Joe Biden, el mejor-peor presidente para Estados Unidos
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Joe Biden, el mejor-peor presidente para Estados Unidos

Al tercer intento y con casi 78 años, Joe Biden acaba de culminar casi medio siglo de trayectoria política logrando la presidencia de Estados Unidos. ¿Está preparado?

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Joe Biden. (Reuters)

El demócrata Joe Biden acaba de culminar, con la presidencia de Estados Unidos, casi medio siglo de trayectoria política. Este ha sido su tercer intento de alcanzar la Casa Blanca y puede que la pugna política más dramática de la historia reciente. Los votos demócratas han ido avanzando recodo a recodo durante tres días, como soldados arrastrándose bajo las bombas en una cabeza de playa, por algunos condados del sur y del interior del país. Un escenario que los sondeos no habían previsto y que quizás aún no esté clausurado, a la vista de los desafíos legales en curso.

El recuento del estado más importante, Pensilvania, daba como ganador a Donald Trump hasta la mañana del viernes. Pero el escrutinio de votos por correo, que suelen ser de mayoría demócrata, fue tiñendo el mapa de púrpura y después de azul, tímida pero decididamente. Finalmente sus 20 delegados han hecho que Biden traspasara el umbral. Los otros tres estados contenciosos, Georgia, Nevada y Carolina del Norte, también se habían puesto azules al final del recuento.

Y así fue como 'Middle Class Joe', como lo apodaban sus colegas del Congreso dada su manera de ser llana y sencilla, coronaba sus ambiciones a punto de cumplir los 78 años.

Foto: Joe Biden. (Reuters)

Un mal candidato

En muchos sentidos, se trata de una ascensión inesperada. Joe Biden nunca ha tenido fama de ser un buen candidato. En su primera campaña presidencial, en 1988, fue acusado de plagiar los discursos de líder laborista británico Neil Kinnock. Ni siquiera se había molestado en cambiar la sintaxis galesa del texto original. El demócrata tenía tendencia a encararse con la gente en sus mítines, a salirse del guion y a meterse en atolladeros innecesarios. Cuando volvió a probar suerte veinte años después, en 2008, solo obtuvo el 1% de los votos en los caucus de Iowa. Con ojos llorosos, Biden anunció que volvería adonde siempre había estado: el Senado.

Pero su perfil de estadista curtido, mayor, centrista, blanco y experimentado en política exterior resultó ser el complemente perfecto para la estrella de ese año, el joven senador Barack Obama. Biden aceptó ser su número dos y en los ocho años siguientes llevó su perfil a primera línea geopolítica y nacional. Se convirtió, como se dice en EEUU, en un “nombre del hogar”. Alguien que surgía a menudo en las conversaciones familiares.

Aún así, las meteduras de pata de Biden seguían sucediéndose. En este ciclo electoral, se han mezclado con su edad y con los restos de la tartamudez que lo aquejó de niño, despertando elucubraciones sobre su salud mental y dando munición a sus rivales. Los balbuceos y lapsus de Biden han sido compilados en todo tipo de vídeos. Una imagen que los republicanos han usado para intentar convencer a los electores de que Biden solo sería una marioneta, un monigote senil en manos de quienes realmente controlarían el partido: la “izquierda radical demócrata”.

Al principio de las primarias de este año, pese a estar en cabeza de los sondeos, parecía que Biden iba a hacer de las suyas y a dinamitar su propio operativo: en Iowa y New Hampshire, las dos primeras citas y consideradas las más importantes, mordió el polvo, pero varios estados del sur y del Medio Oeste rescataron al viejo Joe, al escudero de Obama, y lo catapultaron a la nominación demócrata.

Disciplina pandémica

Lo que sucedió después fue también, en cierto modo, sorprendente. El candidato de la vieja escuela a quien no le gusta leer los comunicados que le prepara su equipo y que no se achica a la hora de meter en cintura a algún votante rebelde, se encerró en su mansión de Wilmington, en Delaware, y se convirtió en una especie de presidente en la sombra. Un líder discreto que, mientras la pandemia se cobraba miles de vidas en el exterior, daba órdenes concisas desde su búnquer.

El verborreico Biden se convirtió en lo que nunca había sido: un candidato disciplinado. E hizo lo posible por encarnar la antítesis de su adversario conservador. Mientras Donald Trump celebraba mítines ruidosos y multitudinarios, sin distancia social y con pocas mascarillas, Biden hablaba desde su sótano o hacía eventos pequeños con los asistentes metidos en círculos blancos separados unos de otros. Trump se fajaba con los periodistas; respondía a sus preguntas y era investigado incansablemente por ellos. Biden estuvo casi dos meses sin recibir a reporteros y ha disfrutado de la aparente falta de interés de estos.

El estilo de Trump ha sido la ofensiva: una lluvia de fuego en las redes sociales y medios de comunicación, como si detenerse cinco segundos le diese ventaja al enemigo. Biden, en cambio, ha sido como uno de esos estrategas con nervios de acero. Un practicante de la guerra de desgaste, en la que los frentes apenas se mueven y el hambre, la sed y la fatiga van haciendo mella en el adversario. En este caso habría dejado que la Administración Trump se debilitase en la pandemia y la crisis económica mientras él concedía alguna que otra declaración y se presentaba en los sitios a cuentagotas, con sus gafas de sol y una gran mascarilla negra.

