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Musulmanes sionistas, renunciar al carné de judío y otras cuestiones identitarias en Israel
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¿Fin de la narrativa unificadora sionista?

Musulmanes sionistas, renunciar al carné de judío y otras cuestiones identitarias en Israel

La identidad, concepto dinámico para algunos, aunque otros lo toman como algo grabado en piedra, esquivo y complejo en todo el planeta, en Israel adquiere matices particulares

Foto: Una manifestación de nacionalistas israelíes en Jerusalén. (EFE)
Una manifestación de nacionalistas israelíes en Jerusalén. (EFE)

"Me siento que pertenezco porque nací aquí, este es un país judío y democrático, con una carta de independencia muy respetuosa, también para con las minorías. Yo me dedico a la hasbará [en hebreo, 'esclarecimiento', concepto ideológico y político que defiende las políticas israelíes en el mundo]", sostiene la militante del partido de derechas Likud, Dima Tayeh, a El Confidencial. Lo peculiar es que Tayeh es una árabe israelí descendiente de los palestinos que quedaron dentro de Israel tras la guerra de 1948, nacida en Qalanswa, una ciudad árabe del distrito central en Israel.

Tayeh fue la primera mujer árabe en presentarse a las primarias de su partido, la formación que aún lidera Benjamin Netanyahu. Fue en 2013, y el hecho no pasó desapercibido al sector árabe israelí ni a los palestinos, que la calificaron de traidora y difundieron que pertenecía a los servicios de seguridad israelíes, algo que ella desmiente con una media sonrisa y encogimiento de hombros. El caso de Tayeh es uno de los conflictos y amalgamas identitarias que, como pequeñas fisuras humanas, rompen la narrativa identitaria israelí unívoca del país.

Foto: Test de coronavirus en Israel. (EFE)

Tayeh dice que su padre la envió a estudiar a Gran Bretaña y que allí entendió lo que es coexistencia. "Yo no soy como los del partido la Lista Árabe Unida, que distinguen entre la comunidad árabe y la judía. Yo quiero acercar". Para muchos, como el politólogo de la Universidad de Tel Aviv, Amal Jamal, Tayeh es un oxímoron, una árabe descendiente de palestinos que hace suya la narrativa sionista.

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Dima Tayeh

"Hablando de identidad hay que distinguir a los palestinos de los territorios ocupados, con una fuerte identidad nacional, y los de aquí, los árabes israelíes, cuya situación identitaria es más complicada", explica el historiador Avner Ben Amos. "Sufren procesos contradictorios, de israelización por un lado, tienen dos idiomas, el querer pertenecer o no quererlo, el fortalecimiento de la identidad palestina que cancela el de la israelí... Complicado", agrega.

Pero lo cierto es que la identidad israelí tampoco es una grande y fuerte, más bien es una amalgama que se ha ido gestando a lo largo del tiempo, y no es tan uniforme por dentro como podría parecer desde el exterior. En la década de 1920, antes del establecimiento del Estado, se creó una entidad hebrea que se oponía a la identidad diaspórica —de los judíos llegados de otros países con sus cargas y sus traumas— y a la local palestina, de los judíos y palestinos que nacieron en Palestina. "Y esta identidad hebrea también estaba muy dividida, entre los de derecha y los de izquierda, los religiosos y los laicos, los ashkenazies, sefardíes y yemenitas, sin embargo, a todos les unía la misma narrativa, que era la sionista", según el historiador.

Fisuras en la narrativa israelí

La narrativa sionista, que se mantiene hasta hoy, enseñada en las escuelas y transmitida sin apenas fisuras, es que los judíos estaban en esta tierra desde la época de las Escrituras. "Salimos a la diáspora durante 2.000 años y volvimos a nuestra tierra. Hay continuidad y somos los descendientes de los reyes David y Salomón, y esa es la historia identitaria que todos piensan que es cierta", en palabras de Ben Amos.

Esa identidad general por encima de las muchas específicas, sin embargo, fue diseccionada por Reuvén Rivlin, expresidente israelí, en un famoso discurso de 2015 en el que advirtió que el país se estaba convirtiendo rápidamente en un Estado tribal compuesto por cuatro grupos: los judíos laicos, los judíos religiosos sionistas (también llamados nacionalistas religiosos), los ultraortodoxos y los árabes, todos ellos temerosos y hostiles entre ellos.

En su discurso, el sionismo ya no era el paradigma unitario.

