Elecciones en Nueva Zelanda

La fascinación política mundial es una mujer: detrás del personaje de Jacinda Ardern

En solo 12 meses se ha enfrentado (con éxito) a la pandemia de coronavirus, a un sangriento atentado terrorista y varios terremotos, todo esto estando primero embarazada y luego con un bebé

Foto: La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern (Reuters)
La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern (Reuters)

Con 13 años, Jacinda Ardern quería ser payasa "para hacer reír a los niños". Con 40 años, siendo una de las jefes de estado más jóvenes del mundo, en 12 meses se ha enfrentado (con éxito) a la pandemia de coronavirus, a un sangriento atentado terrorista, una erupción volcánica y varios terremotos, todo esto estando primero embarazada y luego con un bebé. Este sábado 17 de octubre, su gestión pasará por el filtro de las urnas, que le auguran según las últimas encuestas una mayoría suficiente para reeditar su gobierno, esta vez en solitario, algo prácticamente inédito en los últimos 24 años debido al peculiar sistema electoral neozelandés.

Y el halo de fascinación que la rodea, al menos en el resto del mundo, no deja de crecer. Empezó cuando llegó a la presidencia de Nueva Zelanda embarazada, y más tarde con un bebé en brazos en la asamblea de las Naciones Unidas. Se convirtió en "Jacindamanía" tras su respuesta -empática con las víctimas, firme con el terrorista, las armas y el supremacismo blanco- al atentado de Christchurch, y el coronavirus ha terminado de poner la guinda. En marzo, protagonizó la portada de la revista Time, bajo el titular "Jacinda Ardern tiene la atención del mundo. ¿Cómo la va a usar?". Su nombre hasta sonó fuerte en las apuestas como candidata al Nobel de la Paz. El pasado abril, la revista Forbes titulaba "¿Qué tienen en común los países con mejores respuestas al coronavirus? Mujeres líderes en el poder", con Ardern entre los ejemplos destacados, junto a Angela Merkel y Tsai Ing-wen, de Taiwán. Quizá la afirmación de la revista estadounidense no pasa el filtro de la estadística ocho meses después, pero sí acierta en el diagnóstico de Nueva Zelanda: el virus está controlado. El caso es que Ardern ha puesto a Nueva Zelanda en el mapa.

Tan pronto como el 8 de junio, y mientras la mayoría de países intentaban aprender a vivir con el coronavirus, Jacinda Ardern se dirigió a los neozelandeses afirmando que habían logrado "erradicar" el virus del país con una combinación de estrictas medidas de confinamiento temprano y un empuje para la recuperación económica. Su popularidad se disparó a máximos históricos, a apenas cuatro meses de las elecciones. Los titulares internacionales alababan Nueva Zelanda como "el primer país que había acabado con el virus". Un rebrote en Auckland (el Gobierno ordenó el confinamiento casi inmediato de la ciudad) sacudió un poco la popularidad de Ardern y forzó a retrasar los comicios un mes, pero hoy día el virus vuelve a estar prácticamente erradicado de la isla y las encuestas cifran hasta casi en 47% la intención de voto para su partido, el Laborista: en los mítines de campaña, donde Ardern se pasea como una rock star, no hay ni rastro de mascarillas ni de miedo al covid.

Portada de la revista Time, con Jacinda como protagonista
Portada de la revista Time, con Jacinda como protagonista

La gestión del coronavirus es sólo el último de los "éxitos" que alimentan la fascinación internacional por el personaje de Jacinda Ardern, que además incluye los ingredientes de ser joven (llegó al poder con 37 años), mujer y que propone un "nuevo tipo de liderazgo", muy distinto al de los 'hombre fuertes' que hacen alarde de su testosterona, como Donald Trump, Recep Tayyip Erdogan o Vladimir Putin, o a la frialdad aséptica de líderes más tecnócratas: el estilo de Ardern es "liderar con empatía".

