Cartas a Joe y Donald (edición final de América, 'all in')
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Cartas a Joe y Donald (edición final de América, 'all in')

Este texto forma parte de la vigésima quinta y última edición de la newsletter diaria América, all-in desde Washington D.C. firmada por Carlos Barragán

Foto: Cartas a Joe y Donald (edición final de América, 'all in')
Cartas a Joe y Donald (edición final de América, 'all in')

Este texto forma parte de la vigésima quinta y última edición de la 'newsletter' diaria América, 'all-in' desde Washington D.C., que desde una semana antes de los comicios de EEUU ha ido desgranando las claves de esta cita electoral. Para la última edición, he decidido hacer algo distinto y enviar cartas a los dos protagonistas de la newsletter. Después, incluyo un pequeño texto de agradecimientos con una dedicatoria final. Si quieres leer las ediciones anteriores, en este enlace.

Carta dirigida a Joe Biden

Joe, ¿te puedo llamar Joe? Todo Estados Unidos te llama Uncle Joe, así que no te importará que lo haga yo. Lo primero de todo, enhorabuena por la victoria. Llevas toda tu vida queriendo ser presidente y, al final, lo has conseguido.

El discurso que diste el sábado no estuvo nada mal. Parecía que tenías 10 años menos… ¿qué cenaste? Tampoco te vengas arriba. Me han dicho que eres bastante afable y encajas bien las críticas, así que te voy a ser sincero: normalmente tus discursos siempre parecen de hojalata (“decencia”, “unión”, “sanar”, ¿te cobran por usar otras palabras?). Digámoslo claro: tu fuerte no es la oratoria. Tampoco te voy a juzgar mucho porque cuando yo me pongo a hablar delante de 50 personas me tiembla la voz.

En cualquier caso, entiendo que a los demócratas se les saltaran las lágrimas. Millones de personas esperaban este momento desde hace cuatro años. Te ha votado mucha gente, Joe. Más que a nadie en la historia del país. Y te han elegido a ti por dos simples motivos: no te llamas Donald y le caes bien a todo el mundo. Y quizá por un tercero: tus ciudadanos quieren apagar la televisión. Están hartos de hablar todo el rato de política.

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Pero Joe, aunque hayas ganado de forma épica y hayas derribado al líder del populismo del siglo XXI, no te puedes echar a la bartola en el sofá de la Casa Blanca. Porque tu país sufre de muchas crisis. Y la mayoría no son culpa de Trump.

Sí, te lo dice un español que tampoco viene del paraíso. Allí no tenemos Google, ni Apple, ni Coca Cola, ni Wall Street, ni naves que vuelan al espacio. Además, también hemos gestionado muy mal la pandemia. Pero te digo una cosa, Joe. En España, hay bastante menos gente sin hogar. Todo el mundo tiene acceso a sanidad universal y gratuita. No hay locos por las calles porque el Estado los ayuda. Hay muchísima menos violencia y la gente normal no sale de casa con una Glock lista para disparar. Y una caña bien tirada al sol te cuesta menos de dos euros en Málaga.

Ya acabo, Joe, que tendrás mucho lío. Sé que no te gustó la comparación, pero... me hizo gracia cuando Joe Rogan te comparó con una linterna parpadeante con pocas pilas en medio de un bosque oscuro y peligroso. Un consejo, Joe. Por favor, cuídate y mira dónde pisas, que tienes 78 años y ya no estás para muchos trotes.

Carta dirigida a Donald J. Trump

Hola Donald, ¿te puedo llamar Donald? Cuando era pequeño una niña no paraba de nombrar a una profesora en clase y, un día, ella se levantó y le pegó un grito: “¡Que me vas a borrar el nombre!”. Creo que contigo pasa algo igual. ¿No estás harto de todo? Trump aquí, Trump allá. Si yo fuera tú, me metería debajo del agua.

Donald, sé que estás triste por haber perdido. Y furioso por pensar que te han robado las elecciones. Pero Donald, entre tú y yo… no ha habido pucherazo. Y lo sabes. Espera, ¡no!, no tires la carta todavía, tengo un consejo que darte.

