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Viaje al Benidorm chino en plena pandemia: es posible el turismo nacional sin contagios

Al aeropuerto de Sanya llegan cientos de turistas con un objetivo: visitar las playas sin ponerse morenos y disfrutar de una idílica puesta de sol entre las palmeras de este paraíso tropical

Foto: Imagen de archivo de la playa de Sanya en la provincia de Hainan. (Reuters)
Imagen de archivo de la playa de Sanya en la provincia de Hainan. (Reuters)

“Independientemente de que tenga equipaje facturado, por favor acuda al aeropuerto con tiempo suficiente para cumplir con los nuevos protocolos de salud”. El mensaje lo envía la aerolínea China Eastern a través de su aplicación móvil y hace presagiar una odisea en el aeropuerto de Shanghái. Al fin y al cabo, viajar en tiempos del coronavirus se ha convertido en poco menos que una quimera.

Pero lo cierto es que el proceso resulta mucho más sencillo de lo esperado. Una azafata dirige a los pasajeros a una mesa en la que se muestran diferentes códigos QR, e indica cuáles se han de escanear dependiendo del destino al que se vuele. Para ir a Sanya, el Benidorm chino que el año pasado visitaron 83 millones de personas, hay que mostrar dos: el que ha desarrollado la ciudad de Shanghái -solo se puede viajar si el código QR aparece en verde- y otro nacional que rastrea todos los lugares por los que hemos pasado. Si no hemos estado en zonas de riesgo, en la pantalla aparece una flecha verde.

“¿Ha estado en Pekín [donde se ha producido un rebrote que tuvo en vilo al país la semana pasada] en las últimas dos semanas?”, se cerciora la empleada de facturación antes de ofrecer la tarjeta de embarque. A bordo del Airbus A-321, que viaja con una ocupación superior al 80%, los tripulantes de cabina van protegidos con guantes y mascarillas quirúrgicas. Para los pasajeros, solo las segundas son imprescindibles, pero una azafata toma la temperatura de todos antes de aterrizar.

"El golpe del virus ha sido duro"

En el aeropuerto de Sanya, una sirenita de carne y hueso, que bucea en un tanque con peces de colores y un tiburón pequeño, da la bienvenida a cientos de turistas que llegan con un objetivo: visitar las playas sin ponerse morenos y disfrutar de pescado y marisco con una idílica puesta de sol entre las palmeras de este paraíso tropical nacido con la intención de plantar cara a Tailandia o Filipinas. Parecen muchos, pero la enorme cola de taxis a la salida demuestra que son muchos menos de lo habitual. “He tenido que esperar tres horas para que me tocase un pasajero”, cuenta el conductor que nos lleva a nosotros. “La situación está mejorando, pero el golpe del coronavirus ha sido duro”, reconoce.

En Sanya, como en cualquier otro lugar, el turismo tiene dos vertientes: nacional -que supone nada menos que el 98%- e internacional. No obstante, la señalización da una pista clara sobre el monocultivo que domina la segunda categoría: todos los carteles están en chino y en ruso. La isla tropical de Hainan ha sido un destino tradicional para los ciudadanos del gigante vecino porque los rusos no necesitan visado para acceder a ella y los establecimientos se han adaptado a sus gustos. Pero las fronteras de China están cerradas a cal y canto para todos los turistas extranjeros desde el pasado 28 de marzo, y ya no se les espera este año.

La oficina de turismo de Sanya rechaza la entrevista solicitada por este periodista, pero reconoce que da por perdida la temporada en el caso de los viajeros internacionales. “Estamos aprovechando para atraer al turista local”, comenta por teléfono la responsable de prensa. Lo tienen fácil, porque los ciudadanos chinos también están presos: las restricciones impuestas por todo el mundo y la cancelación de rutas aéreas hacen casi imposible salir del país. Sin embargo, las tarifas aéreas de los vuelos domésticos -operados en su mayoría por aerolíneas de propiedad estatal- están en mínimos, y lo mismo sucede con los hoteles.

