"Putin quiere una Ucrania inválida y tullida para que la UE y la OTAN la rechacen"
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ENTREVISTA A ARGEMINO BARRO

"Putin quiere una Ucrania inválida y tullida para que la UE y la OTAN la rechacen"

El periodista Argemino Barro ha publicado 'Una historia de Rus: la guerra en el este de Ucrania', un libro esencial para entender cinco años de conflicto en los confines de Europa

placeholder Foto: Un vendedor de camisetas con la cara de Putin en San Petersburgo el 31 de agosto de 2014, después de que estallara la guerra en el este de Ucrania. (Reuters)
Un vendedor de camisetas con la cara de Putin en San Petersburgo el 31 de agosto de 2014, después de que estallara la guerra en el este de Ucrania. (Reuters)

El 6 de abril de 2014, Argemino Barro iba a volver a su casa de Nueva York tras explorar la región del Donbás. Sus amigos locales le habían dicho que, después de la revolución del Euromaidán, Putin preparaba una desestabilización en el este de Ucrania, pero llegaba el momento de volver y no había ocurrido nada. Sin embargo, ese mismo día, los prorrusos asaltaron los edificios gubernamentales de Donetsk, Luhansk y Jarkiv y dio comienzo la guerra en el Donbás. Barro, uno de los únicos periodistas extranjeros sobre el terreno, no cogió su vuelo en Odesa y volvió a Donetsk en tren. Dos días más tarde publicó su primera crónica en El Confidencial titulada 'Anatomía de la provocación rusa en el Este de Ucrania'.

Seis años después, Barro, que sigue siendo colaborador de este periódico desde Nueva York, publica 'Una historia de Rus: crónica de la guerra en el este de Ucrania' (La Huerta Grande), una crónica sobre el terreno de un enfrentamiento que sigue latente y ha dejado ya casi 15.000 muertos en los confines de Europa. En el libro, el periodista español se aleja de los tópicos que rodean al conflicto y, a través de una escritura repleta de imágenes y sonidos, conduce al lector a través de un recorrido histórico para destripar la esencia principal de la guerra en el Donbás. Del origen mítico de Rus y de la historia general de los eslavos orientales hasta las hambrunas de Stalin; de las revueltas cosacas al fin de la Unión Soviética; del sueño ucraniano por unirse a la Unión Europea al estancamiento económico de una región, el Donbás, que ya tiene poco con lo que soñar.

PREGUNTA. Hace unos meses dijiste que el conflicto en Ucrania es uno de los más complejos del mundo. Pese a todo, en España se tiende a simplificarlo de forma maniquea. ¿Por qué?

RESPUESTA. La complejidad está en que Ucrania siempre ha sido un cruce de caminos. Un territorio expuesto a distintas culturas e imperios que han querido llevarse un pedazo y que han dejado, por tanto, su marca. Por eso es complejo identificar y entender todas estas influencias. Además, en España siempre lo hemos visto a través de una lente rusa. España siempre ha sido uno de los países más antiestadounidenses de Europa. Y esto tiene un efecto rebote que hace que Rusia, el rival estadounidense, goce de más simpatía.

Foto: Tropas ucranianas, en el frente de guerra en 2014. (Reuters)

P. A veces en España solo ha interesado la guerra en Ucrania para referirse a los nacionalistas y fascistas ucranianos, cuando eran una minoría. Es desconcertante que parte de la izquierda española abrace a Rusia, porque desde el punto de vista ideológico, ese progresista estaría más cerca de un ucraniano que participó en el Euromaidán que de un ruso pro Putin.

R. La revolución en el Maidán es compleja e incluye elementos minoritarios de extrema derecha. Eran muy pocos pero jugaron un rol decisivo en los últimos días de violencia. En ese sentido, esto ha ayudado a la propaganda rusa y a quienes quieren confirmar sus prejuicios para volver al ideario de la II Guerra Mundial. El propio Pablo Iglesias, cuando ocurrió la polémica de Roman Zozulya, el jugador de fútbol acusado de fascista, publicó una foto de Pavlyuchenko, una conocida francotiradora de la II Guerra Mundial, como si todavía estuviéramos en ese marco de los fascistas contra los partisanos. ¡Rusia es una potencia extremadamente conservadora! Y en el Maidán ha habido fuerzas progresistas. Explicar todo esto en el libro ha sido una especie de encaje de bolillos.

