Estamos viendo el fin de la última monarquía absoluta de África, y tú no te habías enterado
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Esuatini, antes Suazilandia

Estamos viendo el fin de la última monarquía absoluta de África, y tú no te habías enterado

Multitudinarias protestas contra el rey de Esuatini (antes Suazilandia), Mswati III, el último rey absolutista de África

placeholder Foto: Mswati III, rey de Esuatini, en 2018. (EFE)
Mswati III, rey de Esuatini, en 2018. (EFE)

El 19 de abril de 2018, Mswati III, rey hasta entonces de Suazilandia y cabeza de la última monarquía absolutista del continente africano, hizo por fin el gesto revolucionario que le reclamaban sus súbditos desde hacía años y decidió cambiar del todo su patria: el país, desde ese momento, pasó a llamarse Esuatini. El monarca justificó el cambio por dos motivos. Por un lado, huir del pasado colonial que conllevaba el nombre de Suazilandia y, por otro, acabar con el reiterado problema que era para los suazis el hecho de que "donde quiera que vamos al extranjero la gente se refiere a nosotros como Suiza", dijo el rey (en inglés, Swaziland y Switzerland son parecidos).

Mswati III, el millonario rey que colecciona coches y esposas, pensó que con aquello su pueblo sentiría que la modernidad había llegado a su pequeño y rural reino perdido entre Sudáfrica y Mozambique y les solucionaba a todos ese pesado inconveniente que es, en medio de las pesadas fiestas con canapés, tener que deletrear que son suazis y no suizos.

El problema es que la gran mayoría de sus súbditos, que con dificultad sabrían colocar Suiza en un mapa y cuyo único posible viaje al extranjero es cruzar a pie la frontera de su vecina Sudáfrica para mal vivir en una de las barriadas de sus grandes ciudades, ha decidido que prefiere una verdadera democracia a un nombre bello, y se ha lanzado a las calles de nuevo a exigir cambios prodemocráticos. La policía y el ejército están actuando con crudeza para intentar sostener los privilegios de unos pocos en un extraño reino feudal que sobrevive solo por estar perdido en los mapas.

La fiesta de las vírgenes

Suazilandia existe por una serie de casualidades históricas en las viejas guerras entre zulúes, xhosa, suazi y ndebele del siglo XIX. El país es fruto del resto de muchos de los derrotados frente a los poderosos zulúes refugiados entre montañas, de las guerras anglo-bóer del siglo XX en Sudáfrica y, sobre todo, de ocupar una tierra baldía sin salida al mar por la que no mereció la pena a las potencias europeas pelearse. Hasta 1968, que se proclamó la total independencia, Suazilandia estuvo bajo protectorado de Reino Unido, y tras un corto periodo democrático, no llegó a un año, el monarca Sobhuza, padre del actual rey, abolió la Constitución, prohibió los partidos políticos y creó un Parlamento 'ad hoc' que controlan las asambleas tribales llamadas Tinkhundla. Los suazis hoy exigen que no sigan siendo las Tinkhundla las que eligen a los miembros del Parlamento. En la práctica, Esuatini es un Estado medieval controlado por el monarca y su corte.

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Foto: EFE.

Sin embargo, el país —de 1,2 millones de habitantes, con una pobreza del 60% según el Banco Mundial, un 30% de la población que vive con menos de dos dólares al día, una esperanza de vida de 60 años y con un 27% de suazis con VIH— revive periódicamente intentos de hacer caer ese Estado absolutista. Quizá porque las estadísticas del pueblo llano contrastan demasiado con la fortuna cercana a 200 millones de dólares, según la revista 'Forbes', de su monarca y su larga familia de 15 esposas y 34 hijos, a la que hay que añadir una flota de coches de lujo, un 'jet' privado, mansiones…

Es complicado hasta entender de dónde sale la fortuna de Mswati III. Cuando se viaja por Suazilandia, lo que se encuentra es campo seco y montañoso, salpicado de pequeñas aldeas, con dos grandes ciudades, Mbabane y Manzini, y cultivos dispersos de maizales y caña de azúcar. Tiene una producción mineral pequeña, una reputada fábrica de vidrio y de velas, y algunas reservas de animales muy por debajo en extensión y calidad de las de los países del entorno.

