"Olvídalo, no hablarás": soy cubano, pero en Sol la izquierda española grita por mí
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La hipocresía roja

"Olvídalo, no hablarás": soy cubano, pero en Sol la izquierda española grita por mí

En las manifestaciones en Sol en apoyo al Gobierno socialista de Cuba no se habla de lo que ocurre en la isla ni hablan los cubanos

placeholder Foto: La bandera cubana ondea en la Puerta del Sol. (EFE)
La bandera cubana ondea en la Puerta del Sol. (EFE)

La tarde del 26 de julio, la Puerta del Sol acogió una manifestación en apoyo al Gobierno socialista que reina en Cuba hace más de 60 años. De casualidad andaba por allí con un amigo cubano y mientras la masa roja entraba por la calle Carretas a la plaza, nosotros lo hicimos por Montera. Nos mezclamos irremediablemente.

En días pasados, miles de cubanos se hicieron notar en los lugares más céntricos de Madrid para apoyar las manifestaciones que el 11 de julio sacudieron a la mayor isla del Caribe y pusieron en jaque al mito de su estabilidad política. Paradójicamente, en esta congregación la proporción de antillanos era mucho más baja. El rostro del Che, carteles antiimperialistas y, sobre todo, la enseña de la extinta Unión Soviética colmaban el paisaje. También había banderas del Partido Comunista Español, el Partido Comunista Peruano, Izquierda Unida, Juventud Comunista y hasta de la Segunda República Española. La bandera de la estrella solitaria, la cubana, había pasado a un segundo plano.

No me interesan ese tipo de actividades, pero muy a pesar de Dashiel, el amigo cubano que me acompañaba, nos sumergimos en ella. Él quería tomarse una cerveza y le costaba comprender mi excitación prematura al ver aquellas criaturas gritando: "¡Cuba sí, yanquis no!". Las miradas despectivas que provocaron mi aspecto físico no me cohibieron. Había salido de la obra en la que pintaba y parecía una cebra con tantos rallones blancos en el cuerpo. Exploté eso para, sin encontrar resistencia, llegar al núcleo de los arengadores. ¡Nunca mi ya desgastado chaleco de constructor fue tan fosforescente! El rojo por primera vez me causó repugnancia (y decir eso cuando se viene de un país donde el más comunista de los colores todo lo puede y engalana, es fuerte).

Al cabo de unos minutos, quien daba los vítores con un altavoz cedió el equipo a una muchacha de piel muy blanca y ojos pintados de negro. El papel que sostenía lucía varios párrafos en letras muy pequeñas y la joven leía con antifluidez. Solo se limitó a justificar los problemas de Cuba estrictamente con el bloqueo estadounidense. A fin de cuentas, el discurso de reacción a la crisis cubana no puede hablar de sus causas internas, sino del enemigo de siempre. Él tiene la culpa de todo.

Cuando era pequeño, Cuba estaba volcada en una de las tantas cruzadas políticas que durante las últimas seis décadas han colmado el imaginario popular. Se trataba de la campaña para la liberación de los cinco héroes prisioneros del imperio. En las escuelas, los centros laborales, los hospitales o las vallas propagandísticas de las carreteras podían verse los rostros de aquellos hombres. Cualquier pared era ideal para denunciar la injusticia imperialista. En ese contexto, se crearon cientos de organizaciones de solidaridad con Cuba alrededor del mundo y los medios al servicio del Partido Comunista Cubano se hacían eco de aquel apoyo internacional.

Recordé aquellos años y me pregunté de qué había servido todo. ¿Era esto lo que hacían esas organizaciones? ¿Por qué no se habla más de Cuba dentro de Cuba? ¿Por qué en Sol no se hablaba del país del que emigré? Del país en el que no hay oportunidades, comida, medicamentos, transporte, un pedazo de papel higiénico, una bicicleta o un simple pan. Del país donde te cuentan en el aeropuerto la cantidad de calzoncillos que traes para evitar el contrabando, de la isla donde no se puede comer pescado.

¿Por qué no se habla más de Cuba dentro de Cuba? ¿Por qué en la Puerta del Sol no se hablaba del país del que emigré?

En Sol no se habló de las calles cubanas a las que no se puede salir con un cartel, de la canción que no puede ser escuchada, de los cientos de personas que fueron arrestados por salir a protestar el 11 de julio, de los privilegios de las familias dirigentes. En Sol no se habló de mi país.

En la medida que el acto fue a menos, Dashiel y yo nos mirábamos con asombro. Le dije:

—Mira para esto, asere.

—Esa gente está loca. No saben lo que dicen. La mayoría nunca ha ido a Cuba. Vámonos, no cojas lucha —me respondió el exfuncionario de Salud de La Habana que hace cuatro meses conocí en una obra por Gran Vía.

—No, mi hermano, voy a hablar.

Él trató de sacarme de allí, pero me resistí. Concluí que luchar contra el poder del megáfono sería un error táctico. Por eso le pedí autorización a uno de los que había hablado y me dijo que sí. Ese chico se movió al cabo de unos minutos y el señor español que gritaba las consignas de turno no se inmutaba. Ante mi insistencia, un joven de baja estatura coronado por una bolchevique colocó su cuerpo entre el mío y el megáfono. Cruzó los brazos y me preguntó qué quería.

Foto: Manifestación en apoyo de las protestas en Cuba en Miami (EEUU). (EFE)

—Solo quiero decir unas palabras porque soy cubano, hace poco vine de allá —le contesté. Se quedó mirándome incrédulo—. Es que ningún cubano ha hablado... —dije para intentar convencerlo.

¡No, no vas a hablar! —espetó violentamente mientras descruzaba sus brazos.

Antes de que volviera a pronunciar palabra alguna, el señor del megáfono se volteó y sin más referencia que la postura de su vigilante, lo secundó.

—No, chaval, olvídalo, no hablarás.

placeholder Varias personas participan en la concentración 'Por una Cuba libre' en la Puerta del Sol. (EFE)
Varias personas participan en la concentración 'Por una Cuba libre' en la Puerta del Sol. (EFE)

En eso Dashiel me sacó de allí y a treinta metros vi a dos cubanos. Al pasar por su lado y escucharlos hablar les pregunté: "¿Cuba?". "Claro, compay", respondieron.

Ahí nos desahogamos un poco. Las banderas rojas ya estaban guardándose. Algunos de los congregados empezaron a comprar raspaditos de la ONCE y otros entraron a KFC. En minutos, el ecosistema de Sol los tragó a todos.

—Vamos a salir de eso, mi hermano, es cuestión de tiempo —me dijo uno de aquellos coterráneos.

—De no ser así —le aclara el otro—, ya sabemos que hay bastantes personas que están dispuestas a ir a Cuba para disfrutar su socialismo.

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