P. ¿Y cuál crees que ha sido el mayor error occidental a la hora de analizar el conflicto?

R. En Ucrania ha habido una especie de renacer nacional que se aceleró con el Maidán. El Donbás siempre ha sido una china de zapato de los ucranianos. El 95% de la gente que vive en Luhansk y Donetsk en Donbás habla ruso. Allí hay vínculos materiales, económicos, culturales, familiares, históricos y personales innegables con Rusia. Y, por supuesto, allí hay otro relato de lo que pasó en Ucrania. Esta fricción hace que mucha gente en Kyiv o en el oeste o en el centro del país mire al Donbás como un lugar atrasado, lleno de mineros que no tienen ni idea, que se pasan el día viendo la televisión rusa y bebiendo alcohol. Cuando estalló el conflicto, el primer ministro en funciones ucraniano, en lugar de hacer una visita al Donbás, que era la región que estaba agitada, se fue a Washington. Y tú te preguntas: ¿Para qué vas primero a Washington y no al Donbás, a hablar con los tuyos? O por ejemplo, hablando con gente del resto de Ucrania, les preguntabas: ¿Y la gente del Donbás qué opina? Vosotros sois muy proeuropeos, pero en la otra punta del país están en contra. "Bah, a esa gente la sobornas con un vaso de leche".

En treinta años la población se redujo un tercio y la esperanza de vida cayó en picado en comparación con Rusia y Bielorrusia

P. En el libro hablas de este efecto rebote, de una región olvidada que echa la cabeza atrás y mira al pasado para preguntarse cuándo se empezó a estropear todo.

R. En el Donbás la mayoría de los ciudadanos piensan que el resto de Ucrania les mira mal, no hablan con ellos, les insultan y luego les mandan tanques. Dicho esto, la región no es homogénea y hay mucha gente proucraniana. La propaganda ha hecho un esfuerzo para que parezca que solo hay gente prorrusa. La televisión rusa en el Donbás era la televisión más vista con mucha diferencia. Eran hogares vulnerables a la propaganda porque habían venido de un periodo de estancamiento económico. En treinta años la población se redujo un tercio y la esperanza de vida cayó en picado en comparación con Rusia y Bielorrusia. La gente ya no tiene a qué agarrarse. Para muchos, esta guerra del 2014 fue una excusa para dar salida a su rabia.

P. ¿Cuánta influencia tuvo Rusia en la guerra de Ucrania?

R. Creo que fue muy influyente. Primero porque, cuando yo estaba allí al principio de la agitación y los prorrusos ocuparon tres edificios del gobierno, no se veía una marabunta de gente en las calles como en el Maidán, ni tampoco un enfrentamiento directo con la policía. De repente, tras un chasquido, tomaron los edificios importantes en una docena de ciudades. Y eso parece una operación del servicio secreto. Es imposible de confirmar porque Rusia opera mucho con la desinformación y la guerra híbrida, lo que llaman la ‘maskirovka’: construir un teatro en el detrás ocurren otras cosas. Putin es un agente del KGB. Él entiende la guerra psicológica. Pero pasa el tiempo y ves que los jefes que mandan en el Donbás son personas ligadas al ejército ruso. En la primera batalla del aeropuerto, el 26 de mayo de 2014, hay 33 muertos: la mayoría ciudadanos rusos. La OSCE controla dos puestos en la frontera de Ucrania con Rusia. En un año ven pasar a 30.000 rusos con atuendo militar de Rusia a Ucrania. El liderazgo ruso es incuestionable. Putin lo que quiere hacer es que Ucrania sea un inválido, un país tullido con una guerra abierta, inestable, para que la UE y la OTAN la rechacen.

P. Hay una corriente occidental que piensa que Putin se envalentonó con Crimea pero que la operación en el Donbás no le salió tan bien y acabó retirando su apoyo. Sin embargo, al menos ha conseguido arrastrar a su vecino a una suerte de guerra civil.