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters)
Auge y ¿caída? de Donald Trump
Argemino Barro. Nueva York

Su campaña se benefició de la polarización y del odio de los medios nacionales por Donald Trump. Mientras los impuestos del presidente eran minuciosamente destripados, las regalías del apellido Biden pasaban casi desapercibidas. Hunter Biden recibió 50.000 dólares mensuales de una gasista ucraniana corrupta mientras su padre negociaba con Kyiv y Jim Biden echó mano de los contactos políticos de su hermano para tapar algunos rotos financieros, pero los detalles de estos casos fueron relegados a notas al pie o a las rondas de comentaristas de Fox News.

Un candidato decente

Cuando el equipo de Biden murmuró la palabra “decencia”, los medios afines, tanto en Estados Unidos como en el extranjero, la adoptaron robóticamente en sus titulares. El hombre que había perdido a su primera mujer y a su hija en un accidente de tráfico; el hombre que vio morir a su hijo mayor, Beau Biden, a manos de un cáncer de cerebro; el hombre que ha sido el férreo sostén amoroso su problemático hijo Hunter.

El 'señor decente' que ha explorado los entresijos de la vida y se ha vuelto un venerable sabio. La decencia. La decencia, la decencia, la decencia, la decencia. Una estrategia que parece haber funcionado. La ventaja de Biden en las encuestas fue mucho más amplia y estable que la de Hillary Clinton en 2016, y ha batido el récord de votos de Barack Obama por unos cinco millones de papeletas.

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Biden ha sido elogiado por algunos de sus simpatizantes, los progresistas de viejo cuño, como el hombre del momento: la figura centrista que necesita un país en mal estado sociopolítico. El sanador, el abanderado de los valores sencillos y esenciales que han hecho de América un gran país y que habría que recuperar con urgencia.

“He estado leyendo los discursos de Joe Biden y estoy empezando a pensar que incluso sus seguidores lo están subestimando”, escribió el columnista David Brooks en The New York Times. “Está atravesando un terreno cultural traicionero, afrontando conflictos que están desgarrando a la nación, y lo está dominando con facilidad”. Según Brooks, columnista de cabecera del propio Biden, el demócrata navega con tiento “por el medio de una guerra civil política y cultural”.

Su candidatura sería inusual en el contexto del 2020. La polarización actúa siempre en ambas direcciones; no hay derecha polarizada sin izquierda polarizada, ni viceversa. Al menos no durante mucho tiempo. En este escenario, es normal haber visto las ascensiones parejas de Donald Trump y Bernie Sanders, o la llegada al Congreso de una partidaria de la conspiranoia de QAnon y de un activista de Black Lives Matter. El hecho de que hoy Joe Biden sea presidente electo sería refrescante. Y una manera, como ha dicho el propio Biden, de “bajar el volumen”.

¿El mejor presidente?

El pueblo de Estados Unidos, en palabras del periodista Tim Alberta, no necesitaría una ola de esperanza en medio de una crisis, como sucedía en 2008; ni tampoco un gladiador que sacudiese el sistema, cosa que pasó hace cuatro años. Lo que los agotados norteamericanos desearían ahora es un abuelo tranquilo que los consuele, les invite a olvidarse de la política y les sirva un vaso de leche antes de irse a dormir.

El presidente electo baraja un gabinete moderado. Primero, por su propio talante y por la naturaleza de sus colaboradores de estos últimos años; gente como Susan Rice, Tammy Duckworth, John Kerry, Chris Coons o Ron Klain. Y segundo, por la presión que seguramente le impondrá un posible Senado republicano, a quienes no les gustaría ver a Bernie Sanders o Elizabeth Warren gobernando desde sus ministerios una parte de Estados Unidos.

Durante estos días extenuantes de recuento de votos, con márgenes más finos y mortales que el filo de una navaja, los tuits de Joe Biden llegaban espaciados y circunspectos, como las notas de un general romano. “Mantengan la fe, chicos. Vamos a ganar esto”, dijo el 4 de noviembre, cuando sabíamos que por delante nos quedaban horas o días de incertidumbre.

Un clima de suspense que todavía no se ha despejado, en medio de varios desafíos legales y de un presidente, Donald Trump, empeñado en no reconocer los resultados y apoyado por casi 70 millones de fieles electores. Un factor decisivo en este momento es saber a qué Joe Biden veremos a partir de ahora: si el peor, o el mejor de los presidentes.

El demócrata Joe Biden acaba de culminar, con la presidencia de Estados Unidos, casi medio siglo de trayectoria política. Este ha sido su tercer intento de alcanzar la Casa Blanca y puede que la pugna política más dramática de la historia reciente. Los votos demócratas han ido avanzando recodo a recodo durante tres días, como soldados arrastrándose bajo las bombas en una cabeza de playa, por algunos condados del sur y del interior del país. Un escenario que los sondeos no habían previsto y que quizás aún no esté clausurado, a la vista de los desafíos legales en curso.

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