ELECCIONES EN NOVIEMBRE

Bernie o muerte: ¿puede un socialista llegar a presidente de Estados Unidos?

La agitación política en EEUU ha dado a Sanders una aureola de santo, de viejo profeta. Pero su vertiginoso ascenso va acompañado de muchas dudas y ansiedades en el seno del partido

Foto: Bernie Sanders. (Reuters)
Bernie Sanders. (Reuters)

Este 2 de marzo es el supermartes, el día decisivo para las primarias demócratas en Estados Unidos. 1.344 delegados estarán en juego (un tercio del total). Al final de la jornada, el candidato que haya obtenido el mejor resultado tendrá todo de cara para ganar la nominación Demócrata en julio y enfrentarse a Donald Trump en las elecciones presidenciales de noviembre. Y Bernie Sanders parte como favorito.

El pasado otoño tuvo un infarto y el año que viene cumplirá ochenta, pero Bernie Sanders ha logrado aglutinar el apoyo masivo de la juventud demócrata y ponerse a la cabeza de la carrera por la nominación presidencial. Su vertiginoso ascenso, sin embargo, va acompañado de muchas dudas y ansiedades en el seno del partido, que en las últimas horas ha orquestado una purga de otros candidatos moderados, para unir fuerzas en torno a Joe Biden. Una cosa son las primarias y otra las elecciones generales. Una cosa es hablar en tu parroquia; otra, convencer a los indecisos de que voten al primer presidente socialista de la historia de Estados Unidos. ¿Es Bernie Sanders viable?

“Bernie es más popular que Donald Trump en los estados clave”, se escucha, constantemente, en los chispeantes mítines del senador de Vermont. Y es cierto, al menos en Michigan, Wisconsin y Pensilvania, según las estimaciones de la Universidad de Madison. El socialista ganaría por poco a Trump en estos lugares, que fue donde se decidieron las anteriores elecciones. A nivel nacional, la media de varias encuestas da a Sanders el 49,7% de los votos, frente al 45,3% de Trump.

La agitación política en EEUU ha dado a Sanders una aureola de santo, de viejo profeta. Un visionario cuya ideología se ha mantenido incólume desde principios de los años sesenta, cuando lideraba sentadas en la Universidad de Chicago o participaba en las marchas de Martin Luther King. Para sus simpatizantes, esto refleja coherencia y compromiso. Una actitud que no le impide maniobrar, ser pragmático e incluso aliarse con los conservadores, como demuestran su actividad legislativa y sus ocho años en la alcaldía de Burlington. Para sus críticos, Sanders sería un monomaníaco: un individuo obsesionado con una idea, sea cual sea la situación o el momento. Una receta que, por fin, después de 50 años, ha prendido en la América del descontento.

“Siempre ha estado ahí, en el radar progresista”, dice Summer Wasko, militante sanderista de Maryland, a El Confidencial. “Creo que las generaciones más jóvenes han visto qué ha pasado con la generación del ‘baby boom’ y están listos para un cambio. No estaban haciendo las cosas bien y hace falta algo radical para cambiarlo”.

Una bomba de deuda

Durante meses, el candidato ha evitado revelar los detalles de cómo pagaría su ambiciosa agenda social, hasta que este pasado lunes subió los números a su web de campaña. Solo el plan de sanidad pública universal, el llamado “Medicare para todos”, costará, según Sanders, 30 billones de dólares en diez años (billones europeos: trillions). A esto se añade la universidad pública para todos, la cancelación de la deuda estudiantil, la cancelación de la deuda médica, guarderías públicas, vivienda para todos, expansión y garantía de solvencia de la Seguridad Social hasta el año 2070, y el Green New Deal: un plan ecológico de más de 16 billones de dólares.

Aun si el impuesto a la riqueza o a la especulación en Wall Street aportara las caudalosas sumas que calculan los de Sanders, no estaría claro cómo se pagarían esos programas. El déficit de su agenda quedaría en 25 billones de dólares. Algunas de estas políticas sonaban a ciencia ficción en 2016, pero en este ciclo electoral han sido adoptadas en diferentes grados por los rivales del senador y gozan de un creciente apoyo popular. El “Medicare para todos”, en sus diversas variantes, ya tiene la simpatía general de siete de cada diez norteamericanos.

Sanders se ha valido de su fama y de su corte de expertos en redes sociales, curtidos en 2016 y en Occupy Wall Street, para popularizar estas ideas y cementar su imagen. Según una encuesta de la Universidad de Monmouth, tres cuartas partes de los demócratas tienen una opinión favorable de Sanders y su popularidad nacional es del 53%: bastante mayor que la media de sus rivales de partido. El socialista, además, se ha convertido en el primer político que gana el voto popular en las primarias o caucus demócratas de Iowa, New Hampshire y Nevada.

