"No nos queda nada": 10 años de guerra en una Siria a la que millones no pueden volver
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REFUGIADOS EN EL LIMBO

"No nos queda nada": 10 años de guerra en una Siria a la que millones no pueden volver

La guerra civil siria dejó a miles de refugiados sin un hogar al que volver, y el Gobierno de Bashar al Assad se ha encargado de confiscar lo poco que les quedaba

placeholder Foto: Niños refugiados sirios juegan frente al campo de refugiados del valle de Bekaa, en Líbano. (Foto: Reuters)
Niños refugiados sirios juegan frente al campo de refugiados del valle de Bekaa, en Líbano. (Foto: Reuters)

“¡Volver!”, exclama con asombro Abu Ahmed (nombre ficticio) ante la pregunta de esta periodista sobre si tienes planes de regresar a Siria. Este desertor de 51 años sirvió al ejército sirio durante tres décadas, pero tras presenciar la masacre en el barrio Karam el Zeitun, en Homs, en marzo de 2012, en la que milicias chiíes apoyadas por soldados regulares degollaron a medio centenar de mujeres y niños, se arrancó de cuajo las cuatro estrellas del uniforme para pasarse al rebelde Ejercito Libre de Siria (ELS). “Ese no era el ejército al que he servido desde 1988. Fue monstruoso. Ya no conocía a mis compañeros; empecé a verles como a enemigos”, expresa el comandante al rememorar aquel trance.

El teniente desertor justifica que al principio fueron “engañados” porque les dijeron que entre los manifestantes había “terroristas infiltrados desde Israel”. Pero lo cierto, agrega, es que “en las manifestaciones nunca vi nada de eso”. “Teníamos el teléfono pinchado, no podíamos hablar ni cuestionar nada. Teníamos miedo”, confiesa el exmilitar del régimen. “Sólo me arrepiento de no haber abandonado antes. Cada vez que pienso en la Plaza del Reloj de Homs, me recuerda que fui un cobarde por no haber ayudado a los manifestantes”, sentencia.

Tras desertar, el comandante Abu Ahmed formó su propia “katiba” rebelde con 50 combatientes y ayudó también a otros soldados del Ejército que querían huir. Una mañana, a principios de 2013, su hijo salió a comprar el pan y oyó la conversación de unos soldados que preguntaban por su padre. Regresó corriendo a la casa para contárselo y con ayuda de un hermano logró huir en una camioneta a la frontera con el Líbano y cruzó de ilegal. Desde entonces vive en la ciudad costera de Trípoli (norte del Líbano) como refugiado y no podrá regresar a Siria a menos que haya una sincera amnistía para los desertores. En octubre de 2018, el presidente Bashar Al Assad prometió una dentro y fuera del país, pero pocos le tomaron en serio.

Foto: Mohamed Shubat (derecha, con la cámara) en Siria. (Cedida)

La deserción de Abu Ahmed le costó a la familia tener que vivir bajo amenazas constantes del régimen. Un hermano suyo fue detenido y todavía no se sabe nada de él. Como recordó recientemente, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, una década después, “sigue sin conocerse el destino de decenas de miles de personas desaparecidas por las fuerzas del Gobierno sirio.”

Miles de soldados, reservistas y jóvenes en edad de prestar el servicio militar huyeron de Siria, y otros miles acabaron en centros de detención. Las deserciones y los insumisos se convirtieron en el talón de Aquiles de Assad, que tuvo que recurrir al apoyo militar de Rusia e Irán, patrocinador de las milicias chiíes de Hezbolá en el Líbano e Irak, al ver que estaba perdiendo el poder. El comandante Abu Ahmed explica que “en solo seis meses se pasó de una revuelta popular a una guerra abierta” entre combatientes chiíes contra rebeldes suníes del ELS, a los que el régimen tachó de “takfir” (infiel). El ELS se disolvió posteriormente, por las disputas entre rivales de la región (Qatar y Arabia Saudí), y estas fuerzas fueron remplazadas por combatientes radicales salafistas, apoyados por Turquía, con alianzas con grupos yihadistas como el Frente Al Nusra (filial de Al Qaeda en Siria) y el Estado Islámico (o Daesh).

