Madrileños, no estáis solos: el odio hacia las capitales es cada vez mayor
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OLA ANTIPARISINA EN BRETAÑA

Madrileños, no estáis solos: el odio hacia las capitales es cada vez mayor

Coches rayados, insultos y una escalada de tensión: el antiparisismo manifestado en la Bretaña francesa es el mejor ejemplo de una tendencia que va a ir en aumento

placeholder Foto: El Paseo de los Ingleses en Niza. (Reuters/Eric Gaillard)
El Paseo de los Ingleses en Niza. (Reuters/Eric Gaillard)

Estamos hartos de que nos insulten”. “Me han rayado el coche”. “Lo que me enfada, lo que me da cólera, lo que me entristece, es ver que esta ‘guerra civil’ se considera normal”.

Al otro lado del campo de batalla: “Se creen que están de vacaciones, haciendo 'footing' todas las mañanas debajo de nuestra ventana”. “Es una falta de civismo que no puedo defender”. “Nos cabrean. Olas como estas son una locura. Se piensan que están de vacaciones”. “Es fácil reconocerlos, son los que no llevan mascarilla”.

"En Saint-Malo nunca se ha visto un sentimiento antiparisino semejante"

No, no se trata de madrileños en el Levante, ni siquiera de franceses y alemanes en Madrid. Estos testimonios, avistados en una decena larga de artículos de la prensa francesa, han sido recogidos en la Bretaña francesa, donde muchos parisinos tienen su segunda residencia. La región a la que escaparon en la primera ola, en la segunda y donde volvieron a huir la pasada semana después de que el primer ministro Jean Castex anunciase el cierre de la capital. Como publicaban los medios franceses, el anuncio agotó todos los billetes de los trenes de París a Bretaña.

El director de una empresa llamado Benoît razonaba que “quedarse en París, sin restaurantes, sin bares, sin museos y sin espectáculos, no tiene mucho interés. Es menos arriesgado irse de la capital para estar al aire libre que quedarse e ir a cenar a casa de los amigos en un lugar cerrado”. “En Saint-Malo nunca se ha visto este sentimiento antiparisino”, titulaba ‘Libération’ el pasado sábado. En marzo del año pasado ya empezaron a notarse las consecuencias: durante el primer fin de semana de confinamiento, 15 automóviles con matrícula de fuera de Bretaña sufrieron destrozos.

Foto: Varias personas en la terraza de un restaurante de la playa de Calabardina, Águilas. (EFE)

“Se supone que desde el anuncio no puedes hacer viajes interregionales, pero la gente, entre quedarse en París, donde tenemos toque de queda a las siete de la tarde, o ir a la segunda residencia, se marcha”, razona Pedro Javier Soria Espín, estudiante murciano que vivió en Nantes y ahora cursa un máster en París. “Desde un punto de vista individual se comprende, desde un punto de vista colectivo, la gente de los pueblos dice: ‘Hemos llegado a casos casi cero y ahora vienen estos a contagiarnos, no vamos a salir nunca del bucle”.

Como añade Timo Obergöker, profesor de Francés y Estudios Culturales Franceses en la Universidad de Chester, “la pandemia es una lente amplificadora de todo tipo de conflictos que estaban bajo la superficie y ahora explotan”. La punta de un iceberg mucho mayor. “El antiparisismo siempre ha existido en Francia y la gente siempre se ha reído de los parisinos esnobs, pero esto ha alcanzado una nueva dimensión”, explica. “El virus son los otros: piensa en la ‘gripe española’ de Kansas, la sífilis era francesa, italiana o alemana, dependiendo de a qué otro país odiaba cada país”.

"Los parisinos tienen trabajos bien pagados y la posibilidad de huir del virus"

Estos enfrentamientos ponen de manifiesto una realidad más compleja que la de la rivalidad regional: la de brecha económica, social y cultural entre las ricas capitales y la empobrecida periferia. “Así que el primer reflejo era higiénico, pero hay un problema más profundo”, prosigue el profesor. “Los parisinos suelen tener sus casas de verano en el oeste de Francia, a menudo en el Atlántico. Hay una división económica: los parisinos tienen trabajos bien pagados en la industria de servicios, los del oeste de Francia, en el sector hotelero o la economía ‘real’, así que no han podido trabajar desde casa. Debido a esta brecha de riqueza, los parisinos tienen gustos más ‘exquisitos’ y tienden a despreciar a aquellos con gustos más modestos o populares, y a menudo su comportamiento ha sido irrespetuoso”.

