Un Óscar que no sirve de nada: las empleadas del hogar, despedidas y abusadas en México
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Abusos a las trabajadoras del hogar

Un Óscar que no sirve de nada: las empleadas del hogar, despedidas y abusadas en México

Cerca 800.000 trabajadoras del hogar en México se quedaron en la calle entre marzo y julio. Y la situación empeora

placeholder Foto: Una trabajadora doméstica mexicana. (Reuters)
Una trabajadora doméstica mexicana. (Reuters)

El sueño de Ruffina (pseudónimo) es conocer Francia. El grato recuerdo de un antiguo empleador francés ha alimentado esa fantasía durante años.

El de Lila (pseudónimo) era haber estudiado enfermería o trabajar para el Ejército mexicano. Sí, “era”, porque cuando tuvo a su bebé con 22 años sus anhelos se esfumaron.

El de Milagros (pseudónimo) es que llegue el día en el que pueda trabajar y sentirse como una persona y no como un objeto.

Estas tres mujeres son trabajadoras domésticas. Son personas que se sienten invisibles ante sus empleadores y, muchas veces, ante el resto de la sociedad. Comenzaron contando su historia, pero más adelante, cuando volvieron sobre sus sueños en la vida, en esa segunda ocasión la crudeza en las respuestas no se pudo maquillar.

“No tener que soportar que me acosen sexualmente para mantener mi trabajo. Sueño con tener uno en el que no arriesgue el futuro económico de mis hijas contando faltas de respeto”, respondió Ruffina, que a sus 50 años domina el arte de tragar las lágrimas para no romperse frente a alguien más.

“Comerme una manzana sin la culpa de saber que la estoy robando”, respondió Lila apurando cada palabra que tropezaba en su voz.

“Sueño con despertar y darme cuenta de que todo ha sido una pesadilla. No puedo borrarme la imagen de ella riéndose de mi”, dijo Milagros, describiendo una escena en la que su empleadora se burlaba de ella, mientras estaba inmóvil en el suelo sufriendo tras una caída desde las escaleras. Al poco tiempo, después de haber trabajado dos años en esa casa, la despidieron. Por supuesto, sin liquidación, sin un “gracias por su trabajo”, y sin haber estado jamás dada de alta en la seguridad social.

Las tres se han ganado la vida limpiando casas que no son suyas. Ninguna ha visto jamás un contrato laboral.

Foto: Una cola en Tijuana, México. (Reuters)

Ruffina –que ganaba cerca de 300 euros al mes, repartidos entre tres trabajos que realizaba para una misma familia– soportó que su empleador la acosara durante un año, y que un día éste la besara y le metiera mano. ¿Por qué lo permitió? Como ella misma lo sostiene: “el hambre puede más que todo”. Ahora no sabe si trabajará más para ellos o no. Desde mayo no le responden si puede presentarse a trabajar; ya han dejado de cogerle las llamadas. En pocas palabras, su situación con ellos se encuentra en un limbo. Por supuesto, no ha cobrado ninguna ayuda, paro, ni seguridad social.

Lila –que gana poco menos de 300 euros al mes– vive con la constante preocupación de que el asma y la presión baja que padece no la traicionen durante sus jornadas diarias de 14 horas de trabajo (según datos oficiales, en México las empleadas del hogar trabajan 39 horas a la semana en promedio, mientras que los hombres, haciendo las mismas labores, sólo pasan 14 horas en sus puestos de trabajo). Claro, porque ella no tiene ‘permiso para enfermarse’ –en alguna ocasión le preguntó a su empleadora si podía ir al médico en caso de encontrarse mal y ésta le dijo que no, que “no tenía permiso”–. Muchísimo menos, salir al cine, a dar un paseo, o, por ejemplo, coger una fruta (esa, y el resto de la comida, está reservada para los propietarios de la casa y sus hijos).

Esas prohibiciones ya las tenía desde antes de la pandemia de coronavirus. “A veces, cuando los señores se van, la otra chica que trabaja y yo nos robamos una manzana o un melocotón y nos lo comemos a escondidas entre las dos. Si nos descubren, nos quedamos sin trabajo”, cuenta. Ella y su compañera sólo comen el pollo que (en ocasiones) la empleadora les compra.

