Una pulsera de $6 billones: la ‘singularidad Ayuso’ en un mundo fascinado con los Bidenomics
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a su pulsera la llamó libertad

Una pulsera de $6 billones: la ‘singularidad Ayuso’ en un mundo fascinado con los Bidenomics

Si los Bidenomics representan un cambio de paradigma que muchos pregonan que traerá la pandemia, la pulserita de Ayuso es el discurso que ha desafiado exitosamente esta narrativa global

placeholder Foto: Isabel Díaz Ayuso. (EFE)
Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

“Libertad es llevar una pulsera que dice libertad sin tener que ocultarla”. En la noche del martes, Isabel Díaz Ayuso explicaba así, en sus propios términos, las claves de su rotunda victoria en los comicios de la Comunidad de Madrid. Una definición que, si bien queda lejos de la primera acepción recogida por la RAE —facultad natural para obrar, o no, de una manera o de otra que nos hace responsables de nuestros actos—, ha servido a la presidenta madrileña para elevarse, de la noche a la mañana, a la exclusiva categoría de fenómeno político. Uno cuya mejor síntesis podría ser, precisamente, esa pulsera.

En un mundo fascinado por el giro keynesiano que Joe Biden quiere imprimir a la economía baluarte del neoliberalismo universal —un colosal plan de gasto público e intervención estatal de seis billones de dólares bautizado como Bidenomics—, la presidenta madrileña arrasó frente a sus adversarios en las urnas con una sola idea —”burda, pero genialmente eficaz”, en palabras del 'Financial Times'—. Tan sencilla que cabe perfectamente en un simple pedazo de tela anudado a la muñeca.

Foto: Los miércoles a la sombra. (Héctor G. Barnés)

“No entienden nuestro modo de vida”, seguía explicando la política del Partido Popular a sus maravillados simpatizantes desde la tribuna de la calle Génova. “No se puede hablar por todos, no se puede cerrar todo y no se puede decir ‘aquí tienes una paga que sacará adelante tu vida”.

Si los Bidenomics representan ese cambio de paradigma económico y social que muchos pregonan que traerá la pandemia, la pulserita de Ayuso es el discurso que ha desafiado exitosamente esta narrativa global, convirtiendo Madrid en una rareza en el atlas electoral de la pandemia. "Su victoria puede tener reverberaciones en Europa, anticipando el hastío de unos votantes hartos de los confinamientos de la pandemia. Incluso podría insuflar ánimo a otros partidos de centro derecha, divididos entre la tradicional moderación democristiana y el atractivo popular de la polémica extrema derecha", agregaba el influyente rotativo británico.

Para calibrar con más precisión la ‘singularidad Ayuso’, nada mejor que entender el contexto global en que se genera.

Una alternativa a la fatiga pandémica

La pandemia ha revalorizado el concepto de lo público. En las sociedades desarrolladas, el apetito por dar más peso al Estado crece tanto en la izquierda como en la derecha. Medidas redistributivas, como subir los impuestos a los ricos, proveer un ingreso mínimo universal, construir más vivienda pública o ampliar las políticas asistenciales, reciben un respaldo de entre el 70% y el 80% en países como Alemania, Reino Unido, Francia y el propio Estados Unidos, según un estudio de Pew Research realizado en otoño.

Así que gobiernos de todas las latitudes e ideologías están tratando de ganarse el favor popular proponiendo grandes planes de inversión para reactivar sus economías tras un año de confinamientos, cierres comerciales y restricciones de movilidad. Pero no Ayuso, quien impulsó una campaña sin promesas, ni planes ni cifras, guiada por una lectura diferente del pulso social.

placeholder Joe Biden. (Reuters)
Joe Biden. (Reuters)

“Las cuestiones relacionadas con el papel del Estado (o en este caso, del Gobierno de la Comunidad de Madrid) y los servicios públicos no han sido las cuestiones centrales en la campaña electoral, ni siquiera durante el año de pandemia”, explica Luis Cornago, analista en la agencia de riesgo político Teneo. Así, mientras la izquierda era incapaz de elevar estos temas en la campaña —dividida en una cacofonía a veces contradictoria—, Ayuso fijó un marco de referencia claro y no se salió de ahí. “Con la bandera de la libertad, entendida de una forma bastante particular, ha logrado atraer a electores relativamente diversos en un contexto de gran fatiga pandémica”, recalca Cornago.

