El viaje a los infiernos de Abiy Ahmed en Etiopía
  1. Mundo
De nobel a acusaciones de genocidio

El viaje a los infiernos de Abiy Ahmed en Etiopía

Etiopía celebra unas elecciones generales que eran la culminación de su proceso de transición democrática pero que se celebran en medio de la guerra en Tigray

placeholder Foto: Abiy Ahmed Ali, primer ministro de Etiopía (Reuters)
Abiy Ahmed Ali, primer ministro de Etiopía (Reuters)

El 10 de diciembre de 2019 todo parecía ir bien al primer ministro de Etiopía. Acababa de anunciarse el Nobel de la Paz para Abiy Ahmed Ali por "sus esfuerzos para alcanzar la paz y cooperación internacional". El año anterior había logrado firma un acuerdo de paz con la vecina Eritrea, acabando por fin con uno de los conflictos más enquistados de África. La comunidad internacional se contagiaba de la ‘Abiymanía’ que ya había arrasado alegremente Etiopía. Era un gobernante que prometía modernizar, democratizar y abrir a la inversión extranjera el país más grande de África Oriental, y a las palabras acompañaban los primeros hechos. Poco más de dos años después, toda esa imagen parece haberse derrumbado: Etiopía acude a las urnas en medio de una guerra civil en la región de Tigray, con miles de personas víctimas de abusos y del hambre, acusaciones de limpieza étnica, desplazados internos y fuertes estallidos de violencia y represión en otras regiones.

¿Es que no hay manera humana de hacer avanzar un país sin que el poder termine por corromper lo que parecía un genuino intento por hacer bien las cosas? El viaje a los infiernos de Abiy, y el camino que tome en los próximos meses después de estas elecciones, pueden dar una respuesta a esta pregunta casi nihilista.

Foto: Miembros de milicias de la región Amhara rumbo a Tigray. (Reuters)

Cuando Abiy se convirtió en primer ministro de Etiopía tras la dimisión de su predecesor, víctima de las abrumadoras protestas que sacudieron el país en 2018, emprendió una ambiciosa lista de reformas. Sacó de la cárcel a cerca de 60.000 prisioneros políticos, incluyendo a todos los periodistas, levantó la prohibición sobre los partidos políticos de la oposición, catalogados hasta entonces como grupos terroristas, se disculpó por la brutalidad policial y presentó un gobierno paritario, con la primera presidenta de la historia etíope. "Necesitamos democracia y libertad", afirmó en su discurso inaugural.

Todo este proceso reformista iba a culminar en las elecciones etíopes más libres, justas y "creíbles" de la historia del país, según el propio Abiy.

Programadas inicialmente para agosto de 2020, y retrasadas primero por el covid y después hasta en dos ocasiones más, las elecciones de este 21 de junio parecen más un trampantojo de la esperada transición democrática. Casi un 15% de los distritos electorales del país no podrán celebrarlas. La mayoría en la región de Tigray, escenario de violentos enfrentamientos entre las tropas federales y las fuerzas del Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) desde hace meses. Miles de personas, la mayoría étnicamente tigrinos, han muerto en los enfrentamientos, millones se han convertido en desplazados internos y varios cientos de miles son víctimas de la hambruna, ya que los militares no están permitiendo el paso de los camiones de ayuda humanitaria, según se ha denunciado en Naciones Unidas. Paralelamente, el gobierno ha detenido o descalificado a partidos y líderes opositores clave en otras regiones del país. La Unión Europea ha declinado enviar una misión electoral de observación.

Manteniendo todavía una amplia base electoral y con gran parte de la oposición muy fragmentada, hay pocas dudas de que el partido de Abiy, Partido de la Prosperidad, se asegurará la victoria a nivel federal. Lo que importará en este caso es lo que pase después. ¿Continuará con la represión en Tigray y otras regiones, avanzando hacia un nuevo líder autocrático para Etiopía, o continuará con su proyecto reformista para una Etiopía democrática, que pasa necesariamente -así es la democracia- con un difícil diálogo con la oposición?

Una visión futurista

Abiy fue un soplo de aire fresco para Etiopía, y no solo por la novedad del primer ministro más joven de toda África (41 años cuando llegó al poder) y el primero de la etnia oromo, sino también por una manera distinta de gobernar y entender las cosas que intentó aplicar. Nacido en una pequeña aldea hijo de padre musulmán y madre cristiana, en alguna ocasión ha contado que su madre profetizó que sería "rey de Etiopía". Ha publicado varios libros y textos académicos sobre el poder y la solución de conflictos, que dan una pista sobre su idea de forjar una "unidad nacional" etíope por encima de la miríada de identidades étnicas que articulan el país. "Creo que podremos traer la prosperidad a Etiopía en los próximos diez años. El único problema es nuestro pensamiento". En el discurso del Nobel, Abiy hizo referencia al concepto 'medemer', un concepto que hace referencia a la "sinergia, convergencia y trabajo en equipo por un destino común". La unidad, armonía, amor y perdón se convirtieron en el sello distintivo de su narrativa política.