Entiendo que te cueste aceptar la derrota porque eres uno de los pocos presidentes de la historia que no consigue la reelección. ¡Ay! Siempre has llevado muy mal perder. Hace poco leí que un amigo tuyo del colegio dijo que te ibas cuando perdías a las canicas. Pero muchos de tus compañeros del partido asumen que has palmado y la Fox ya está pensando en cómo hacer caja con una presidencia de Biden.

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Solo quedas tú. Tus estrategias judiciales no tienen futuro. ¡Hasta tu mujer te pide que admitas la derrota! Donald, en serio, de todo se sale. ¿Qué es lo peor que te puede pasar? ¿Que vayas a… la cárcel? Bueno, igual sí deberías preocuparte a partir de enero de 2021. Pero no te escribo para amargarte más la vida.

Te tengo que reconocer una cosa: eres mucho mejor de lo que dicen tus críticos. Has conseguido casi 71 millones de votos. Muchos medios siguen sin entenderte. Eres un individuo ajeno a la estadística. Nadie en el Partido Republicano es tan popular como tú. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Montarás tu propia televisión? ¿Huirás a Rusia para evitar ir a la cárcel por delitos fiscales -o lo que esté por venir-? ¿Te volverás a presentar como candidato en 2024?

No te amargues mucho porque la fiesta sigue. Ya lo decía Asimov: “En la vida, al contrario que en el ajedrez, el juego continúa después del jaque mate”.

Pero Donald, la vida sigue contigo… y sin ti.

Agradecimientos

El principal culpable de esta newsletter es mi jefe y amigo Enrique Andrés Pretel. Él fue quien la ingenió y quien me ha enseñado todo lo que sé como periodista. Las felicitaciones a él. También quiero dar las gracias a Alicia Alamillos, mi compañera de sección que ha sostenido el fuerte en Madrid y a Ángel Villarino, que ha confiado en mí desde el principio.

Además, quería hacer algo poco ortodoxo y dedicar esta última edición a mi abuelo Manuel Barragán Sebastián, que falleció en Málaga el pasado 1 de noviembre con 96 años. Mis hermanos y yo teníamos una relación tan cercana con él que le dijo a mi madre que “éramos sus mejores amigos”. Cada cierto tiempo yo bajaba a verle y repetíamos nuestro ritual: comprábamos dos chuletones de buey de Esla y una botella de vino de Martínez Lacuesta. Mientras comíamos, él me contaba su vida, sus triunfos y sus fracasos. Siempre acababa hablando de mi abuela Teresa, que falleció hace 10 años. Nunca la pudo olvidar ni un instante y, para sobrellevar la tristeza, escribió un libro de cartas para seguir hablando con ella. Me las mandaba al correo y me preguntaba: "¿Qué te parecen?".

Mi abuelo fue el primero al que llamé cuando supe que me mandaban a EEUU. Él siempre me leía y, cuando dejó de ver bien, buscaba con una lupa mi nombre en la portada de El Confidencial. Se ilusionó tanto con el viaje que hablábamos todos los días y me obligó a aceptar dinero para ir a un 'steakhouse' y probar la carne de Nueva York. “Tienes que invitar a un senador o senadora de Estados Unidos y representar a la familia”, me dijo.

No he podido. Pero este domingo, cuando pinchó la burbuja de las elecciones y pude tomarme un respiro, fui a un 'steakhouse' de Washington y me comí una carne en su honor. El filete tampoco me gustó mucho. Me di cuenta de que en la vida, como le recordaba en una carta Vincent Van Gogh a su hermano, lo único que importa es la compañía. Gracias por enseñarme tanto, abuelo.

“No siempre podemos decir qué es lo que nos mantiene encerrados, lo que nos confina, lo que parece enterrarnos y, sin embargo, sentimos ciertas barreras, ciertas rejas, ciertos muros. ¿Es todo ello imaginación y fantasía? Yo no lo creo. Y entonces nos preguntamos: Dios mío, ¿va a durar mucho, va a durar siempre, va a durar toda la eternidad? ¿Y sabes qué es lo que nos libera de esa cautividad? Un afecto profundo muy serio. Ser hermanos, ser amigos, el amor, eso es lo que abre las puertas de la cárcel gracias a un poder supremo, a una fuerza mágica”.

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