Que le retiren el título de "judío"

Avraham Burg, político y escritor israelí, ha solicitado al Tribunal Supremo que le retire el título "judío" de los documentos de registro de población. Es hijo de Yosef Burg, prominente ministro en varias candencias por el Partido Nacionalista Religioso, y Rivka, superviviente de la masacre de Hebrón de 1929, en la que árabes mataron a casi 70 judíos del lugar. Además, Avraham Burg fue presidente de la indiscutiblemente judía Agencia Judía, la mayor organización judía sionista sin ánimo de lucro dedicada a facilitar la inmigración y absorción de judíos en Israel. Durante años ha usado kipá (solideo que usan los hombres judíos religiosos), y dice seguir haciéndolo si la ocasión lo requiere.

placeholder Avraham Burg (Andrea Krogmann)
Avraham Burg (Andrea Krogmann)

"Cuando se aprobó la nueva Ley de Nacionalidad en 2018 se definió de nuevo qué era el colectivo judío. Antes se podía decir de Israel que era un país democrático y judío, con cierta aspiración a la igualdad. Ahora la definición es estrecha, unívocamente judía, no existe ni la aspiración de igualdad para el otro, un país, un idioma, una única dirección. La ley describe una democracia étnica de una sola tribu. Y si eso es así, no quiero formar parte de la tribu", explica Burg al El Confidencial.

Pensaba que era catalán…

Al contrario que Burg, que mamó ideología, identidad y pertenencia en casa, Zizo Abul Hawa fue sorprendido a los nueve años con la definición de quién era él: "Crecí en Barcelona y allí no tenía ni puta idea de que era árabe, ni palestino. Cuando mi padre rezaba no sabía qué hacía, pensaba que era yoga o ejercicio, cuando mis padres hablaban en árabe pensaba que era un idioma inventado para que mis hermanos y yo no los entendiéramos, teníamos un árbol de Navidad… Yo pensaba que era catalán, español. Cuando a los 9 años nos mudamos a Jerusalén este, que está ocupada, entendí quién era". Zizo, cuyos padres vivieron en España durante cuarenta años, ambos refugiados palestinos del 48, dice que los años formativos que pasó en Jerusalén oriental, hasta los 20, fueron críticos en su desarrollo, con la segunda Intifada particularmente. "Aprendí árabe al llegar, vivíamos en el Monte de los Olivos, como gay no me conecté a lo de musulmán, pero sí a lo de palestino".

"Como gay no me conecté a lo de musulmán, pero sí a lo de palestino"

Abul Hawa, quien vive en Tel Aviv, dice que le es más fácil ser gay que palestino en Israel.

El lenguaje, como siempre, juega un papel creador de realidades y así como la palabra "judío" tiene una carga específica fuera de Israel, la palabra "palestino" la tiene en Israel: "Cuando me mudé a Tel Aviv no hablaba hebreo y en aquel entonces decía que era palestino y la gente respondía antagonizando. Me di cuenta de que es menos malo decir que soy árabe". Abul Hawa dice estar muy acostumbrado a ser diferente, pero no saber hebreo lo distinguía aún más. "Me metí un poco en el armario palestino (no el otro, que soy demasiado gay y no hay armario que me contenga), pero por poco tiempo porque hay un dicho en árabe que dice 'quien aprende el idioma del enemigo se salvará del mar. Y ahora el idioma que mejor hablo es el hebreo".

Además de haberse casado con un israelí.

placeholder Zizo Abul Hawa
Zizo Abul Hawa

"Yo soy un fantasma", dice G.H., un joven palestino de los territorios ocupados que vive y trabaja en Israel y quien mantiene su identidad oculta por su propia seguridad. "Aquí no existo y tampoco en Cisjordania". Salió de su ciudad natal en la Autoridad Nacional Palestina y entró ilegalmente en Israel hace seis años. Vive y trabaja en el centro del país. Dice que diferencias irreconciliables con sus padres lo llevaron a tomar esa decisión y que sus padres, por cuestiones culturales, son muy diferentes a los padres de sus amigos israelíes, aunque sean de la misma generación. "Yo tengo mucho más en común con casi cualquier chico de aquí que con mis coetáneos de allí, me refiero a gustos, intereses culturales, aspiraciones". Y si bien se ríe de que con el tiempo pasó de tener un acento israelí con "deje terrorista" a uno "indefinidamente sexy", asegura que no deja de ser palestino, por fuera, con los tatuajes y el look hípster, y por dentro. Aunque él también prefiere decir que es árabe cuando le preguntan, por si acaso.

¿Memoria, mitología? ¿importa?

Hay historiadores israelíes, la minoría, que son de la opinión de que no se puede hablar de la continuidad del pueblo judío desde hace 3.000 años, porque no son la misma gente. En paralelo, las corrientes que refuerzan la narrativa israelosionista se cuestionan cuándo surgió en realidad la identidad palestina, pero con el propósito de deslegitimarla. Porque si la identidad nacional palestina surgió más o menos cuando se creó el Estado de Israel y todo lo que ello conllevó, ese hecho la hace menos ancestral a ojos de quien valora lo antiguo como fuente de derecho.

Por a eso a Amal Jamal, politólogo israelo-palestino, le parece poco interesante conversar sobre el origen del sentimiento nacional palestino. "Porque los palestinos eran palestinos también antes de la creación de Israel, y los nacionalismos, como movimientos políticos, son muy posteriores y no siempre tan relevantes desde el punto de vista de la identidad personal".