“Hay una profunda y continua frustración sobre aquellos que pueden viajar y los que se quedan en casa: ‘bajo arresto’ (‘assignés à residence’) ha sido un potente término utilizado por los chalecos amarillos”, añade.

Parisinos, pioneros del odio

A simple vista, parece tan sencillo como cambiar “París” y “Bretaña” o “Baja Normandía” por “Madrid” y “Murcia” para comprobar que en todas partes cuecen habas. Aunque es posible que París sea la capital más odiada del mundo: “Hay un fenómeno más reciente y coyuntural, que es parecido a lo de Madrid con el Levante, y otro más antiparisino de largo recorrido”, explica Soria. “París es una de las ciudades con un efecto capital más fuerte, donde todo se acumula de una forma mucho más marcada que en Madrid”.

“Me preguntaba si ese odio era matizable, si había forma de ponerlo en duda, pero pregunté a mis colegas y no, me dijeron que existe un odio claro”, añade Berna León, profesor en el Instituto de Estudios Políticos de París. “Hay gente que se siente incómoda sacando su matrícula fuera de Île-de-France”. Un factor clave es que no existe un ‘greater París’ como en Madrid o Londres: “Hay un odio, sobre todo entre los chalecos, de que los parisinos tienen su piso ‘bobo’ [bohemio burgués] en el centro de la ciudad y pueden permitirse el lujo de no usar el coche, por lo que, cuando implementan medidas de limitación, perjudican al trabajador de la ‘banlieu’ desde una posición de privilegio”.

Un privilegio que se refleja en la posibilidad de huir de la pandemia en momentos de crisis. El choque entre los ‘franciliens’ y las provincias es también cultural: la actitud habitual es la de la ridiculización. “Lo que hacían mis amigos de Nante eran imitar esa figura del ‘bobo’ parisino, del joven de mediana edad que se cree el rey del mundo y se pone a criticar que no hay bares con ‘rooftop’ o tanta vida cultural”, añade Soria. “Cuando van a Nantes, Grenoble o sitios más pequeños, quieren sus ambientes ‘chill out’ con cerveza artesanal del norte de Bélgica 'supercool', pero en una terraza de bar de pueblo”.

"Ningún miembro del Gobierno sobreviviría más de 10 minutos en Brive-la Gaillarde"

París es una buena guía de cómo conseguir que te odie el resto del país. Una de las claves se encuentra en la concentración de las grandes escuelas, centros estrella del sistema educativo, en la capital. “Si eres de provincia la única manera de poder tener éxito político y económico es ir a París”, recuerda León. “Hay pocas posibilidades de formar parte de las élites del país si te quedas en Lille o Burdeos”, añade Obergöker. “Ninguno de los miembros del Gobierno sobreviviría más de 10 minutos en el Café de La Poste en Brive-la-Gaillarde”.

Mientras que el antimadridismo en España ha estado atenuado por el contrapeso de Barcelona, que durante mucho tiempo jugó el rol ‘bobo’ en nuestro país, el proceso de separación entre lo urbano y lo rural ha provocado la aparición de movimientos por la España rural como Soria Ya o Teruel Ya y, en Francia, la aparición de movimientos rurales relacionados con el ecologismo y el retorno a valores no capitalistas. “Todo lo que hacía especial el estilo de vida francés parece haber desaparecido, y solo se respeta en el estilo de vida parisino globalizado de la ‘nación start-up’ que Macron quería establecer”, concluye Obergöker.

