EEUU ya no es la 'tierra prometida': así se arruinó la reputación del sueño americano
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De admirar a tener lástima

EEUU ya no es la 'tierra prometida': así se arruinó la reputación del sueño americano

Hoy en día solo un 17% de los encuestados cree que la democracia estadounidense “es un buen modelo a seguir”. Una proporción que sube ligeramente al 22% en el caso de los españoles

Foto: Foto: Getty/Spencer Platt.
Foto: Getty/Spencer Platt.

A los estadounidenses les gusta referirse a su patria con frases bíblicas. Estados Unidos, según repiten a menudo tanto demócratas como republicanos, sería “la ciudad resplandeciente en la colina”. Una “tierra prometida” a la que acuden en masa las legiones de expulsados por el hambre, la tiranía y la falta de oportunidades. Estados Unidos es una aspiración y una búsqueda activa de la felicidad. Una civilización que tiene de sí misma un claro concepto mesiánico, providencialista. Algunos estadounidenses nos siguen recordando, con una mezcla de altivez y tierna ingenuidad, que el suyo es 'the best country on Earth'.

Lo cierto es que, durante muchas décadas, esta actitud tenía sólidos cimientos. Hay algo de milagroso en EEUU. Para empezar, no hay país en el mundo que tenga unas condiciones geográficas tan perfectas. Las llanuras inmensas y la proliferación de ríos navegables evitaron que Norteamérica terminara siendo un puñado de naciones apretujadas y envidiosas, como sucede en Europa y América Latina. Como dice Tim Marshall en su libro 'Prisoners of Geography', solo la cuenca del Misisipi reúne más kilómetros de aguas navegables que las del resto del mundo juntas. Bendiciones que favorecieron la colonización y el desarrollo bajo una sola bandera.

También son idóneas sus fronteras: un océano a cada lado. Miles de kilómetros de costas puntuadas por decenas de puertos prósperos y ciudades cosmopolitas, volcadas a Oriente y Occidente. Al norte y al sur, dos vecinos amigables, incapaces de hacerle sombra al coloso. Y luego están las materias primas. EEUU posee el 30% del carbón del mundo y es el primer productor de madera y petróleo.

Foto: Nuuk, en Groenlandia. (EFE)

Estas condiciones materiales únicas, sumadas a una denodada cultura pionera-protestante de competitividad y toma de riesgos, han hecho de su economía una auténtica bestia. En 1960, el PIB de Estados Unidos representaba el 40% de la riqueza mundial. El país lo era todo: fabricante y consumidor, escenario de movimientos sociales y avances científicos, y cuna de la clase media más relativamente amplia y próspera que ha conocido la historia.

Pero quizá lo más especial de todo sea su sistema político. Los Padres Fundadores no sacaron sus ideas de una chistera, sino que las importaron de las luces inglesas y francesas, y de la Grecia clásica. Pero, como buenos emprendedores, las pusieron en marcha. Y les salió bastante bien. Su democracia representativa se ha mantenido en pie, sin interrupciones, desde su fundación hace casi un cuarto de milenio. Y hoy es imitada por la inmensa mayoría de las naciones de los cinco continentes, superando todo tipo de diferencias étnicas y religiosas.

Foto: Elecciones en Virginia, EEUU. (EFE)

También había, naturalmente, una cara utilitarista y perversa, pero solo por estos factores los Estados Unidos de América provocaban la admiración en el mundo. Incluso sus adversarios soviéticos, que prometían enterrar el capitalismo, no podían evitar mandar sus delegaciones a las fábricas de Henry Ford, inundar la sección estadounidense de la feria de muestras de Moscú o copiar pieza a pieza los ordenadores que se fabricaban en California. Todavía no ha nacido el crítico de EEUU que no se haya calzado alguna vez unos Levi’s o unas Nike, o que no critique al imperio en inventos estadounidenses como Twitter o Facebook, a través, claro, de su iPhone.

La paradoja

Pero poco a poco fue imponiéndose la paradoja: la misma paradoja que con la Inglaterra del siglo XIX. Bajo la 'Pax Americana', el mundo ha ido, mal que bien, desarrollándose, y EEUU ha terminado perdiendo tamaño proporcional. Los relucientes bienes de consumo que antes disfrutaban los norteamericanos se volvieron disponibles en gran parte del planeta. Ya no hacía falta viajar a Nueva York para comprar unos vaqueros buenos y baratos. En otras palabras: nos habíamos americanizado, de manera que EEUU sacrificó parte de su brillo diferencial.