Y sin embargo Mswati III es dueño de toda esa pequeña producción que en las manos de unos pocos produce una gran riqueza. Ya en 2011 y 2012, en medio entonces también de revueltas, tuvo que suspender la efeméride de sus 25 años de reinado, y al año siguiente la de su cumpleaños, por un tirón de orejas del FMI que le recordó que el país estaba en bancarrota. Entonces sus ministros pidieron a la población que sacrificara algunas vacas en honor del monarca.

Foto: El FMI obliga al último rey de África a suspender su fiesta de 1,2 millones

Las quejas de sus conciudadanos, ONG y organizaciones internacionales no modifican nada las costumbres del soberano. En 2013, en medio de una enorme crisis económica, celebró por ejemplo una nueva edición de la llamada fiesta de las cañas o de las mil vírgenes. En ella, todas las mujeres vírgenes del reino acuden al Palacio Real y posterior estadio a danzar semidesnudas frente al monarca, que tiene la facultad de escoger nueva esposa. La fiesta, en un país donde el sida se lleva por delante miles de vidas y el monarca tuvo la idea de tatuar en el culo con una marca a los infectados (se desechó la idea por las quejas internacionales), es criticada internacionalmente por sexista. "Es una fiesta tradicional de nuestro pueblo que sirve para que nos reunamos las mujeres. Una fiesta que ninguna chica suazi se quiere perder", nos comentaban sin embargo las mujeres con las que allí hablamos. La tradición cultural africana y la visión occidental a menudo colisionan en África.

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Foto: Reuters.

Otra nueva 'primavera árabe'

Todo esto ha provocado que la población suazi haya vuelto a levantarse, ya hubo grandes revueltas en 2011 a la sombra de las llamadas primaveras árabes, en una protesta general que intenta de nuevo acabar con el último rey absoluto de África. Según algunos reportes del miércoles 30 de junio, que citan al Partido Comunista de Suazilandia, las fuerzas de seguridad habrían ya matado a 19 personas en las manifestaciones.

Hay además una cierta confusión sobre si el rey, ante el cariz grave de los acontecimientos, habría dejado por ahora el país hasta que sus policías y soldados repongan el orden. La televisión sudafricana afirmó que había huido en su 'jet' privado mientras su primer ministro, Themba Masuku, ha dicho que "su majestad el rey Mswati III está en el país y sigue liderando el trabajo del Gobierno para alcanzar los objetivos del reino". Masuku, además, advirtió de que "los manifestantes están controlados por elementos criminales". La mayor concesión hasta ahora del Gobierno ha sido prometer diálogo sobre los principios de libertad de expresión y pensamiento, no reconocidos abiertamente en el reino.

La mecha de esta última y grave revuelta terminó de prender por la aparición el pasado 8 de mayo del cadáver de un joven desaparecido, aparentemente en manos de las fuerzas de seguridad, y alguna que otra fuerte agresión pública de agentes a los manifestantes, la mayor parte universitarios, que exigen los cambios democráticos. La página de Facebook del Comunist Party of Swaziland está llena de vídeos y mensajes de agresiones.

El rey ha ordenado que haya un nuevo toque de queda, bastante más amplio que el que hubo por el covid, entre las 18:00 y 5:00. Las escuelas se han cerrado hasta nuevo aviso y se están produciendo apagones en internet para evitar el contagio revolucionario de las redes sociales.

Desde Sudáfrica, las juventudes del Congreso Nacional Africano y el radical partido Economic Freedom Fighters apoyan las protestas, como ya hicieron los primeros en 2011. El Gobierno sudafricano ha pedido moderación a Suazilandia e intenta jugar su rol de potencia mediadora, pero dentro del CNA hay muchos que no olvidan que el rey Shobuza fue aliado del régimen blanco del 'apartheid' y hasta mandó detener a miembros del CNA que se escondían en Suazilandia. El papel de Sudáfrica en esta crisis será decisivo.

Hoy, a nadie le interesa una revuelta social descontrolada que pueda extenderse por la zona, y a nadie le preocupa especialmente Suazilandia, que sigue siendo una tierra baldía en medio de ninguna parte. Esas son las mejores cartas del último rey absoluto de África, que su cortijo se mantenga como un reino perdido al que por despistar aún más le cambió el nombre.

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