Con esta estrategia, la líder popular evitó encharcarse en un debate con la oposición sobre el afecto de los madrileños por los servicios públicos, ni su candidatura pretendía dirimir el debate Estado-mercado. Simplemente, obvió el tema y se dedicó a su pulsera. Pese a que la opinión pública europea, hasta la fecha, ha premiado la popularidad de los candidatos que se han mostrado más firmes con las restricciones, ella ofrecía, a contracorriente, volver a la normalidad. Supo leer que la tolerancia de los madrileños a la crisis sanitaria había aumentado enteros respecto al año anterior y se aprovechó de la inconsistencia del Ejecutivo nacional en su gestión de la emergencia.

Foto: Ilustración: EC.

“El factor determinante para explicar la amplitud de la victoria de Ayuso es menos el 'liberalismo' que la apuesta —no por arriesgada menos exitosa— por reducir lo posible las restricciones a la actividad económica pese a la pandemia”, afirma por su parte Manuel Arias Maldonado, autor del libro ‘Nostalgia del soberano’ y profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. “En una situación excepcional, no creo que ese voto pueda interpretarse ni como liberal ni como antiestatista, ya que, ¿de qué sirve la promesa de acción del Estado cuando tu negocio o empresa se juegan la ruina?".

El regreso de papá Estado

Mientras en Madrid se discutía sobre fascistas, comunistas, balas y bares, al otro lado del Atlántico el presidente Biden presentaba a la nación su plan para levantar el país de la lona financiera en que lo postró el covid. “Propongo el Plan de Trabajo Americano [The American Jobs Plan], una inversión única en nuestra generación, el plan de empleo más grande desde la II Guerra Mundial”, dijo el demócrata en su discurso ante las dos cámaras del Congreso el pasado 29 de abril.

No exagera el ‘tío Joe’. Habían pasado 25 años desde que Bill Clinton declarara el fin de la era del Gran Estado en su discurso del estado de la Unión de 1996. El demócrata certificaba la patente primacía del llamado consenso de Washington, cuya teoría daba por buena la capacidad del mercado para autorregularse y cuya práctica fue objeto de debate en administraciones como la de Ronald Reagan y Margaret Thatcher —y, en mayor o menor medida, las que las siguieron—.

Pero papá Estado está de vuelta. En marzo, el presidente de EEUU firmó un paquete de rescate de 1,9 billones de dólares para paliar las consecuencias más directas del coronavirus en la economía estadounidense. Por ponerlo en perspectiva, el plan europeo es casi tres veces menor. Tres semanas después, anunció una propuesta —Reconstruir Mejor— de 2,3 billones de dólares para modernizar infraestructuras, transición ecológica y digitalización. Adicionalmente, propuso otro estímulo de casi dos billones llamado Plan para la Familia Americana, con el que trataría de ampliar la paupérrima cobertura social del país.

Foto: Isabel Díaz Ayuso, junto a Casado. (EFE)

Son un total de seis billones de dólares —o un 27,5% del PIB— cuya ambición y alcance se compara repetidamente con el célebre New Deal con que Franklin D. Roosevelt sacó a EEUU de la depresión de 1929. Los Bidenomics, por el momento, han contribuido a cimentar la popularidad del mandatario —un 59%, según Pew Research—, aplacando los ánimos tras la brutal transición del trumpismo y ganándose elogios a izquierda y derecha. Algunos analistas europeos se han preguntado incluso si Biden no estaría dando una lección de socialdemocracia a los propios europeos.