Capitales odiadas por el mundo

Los recelos hacia la capital por el resto del país son frecuentes, habituales y fácilmente palpables. Prácticamente cada país tiene su equivalente a Memes Castellanos (que en Francia toman la forma de Memes décentralisés). Como recuerda Berna, el establecimiento de distritos federales en Latinoamérica o EEUU fue una manera temprana de atenuar el efecto capital que favoreciese a una región concreta. La capitalidad de Washington, o la creación artificial de capitales como Brasilia, Nuakchot en Mauritania o Chandigarh, capital de Punjab y Haryana en la India, son buenos ejemplos.

Basta con hacer un poco de espeleología por los foros de internet (Reddit, Quora) para darse cuenta de que es un fenómeno común, especialmente en Europa, donde la capitalidad suele recaer en la ciudad de mayor tamaño, peso económico y con una historia más larga. Como señala Obergöker, “esa sensación de que alguien que vive en Berlín-Prenlauer Berg, en París La Bastilla o en Londres Shoreditch probablemente tiene más en común con alguien de Brooklyn o Toronto que con una persona que vive en un lugar más pequeño 50 kilómetros más allá”.

Empecemos. ¿Polonia?

“En Silesia odiar Varsovia es parte de la cultura regional por ser la única región más rica del país. La gente de la Pequeña Polonia odia Varsovia porque ‘Cracovia era mejor capital’. La gente en Pomerania odia Varsovia porque el reto lo hace. La gente en Masovia piensa que toda la región es Varsovia”.

¿Suecia?

“Es común, pero también es común que la gente de Estocolmo desprecie a la gente que no lo es. En este video el líder del partido moderado dice que los ‘lantisar’ (‘paletos’) son menos inteligentes que los estocolmenses”.

¿Finlandia?

Helsinki apesta. Todo el poder se concentra en el sur. Hacen como si el norte no existiera. Quieren que parezca que Helsinki es Finlandia”.

"Los de Oslo se piensan que les odian en el resto del país. No están desencaminados"

¿Países Bajos?

“Cuando la gente me pregunta por qué no me gusta Ámsterdam no sé qué decir. No es que no me guste, es que no veo ninguna razón para que te guste. Es como cualquier otra ciudad holandesa, pero cinco veces más cara, con gente más esnob y arrogante”.

¿Noruega?

“Cuando Oslo se presentó a las Olimpiadas de 2022, la mayoría del país no quería que lo ganásemos, y cuando se retiró por falta de apoyo nacional, había mucha gente de Oslo que acusaba al resto del país de odiar su capital. No estaban desencaminados”.

¿Lisboa?

Lisboa está llena de 'hipsters' que van al centro para pasear sus ropas 'supercool'. Soy de Oporto y tengo miedo de que se convierta en Lisboa parte 2”.

¿Washington D. C.?

“D. C. es uno de los peores lugares para vivir en América. Entre la alta criminalidad, un coste de vida que se acerca al de Nueva York y la imposibilidad de tener representación, es más una prisión colonial que una ciudad”.

¿México DF?

“Casi cualquier mexicano que no ha estado en México DF tiene una mala imagen, y muchos de los que la han visitado siguen pensando así. Siempre he pensado que México DF era el agujero más feo de la Tierra, lleno de gente, polución y maleducados. Lo visité y mi impresión mejoró, pero es fácil ver por qué la gente piensa así, es una de las ciudades más pobladas del mundo y estar en un valle no ayuda a la contaminación. Los chilangos (habitantes de México DF) a veces son arrogantes que ven a los no-chilangos como paletos”.

¿Es que acaso hay alguna excepción? Berlín, propone Obergöker. “Alemania es una excepción porque Berlín es pobre y no produce nada, así que lo que la gente odia es su ‘hipsterismo relajado’, pero odian mucho más a Múnich con su riqueza, sus coches y su exitoso club de fútbol”. El fútbol es a menudo el mejor reflejo de ese efecto capital que se refleja en 13 Copas de Europa del Madrid y el odio hacia los nuevos ricos del Paris Saint-Germain de Neymar y Mbappé. Dinero y fútbol, ¿quién necesita más?

Estamos hartos de que nos insulten”. “Me han rayado el coche”. “Lo que me enfada, lo que me da cólera, lo que me entristece, es ver que esta ‘guerra civil’ se considera normal”.

París Bares
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