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Unos peregrinos llevan la imagen de la virgen de Guadalupe en México. (EFE)

Ahora Ruffina hace trabajos de limpieza esporádicos y junta algún dinero para no volver a ver la nevera vacía. Lila aún conserva su empleo, pero sueña a diario con que alguien más la contrate (debido a los contagios descontrolados por covid-19 en la capital mexicana, las contrataciones de personal de limpieza están prácticamente frenadas). La vida de ambas es complicada, pero no es la peor: según datos oficiales obtenidos con una encuesta nacional de empleo, entre marzo y julio, 800.000 trabajadoras y trabajadores del hogar se quedaron en la calle, exactamente como le sucedió a Milagros.

La historia de estas tres mujeres, igual que la de muchas que pertenecían a los casi dos millones y medio de personas que trabajaban limpiando hogares ajenos en México, está escrita con pasajes de humillación e incontables casos de abusos (sexuales y laborales). Y la pandemia no ha hecho más que agudizar una situación que ya era tan crítica como normalizada.

Del trabajo invisible a los premios Óscar

Marcelina Bautista salió de su pueblo (Nochixtlán, Oaxaca, 1966) con 14 años, en una de las regiones más pobres de México. Lo hizo para trabajar en hogares de familias adineradas en la capital del país. Ese era el único camino que tenía para poder cumplir sus sueños. Comenzó a trabajar y vivió humillaciones, así como condiciones laborales que difícilmente alguien más soportaría en cualquier otro trabajo. Otro, claro, tan digno como el suyo. Sin embargo, con 17 años dijo ‘¡basta!’ y comenzó una lucha –su lucha– por visibilizar las precarias condiciones de su gremio.

Ella es la prócer de los derechos para las trabajadoras del hogar en su país. En el año 2000 fundó el Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH). Y en 2015 el Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del Hogar (SINACTRAHO): la primera organización sindical que incluye a las trabajadoras del hogar en su país. Sin embargo, su fama se disparó cuando el cineasta Alfonso Cuarón la incluyó (a ella y a Norma Palacios, otra lideresa de CACEH, así como a Ai-jen Poo, directora de la Alianza Nacional de Trabajadoras Domésticas de Estados Unidos) en el grupo de invitadas a la entrega de los premios Óscar en 2019 por su galardonada ‘Roma’: una ficción que recrea buena parte de la cruda realidad de muchas mujeres trabajadoras en México.

placeholder La actriz Marcelina Bautista, en nombre de Alfonso Cuaron, posa con el premio a mejor dirección en la alfombra roja durante la 61 edición de los Premios Ariel que otorga la Academia Mexicana
La actriz Marcelina Bautista, en nombre de Alfonso Cuaron, posa con el premio a mejor dirección en la alfombra roja durante la 61 edición de los Premios Ariel que otorga la Academia Mexicana

“Es un trabajo en el que nos han hecho sentir invisibles. Nos han denigrado porque hacemos un trabajo que sólo lo realizan las personas más pobres. Nos han humillado y nos han engañado porque muchas personas, por desgracia, aún no saben leer ni tienen estudios”, cuenta Bautista a El Confidencial.

El dato del INEGI (el INE mexicano) de que eran casi dos millones y medio de personas las que trabajaban en el hogar, limpiando, cocinando o cuidando niños y mayores, tuvo vigencia hasta la irrupción del covid-19. Según la Encuesta Nacional de Discriminación de 2017, tan sólo el 2% de ellas tenían un contrato laboral (lo que les otorga el derecho a la sanidad pública), y el 12% contaban con prestaciones como vacaciones, una paga extra a final de año, pero sin contrato, todo en la informalidad. Este 2020 está siendo el peor año en la economía mexicana desde hace décadas, y el inicio del próximo no resulta prometedor.

