Cómo amar al hijo de tu violador: "Me pegaba en mi propia barriga para que no naciera"
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testimonios de tres madres

Cómo amar al hijo de tu violador: "Me pegaba en mi propia barriga para que no naciera"

Lo más difícil para ellas es aprender a querer a los hijos –nacidos a raíz de una violación–, que les recuerdan que la impunidad aún protege a los hombres que las tratan como objetos

Foto: Cómo amar al hijo de tu violador: "Me pegaba en mi propia barriga para que no naciera"
Cómo amar al hijo de tu violador: "Me pegaba en mi propia barriga para que no naciera"

Un viacrucis se puede resumir en una imagen: una calavera con una daga. Su violador la lleva tatuada en el pecho. Y eso es lo único que Paula (pseudónimo) recuerda de él. La calavera. La daga.

Aquella noche, su vida cambió para siempre de formas que no podía imaginar. No sólo fue violada y casi asesinada, sino que de aquel momento, que recuerda como una pesadilla eterna, nacieron unas mellizas a las que ha tenido que aprender a querer poco a poco. Sí, una madre intentando querer a sus hijas. Unas niñas que a diario le recuerdan que el embarazo puede ser un auténtico infierno. Resulta que la realidad para muchas mexicanas de escasos recursos deja al drama de Cleo –la protagonista de Roma, la oscarizada ficción de Alfonso Cuarón– como un cuento de hadas.

A día de hoy, Paula es incapaz de disociar la imagen de un hombre del alcoholismo, de las golpizas brutales y de las violaciones. Difícil hacerlo en un país como México, donde las cifras de violencia machista son demenciales: se estima que diez mujeres son asesinadas cada día y se practican cerca de un millón de abortos clandestinos al año. Sin embargo, la mayoría de esos datos siguen siendo eso, estimaciones. Conocemos su relato a través de Silvia Varela, la psicóloga gallega que la trató en un centro de atención a mujeres maltratadas en Guadalajara, México. Pero muchas de ellas, por miedo, por ignorancia y por vergüenza, nunca han denunciado las violaciones, el maltrato físico y psicológico o las humillaciones.

Son historias que pocas veces se cuelan en las grietas de la opinión pública. Quizás porque plantean preguntas incómodas, dilemas existenciales, dudas que son calaveras y dagas. Es difícil entender la vida de mujeres como Paula que, a día de hoy, siguen buscando “el perdón de Dios” por haberle suplicado en oración que sus hijos nunca nacieran. “Quererlas significaba reconocerlas. Y eso era aceptar la violación”, como ella misma, con la voz rota, lo reconoce.

Celeste no está en las cifras

Celeste (pseudónimo) tiene 33 años y vive en El Rehilete, un barrio conflictivo a las afueras de Guadalajara, México. Trabaja ocho horas diarias como empleada de limpieza en una empresa telefónica, de lunes a sábado, y gana cerca de 150 euros mensuales. Tiene seis hijos a su cargo. Su última pareja -padre de los tres últimos-, se ha ido. Igual que el resto de hombres en su vida.

Con 21 años, ya tenía a dos críos y el dolor de haber sido abandonada. Esa parecía su peor tragedia. Pero el infierno apenas comenzaba. Entonces, trabajaba en una empresa de seguridad para una prestigiosa universidad, algo que le prometía un futuro mejor. Pero su belleza, sus grandes ojos oscuros y su larga melena, jugaron en su contra: su jefe la acosó desde el primer día.

– 'Tú me gustas', me dijo él. Pero lo ignoré. Insistió y yo me seguí negando.

Celeste recuerda con voz cortada cómo el agresor fue invadiendo su vida. Finalmente, un día él la destinó a una caseta de vigilancia especialmente apartada. Allí, donde nadie podía escuchar sus gritos y sus llantos, su mayor temor se hizo realidad. Su jefe la violó.

– ¿Qué hiciste después, lo denunciaste?

– Nada, me quedé callada, como siempre.

Semanas más tarde, cuando le confirmaron que esperaba un hijo de su violador, Celeste se lo hizo saber.

– ¿Y qué dijo?

– Que no me había visto en su vida.

