HISTORIA DE UNA FAMILIA

Mandela: maldición y abuso del sagrado apellido real plebeyo

El 13 de julio moría la hija pequeña de Nelson Mandela, Zindzi, y con ella se daba un nuevo giro de tuerca en el drama de una familia acostumbrada a pasarse la vida celebrando el llanto

Foto: Nelson Mandela junto al presidente tanzanio Benjamin Mkapa en 1998. (Reuters)
Nelson Mandela junto al presidente tanzanio Benjamin Mkapa en 1998. (Reuters)

Hay familias reales cuya legitimidad no se basa en los títulos nobiliarios de un antepasado hace varios siglos sino en el legado vital de uno de sus miembros. Un tronco del que emana respeto y convierte a sus descendientes en parte de una saga venerada por herencia de nombre. Los Gandhi de la India, los Kennedy de Estados Unidos y los Mandela de Sudáfrica son tres ejemplos. Apegados al poder, mediáticamente incombustibles, con un halo de desgracia permanente sobre sus cabezas y no siempre merecedores del apellido que portan.

Los periodistas que cubrimos desde Sudáfrica la larga enfermedad de Nelson Mandela (Madiba), la primera vez que se rumoreó que podría estar muy grave fue en enero de 2011 y falleció el 5 de diciembre de 2013, nos acostumbramos al final a escribir numerosas piezas sobre el triste espectáculo que iba dando su familia troceando y repartiéndose la herencia de un icono aún con vida.

La sombra de Madiba es muy larga y ancha. Se han intentado aprovechar de ella su familia, su entorno y hasta conocidos y desconocidos que se avecinan a su figura por osmosis o fantasean con ser Mandela al entrar en una prisión sin entender que Mandela es Mandela más por lo que hizo al salir de ella. “Se ha ido un gigante de la historia”, dijo el presidente Barack Obama en el funeral celebrado en Soweto por el expresidente sudafricano. Y lo malo de descender de un gigante es que es complicado después no parecer muy pequeño. Un halo trágico, además, se cierne sobre la alargada cuerda de Míster Mandela, que es cómo allí, con el respeto del usted, le llaman los suyos.

La sombra de la muerte

El pasado lunes 13 de julio moría en un hospital de Johannesburgo la hija pequeña de Nelson y Winnie Mandela, Zindzi, de 59 años, y con ella se daba un nuevo giro de tuerca en el drama de una familia acostumbrada a pasarse la vida celebrando el llanto. De los seis vástagos que tuvo Nelson, cuatro, contando con Zindzi, ya han fallecido. Los otros tres decesos son todos hijos que tuvo con su primera mujer, Evelyn Ntoko, fallecida también en 2004.

Madiba Thembekile, su primogénito, falleció en 1969 en un accidente de tráfico con 25 años. Su segunda hija, Makaziwe, murió con sólo nueve meses en 1948. Y Makagatho, su tercer hijo falleció en 2005, con 55 años, por sida. Esa muerte es en parte la más impactante y reveladora para Madiba y para Sudáfrica. Mandela miró a otro lado en su lucha inicial de la “pandemia” del sida y permitió que la dolencia se extendiera con fuerza por Sudáfrica llevándose la vida de millones de personas y entre ellas la de su amado hijo.

“En 1999, justo ante de dejar la presidencia, pidió perdón en un mitin por no haber hablado del sida”, explica Alec Rusell en su excelente libro 'After Mandela'. Nihalo Mollana, amigo de Mandela y su médico de cabecera, recordaba aquel error: "Me enojo cada vez que lo pienso. Cada vez que veo a Mandela le echo la bronca por eso”. Nunca se ha sabido bien qué ocurrió en la cabeza de Madiba para presentar en 1992 un programa de Gobierno en el que había diferentes actuaciones para paliar la “pandemia” y después, hasta 1996, sólo hacer una vaga mención del sida en la conferencia de Davos, Suiza. En aquellos años, en Sudáfrica, había fuertes corrientes de opinión que apuntaban a que el sida era un invento de los blancos para someter de nuevo a la África independiente. La inanición inicial en esta crisis es la muestra de que hasta los gigantes de la historia como Mandela tienen alguna mancha en su hoja de servicios.