Llegan los Bernie Bros

Esta sería una escuela: la escuela que ve en Sanders al único aspirante con la energía y la audacia para vencer a Trump. Un rebelde, un populista de signo contrario. Como explica Peter Hamby en Vanity Fair: “En la edad de Trump, del hiperpartidismo, la desconfianza internacional y las redes sociales, Sanders podría ser examinado como el candidato casi perfecto para competir cara a cara con Trump este año”.

La otra escuela, por el contrario, se siente intimidada por el fulgor de los sanderistas: sus deslenguadas campañas en las redes sociales y sus acciones directas, como llevar a un acto de Joe Biden (que ha perdido a una esposa y a dos hijos) un ataúd en calidad de metáfora de su campaña muerta. Pero, sobre todo, les preocupa ver cómo el socialista se estrella contra el muro del trumpismo el 3 de noviembre.

Un reciente estudio de profesores de las universidades de Berkeley y Yale quiso poner a prueba estos sondeos y determinar qué demócratas son más elegibles. En base a la opinión de 40.000 encuestados, dedujeron que Bernie Sanders no era más viable que sus competidores moderados. Y, sobre todo, que muchos indecisos, si tuvieran que elegir entre Sanders y Trump, elegirían al republicano. En cambio, sí optarían por Joe Biden, Pete Buttigieg o Michael Bloomberg de tener la posibilidad.

La campaña de Sanders dependería de que votasen masivamente, en números nunca vistos, la juventud y personas que hasta ahora no se han interesado en votar. Una apuesta arriesgada, dado que el senador tiene el mismo problema que su rival Trump: una base movilizada y fiel, pero muy reducida. De hecho el grupo más inclinado a votar por Trump en caso de que se enfrente a Sanders, es el de “blancos sin título universitario”. La clave del vuelco electoral de hace cuatro años.

El miedo a imitar a Corbyn

La potencial debacle temida en el centro demócrata tiene nombre y apellidos: Jeremy Corbyn, el laborista británico que hizo virar su partido a las posiciones más izquierdistas. El líder que defendía, entre otras medidas, la nacionalización de la sanidad y del sector energético, aglutinando el grueso del voto joven y multirracial del Reino Unido. El veterano septuagenario bregado en protestas y grandes causas. El candidato responsable de la peor derrota laborista desde 1935.

También acecha a los demócratas el fantasma de George McGovern. En 1972, este senador progresista recibió la nominación para vencer al villano de la época: el presidente Richard Nixon, que se presentaba a la reelección. McGovern lanzó una campaña de base, con fuerte apoyo de los sindicatos y de miles de jóvenes que recorrían el país pidiendo el voto puerta a puerta para el gran cambio. McGovern perdió los comicios en todos los estados menos uno, Massachussets.

Bernie Sanders no es ni Corbyn ni McGovern. Tampoco estamos en los años sesenta ni Estados Unidos es el Reino Unido. Pero la cruzada sanderista no puede ignorar el hecho de que los votantes “socialistas democráticos” solo representan el 15% de las filas demócratas. O que, en las legislativas de 2018, los candidatos moderados ganaron, de media, un 2,2% más que los muy progresistas. O que Estados Unidos, al final, sigue siendo un país de centroderecha, donde los progresistas, según Pew Research, solo representan un 24% de la población.

Los que sí tienen claro que Sanders sería el candidato perfecto (para perder contra Trump) son los propios republicanos. Hace meses que el presidente y los medios de comunicación afines identifican al Partido Demócrata con su facción socialista, o, como ellos dicen, “los demócratas socialistas radicales”. Una etiqueta colorida que tanto vale para la congresista Alexandria Ocasio-Cortez como para Nancy Pelosi.

En Carolina del Sur, varios líderes conservadores han pedido a sus electores que vayan a votar por Sanders en las primarias, aprovechando que son abiertas. “Si hicieran eso, creemos que encolerizarían a la izquierda, porque el Partido Demócrata está dividido y así ayudarían a Donald Trump en su reelección”, declaró Stephen Brown, expresidente del Partido Republicano en Greenville.

Tampoco tendría dudas Rusia. La Casa Blanca informó al senador de que el Gobierno ruso estaría efectuando movimientos para beneficiarle. Así se lo dijo también Michael Bloomberg, milmillonario y exalcalde neoyorquino, durante el último debate de las primarias. “Vladímir Putin cree que Donald Trump debe de ser el presidente de EEUU y por eso Rusia está ayudando a elegirte para que pierdas contra él”.

El presidente de EEUU tendió un capote a Sanders, de populista a populista, de rebelde a rebelde, sembrando de paso la discordia en un partido inestable, con demasiados candidatos y la posibilidad de que acabe celebrando una convención negociada entre bastidores. “¡Felicidades, Bernie!”, dijo Trump después de los caucus de Nevada. “¡Y no dejes que te la arrebaten (la nominación)!”.

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