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Pasaron los meses y un familiar suyo se enteró del embarazo. “No es de nadie. Deja las cosas así, es lo mejor”, respondía. A todos. Siempre. Visiblemente embarazada, comenzaron los rumores. “Decían que yo era una puta, que me acostaba con el señor rubio que vende CD’s en el mercadillo, etc…”. Y el cotilleo arreció tras el nacimiento de su hija Candy (pseudónimo de la niña), con la tez menos morena de la familia.

“Aguanté muchas humillaciones”, revela. Su propia madre la agobiaba, pese a que Celeste tampoco sabe quién es su padre. "Si tú no me has querido decir quien es mi padre, déjame que yo haga con mi hija lo que crea conveniente”. Las heridas del presente que reabren heridas del pasado.

– Cuando cumpla 18 años, le enseñaré las fotos que saqué de Facebook por si quiere buscarlo. Pero esa será su decisión.

– ¿Consideraste abortar?

– Nunca. Ella no tiene la culpa de nada… pero, con mi última bebé, sí que lo pensé.

Pasaron un par de años y llegó a su vida otro hombre, que le daría otros tres hijos. Pero el amor, si es que alguna vez existió, se esfumó. Su ausencia solo dejó dolor. Palizas que terminaban en el hospital, amenazas de muerte (a ella y a los niños) y, por supuesto, violaciones. Estrellita (pseudónimo), hoy de tres años, es el producto del último abuso.

– Cuando quedé embarazada me enfadé mucho. Me pegaba yo misma en la barriga para que no naciera. Pero ella se aferró a la vida y nació bien. Me arrepentí mucho de no haberla deseado. Es una niña hermosa.

No puede olvidar la imagen de ese hombre. Ese que se reía sin parar cuando la violaba, mientras ella lloraba de dolor

Finalmente, el padre de Estrellita también se marchó. Ahora vive en casa de su madre, con sus hijos. De ellos, el mayor y único varón, de 17 años, dejó los estudios para trabajar. Es agresivo y le grita “¡muérete tú y tus putas hijas!”. Como sus hijas, Celeste tampoco sabe lo que es tener un padre presente. Ella quiere creer que es "un señor que vive lejos" o que está muerto. Pero sospecha es ella también es fruto de la violencia.

Según la ONU Mujeres, al menos seis de cada diez mexicanas aseguran haber sufrido alguna forma de violencia. Cuatro de cada diez han sido violentadas por sus parejas o exparejas. En la primera mitad de 2019, hubo un promedio de casi diez llamadas diarias de mujeres reportando una violación al 911 (número de emergencia). Peor aún, según Amnistía Internacional, en promedio, 10 mujeres son asesinadas cada día.

Pero Celeste no está en esos datos. Jamás ha denunciado abuso alguno pese a que no puede olvidar la imagen de ese hombre. Ese que se reía sin parar cuando la violaba, mientras ella lloraba de dolor.

El 'thriller' de Paula

Con las primeras líneas de este texto arranca su historia.

Eran las 22:00 horas y Paula esperaba el autobús para ir a casa después del trabajo. Estaba sola. De pronto, un hombre llegó por detrás y le ordenó subirse a una furgoneta. Ella se negó, pero fue inútil. El filo de una navaja ya rasgaba su piel cerca de las costillas. Allí, en plena calle, un cobarde con el rostro escondido tras una malla la violó. Después la rajó de nuevo en el estómago, la tiró a la calle y salió corriendo. Pero el recuerdo de su tatuaje con la calavera y la daga se quedó con ella para siempre.

– ¿Lo denunciaste?

– No. Sólo lloré. Quería morirme.

Tampoco fue al hospital. Sola curó sus heridas. Cuando llegó a casa, sus tres hijos (de trece, ocho, y tres años) la vieron golpeada y ensangrentada. “Les dije que me había caído”, cuenta Paula con la voz rota. Quedó embarazada de mellizas. “Yo no quería que nacieran. Tomé infusiones para abortar y me golpeé”, dice. Pero no logró su objetivo.

– ¿Consideraste ir a la Ciudad de México para abortar? (Sólo en la capital y en la ciudad de Oaxaca el aborto está despenalizado. En el resto del país, la legislación es laberíntica y para las mujeres de escasos recursos es difícil costear el viaje y el histpiral. Tan solo intentarlo puede acarrear enormes estigmas sociales en sus comunidades. Se estima que cada año se realizan entre 750.000 y un millón de abortos clandestinos en México)

– No. Confiaba en las infusiones.