La inclusión de grupos radicales islámicos en las filas opositoras le dio luz verde al régimen para atacar deliberadamente, con el apoyo terrestre de las milicias chiíes y de las fuerzas aéreas rusas, a la población civil en las zonas rebeldes. Después, con la aparición de los yihadistas del Daesh a finales de 2013, que se extendieron de Irak a Siria, fuerzas internacionales de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, entre otros aliados occidentales y regionales, comenzaron a bombardear Siria. Esta alianza internacional contra el Daesh se alió a su vez con las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), de mayoría kurda, que se convirtieron en blanco de Turquía, que también atacó el norte de Siria. Así fui como el país árabe se transformó a partir de 2014 en el campo de juego de los intereses internacionales y regionales.

Foto: La bandera de las Fuerzas Democráticas Sirias sobre un edificio en ruinas en la provincia de Zor. (Reuters)

La guerra de Siria ha dejado hasta la fecha un coste humano de cerca de medio millón de muertos, cinco millones de refugiados y más de seis millones de desplazados internos. Cuando ha entrado el undécimo año de conflicto, al régimen sirio aún le queda por recuperar alrededor del 25% del territorio nacional, distribuido entre las FDS, que controlan el noreste de Siria y las facciones opositoras que controlan parte de la provincia de Idlib (noroeste). En un país devastado, para cuya reconstrucción se necesitan entre 250.000 y 450.000 millones de dólares, el retorno de los refugiados se presenta como un gran reto. “¿A dónde regresar?” es la pregunta que se hacen millones de refugiados.

“No nos queda nada. Ni tierras ni granja ni vivienda”, lamenta Ayman Al Khan, de Al Qusayr (Homs), una de las zonas más castigadas por las fuerzas gubernamentales y Hezbolá en 2013. “El régimen lo confiscó todo”, se queja el refugiado. Ahora sus tierras han sido ocupadas por las milicias chiíes y sus familiares como parte de la campaña del régimen para un cambio demográfico de Siria. En 2018, el gobierno sirio emitió una nueva ley conocida como Ley Nº10, que permite a Damasco confiscar las propiedades de millones de refugiados sirios y desplazados internos si no se presenta la documentación estipulada en un plazo de entre 30 a 45 días al registro de la propiedad.

“Cuando huimos de Siria solo cogimos nuestros documentos de identidad. Cómo vamos a poder reclamar ahora nuestras propiedades. Si volvemos no tenemos a donde ir”, advierte Al Khan. Su situación, como la de cientos de miles de refugiados sirios, ha empeorado dramáticamente por la demoledora crisis económica en el Líbano. El país del Cedro es el que más refugiados per cápita tiene del mundo, según la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Con una población de 6,8 millones de habitantes, el Líbano llegó a tener hasta 1,5 millones de refugiados sirios en 2015 y en octubre de 2020, el número había descendido a unos 865.000.

Foto: Traslado de un paciente en Dresde (EFE)

Según las estadísticas de ACNUR, el 88% de los refugiados sirios vive hoy bajo el umbral de la pobreza, es decir con menos de 2 dólares al día, en comparación al 55% en 2019. Las ayudas de Naciones Unidas siguen siendo las mismas, o sea 500.000 libras libanesas, que antes de que la divisa perdiera del 80% de su valor, equivalía a 350 dólares y ahora apenas llega a 50. Con cinco bocas que alimentar, a Al Khan no le ha quedado otra que poner a trabajar a sus dos hijos más mayores, de 12 y 14 años. Al igual que ellos, el 60% de los menores sirios, que son más de la mitad del total de un millón de refugiados en Líbano, no va a la escuela, según Naciones Unidas.

Un porcentaje similar se repite en otros países de la región que acogen a los refugiados, sin contar los miles de menores que acabaron siendo reclutados por el Daesh u otras milicias yihadistas, lo que representa una generación perdida de sirios. Los retos de la Siria de posguerra son muchos. Más de la mitad de la población de antes de la guerra es desplazada o refugiada. Después de una década como refugiados, a los países de acogida les empieza a molestar la presencia de sus vecinos sirios. Pero la vuelta a Siria no se plantea como la solución para los más de 5 millones de refugiados, ya que son pocas garantías de que con el regreso vayan a mejorar sus vidas.

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