Hoslet)

Tampoco hay una estrategia a largo plazo. El “confinamiento estricto” dura como mínimo hasta el 14 de enero, y el escenario para el día 15 es totalmente impredecible. Ni siquiera en el ámbito de la asistencia sanitaria. “No sé”, ha sido una respuesta frecuente en la rueda de prensa cuando los periodistas preguntaron por la eficacia de una dosis de refuerzo con una misma vacuna que se dice que no es eficaz contra la variante ómicron. O por los retrasos en la llegada de medidas. O por la justificación de una u otra medida. O incluso por las perspectivas a corto plazo. El mensaje ha sido: vacunarse con la dosis de refuerzo, cruzar los dedos para que la variante ómicron no sea tan agresiva y esperar confinados.

Se verá si los ciudadanos atenderán al llamamiento. Mientras, Vondelpark será el refugio de la vida social de Ámsterdam, como lo serán la naturaleza y las playas en el resto del país. Más allá de eso, el escenario está siendo de estaciones de tren y calles comerciales fantasma. Plazas sin carpas de los mercadillos, ni puestos de libros de segunda mano o figuritas para el árbol de Navidad. Las tiendas tienen echado el cierre. Los restaurantes están bajo mínimos, con algunos empleados interactuando con los adolescentes que hacen cola delante de la puerta, junto a sus bicis, a la espera de algún pedido a domicilio que permita a todos hacer caja. No abunda la clientela. Las facturas, el alquiler y las nóminas las tendrán que volver a pagar las arcas del Estado, como se ha hecho desde marzo de 2020.

Manos camufladas en los guantes, cuellos envueltos en bufandas gigantes y varias capas de abrigo para resguardarse del frío. Familias enteras con críos corriendo entre los árboles, o gente mayor paseando bien agarrada a la correa de su perro. Un hombre, de unos cuarenta y tantos, suspira frotándose las manos por los cinco grados de temperatura, y “lo que queda” de invierno. Otra señora protesta, visiblemente enfadada, porque sus hijos no quieren una comida abarrotada en Navidad y ella está "harta del corona". Vondelpark, el parque público por excelencia de Ámsterdam, es reflejo de los temores, la incertidumbre y la desconfianza hacia los ministros que deambulan por La Haya sin estrategia clara contra la pandemia.

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