"[En el mundo actual], se necesita coraje para elegir ser un líder empático", afirma Supriya Vani, periodista y autora de la biografía 'Jacinda Ardern: liderando con empatía', que será publicada el próximo año, en entrevista con El Confidencial. "Ardern ha declarado directamente que la bondad puede también ser parte de un liderazgo fuerte, por lo que ha buscado redefinir el liderazgo lejos del modelo de liderazgo tradicional y obsoleto del macho alfa", apunta por su parte Jennifer Lees-Marshment, profesora de Márketing político en la Universidad de Auckland.

Pero muchos se preguntan si es todo estilo o si hay sustancia, si hay algo más allá de la imagen política. ¿Qué hay detrás del personaje de Jacinda Ardern, y cómo ha llegado hasta aquí?

Iglesia Mormona y Juventudes Socialistas

Hoy se declara agnóstica, pero Jacinda nació en una familia mormona (religión de la que fue practicante hasta entrada la veintena y que ha admitido que la ha marcado fuertemente), hija de una trabajadora de cafetería escolar y un oficial de policía, en una región al sur de Auckland, mayoritariamente de clase trabajadora y conservadora.

"Ya en el instituto organizó una campaña para que las chicas pudieran utilizar pantalones cortos", cuenta Vani como ejemplo de sus jóvenes pulsiones políticas. Como joven mormona practicante, Ardern nunca tuvo que utilizar ese derecho, sus pantalones eran bien largos. Sus motivos para separarse de la Iglesia encajan también con el tipo de política que predica y practica: "tolerancia y amabilidad". En su veintena, compartía piso con unos amigos homosexuales, "¿cómo podría yo suscribir una religión que los discrimina?". Ardern se acercó a la política muy joven, de la mano de su tía, militante laborista. Ha escalado siempre desde dentro del partido, donde se fraguó su perfil político. "Me metí en política porque es el lugar donde puedes realmente hacer un cambio positivo".

Pero, no le gusta la etiqueta de radical. En distintas ocasiones, cuando se le ha recordado su pasado como líder de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas, ha preferido describirse como "socialdemócrata" y "progresista", y bromea sobre ser catalogada como "radical" de izquierdas. "De donde vengo, un radical es alguien que elige conducir un Toyota en lugar de un Holden [marca australiana] o un Ford".

Llevaba ya casi 10 años en el Parlamento como una de las promesas jóvenes del partido cuando le llegó el momento. Acosado por algunas de las peores encuestas de intención de voto para el partido laborista neozelandés, el que era líder de la formación y candidato a las elecciones, Andrew Little, le pidió que lo sustituyera y renunció. "No pensé que sería primera ministra, porque ni siquiera lo consideraba. Pero ahí está el poder de decir que sí, porque habrá un momento en el que alguien te preguntará algo fuera de tu zona de confort".

No había mucha oportunidad: la campaña ya estaba empezada y el partido iba muy por detrás en las encuestas. Ardern dio la vuelta a la campaña, pero no fue suficiente. No logró ganar las elecciones ese 2017 y tuvo que depender de una coalición en minoría con extraños compañeros de cama, como el partido New Zealand First, de tinte nacionalista, además del apoyo de los Verdes, para llegar a la presidencia. En esta ocasión, si se cumple lo que pronostican las encuestas, no será necesario y el partido laborista se hará con su primer gobierno en solitario desde 1987, antes de que se cambiara el sistema electoral por uno de representación proporcional mixto especialmente enrevesado y que dificulta los gobiernos por mayoría.

La elección de Jacinda Ardern fue vista "como algo fresco" en la opinión internacional y empezó a protagonizar titulares tras anunciar que estaba embarazada. Pero Ardern no es una mujer de récords: ni es la primera ministra mujer de Nueva Zelanda, ni tampoco la más joven en ser elegida. Tampoco es la primera mujer en dar a luz en el cargo, algo que ya hizo Benazir Bhutto en Pakistán.