La muerte también ha tocado a sus bisnietos. Una hija de la recién fallecida Zindzi fue la explicación de que Míster Mandela no estuviera presente en la inauguración de la Copa del Mundo de Fútbol de 2010 en su Sudáfrica. La pequeña, de 13 años, perdió la vida en un accidente de coche cuando regresaba de asistir justamente a uno de los festejos que se realizaban los días previos al inicio de la competición. Otra hija de Zindzi, nacida en 2011, murió poco tiempo después de nacer.

La sombra del escándalo

El nombre africano de Mandela es Rolihlahla. Mandela explica en el primer párrafo de su autobiografía 'Largo camino a la libertad' que ese nombre que le dio su padre significa en xhosa el que tira de la rama de los árboles, pero que realmente quiere decir el “hacedor de problemas” o “alborotador”. El nombre desde luego le encaja a él a la perfección y parece, también, un designio para todo una estirpe que ha usado las múltiples puertas giratorias que ofrece su apellido.

Los Mandela han vivido y viven bien en la Sudáfrica democrática. Zindzi era la embajadora de Sudáfrica en Dinamarca y estaba a la espera de traslado ahora a Liberia. Zenani Mandela, la hija mayor de Nelson y Winnie ha sido también embajadora en Argentina y es la actual Alta Comisionada (embajadora en la Commonwealth) en Isla Mauricio. Makaziwe, la otra única hija viva de Madiba, tiene una amplísima carrera profesional ocupando cargos muy destacados en empresas sanitarias, energéticas, financieras… Es también la propietaria de la bodega House of Mandela Wines.

Ella, junto al nieto de Mabiba, Mandla Mandela, el jefe del clan Mandela, protagonizaron las bochornosas peleas familiares previas y posteriores a la muerte de Nelson. El prestigioso semanario sudafricano Mail&Guardian titulaba el 30 de junio de 2013 “Mandla vs Makaziwe: a tiros por ser el Mandela jefe”. En aquel momento la pelea era por la exhumación de los restos familiares de algunos de los hijos de Madiba y dónde iba a ser enterrado el icono mundial entre las cercanas localidades de Mvezo y Qunu (la cuna de Mandela y la población donde creció). En el trasfondo, era colocar a uno u otro lugar en el mapa universal con una tumba icónica. Acabó siendo enterrado en Qunu, y por suerte para Mandela, no tuvo que asistir al espectáculo que dieron los suyos y que seguimos en la puerta de su finca unos cientos de periodistas entre rumores de vetos familiares, disputas y hasta expulsiones de la casa de amigos o familiares políticos del fallecido.

Memorial de Nelson Mandela. (EFE)
Memorial de Nelson Mandela. (EFE)

Cuatro años después se embarró más aquel recuerdo. La Defensora del Pueblo de Sudáfrica, Busi Mkhwebane, denunció en 2017 grandes irregulares financieras en los gastos del funeral en la región de Eastern Cape. Hay contratos de camisetas conmemorativas a muy alto precio que no aparecen por ningún lado y apropiación indebida de fondos por valor de 22 millones de dólares, declaró la “Public Protector” en una investigación que sigue su curso y en el que parecen estar involucradas las autoridades regionales. La familia exigió hace tres años que se depuraran responsabilidades en un comunicado público.

Una viuda maltratada

Tampoco la última viuda de Mandela, Graça Machel, ha salido bien parada de la guerra familiar que se vivió en los últimos días de la vida de Madiba. Las complicadas relaciones entre la viuda del sur de África, también viuda del libertador y presidente mozambiqueño Samora Machel, y las hijas de Mandela fueron conocidas siempre y dejaron regueros de comentarios durante el funeral hasta que fueron confirmadas en un libro. En 2014, Zelda La Grange, la estrecha secretaria de Mandela en sus últimos 20 años de vida, publicó un libro 'Buenos días, Míster Mandela', donde afirmaba que Graça Machel tuvo que tener una acreditación de Makaziwe para entrar en el funeral de su marido. “Nunca vi a nadie soportar ser tratada peor y humillada como a esa mujer. Era la única persona que le hacía realmente feliz”, declaró la autora.