Quería arrancarme la piel y que mis hijas no existieran; sentía alivio cada vez que el doctor me decía que no sobrevivirían

No funcionaron y las pequeñas nacieron. Sintió, entonces, que tener dos hijas producto de una misma violación era “un castigo de Dios”. De cara al mundo, las dos niñas son hijas de su última pareja, quien llegó a su vida cuando éstas eran aún muy pequeñas. Con el padre de su primera hija vivió cinco años, después éste la abandonó. Su familia no sabe la verdad.

– ¿Por qué lo ocultas?

– Porque tendría que contar muchas cosas muy duras: que nacieron a los seis meses y con complicaciones por todo lo que yo hice para abortar; que no las quería; que quería arrancarme la piel y que mis hijas no existieran; que sentía alivio cada vez que el doctor me decía que no sobrevivirían.

Tras el nacimiento y guiada por una vecina, comenzó a aprender lo que para una madre es instinto: cómo querer a tus propias hijas y no verlas como "un castigo divino". "Ahora las amo y doy la vida por ellas. Pero vivo con mucha culpa por haberle pedido a Dios que se las llevara mientras ellas estaban luchando por vivir”, confiesa Paula. “Envidio a las madres que disfrutan de sus embarazos, que los presumen. Lo mío fue una pesadilla espantosa”.

Paula trató de reconstruir su vida. Las heridas de su cuerpo cicatrizaron y quería sanar las de su alma. Comenzó una relación con un hombre que parecía ser todo lo que ella deseaba. Un protector, un guía cariñoso. Pero el fantasma de la violación la atormentaba en sus pesadillas y no podía sobreponerse al rechazo físico hacia los hombres.

– Al principio fue paciente, pero después todo cambió. Me pegaba cada vez más, me amenazaba de muerte. Buscaba en Google “muertes horribles y lentas”. Y decía que me cortaría la cara para que no le gustase a nadie más.

Finalmente, después de siete años, él se fue de la casa. Pero el dolor no. Las cifras nunca son exactas, pero se estima que el año pasado hubo cerca de 3.000 mujeres asesinadas en México. Según el portal Animal Político, sólo 726 casos se investigan como feminicidio. A Paula la persiguen dos espectros. Uno, con la calavera con la daga. Otro, que su hija repita su misma trágica historia.

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La manipulación de un Lucero

Lo que Paula nunca se atrevió a hacer por sí misma, lo hizo por su hija mayor, Lucero (pseudónimo): denunciar. Pero eso no la libró del tormento.

Con 13 años, Lucero se enamoró de un chico ocho años mayor que ella; uno que le decía “si realmente me quieres, bébete eso”. Un día la pequeña Lucero no llegó a casa. Su madre denunció la desaparición de inmediato. Dos semanas más tarde la policía la encontró, junto a otra chica, encerrada en una bodega por su ‘enamorado’. Estaban drogadas y habían sido violadas. Pero tras el juicio él salió libre. Sin cargos.

Él salió antes que nosotras de los juzgados”, cuenta ‘Paula’ con rabia e indignación en la voz. Su hija, como muchas otras mujeres que recorren este camino, fue revictimizada durante todo el proceso. Mientras le realizaban la inspección médica (en la Procuraduría) los médicos y los agentes la acosaban diciéndole “algo hiciste para él te hubiese tratado así”, recuerda la madre.

Desde entonces sus vidas han sido un calvario. Judicial y personalmente, porque Lucero, psicológicamente devastada y embarazada fruto de esa violación, volvió a caer en las redes de su captor. Ahora viven amenazadas por la familia del violador, especialmente por la madre de éste, al que Paula acusa de manipular y torturar psicológicamente a las chicas que salen con su hijo. “Me han roto las ventanas, nos han amenazado de muerte”, revela ‘Paula’.

Lucero trata hoy de reconducir su vida. Asiste a una clínica de desintoxicación y recibe apoyo psicológico para volver a vivir con la ilusión que le arrebataron los golpes, las drogas y caricias forzadas. Pero la causa contra su maltratador, quien sigue libre, no se ha resuelto. Como tampoco su relación con el bebé, al apenas ahora está aprendiendo a amar.

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