Al mismo tiempo, su política exterior fue volviéndose más caprichosa y cuestionable. El capital geopolítico ganado en el Pacífico Sur y en las playas de Normandía acabó siendo gastado, en ocasiones dilapidado, en el desastre de Vietnam, la guerra sucia en América Latina y las falsedades con las que se justificó la invasión de Irak.

Foto: Talibanes en Kandahar. (EFE)

Su original sistema político, una democracia con esteroides, también se ha empañado. La polarización lleva 30 años creciendo, sobre todo entre la ciudad y el campo, desprovisto de las oportunidades y tejidos manufactureros que habían sido su orgullo. La brecha se hizo tan ancha que por ella cupo Donald Trump, una encarnación de los ánimos políticos que durante años habían volado bajo radar. Las encuestas dicen, una y otra vez, que la división es tan abismal que lo único que pone de acuerdo a demócratas y republicanos es que no están de acuerdo en nada.

Compadeciéndonos de EEUU

Hoy conocemos mejor las vicisitudes de este país, que ya no tenemos en un pedestal. Sabemos que no garantiza derechos básicos como la baja de maternidad y que tres días de hospital cuestan, de media y sin seguro médico, unos 30.000 dólares. Sabemos que hay unos 800 millones de armas de fuego en circulación, y que lo que en España consideraríamos corrupción política, por ejemplo, la financiación prácticamente secreta e ilimitada de sus partidos, en Estados Unidos es legal.

Así que la aureola brillante, como situada a contraluz, de EEUU, ha ido apagándose. Según una reciente encuesta de Pew Research Center, elaborada en 17 países industrializados, la reputación general de Estados Unidos ha empeorado sostenidamente desde el año 2000. Hoy en día solo un 17% de los encuestados cree que la democracia estadounidense “es un buen modelo a seguir”. Una proporción que sube ligeramente al 22% en el caso de los españoles, o 26% en el caso de Italia, y que baja al 8% si preguntamos a los neozelandeses.

Foto: Jeremy Konyndyk. (Centre for Global Development)

La agencia estadística hace un retrato más granular, y pregunta a los encuestados por las distintas facetas de la sociedad estadounidense. Descubrimos que solo uno de cada tres encuestados cree que la calidad de vida en EEUU “es la mejor o está por encima de la media de otros países industrializados”. Si se les pregunta por el sistema sanitario, la proporción baja al 11%. Las universidades suben del aprobado: 59%. Los sectores estadounidenses mejor puntuados, en la opinión pública de estos países, son el militar (69%), el del entretenimiento (71%) y el de la tecnología (72%).

Este tipo de encuestas, además, suelen variar dependiendo de qué partido mande desde la Casa Blanca. Normalmente, con la excepción de Rusia y Georgia, todos los países de Eurasia aprecian mucho más que el presidente sea demócrata. Una preferencia que alcanzó su paroxismo con el último mandato republicano.

Foto: Cementerio Calvary en Nueva York. (EFE)

“Desde que Donald Trump fue investido presidente, la imagen de Estados Unidos ha sufrido en muchas regiones del mundo”, dijo la agencia Pew a raíz de otra encuesta. Y, dentro del mandato de Trump, el punto más bajo se marcó el año pasado, durante lo peor de la crisis del covid-19. En Alemania, por ejemplo, la proporción de personas que tenían una “visión favorable” de Estados Unidos cayó del 76% en el año 2000 a apenas un 26% en 2020. Se redujo a un tercio. La simpatía francesa cayó a un 31% y la de los ingleses, pese a la “relación especial”, a un 41%. La mitad que hace 20 años.

El rechazo que inspiraba Trump en Europa era tal que, de media, su figura inspiraba más inquina que la de los presidentes de China y Rusia, Xi Jinping y Vladimir Putin. La confianza media en Trump de los habitantes de los 13 países encuestados era del 16%; en Xi, del 19%, y en Putin, del 23%.

“Otros países están acostumbrados a odiar a América, admirar América y temer a América (a veces todo a la vez)”, escribía en el verano del 2020 Tom McTague durante las protestas y disturbios raciales que siguieron al asesinato de George Floyd. “Pero ¿compadecerse de América? Eso es nuevo”.

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