“La pandemia ha visibilizado y acentuado la desigualdad, pero ese es un problema que ha existido desde siempre. El confinamiento nos ha afectado económicamente a todos, pero para las trabajadoras del hogar mucho más. Ni siquiera es comparable con el resto de la población. Muchas reciben un salario miserable que no les permite ahorrar. No tienen contrato ni seguridad social”, zanja.

Foto: Oficiales de policía en las calles vacías de Ciudad de Panamá. (Reuters)

Además, en México nunca hubo un confinamiento obligatorio y total como en España e Italia. Tampoco se ha alcanzado un ‘pico’ en la pandemia: cada mes parece ser peor que el anterior, y los datos siempre son estimaciones. Se confinó sólo aquel que pudo hacerlo; el que trabaja para poder comer ese mismo día, no. Al respecto, Marcelina cuenta a este diario que su gremio se encuentra en una situación de mucho riesgo debido al uso diario del transporte público (que en México se encuentra sumamente deteriorado. Y resulta imposible garantizar el cumplimiento de las normas mínimas de higiene como la desinfección, un aforo limitado y la distancia social).

Expuestas al covid y a los abusos

“Se exponen demasiado. Están en constante riesgo de contagiarse en los autobuses, en el metro. Viajan durante horas, porque viven muy lejos de las casas en las que trabajan. Y no tienen opción. La situación es dramática”, añade.

Además, al sindicato que preside han llegado muchas quejas de trabajadoras a las que sus empleadores han exigido que sean ellas mismas las que compren el gel, los guantes y las mascarillas. “Eso significa un gasto tremendo; tienen un salario indignante. Imagínate lo que eso representa para las que ahora sólo cobran tan sólo la mitad haciendo el mismo trabajo”.

placeholder Una calle en México. (Reuters)
Una calle en México. (Reuters)

¿Es exagerado decir que muchas trabajadoras del hogar viven y trabajan en condiciones similares a la esclavitud? “No. No es una exageración. Ésta es una esclavitud moderna. Es un trabajo marginado y lleno de discriminación. La trabajadora obedece por necesidad. Y del maltrato psicológico que sufren se habla muy poco. Soportan lo insoportable. Lo hacen por la necesidad de llevar comida a sus familias”

Están prácticamente desprotegidas. “Ya se han hecho avances legales. Podemos decir que las leyes están. Esa es nuestra lucha. Pero falta mucho para que exista una conciencia fuerte por parte de los empleadores. Muchos de ellos lo saben, pero no quieren cambiar, no les conviene que sus empleados y empleadas tengan más derechos. Queremos que haya respeto, a ellas y a las leyes, no un privilegio que las deje en desventaja”.

Sufren acoso laboral, sexual… “Todos los días nos enteramos de casos de despidos injustificados, de humillaciones y maltrato, y, por supuesto, acoso. Ahora hay menos acoso sexual porque hay más información, pero sí que sigue existiendo. Está claro que muchas no denuncian por miedo y por vergüenza. La situación ha sido tan grave, que muchos casos de abuso se han normalizado. Pero nosotros trabajamos porque ellas denuncien, para que la chica que siga en ese puesto no tenga que vivir y soportar lo mismo”.

Ruffina ahora tiene más tiempo para atender una llamada. Cuenta que ella y sus hijas se han contagiado de covid-19. Ya se encuentran bien, ya lo han pasado. El diagnóstico lo supieron porque a una de sus hijas (la última en presentar los síntomas) le entregaron el resultado positivo de la prueba de sangre para detectar anticuerpos. Pero ni ella ni el resto de sus hijas se pudieron hacer la prueba: una PCR en México cuesta alrededor de 70 euros. No sabe si cumplirá su sueño de conocer París, pero sus hijas le han prometido que cuando ellas lo hagan, llevarán un puñado de sus cenizas y las esparcirán debajo de la Torre Eiffel.

Por otra parte, Lila ha dejado un mensaje de audio en el WhatsApp del periodista que escribe esta historia. Pide, con la voz cortada, que su experiencia sea contada para que las chicas más jóvenes que ella no tengan que sufrir lo mismo que ella.

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