¿Qué se dice del Covid en el mundo? | Merkel, a Macron: "Por favor, silencia el micrófono"
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LAS DISTINTAS RAMIFICACIONES DE LA CRISIS

¿Qué se dice del Covid en el mundo? | Merkel, a Macron: "Por favor, silencia el micrófono"

Esta revista de prensa reúne algunos de los artículos publicados en el mundo más útiles para entender lo que está pasando y sus consecuencias futuras

Foto: ¿Qué se dice del Covid en el mundo? | Merkel, a Macron: "Por favor, silencia el micrófono"
¿Qué se dice del Covid en el mundo? | Merkel, a Macron: "Por favor, silencia el micrófono"

Los medios de comunicación globales están centrados en la cobertura de las muy distintas ramificaciones que tiene y tendrá la crisis del coronavirus: la sanitaria, la económica, la política, la geoestratégica. Esta revista de prensa reúne algunos de los artículos publicados en el mundo más útiles para entender lo que está pasando y sus consecuencias futuras. Es un intento de discernir la señal del ruido, aunque sea de manera provisional.

En Bloomberg, John Miclethwait y Adrian Wooldridge escriben que “el virus debería ser una llamada de atención para Occidente”. “Hoy, la ventaja de Occidente en materia gubernamental es cuestionable. Pregúntate, simplemente, dónde te sentirías más seguro: ¿en Nueva York y Londres o en Singapur y Seúl? Asia está alcanzando a Occidente, y algunos países pequeños ya lo han adelantado, en buena medida porque en concreto el Asia confuciana se ha tomado el gobierno en serio durante las últimas décadas mientras Occidente permitía que se anquilosara”.

Y siguen: “En Occidente, el sector público está décadas por detrás del sector privado en términos de eficiencia y dinamismo. Lenin dijo en una ocasión que ‘hay décadas en las que no pasa nada y hay semanas en las que pasan décadas’. La crisis del coronavirus es exactamente el tipo de acontecimiento que acelera la historia. Si los gobiernos occidentales responden de manera creativa a esta crisis, tendrán la oportunidad de revertir décadas de decadencia; si dudan y se quedan retrasados mientras Asia sigue mejorando, sin duda la perspectiva de un mundo dominado por Oriente se reforzará”.

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Una de las grandes historias de estas semanas, que está pasando algo desapercibida por la crisis del coronavirus, pero que está muy influida por esta, es la del precio del petróleo. A principios de marzo, ante la expansión de la pandemia y la reducción de la actividad económica, la OPEP, liderada por Arabia Saudí, y Rusia negociaron un acuerdo para reducir la producción de barriles y así mantener los precios estables. Después de no lograr un pacto, Arabia Saudí aumentó su producción de barriles con la idea de que la bajada de precios dañara especialmente a Rusia, que también aumentó la producción. La suma de la caída del consumo y del aumento de la oferta provocó un desplome de los precios a mínimos inéditos en casi 20 años.

Pero ahora ambas partes han llegado a un nuevo acuerdo que cuenta, además, con el inesperado beneplácito de Donald Trump, quien hace no mucho decía que ese desplome de los precios iba a actuar benéficamente para los estadounidenses como “un inmenso recorte de impuestos”.

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El 'Financial Times' cuenta lo que ha pasado en una pieza titulada “¿Qué significa para el mundo el acuerdo entre la OPEP y Rusia respaldado por Estados Unidos?”. El tamaño del recorte de la producción acordado ahora, dice el FT, es “el doble de los recortes acordados después de la crisis financiera global”, pero “a pesar de su magnitud histórica, este acuerdo no pondrá fin al colapso de la demanda global causado por la pandemia del coronavirus, que es mucho mayor y ha reducido el consumo un 30% del total global”. Esta reducción drástica del consumo, probablemente, mantendrá los precios bajos.