El texto cuenta como Makaziwe llamaba a Graça “Miss Frenética” por un ataque de supuesta ansiedad que tuvo la mozambiqueña en una ambulancia en una de las crisis de su marido y como desde la Fundación que ella controlaba, en los últimos días de vida de Madiba, se prohibió la visita de amigos muy cercanos del ex presidente y lo aislaron de su entorno. “Los familiares discutían acaloradamente frente a él del reparto de la herencia”, aseguró La Grange. La respuesta de Makaziwe a aquellas revelaciones es que no estaba interesada en las palabras de esta mujer y que se plantearía demandarla (algo que no ha hecho).

'Mandela´s Last days', un posterior libro escrito por Vejay Ramlakan, uno de los doctores que trató hasta el final a Mandela, aseguraba sin embargo que la mujer que sujetaba en el último instante de vida la mano de Madiba era su ex, la muy querida y controvertida en Sudáfrica Winnie Mandela. Graça condenó “en los más duros términos” la publicación de este libro que, añadió, “rompe la confidencialidad entre médico y paciente”. El libro fue finalmente retirado de la circulación por la editora Penguin Random House tras las amenazas de Graça de denunciar al autor y la casa editorial.

La ex, víctima y verdugo

Un nieto de Mandela, Mbuso, fue acusado de violación a una menor de la que finalmente salió absuelto; Mandla, el jefe del clan lo fue de bígamo, pero la figura más controvertida del entorno de Mandela es su exmujer Winnie. Sería imposible resumir en unas líneas la vida y el significado de esta mujer en la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Maltratada y perseguida injustamente por el régimen racista durante muchos años de prisión de su marido Nelson, acabó siendo ella la condenada por el secuestro y muerte de un joven de 14 años en 1990.

La víctima de piel negra era un supuesto colaborador del gobierno blanco de Pretoria. Ella actuaba a través del Mandela United Football Club, una especie de guardia pretoriana creada a mediados de los 80 de jóvenes de Soweto de la que se rodeó y que ejecutaban ataques bajo sus órdenes a supuestos informadores que había en las township (barriadas). La fórmula usada de castigo eran los famosos collares de caucho, ruedas que colocaban en torno a la víctima y luego le prendían fuego. “Con nuestras cajas de fósforos y nuestros collares liberaremos a nuestro país”, llegó a declarar ella. Fue condenada a seis años de cárcel por aquel secuestro y uno de sus guardaespaldas culpado del asesinato, pero en apelación se redujo su pena, no la de él, a una multa.

Esa es la mujer radicalizada políticamente que encontró Mandela al salir de la cárcel y de la que se separó inmediatamente en 1992 y divorció finalmente en 1996. “Si el universo entero intentara convencerme de que me reconciliara con ella, no lo haría”, declaró en el juicio un hombre que fue capaz de reconciliarse hasta con sus torturadores. En 2003, además, fue acusada y declara culpable de 43 casos de fraude y 25 de robo en un manejo de fondos de la Liga de Mujeres del Congreso Nacional Africano. También aquí obtuvo en apelación una reducción de condena que le evitó ir a la cárcel.

Pese a todos esos escándalos, hay más casos que los antes mencionados, su figura mítica y su nombre fueron sacrosantos para millones de sudafricanos. “Ella es la mamá de esta nación. Luchó por este pueblo y no se vendió”, escuché sobre ella en varias ocasiones en Sudáfrica entre una pequeña parte de la población que veía en ella y no en Mandela a la verdadera freedom fighter. Winnie, por su parte, pese a las claras desavenencias personales y políticas con su exesposo, acabó acompañándole en sus últimos momentos de vida y nunca renunció a portar el apellido sagrado: Mandela.

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