Un presidente sin 'click': la prensa de EEUU sufre el síndrome de abstinencia por Trump
  1. Mundo
Biden no da problemas; tampoco noticias

Un presidente sin 'click': la prensa de EEUU sufre el síndrome de abstinencia por Trump

La falta de un presidente que ofrece titular tras titular está impactando a los medios liberales estadounidenses, que batallan por retener a su audiencia sin la gasolina de la indignación

placeholder Foto: El presidente estadounidense, Joe Biden, con un periódico bajo el brazo. (EFE)
El presidente estadounidense, Joe Biden, con un periódico bajo el brazo. (EFE)

Ser periodista político en Estados Unidos se ha vuelto un poco más complicado. No porque no sea seguro, como ocurre desgraciadamente en otros países, sino porque la textura de la información que emana de Washington ya no es la que era hace apenas cinco meses. Ahora hay un presidente que apenas se deja ver y las noticias gubernamentales vienen más o menos empaquetaditas y gestionadas por la Casa Blanca. Ya no hay salvas de tuits a medianoche o a las siete de la mañana, ni golpes de timón, ni ruedas de prensa similares a un combate de gladiadores. En otras palabras, todo se ha vuelto un poco más aburrido, menos periodístico.

La relación entre el Gobierno y los grandes medios estadounidenses, ubicados en los bastiones urbanos y progresistas de las costas, ha mejorado palpablemente. Sobre todo porque venía de marcar mínimos históricos con Donald Trump, para quien los periodistas eran "la forma de vida más baja". Este cambio se refleja tanto en el tono general de la cobertura como en las políticas concretas de la Administración Biden.

El Departamento de Justicia asegura que ya no tratará de conseguir los datos telefónicos y de correo electrónico de los periodistas que cubren la actualidad política, una práctica que data de la Administración Obama y que la Administración Trump, especialmente aquejada de filtraciones, utilizó con energía. El actual inspector general del Departamento ha abierto una investigación sobre el alcance del espionaje, aparentemente legal, durante el mandato de Trump a reporteros del 'New York Times', 'The Washington Post' y la CNN, así como a políticos demócratas sospechosos de haber filtrado información clasificada.

Foto: El presidente estadounidense, Joe Biden, durante un breve comunicado. (EFE) Opinión

"Está mal, simplemente mal", declaró el presidente Joe Biden en mayo, tras conocerse que la Fiscalía del anterior gobierno había tratado de obtener la información de los periodistas y había ordenado mantenerlo en secreto. El presidente del 'New York Times', A. G. Sulzberger, dio la bienvenida al cambio, pero exigió saber "por qué el Departamento de Justicia se movió tan agresivamente para obtener el historial de los periodistas".

Uno de los factores a tener en cuenta en esta decisión de la Administración Biden es que, para empezar, no tiene muchas filtraciones de las que preocuparse. La teoría conspirativa del "Estado profundo", esa supuesta élite burocrática progresista que sabotea sutilmente las iniciativas de presidentes conservadores, tiene algunos visos de realidad. Al menos en el caso de Trump, un candidato sin experiencia política que emergió a contrapelo del 'establishment', los huecos dejados en los ministerios y las constantes filtraciones a la prensa dejaron constancia, por un lado, de la escasa cantera política que tenía; por otro, de la antipatía latente entre sus funcionarios.

Estos roces no existen, o no al mismo nivel, con Joe Biden. Un hombre que, como senador primero y vicepresidente después, lleva medio siglo trabajando en los pasillos de la capital, tiene contactos en todas las ramas del Gobierno y un caladero de cargos virtualmente infinito. La gente que está con él es de confianza y buena parte de la anónima casta burocrática está habituada a su manera de gobernar.

Foto: El presidente Joe Biden, en su toma de posesión. (Reuters)

Estas no son buenas noticias para los periodistas, que se han quedado sin la carnaza diaria a la que se acostumbraron durante los últimos cinco años. Biden, además, resulta ser particularmente discreto en sus planes y ha hecho de la disciplina, como ya se vio en su silenciosa y estratégica campaña, una de sus técnicas de gobierno. Una especie de sacrificio personal en un político legendario por sus lapsus, meteduras de mata y ocasionales riñas públicas con cualquiera que pasaba por la calle.

"Me voy a meter en problemas con mi equipo", le dijo a un periodista al final de su conferencia de prensa del domingo, después de la cumbre del G-7 en Cornualles. Biden se disponía a marcharse cuando el reportero le lanzó una última pregunta. "Sí, dale. Pero finge que no te di una respuesta".

En los cuatro meses aproximados que lleva de presidencia, Joe Biden solo ha comparecido oficialmente una vez frente a los periodistas. Los corresponsables de la Casa Blanca suelen quejarse del escaso acceso al comandante en jefe. Los reporteros que acompañaron a Biden en su viaje por Europa han llegado a depender del Twitter oficial del Gobierno de Turquía para seguir su reunión con el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan.