Xi Jinping en Sanya. (Reuters)
Xi Jinping en Sanya. (Reuters)

Buena muestra de ello es el enorme complejo hotelero y de apartamentos conocido popularmente como ‘los árboles de Lego’ por la forma de estos nueve rascacielos que ofrecen más de 6.500 habitaciones. Se construyó en 2012 para atraer un turismo masivo, y ahora se puede pernoctar en su interior desde solo 9 euros por noche. “El sector de lujo está capeando mejor el temporal porque la población adinerada continúa viajando. Pero los viajeros menos pudientes se quedan en casa y eso nos está haciendo daño”, comenta un responsable del Sanya Beauty Crown Hotel, que prefiere no dar su nombre porque no tiene permiso para hablar con la prensa. “El Gobierno está propiciando los puentes de cuatro o cinco días para que la gente viaje, y esperamos que eso ayude”, apostilla. El día 25 comenzará el siguiente.

Turismo patriótico

En el complejo turístico de la cadena InterContinental reconocen que los descuentos están funcionando y que su hotel, de cinco estrellas, alcanza ya en torno al 70% de la ocupación. Eso sí, los extranjeros brillan por su ausencia. La mayoría de los clientes son familias y jóvenes chinos. Muchos vienen hasta aquí para hacer sus fotos de boda. Es el caso de Li y Wang, una pareja de Fuzhou que había planeado producir su ‘book’ más romántico en París y Roma. “Evidentemente, ahora no se puede viajar a Europa. Pensamos en posponer el viaje, pero la agencia nos ofreció un descuento muy generoso si decidíamos viajar a Sanya y, como no sabemos cuándo podremos volver a salir de China, nos hemos animado”, cuenta él.

“Me parece una buena alternativa porque hay que impulsar el consumo y el turismo nacionales. Debemos pensar en el país y en la gente que ahora necesita el trabajo”, añade ella en tono más patriótico. Para celebrar su enlace, el hotel les ha preparado una cena romántica en la playa, con velas eléctricas, flores de plástico, dos carteles luminosos de ‘Love’ que atraen todas las miradas, y dos camareros que les sirven en exclusiva. Ya de noche, ella se viste el traje de novia y un equipo de fotógrafos profesionales los retratan en la playa. Que el negocio va bien se demuestra por los otros focos de luz que marcan parejas en actitud similar a lo largo de la escénica playa de Dadonghai.

Salvo por algún control de temperatura ocasional y el hecho de que algunas personas se protegen con mascarilla, la nueva normalidad en Hainan es casi idéntica a la vieja. En cualquier caso, Sanya ha descubierto que depender en exceso del turismo -supone el 20% del PIB de toda Hainan- no es muy conveniente, y apuesta por diversificar su economía gracias a la nueva Zona de Libre Comercio, que será la más extensa del país y que se está desarrollando con una inversión de más de 5.000 millones de euros. Las empresas que se establezcan allí contarán con un impuesto de sociedades limitado a un máximo del 15%, mientras que el talento verá recortada notablemente su aportación al Estado vía IRPF y los turistas podrán beneficiarse adquiriendo productos ‘tax free’ por valor de hasta 100.000 yuanes (12.600 euros).

La meta delineada por el Gobierno es que, para 2035, la isla de Hainan, con su flamante puerto nuevo, “tenga una gran influencia internacional”

‘Será más que Hawaii’, tituló el diario oficial China Daily. Y para que así sea, China incluso ha creado una nueva aerolínea que impulse ese nuevo objetivo: Sanya International Airlines. La meta delineada por el Gobierno es que, para 2035, la isla de Hainan, con su flamante puerto nuevo, “tenga una gran influencia internacional”. Pero este plan, que debería estar prácticamente desarrollado en 2025, tiene también un objetivo político: que Sanya supere a Hong Kong.

Como señala Forbes en un artículo, el hecho de que Estados Unidos ya no considere a la excolonia británica como un socio preferente exento de aranceles que sí son de aplicación al resto de China, puede suponer un impulso para la alternativa que supone la Zona de Libre Comercio de Sanya, aunque otras iniciativas similares han tenido una acogida tibia en diferentes lugares del país. La de Shanghái, por ejemplo, apenas ha logrado atraer a un puñado de empresas extranjeras. En cualquier caso, de momento, el frenesí de Sanya se nota en las grúas que continúan levantando monstruos de hormigón. Nadie diría aquí que el mundo se ha paralizado por una pandemia: la actividad económica parece haberse recuperado con brío. Y, sobre todo, los turistas vuelven a hacerse ‘selfis’ sin parar.

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