migrantes se dirigen a la frontera de Grecia

Erdogan convierte a un millón de refugiados en su misil geopolítico contra Europa

En Turquía hay rumores sobre autobuses gratuitos para refugiados puestos por el gobierno para presionar a Europa con un mensaje claro: o nos apoyáis en Siria o cruzarán la frontera

Foto: Tayyip Erdogan. (Reuters)
Tayyip Erdogan. (Reuters)

Es la peor pesadilla de los políticos antiinmigración y los ciudadanos que los respaldan: columnas de refugiados dirigiéndose a las fronteras de Europa a pie, en autobús, taxi o cualquier medio disponible, y donde en al menos uno de los extremos de la valla nadie les detiene. Está ocurriendo en Edirne y Çanakkale, en la frontera occidental de Turquía, así como en las islas griegas, a escasa distancia de la costa mediterránea turca. Y es el resultado de una decisión del presidente Recep Tayyip Erdogan, que anoche anunció que su Gobierno ya no impediría el paso de ningún migrante irregular más.

Entre los que cruzan hay, sobre todo, refugiados sirios, pero también iraníes, paquistaníes, iraquíes e incluso marroquíes. Hay rumores sobre autobuses gratuitos hasta la frontera desde la estación de Esenler, en Estambul, lo que, de confirmarse, demostraría que se trata de algo más que de mero abandono por parte de las autoridades turcas (el flujo, de hecho, podría no ser tan masivo, pero está siendo reportado como tal por la prensa gubernamental turca). Todavía no hay cifras claras, pero hablamos de centenares, posiblemente incluso de algunos miles. Y cuando se corra la voz serán, sin duda, muchísimos más.

Turquía acoge a unos 3,6 millones de refugiados sirios en su territorio, y ha afirmado repetidamente que no tiene capacidad para acoger a más. La ofensiva del régimen de Bashar Al Assad contra la provincia siria de Idlib ha generado otro millón de desplazados que ahora se agolpan en la frontera turca, esperando que se les permita cruzar. Anoche, un ataque aéreo sirio contra posiciones turcas en la región dejó al menos 33 soldados turcos muertos, poco antes de que el ejecutivo turco anunciase su decisión. Probablemente no es una coincidencia.

El tapón europeo no aguanta más

Cubrí la crisis de los refugiados del verano de 2015 en Turquía, Grecia, Macedonia y Hungría. En aquel entonces, a principios de septiembre, las lanchas neumáticas llegaban cada pocos minutos a la isla griega de Lesbos, donde recibían el apoyo de numerosos voluntarios, y bastaba con sentarse a esperar en las playas del norte para ser testigo de ese desembarco continuo. Allí, las autoridades griegas, molestas por la inacción europea e incapacitadas para hacer frente a la situación, otorgaban a los recién llegados un salvoconducto que les permitía cruzar el país de manera segura, hasta la siguiente frontera, donde -al menos en aquella época- se hacía más o menos lo mismo. De este modo, el problema se iba desplazando por sí solo hacia el norte.

El problema es que ya no estamos en 2015: desde hace mucho tiempo, las islas griegas están saturadas de refugiados confinados en campos cada vez en peores condiciones, y la fiebre anti-inmigración que sacude Europa hace imposible una respuesta de acogida de un alcance ni remotamente similar. Grecia y Bulgaria no pueden quedarse con los recién llegados y el resto del continente no está dispuesto a recibirlos. Si lo que quería Erdogan era presionar, ha logrado golpear donde más duele.

¿Por qué hace esto Turquía? La primera razón, expresada de forma explícita por Ankara, es una reacción a la previsible y ya mencionada nueva oleada de refugiados sirios de Idlib. Pero además, Erdogan quiere que tanto la OTAN como la UE apoyen sus planes militares en el norte de Siria: la creación de una ‘zona tapón’ a lo largo de la frontera que permita recolocar a los ciudadanos sirios actualmente en su territorio, y probablemente sirva también de santuario a los grupos armados a los que ha apoyado desde el inicio del conflicto.

El superpoder migratorio

Erdogan es muy consciente de sus bazas. A principios de 2016, un ensayo publicado por el European Council on Foreign Relations definía a Turquía como “el superpoder migratorio”, explicando lo siguiente: “En una época de migraciones masivas, la capacidad de controlar los flujos de personas es una fuente de poder. Las autoridades turcas han usado la amenaza de estos flujos para cambiar el balance de poder entre ellas y la UE”.

Poco antes, en noviembre, Erdogan le había dicho al presidente de la Comisión Europea Jean Claude-Juncker durante la cumbre del G20 en la ciudad turca de Antalya: “Podemos abrir las puertas hacia Grecia y Bulgaria en cualquier momento, y montar a los refugiados en autobuses”. A los pocos meses, Turquía firmó un acuerdo con la UE por el que recibía 3.000 millones de euros iniciales, con opción de duplicar esa cantidad a partir de 2018, a cambio de cerrar esa ruta migratoria y recibir a los refugiados deportados, y sin demasiados miramientos hacia los derechos humanos.

Ahora, Turquía ha cumplido la amenaza que le hizo a Juncker, y la clave está en el reciente desarrollo del conflicto en el país vecino, que ha motivado también el que tras una creciente serie de desencuentros con la OTAN, Ankara haya dado un giro de 180 grados hacia la institución: en las últimas semanas, responsables de los Ministerios de Exteriores y Defensa turcos llevan semanas cortejando a las autoridades de la Alianza Atlántica en busca de apoyo para su campaña en Siria, como la única forma de desbloquear el punto muerto en el que se encuentra ante el renovado empuje de las fuerzas gubernamentales sirias. Tras el ataque de este jueves, Ankara ha invocado el Artículo 4 del Tratado de la OTAN, que le permite llamar a consultas a sus miembros si considera que su integridad territorial, independencia política o seguridad está en riesgo.

Erdogan se ha pasado la última semana advirtiendo al ejército sirio de una contundente respuesta militar si este continúa con su avance en Idlib. En otras circunstancias, la amenaza podría haber funcionado, pero en lugar de eso el presidente turco se ha encontrado con una treintena de soldados regresando a casa en ataúd. La lectura que Moscú y Damasco han hecho de la situación es que Ankara no se atreverá a lanzar una ofensiva militar de gran envergadura contra Siria, que podría implicar entrar en una guerra contra Rusia, y que la OTAN tampoco respaldará su aventurerismo militar en el país vecino.

"Necesitáis a Turquía"

Al abrir el grifo de los refugiados, Ankara espera forzar un cambio en este segundo planteamiento, al menos respecto al componente europeo de la Alianza Atlántica. El mensaje que está enviando a Europa es: “Necesitáis a Turquía”. En eso, Ankara no es demasiado original: desde el establecimiento de la Convención Internacional sobre los Refugiados en 1951 ha habido al menos 75 intentos de utilizar a población desplazada como arma geopolítica, y en casi tres de cada cuatro ocasiones sus promotores han logrado al menos algunos de sus objetivos. Erdogan está jugando una mano arriesgada, pero en la Europa de 2020, donde la tolerancia hacia los migrantes es cada vez menor, podría salirle bien. Otra vez.

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