R. Crimea es un territorio prorruso, con mayoría rusa, un lugar donde iban de vacaciones los mandos del ejército. Putin cogió Crimea como si fuera una manzana madura de la rama de un árbol. En el Donbás Putin tiene lo que buscaba: una guerra latente. Y no es la primera. En el libro, trato de buscar una esencia que esté por detrás de toda esta complejidad. La esencia, en este caso, es el intento de restablecer ese reino mítico que agrupaba a los ucranianos, rusos y bielorrusos. Rusia ha tenido el control durante 300 años y en el 91 lo perdió de golpe. Y esa inercia no ha desaparecido. Es como si a una persona le amputan una mano y durante meses todavía tiene el reflejo de moverla y de agarrar cosas. En Rusia, la estrategia con Ucrania ha sido: o nuestra, como siempre ha sido, o de nadie. Y como no tenemos el poder militar para conquistar Ucrania otra vez y el mundo ha cambiado, nos quedamos con Crimea y el Donbás lo dejamos con una guerra latente.

P. Hay analistas que creen que Putin se enfrenta a una carrera contrarreloj para recuperar el poder perdido tras la caída de la URSS. Conforme pasan los años, las generaciones que vivieron durante aquella época se van muriendo y, con ellas, el deseo nostálgico de reestablecer el imperio ruso.

R. Puede ser. No vivo en Rusia y no puedo hablar con gran autoridad de la Rusia actual. Puedo hablar más de Bielorrusia porque hace 7 u 8 años lo estudié más a fondo. Y sí, la dinámica puede ser la misma. Rusia y Bielorrusia tienen una historia en común, como Ucrania, una mitología de la II Guerra Mundial, del culto a la estabilidad y a la fuerza como alternativa al caos del siglo XX. Y eso puede ejercer de pegamento social. Pero a medida que pasa el tiempo, con la globalización, con Internet y con las redes sociales hay generaciones que van creciendo más conectadas entre sí. Es gente que mira al mundo, que estudia, viaja y habla inglés y cuando se vuelve a su país, se pregunta: ¿Y por qué nosotros no tenemos elecciones libres? ¿Y por qué tenemos todos los medios controlados por el estado? ¿Y por qué hay propaganda homófoba? Y ahí surge la tensión. Lo que antes era un fenómeno de las grandes ciudades o de la 'intelligenstia', ahora parece que está siendo más extenso y pone en peligro el poder de Lukashenko y, en menor medida, el de Putin.

placeholder Tropas ucranianas en el frente de guerra en 2014. (Reuters)
Tropas ucranianas en el frente de guerra en 2014. (Reuters)

P. En el libro hay dos voces muy diferenciadas: tú como periodista en el terreno y una voz más historiadora que se remonta siglos atrás para explicar el origen de Rus, pero también el Holomodor o la revuelta de los cosacos. ¿Crees que ambas voces son imprescindibles a la hora de explicar este conflicto?

R. Son imprescindibles ambas. Creo que estamos ante una historia que nunca se ha contado de forma global, sino a través de fragmentos. Se ha contado la Rusia de Putin, la Unión Soviética, la revolución rusa, la historia de Ucrania en ambientes académicos... pero pocas veces se ha contado la historia general de los eslavos orientales y de las tendencias que han ido dando forma a la región durante siglos. Como dice el historiador Serhii Plokhy en 'The Lost Kingdom' (El reino perdido), al final se puede decir con cierta seguridad que todo lo que hemos visto en el siglo XX allí es una proyección del problema original: este reino que se rompió en el siglo XIII y que luego se ha ido juntando y separando a través de la fuerza. Mi gran desafío era armonizar las dos voces para no romper el tono. Quería envolver pasado y presente en una misma voz.

P. En el libro, a veces se entiende mejor el conflicto escuchando a la gente que vive allí que tiene problemas reales, muchas veces alejados de las caricaturas identitarias en las que caemos desde fuera.