Foto: Una ceremonia en honor de los soldados que luchan contra las fuerzas especiales de Tigray en Etiopía el pasado 17 de noviembre. (Reuters)

En uno de sus libros, titulado también 'Medemer', culpa al pensamiento negativo de muchos de los problemas de Etiopía. Un estilo de vida que traspasa también a su manera de entender las cosas: cambiar lo que rodea para que cambie el interior. No se puede crear una Etiopía moderna en medio de una de las capitales más feas (ha crecido brutalmente en los últimos años, siempre hay obras en Adis Abeba) de África.

"Quiero hacer esta oficina futurista. Muchos etíopes miran a ayer. Yo miro al mañana. Este lugar ha pasado del infierno al paraíso", afirmaba en una entrevista con el Financial Times, la primera en un medio internacional, y donde ha publicado numerosas tribunas, incluyendo una sobre la necesidad de 'no dejar atrás a África' durante la pandemia de coronavirus, una manera de convertirse en "la voz" del continente en los grandes medios internacionales. Volviendo a su oficina: "Esto es un prototipo de la nueva Etiopía. He hecho tantas grandes cosas, comparado con muchos líderes. Pero no he hecho todavía ni un 1% de lo que sueño", añadía. Abiy tenía grandes planes para Etiopía.

El germen de su propio fracaso

Pero la transición no en el terreno no es tan fácil como un simple cambio de mentalidad, y Etiopía arrastra problemas históricos que van más allá de la pobreza. Etiopía acoge cerca de 80 grupos étnicos y 10 estados federados. En un país con tensiones étnicas avivadas por la desconfianza por la concentración de poder y recursos por una etnia u otra, Abiy prometió una visión de una pan-Etiopía que superara la etno-Etiopía. El TPLF, una organización política y militar de etnia Tigray, había dominado la coalición gobernante de Etiopía durante 30 años, después de su papel principal en el derrocamiento de la junta marxista del dictador Mengistu Haile Mariam en 1991, pese a que representan un porcentaje muy menor de las etnias etíopes. Cuando Abiy, de etnia oromo, llegó al poder, emprendió también reformas para apartar de los puestos de poder a figuras del TPLF.

El TPLF acusó a Abiy de intentar diluir el federalismo propio de la constitución etíope y de centralizar el poder en el gobierno federal y su persona. Cuando se pospusieron las elecciones de agosto de 2020 por el coronavirus, los líderes tigrinos hicieron caso omiso y celebraron sus propios comicios, elevando la tensión. Abiy respondió bloqueando los fondos a Tigray. Poco después, las milicias del TPLF atacaron un puesto militar federal, prendiendo la mecha del conflicto, que sigue encendido a día de hoy.

placeholder (Reuters)
(Reuters)

En un artículo de opinión publicado en The Economist Abiy admitió que el camino de Etiopía hacia la democracia corre el riesgo de descarrilar, culpando a quienes "están acostumbrados a privilegios pasados indebidos", en alusión al TPLF. Y aquí está la clave: las transiciones desde el autoritarismo hacia la democracia son especialmente frágiles, y muchas de las reformas incluyen el germen de lo que las puede destruir. Estos comentarios son la admisión más explícita de Abiy a las dificultades de mantener unido un país donde la identidad étnica supera a la nacional.

Pero Abiy tampoco ha perdido algunos hábitos del pasado, exacerbados por el poder. Mucho antes del conflicto en Tigray, sus fuerzas del orden han reprimido violentamente numerosas protestas, a veces con centenares de muertos, se han sucedido asesinatos extrajudiciales, ha ordenado detener a líderes de la oposición y ha acumulado poder y toma de decisiones en su persona.

El pasado 11 de junio, el departamento de Estado de EEUU afirmó que estaba "muy preocupado" por las elecciones en Etiopía y pidió al gobierno que prometiera un diálogo con la oposición. Las peticiones de EEUU no se pueden tomar a la ligera: el gobierno Joe Biden, ha impuesto amplias sanciones a la Etiopía de Abiy, antiguo líder admirado por la comunidad internacional. También y ha instado al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial a que congelaran fondos destinados al desarrollo de Etiopía, en un momento especialmente delicado en el que el país quiere reestructurar su deuda, abrir su economía y atraer negocios extranjeros al segundo país más poblado de África (112 millones de habitantes, solo por detrás de Nigeria).

En la encrucijada, Abiy sin embargo se muestra esperanzado. En un acto de campaña, comparaba a los etíopes con los niños que se montan por primera vez en un coche: "cuando el coche avanza, los edificios y los árboles se van hacia atrás, confundiéndonos. De la misma manera, ahora estamos confundidos porque creemos que es el árbol el que se mueve hacia atrás, en vez del coche hacia adelante. Lo creáis o no, Etiopía, y el sentir etíope, están floreciendo".

Etiopía
El redactor recomienda