El bebé de Nueva Zelanda

Pero a diferencia de Bhutto, que regresó inmediatamente al trabajo, Ardern "se tomó 6 semanas [de permiso maternal] y luego tomó el relevo del cuidado parental primario a su muy capaz y adorablemente comprensivo compañero (¡no su esposo!). Su hijo también es, en cierto sentido, el bebé de Nueva Zelanda", cuenta Sommer Kapitan, profesora en Márketing en la Universidad Tecnológica de Auckland, como uno de los ejemplos de esa "fascinación" por Jacinda Ardern.

La avalancha de titulares en prensa internacional se volvió incluso un poco incómoda, tanto para la opinión pública neozelandesa -que ha hecho de la sobriedad y la falta de histrionismo su sello- como para la propia Ardern: "Espero que cuando deje este trabajo [como primera ministra] deje lo suficiente para que no me recuerden como la líder que tuvo un bebé, sino como alguien que realmente hizo cosas buenas por Nueva Zelanda".

El momento del primer encuentro cara a cara entre Trump y Ardern en 2017. (EFE)
El momento del primer encuentro cara a cara entre Trump y Ardern en 2017. (EFE)

Espera tampoco ser recordada como objeto de una de las jocosas bromas de Trump en su peculiar relación con los líderes internacionales. Ardern se encontró en persona con Trump en una cumbre de la APEC en Vietnam, y él la confundió con Sophie Grégoire, la mujer del primer ministro Justin Trudeau. Cuando se percató de su error, afirmó "esta señorita ha causado un gran revuelo en su país". "Nadie se manifestó en la calle en mi contra cuando fui elegida", le contestó.

La ministra del Facebook

"Jacinda es la comunicadora en jefe", afirma Kapitan. Y las redes sociales han sido una de las herramientas claves de Ardern para multiplicar su popularidad y enfatizar ese liderazgo "empático" y "cercano" a la gente.

Post de Jacinda Ardern en redes sociales el 14 de octubre
Post de Jacinda Ardern en redes sociales el 14 de octubre

Si Trump es el presidente del Twitter, Jacinda Ardern es la de Facebook e Instagram. Publica post al menos una vez al día, "convirtiéndose en parte de la narrativa diaria de su público votante. Eso le da a los ciudadanos una sensación parasocial e íntima" con la primera ministra del país.

"En el mundo del Brexit y de la mezquina narrativa trumpiana, Jacinda Ardern publica videos con sudaderas viejas después de arropar a su hijo pequeño, mientras informa sobre la última actualización sobre las políticas de la nación. Es reconocible. Predica la bondad. Es carismática", continúa Sommer. Precisamente ese vídeo, con la sudadera vieja y su bebé mientras habla del último informe sobre la situación de coronavirus, es el vídeo más visto de sus 'Facebook Live': más de 5 millones de visitas. ¿Cuánta gente ha visto un informe cualquiera de Salvador Illa?

La líder de la oposición neozelandesa y principal rival de Ardern en las elecciones de este sábado, Judith Collins (National Pary, y cuya heroína es Margaret Thatcher), ha acusado a Ardern de ser "mejor comunicadora que líder". Pero, según las analistas políticas neozelandeses consultadas, "eso también es liderazgo. Saber comunicar". Algo que, apuntan, se ha visto especialmente en la crisis internacional del coronavirus.

"Es una constructora de puentes pero también una líder con decisión que toma decisiones rápidamente", apunta en este sentido Sommer.

El guante y el acero

"Pero ella también es una política dura. Muy dura de hecho. Ella ha tomado decisiones difíciles", sostiene Vani. A la hora de la verdad, la presidencia de Ardern ha pasado tres crisis (el atentado en Christchurch, la erupción del volcán en la isla de Whakaari, en la que murieron 21 personas, y la crisis del coronavirus) y, admiten los comentadores políticos, incluso los críticos, ahí ha sabido cumplir. "Ese tipo de ataques, sobre que no tiene sustancia, acabaron colpasando. Cada vez que hay una crisis, ha dado un paso al frente", afirmaba Stephen Mills, investigador político, en un artículo del Sydney Morning Herald.