R. Es mucho más fácil, más barato y más rentable para todos escribir tu análisis desde tu casa. A mí me gustaría viajar por EEUU seis meses al año y hablar con todo el mundo. Lamentablemente no puedo porque nadie va a pagar por ello. Deberíamos poner de nuevo el acento del trabajo sobre el terreno. Es cierto que es un fenómeno habitual y seguro que te ha pasado a ti muchas veces que cuando vas a viajar a un sitio lees noticias, lees algún libro y te haces una idea, pero cuando estás allí y te estás tomando un té con alguien, te das cuenta de que hay muchísimo de lo que no sabíamos que es muy importante y que nadie está contando.

placeholder Argemino Barro. (Fotografía cedida por el autor)
Argemino Barro. (Fotografía cedida por el autor)

P. En ese sentido, ¿qué es lo que aprendiste viajando por Ucrania que habría sido impensable si hubieras escrito el libro desde tu casa?

R. Una cosa que me llamó la atención mucho fue que había un divorcio de lo que decían los medios y lo que ocurría en el terreno. Recuerdo leer un titular que decía: el ejército ucraniano inicia la ofensiva en el este de Ucrania. Y eso suena como la batalla de Stalingrado. Pero estabas allí y eran seis carros blindados en Sloviansk, pilotados por unos adolescentes que se habían perdido en un bosque, habían sido rodeados por los vecinos y estaban deshidratados. ¡Tuvieron que darles agua! Los metieron en un bus y los mandaron de vuelta a Kyiv.

P. ¿Cómo es cubrir el inicio de una guerra en el siglo XXI?

R. Lo que más me sorprendió es lo que tarda en iniciarse. Hay un periodo en donde todo tiene un halo surrealista. Tú estás en medio de una guerra pero lo que ves todos los días es normalidad: tiendas abiertas o gente por la calle. Si quieres buscar la violencia, tienes que hacer un gran esfuerzo y estar pendiente de las redes sociales. Lees: ha habido un tiroteo en un barrio... Llegas allí y no ha pasado nada, ha sido una falsa alarma. Y sin embargo, los periódicos titulan: “La guerra de Ucrania”. Por supuesto, luego se convierte en una guerra de verdad. Pero al principio, durante dos meses, fue muy surrealista.

P. En un fragmento del libro narras una discusión, de camino al Donbás, con una señora mayor prorrusa. Habláis sobre el conflicto ucraniano y tú le das los argumentos contrarios, pero al final te preguntas qué sentido tiene que venga un extranjero a darte lecciones sobre tu país. Con Cataluña nos llevamos las manos a la cabeza.

R. Hay que aceptar la imperfección de las cosas. Lo ideal sería hacerme un máster en ucraniano, estudiar la cultura durante cinco años, casarme con una ucraniana, vivir diez años en Kyiv y luego cubrir el conflicto. Pero hay veces que a la hora de escribir, hablar o analizar un problema hay que aceptar la imperfección. Siempre me acuerdo de los ensayos de Montaigne. En realidad, el título original en francés es Essais, que viene del verbo "Essayer", que significa intentar. Una traducción de "Ensayos" en realidad debería ser "intentos" porque son intentos de aprehender la realidad, de saber qué está pasando. Tú mismo sabes que va a ser un intento porque no eres un semidiós. Eres una persona falible. Si bien la objetividad no existe, hay maneras de ser más o menos imparcial, ser humilde y hacer el mejor trabajo posible.

Foto: Vladimir Putin. (Reuters)

P. En esta crónica, al igual que en el libro que escribiste sobre Trump hace unos años, hay un intento evidente de llegar al fondo del asunto, contar la realidad y entender la esencia del problema. Es decir, explicar sin juzgar. Parece un ejercicio cada vez más complicado.

R. El pensamiento binario o el blanquinegrismo es rentable desde el punto profesional porque te da clicks, retuits, genera polémica y ganas seguidores. Pero es contraproducente. Cuando uno va a un sitio se da cuenta de que todo el mundo tiene un punto de vista. Y para mí ha sido mi desafío en Estados Unidos: siempre intento dar el punto de vista que considero que no está lo suficientemente reflejado. En este caso es el de los votantes de Donald Trump. Muchos amigos me dicen: “¡No! pero es que adoran las armas, son racistas y leen la Biblia”. Bueno, eso ocurre en algunos condados de Alabama. Pero tú te vas a Iowa o a Wisconsin y allí hay gente de todo tipo. Los latinos votaron a Trump en un 30%. Yo evito ponerme una toga de senador romano o de subirme a un púlpito y dar un sermón. El perioactivismo me cansa. "No, es que hay que cambiar...". No, no hay que cambiar nada. Tú cuenta lo que hay, que el lector ya se hará una idea por sí solo.