Foto: Lea Tsmel junto a su marido. (Cedida)

Sartre sugirió que los judíos fueron inventados por los antisemitas y Simone de Beauvoir que no se nace mujer, sino que se llega a serlo. Y si bien desde el punto de vista analítico, de quien piensa en el otro en contraste con el paradigma dominante, ninguna de estas aseveraciones parece descabellada, tienen tremendos detractores.

"Quien maneja el concepto de memoria colectiva, que es todo el mundo, no puede tolerar nada que cuestione la pureza de su identidad", opina Ben Amos. "Y la memoria colectiva es algo muy inespecífico y profundo. Y no tiene ninguna relación con la historia sino con el mito. No necesita documentos, es una foto de un pueblo en particular, un kibutz, la narración de una batalla…".

Un ejemplo que el historiador ofrece es que la narrativa israelí se apoya en que los judíos siempre eran menos en las guerras y, a pesar de todo, ganaban. "Eso es parte de la memoria colectiva, la eterna comparación de pocos contra muchos. Y no era cierto, los ejércitos judíos eran siempre grandes. Pero así funciona la memoria colectiva: ellos contra nosotros. Es una simpleza a la que es fácil ajustarse".

Simplezas míticas a las que no están ajenas los palestinos, en su memoria colectiva, sus canciones y en sus clases de historia.

"A mí me enseñaron en la escuela cosas que me da vergüenza contar a mis amigos de aquí, sobre el necesario regreso de todos los refugiados a toda Palestina, y en el mapa no aparece Israel, por ejemplo", dice G.H.

Foto: Mapa de la "solución" de dos Estados en el Plan de Paz de Trump. (Casa Blanca)

"En Israel la historia que se enseña en el colegio empieza en la época del segundo templo, se salta la diáspora, se retoma en la creación de comunidades judías en Palestina en el siglo XIX, el Holocausto, la demostración de que la diáspora lleva a la catástrofe, la creación del Estado y poco más", explica Ben Amos: "La narrativa escolar israelí se puede resumir en 'estuvimos aquí antes'. Punto. Durante 2.000 años. Y en las escuelas árabe israelíes se les enseña casi lo mismo y se les prohíbe referirse a la Nakba ('catástrofe' en árabe, término que define la creación de Israel y la huida y expulsión de miles de palestinos de sus casas), y cosas que refuercen su identidad palestina".

Y en medio de esas dos apisonadoras, está la gente, más compleja que los adoctrinamientos. "Los habitantes de este país viven en complejidad identitaria desde el principio por su composición, y todas esas identidades están construidas en la victimización", asegura el sociólogo Jerome Bourdon. "Y es que victimización e identidad van juntos según varias corrientes académicas".

Todas ellas buscando reconocimiento y en competencia a ver quién ha sufrido más, según explica Bourdon.

Tal vez las cosas están cambiando

"Netanyahu, en sus discursos, siempre se refería al pueblo judío como el gran sufridor", recuerda el sociólogo, pero el nuevo gobierno tiene otro talante. Compuesto por partidos de derecha, centro, izquierda, árabe islamista y pacifista anti-ocupación, tal vez sea la materialización del discurso de Rivlin, el de las tribus no unidas por el sionismo paradigmático.

Y Burg, el judío que quiere deshacerse de ese título, es de la opinión de que la narrativa sionista está acabando. Dice que vive en un país en el que las personas se etiquetan las unas a las otras compulsivamente para no tener que interactuar la una con la otra: "Ah, de izquierdas, ah, de derechas, yemenita, árabe, lesbiana, etcétera, y con eso hemos terminado porque ya sé quién eres".

Basa el pronóstico del fin de la narrativa nacional en el alto porcentaje de israelíes que ya no van al Ejército, un dato que suele pasar desapercibido. "Casi un 50% de los israelíes ya no hacen el servicio militar, así que el Ejército ya no es el factor socializante principal", dice. "Es más, toda esa narrativa que antes funcionaba ahora es la retórica de la retórica, porque no se ajusta a la realidad del momento. El caso es que estamos viviendo una nueva era, solo que aún no nos la han anunciado", concluye.

"Me siento que pertenezco porque nací aquí, este es un país judío y democrático, con una carta de independencia muy respetuosa, también para con las minorías. Yo me dedico a la hasbará [en hebreo, 'esclarecimiento', concepto ideológico y político que defiende las políticas israelíes en el mundo]", sostiene la militante del partido de derechas Likud, Dima Tayeh, a El Confidencial. Lo peculiar es que Tayeh es una árabe israelí descendiente de los palestinos que quedaron dentro de Israel tras la guerra de 1948, nacida en Qalanswa, una ciudad árabe del distrito central en Israel.

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