El momento más claro fue el atentado de Christchurch, cuando un terrorista australiano de extrema derecha acribilló a disparos a 51 personas en sendos ataques contra dos mezquitas el 15 de marzo de 2019. En política no suele haber tiempo, y Ardern reaccionó rápido: apenas dos horas después del atentado, estaba visitando a los heridos en el hospital (sola, sin las cámaras de los medios de comunicación). Fuera del hospital, dio sus primeras declaraciones, condenando el ataque y acercando a las víctimas: "Ellos son nosotros". Pocos días después, apareció tocada con un hiyab en una señal de respeto a las víctimas musulmanas. Su sensibilidad, su empatía, hicieron titulares en todo el mundo sobre su "nuevo estilo de liderazgo". "Un nuevo tipo de líder poco convencional del siglo XXI", llegó a catalogarlo el New York Times.

Porque tras la emotividad, llega la acción, sin aspavientos y calmada pero resolutiva: la misma noche de la masacre, la Policía informó que el terrorista había adquirido las armas legalmente en Nueva Zelanda. En ese mismo momento, y sin pasar por el largo proceso político de testear mediante encuestas si la medida afectaría a la popularidad del partido laborista, anunció una reforma para endurecer las leyes de posesión de armas. Seis días después, el Parlamento legisló la prohibición de los rifles de asalto y armas semiautomáticas. No lo dejó ahí: también promovió una iniciativa para presionar a Facebook, red social donde el terrorista había retransmitido en directo la carnicería.

Jacinda Ardern tocada con un hiyab tras el atentado de Christchurch (Reuters)
Jacinda Ardern tocada con un hiyab tras el atentado de Christchurch (Reuters)

La situación se ha repetido con el coronavirus: empatía primero, para pedir a los neozelandeses que "fueran fuertes" en este trance; duras medidas después, con uno de los confinamientos más tempranos del mundo, cierre de fronteras y aislamiento de todo aquel que llegara a la isla. Tampoco le tembló el pulso para apartar del cargo a un ministro que se saltó las restricciones.

Las promesas sin cumplir

Al público internacional lo tiene ganado, pero eso no tiene por qué traducirse en votos en casa. "Queda por ver si el estilo de liderazgo que ha proyectado conduce a un liderazgo en la ación. Algunos critican por su falta de acción real en cuestiones clave detrás de las principales desigualdades en Nueva Zelanda, como el acceso a la vivienda [que estaba en su programa electoral pero que no ha cumplido con los objetivos esperados], advierte Jennifer Lees-Marshment a este diario.

El compromiso medioambiental de Nueva Zelanda y de Ardern va viento en popa, pero surgen dudas sobre su manejo de la economía (especialmente ahora que llega la crisis del coronavirus), su reticencia a ampliar la cuota de refugiados que acepta la isla o los pocos progresos que se han hecho en su programa bandera, KiwiBuild, para ampliar el parque de vivienda asequible. Hablarán las urnas. Este sábado, los neozelandeses votarán además sobre la legalización de la eutanasia y la marihuana.

"En cualquier otro momento, Jacinda Ardern podría ser una lider popular. Pero parece que, especialmente en la era de desagradables luchas políticas y groseras figuras políticas masculinas que defienden valores antiprogresistas, aquí hay una mujer joven, segura y amable que toma una línea dura a favor de la salud pública durante la pandemia y a favor de los valores comunitarios", concluye Kapitan. Quizá Ardern, gobernadora de la remota Nueva Zelanda, donde siempre es ya mañana, no nos hubiera llamado tanto la atención.

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