P. ¿Crees que, en ese sentido, las redes sociales han hecho daño al periodismo? Ya no solo escribes al público de tu periódico, sino a tus seguidores de Twitter. Esto no le ocurre únicamente a los periodistas, sino a cualquier experto que tenga una base de seguidores.

R. Sí que afecta. Primero porque el formato de Twitter no te deja demasiado espacio para elaborar un argumento. Segundo, por la polarización social a raíz de la gran recesión y los populismos. Y también está el simple hecho que mencionaba antes: si no te posicionas eres aburrido, gris, tibio. Estás en medio, ni con unos ni con otros. Eso no genera fans. No posicionarse también es una decisión. ¿Qué hago? ¿Me posiciono para apelar a las masas y convertirme en un líder de Twitter o hago mi trabajo lo mejor que puedo y luego ya que responda el universo?

placeholder Donald Trump. (EFE)
Donald Trump. (EFE)

P. Twitter potencia un círculo vicioso de la polarización: una vez que expresas una opinión alejada de tu campo de conocimiento, estás atrapado. Primero, porque aquellos seguidores que no compartan ideológicamente tu "opinión" y que te siguen por tu especialidad, desecharán tu trabajo profesional pensando que estará igual de sesgado. Y segundo porque ya no podrás salir de ese círculo: cada vez que veas algo que te escandalice, pensarás que si no tuiteas, tus seguidores pensarán que apoyas X pero callas ante Y.

R. Sí, tienes razón, pero a veces es inevitable. Yo tampoco quiero parecer equidistante ante todo. Rechazo el periodismo Gillette que critica Martín Caparrós. Lo que dice A y lo que dice B y ya está. No, eso no. Pero a veces, cuando ves que algo es tan flagrante, no hace falta subirte a un púlpito. Tú dices que Stalin es el causante de una hambruna que mató entre dos millones y medio y siete millones de personas en Ucrania. No tienes que decir que Stalin era un psicópata, un paranoico o un genocida, que lo era. Cuentas lo que hizo y ya.

P. ¿Y cómo ves la cobertura de los medios en Estados Unidos con Donald Trump?

R. Trump ha sido el que mejor ha entendido la dinámica de los medios de comunicación. Él ha sabido aprovecharse de esta dinámica desde el principio. Nosotros, como trabajadores de los medios, parece que ni siquiera nos hemos dado cuenta. Se produce la paradoja de que los medios, que se supone que son los grandes garantes del periodismo y la libertad, son los que entregan su portada a Trump a diario. Lo importante no es que lo estés justificando, sino que le has dado un espacio. Es una trampa complicada, porque esto se podría haber evitado durante la campaña de 2016. ¿Que quiere levantar un muro porque dice que los inmigrantes que vienen son violadores y traficantes de drogas? Es un demagogo, nos quiere arrastrar y vamos a ignorarle. Pero la pregunta es: ¿quién va a ignorar eso en un mundo donde hacen falta clicks, visitas y publicidad?

Foto: Un coche de policía, delante de la puerta del hotel Trump en Washington. (Reuters)

P. No es un cuadro muy optimista el que pintas como corresponsal desde Nueva York.

R. El problema contemporáneo es que hay una falta de confianza enorme en las instituciones. El periodismo en EEUU es, a día de hoy, la profesión menos respetada con diferencia. La gente no se fía de los periodistas. Pese a lo que he dicho de estos medios, se hace un periodismo excelente a diario. Tú abres el 'New York Times' y sí, tienes una columna 'woke', pero luego tienes reportajes excelentes. Pero al final la gente está tan enfadada que busca enemigos o aliados a muerte en cualquier sitio.

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