Esta actitud puede tener, al menos, tres explicaciones. La primera, que un Biden callado es un Biden que no mete la pata. Su equipo se ahorra así la perspectiva de tener que estar apagando los incendios provocados por un lenguaraz presidente. Sobre todo cuando la oposición cuestiona continuamente las facultades mentales de Biden, que con 78 años es el jefe de Estado más anciano que ha tenido Estados Unidos.

placeholder Joe Biden ofrece una rueda de prensa durante la cumbre de la OTAN en Bruselas. (EFE)
Joe Biden ofrece una rueda de prensa durante la cumbre de la OTAN en Bruselas. (EFE)

La segunda razón es que Biden no querría contaminar con su imagen las políticas de su gobierno. A veces, como apunta el periodista David Frum, para lograr que la opinión pública simpatice con tal o cual medida, lo mejor es darles una apariencia de neutralidad. Dejar que hablen por sí solas, sin que el líder se meta por el medio y acabe estampándole un sello con su cara y su firma. Hacer lo contrario, en resumen, de lo que hizo Barack Obama con su reforma sanitaria. Si uno mira las encuestas de entonces, cuanto más insistía Obama en su Ley de Cuidado Asequible, más bajaba el apoyo popular y más munición daba a los republicanos.

La tercera explicación es que Biden estaría tratando de elevar el conocimiento y la confianza de los ciudadanos en las instituciones gubernamentales. En lugar de caer en la tentación del cesarismo, el presidente deja espacio a sus altos cargos, que son quienes suelen comparecer ante la prensa. Nadie sabe más de inmigración irregular que Roberta Jacobson, Coordinadora de la Frontera Sur; nadie sabe más de colegios e institutos públicos que Cindy Marten, Subsecretaria de Educación de EEUU. Estos responsables dan información más precisa que la que podría dar un presidente y obligan a los periodistas a trabajar y a hacer preguntas más específicas.

Aparentemente, todo ha mejorado para el gremio periodístico. Hay más orden, concreción y certidumbre, más respeto a la profesión y la promesa de que sus teléfonos y cuentas de correo no van a ser espiados por el Gobierno. Pero esas solo son las apariencias. En realidad, la era Biden está siendo una difícil prueba para los medios.

Foto: El presidente de Estados Unidos, Joe Biden. (Reuters)

Los medios de comunicación suelen sentirse más cómodos, en general, cuando gobierna el adversario ideológico. Dado que los conglomerados mediáticos más grandes e influyentes de Estados Unidos tienden ideológicamente al la izquierda, las épocas de gobiernos republicanos resultan ser más dinámicas y apetitosas. No hay nada como la heroína de la indignación que da una presidencia republicana; después de Donald Trump, que ha hecho de los medios los camellos gratuitos de su mercancía, el mono que experimentan los periodistas y el público está siendo especialmente agresivo.

En los últimos meses, las audiencias de los grandes canales televisivos se han desplomado con fuerza, sobre todo en el caso de la CNN. En abril, el buque insignia del progresismo mediático vio caer sus televidentes casi a la mitad con respecto a las mismas fechas de 2020: un 47%. La bajada es mucho mayor si comparamos las cifras del domingo 23 de mayo con las cifras de enero, cuando Trump aún era presidente. La agencia Nielsen reportó un recorte del 67% de la audiencia. El lunes 24 de mayo no hubo ningún programa de la CNN que rebasara el millón de espectadores.

Ahora que el magnate ya no da mucho que hablar, el 'Times' está viendo cómo se ralentiza el crecimiento de las suscripciones

Una dinámica similar se aprecia en la prensa escrita. 'The New York Times' inició 2016 con poco más de dos millones de suscriptores. A finales del año pasado tenía 7,5 millones. Un aumento exponencial que suele relacionarse con la cobertura de Donald Trump, cuyas noticias empapelaban habitualmente el 100% de la portada del diario. Ahora que el magnate ya no da mucho que hablar, cancelado como está en las grandes redes sociales y sin un cargo político concreto, el Times está viendo cómo se ralentiza el crecimiento de las suscripciones. Una situación que le obliga a diseñar nuevas estrategias. Por ejemplo, la absorción de otros medios de comunicación.

Según Axios, el 'Times' está tratando de comprar 'The Athletic', lo cual le permitiría absorber su millón de suscriptores 'online'. Al mismo tiempo, estudia expandir otros servicios, como los consejos de cocina, la información para niños o sus productos de 'merchandising'. El objetivo es alcanzar los 10 millones de suscriptores para el año 2025. Una misión para la cual no pueden contar con la Casa Blanca de Joe Biden.

Joe Biden The New York Times Barack Obama Síndrome de abstinencia
El redactor recomienda