En una decisión arriesgada en año electoral, Donald Trump cambió de opinión y auspició el pacto para impedir mayores bajadas. “Su cambio de opinión es un gran triunfo para los ejecutivos de la industria del petróleo de esquisto ['shale oil'] que le presionaron mucho para que interviniera, sabiendo que sus negocios —y, como señaló Trump, miles de puestos de trabajo en los Estados productores de petróleo— estaban en juego”.

“Por favor, silencia el micrófono”, decía el mensaje que apareció en la pantalla en mitad de una videoconferencia. Algo que vemos todos los días quienes trabajamos desde casa manteniendo constantemente reuniones a distancia. La diferencia, explica el 'Economist' en el número de esta semana, es que en esa reunión quienes hablaban eran Emmanuel Macron y Angela Merkel, reunidos a distancia con los otros 25 jefes de Gobierno de la Unión Europea. Ni siquiera el estatus de los participantes, dice la revista británica, “impidió los horrores banales del trabajo a distancia. Las malas conexiones, los susurros captados por el micro y los ángulos de la cámara poco favorecedores forman ahora parte de la más elevada política europea, de la misma manera que en cualquier oficina que mantenga cierta actividad en tiempos de coronavirus. El confinamiento en toda Europa ha destruido la manera de trabajar de la UE, precisamente cuando el continente está teniendo problemas para enfrentarse a una pandemia y frenar una depresión económica”. Lo cual puede ser un problema, dado su funcionamiento.

“La cercanía es un arma en Bruselas, donde las reuniones se alargan hasta la madrugada con la esperanza de encontrar una solución. Acabar tarde es un rasgo y no una excepción en las reuniones europeas, y la falta de sueño actúa como una forma de tortura benigna (…). La manera en que una sala de reuniones sin ventanas puede parecer una celda temporal nunca se conseguirá con una videoconferencia. De un modo similar, las preocupaciones nacionales parecen distantes cuando te reúnes cara a cara en Bruselas (…). Los líderes europeos tienen espacio para pensar en un mundo que queda más allá de su país de origen. Es difícil abstraerse así en una videollamada”.

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Si hay una 'startup' que ha experimentado y simbolizado los problemas por los que están pasando actualmente los llamados unicornios —empresas valoradas en más de 1.000 millones de dólares que aún no han salido a bolsa—, esa es WeWork, el servicio de alquiler de espacios de oficina para 'coworking'. Cuando el otoño pasado intentó salir a bolsa, se descubrieron las malas prácticas de su consejero delegado, Adam Neumann, que fue obligado a dimitir tras conocerse sus gastos al contratar grupos de música famosos para fiestas de la empresa, el consumo generalizado de alcohol en horas de oficina entre los trabajadores y, sobre todo, que había diseñado una estructura corporativa más parecida a una monarquía absoluta que a una empresa moderna, en la que su mujer heredaría su puesto si él fallecía.

Como dice 'Les Echos', el principal periódico económico francés, “un 'shock' económico sin precedentes, más de tres mil millones de personas confinadas, el auge del teletrabajo: es difícil imaginar un escenario peor que la pandemia del Covid-19 para un gigante del 'coworking' como WeWork. La empresa estadounidense, ya duramente golpeada por el fracaso de su salida a bolsa en Wall Street, debe enfrentarse además a una demanda en punto muerto y al éxodo de una parte de sus cerca de 662.000 miembros”.

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Los 23 edificios que gestiona en París, dice el periódico, están prácticamente vacíos porque, por la propia naturaleza flexible del 'coworking', permite que los clientes desaparezcan. “La ecuación, ya delicada, podría volverse insostenible”. Porque la empresa no solo debe hacer frente ahora a los alquileres de los espacios que redecora y luego alquila, sino que SoftBank, su principal inversor hasta la fecha, ha renunciado a inyectar 3.000 millones de dólares como parte de un acuerdo de rescate. WeWork está valorada ahora en un 20% de la valoración máxima que alcanzó a mediados del año pasado, 10.000 millones frente a 47.000 millones. Hay quien considera su caso como un anuncio de lo que sucederá en muchos mercados inmobiliarios.

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