“Los 750.000 millones de euros del plan NextGeneration EU que nos parecían una pasada de Europa, ahora nos están pareciendo poco viendo el plan de Biden”, explica el economista Xosé Carlos Arias, coautor junto a Antón Costas del libro 'La nueva piel del capitalismo'. “La UE va a tener que enfrentarse a jugadores globales que están llevando a cabo grandes transformaciones de sus economías a través del Estado y, si quiere seguirles el ritmo, deberá imitarles para evitar el estancamiento secular”.

Ayuso también ha ido contracorriente en este sentido. En abril del año pasado, con el coronavirus desatado y el país sumido en los ERTE y la incertidumbre, la presidenta madrileña criticaba abiertamente el ingreso mínimo vital, la insignia social del Gobierno de Pedro Sánchez. "Las personas quieren su trabajo, quieren tener sus metas, conquistar sus sueños. No quieren eternamente estar entregados en casa a la dependencia de una subvención y un regalo", aseguró entonces. Un año más tarde, Madrid es la única autonomía que no ha dado ayudas directas a la hostelería, pero la dejó abierta. Resultado: 'patrona de los bares'.

Foto: El presidente de Estados Unidos, Joe Biden. (Reuters)

¿Quién pagará la fiesta?

Tanto los Bidenomics como el plan NextGeneration EU no son gratis. El festival de gasto público que se avecina vendrá inevitablemente acompañado de medidas recaudatorias para tratar de cuadrar las cuentas. El presidente norteamericano, cuyos planes todavía deben pasar por la guadaña del Congreso y el Senado, asegura que financiará su plan subiendo la presión fiscal a los ricos, a las grandes empresas y a las corporaciones que esquivan impuestos mediante complejos esquemas contables internacionales. Medidas populares incluso entre los votantes republicanos.

En Europa, cada país prepara su propio plan de ajuste para aumentar los ingresos. El Gobierno de Sánchez ya plantea ensanchar las bases imponibles, poner peajes en todas las autopistas y grabar productos contaminantes, entre otras medidas que afectarán también a las rentas medias y bajas. Porque no se trata solo de salir de la crisis, dicen los políticos. Entreverados con el 'shock' de la pandemia, Washington y Bruselas quieren vender estos paquetes como una oportunidad de acometer reformas estructurales y transiciones económicas largamente demoradas para fomentar la economía verde, políticas de igualdad y justicia social.

"Como ha sucedido en otros ámbitos, la pandemia ha acelerado los cambios en el consenso económico. Pero no hay que olvidarse de que esto ya estaba sucediendo. Por ejemplo, al menos desde 2017, el Fondo Monetario Internacional estaba sugiriendo que era necesario ampliar las bases impositivas para reducir la desigualdad y que esto no necesariamente tenía un impacto negativo en el crecimiento económico", recuerda Cornago.

placeholder La canciller alemana, Angela Merkel. (Reuters)
La canciller alemana, Angela Merkel. (Reuters)

¿Qué ha hecho la presidenta Ayuso? Prometer "la mayor bajada de impuestos de la historia", con deducciones para jóvenes, familias, arrendadores y emprendedores. De nuevo, un verso suelto en el 'momentum' general que impera en Europa, donde la crisis financiera de 2008 dejó dolorosas lecciones sobre el riesgo de demorar la expansión del gasto público en un momento de recesión severa.

Ningún ejemplo mejor que la única líder que vivió esa crisis en su actual puesto. Si Angela Merkel saltó al imaginario colectivo europeo como el rostro perverso de la 'Troika' de Bruselas que imponía condiciones draconianas a sus rescates, una década después ha sido instrumental para lograr pactar y desbloquear los fondos acordados por la UE bajo el espíritu de no dejar a nadie atrás. "Nadie en Europa se quedará solo. Nadie en Europa será abandonado", dijo en una reciente sesión parlamentaria.

"La economía europea demanda un plan de transformación muy grande para hacer frente a la digitalización y a la renovación ecológica, y esto solo se puede hacer con un mayor papel del Estado", afirma el economista Xosé Carlos Arias. "Nuestras economías tienen déficits importantes, deuda pública muy alta. ¿Cómo vas a bajar los impuestos en esas condiciones? Ayuso ha sido capaz de domar esta contradicción y usarla a su favor".

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