Por solo 1,2 puntos porcentuales

Luis Lacalle Pou, el joven líder que cortó con la hegemonía de la izquierda en Uruguay

Con 46 años es el presidente electo más joven desde la restauración democrática y liderará una coalición “multicolor” que incluye desde la socialdemocracia hasta la extrema derecha

Foto: Luis Lacalle Pou el domingo tras conocerse los primeros resultados (EFE)
Luis Lacalle Pou el domingo tras conocerse los primeros resultados (EFE)

Eran las 23:30 horas del domingo 24 de noviembre en Uruguay. Las urnas habían cerrado cuatro horas antes y la pequeña diferencia que separaba a los candidatos en el escrutinio preliminar no permitía declarar oficialmente a un ganador. Luis Lacalle Pou esperaba, junto a sus asesores más cercanos, que el candidato oficialista Daniel Martínez asumiera la derrota. Sabía que la diferencia era mínima pero la tendencia irreversible. No hubo anuncio público en la noche electoral y este abogado de 46 años que nunca ejerció el derecho, hijo de un expresidente, tuvo que esperar hasta la noche del jueves 28, con el segundo escrutinio más avanzado, para que su rival reconociera su victoria.

Con solo 1,2 puntos porcentuales de ventaja, Luis Alberto Alejandro Aparicio Lacalle se ha convertido a sus 46 años en el presidente electo más joven de Uruguay desde la restauración democrática (1985). Asumirá el poder el próximo primero de marzo de 2020, acabando así con quince años de gobiernos del Frente Amplio (izquierda).

Para él se trataba de una revancha personal. Su camino comenzó en 2014 cuando, contra todos los pronósticos, se hizo del liderazgo de su partido en unas primarias muy ajustadas. Pero en las elecciones nacionales de ese mismo año se llevó el gran golpe. Perdió por una abultada diferencia (17 puntos) con el actual presidente Tabaré Vázquez. Fue un 'shock' que lo mantuvo de capa caída durante varios meses, según reconoció en diversas entrevistas. Pero volvió por más. Se preparó, recorrió el país y con más experiencia, ha desarrollado cinco años después una campaña sin errores que le ha permitido lograr su objetivo.

Lacalle Pou votando el domingo 28 en la segunda vuelta (EFE)
Lacalle Pou votando el domingo 28 en la segunda vuelta (EFE)

Tras quedar segundo en la primera vuelta de las elecciones de octubre, a diez puntos del candidato oficialista, el líder del Partido Nacional (centro-derecha) ha logrado darle la vuelta a este resultado aglutinando en su persona a las fuerzas de la oposición: tejió una alianza con otros cuatro partidos que van desde la socialdemocracia hasta la extrema derecha, encabezada por un excomandante en jefe del Ejército.

Así, logró imponerse por apenas 30.000 votos en el balotaje, a pesar de que todas las encuestas preveían una victoria del centro derecha mucho más holgada, con entre 5 y 8 puntos de distancia. A pesar de la mínima diferencia, nadie ha cuestionado el resultado. Una obviedad en la tranquila y sólida democracia uruguaya pero casi una excepción en un continente convulsionado. El presidente electo encabezará a partir de marzo un Poder Ejecutivo "multicolor", el primero en la historia del país sudamericano integrado por más de dos partidos.

Fallos de la izquierda

Pero la victoria de Lacalle Pou no se explica solo en aciertos propios. Tras quince años de gobiernos con mayorías parlamentarias absolutas, la izquierda llegó desgastada a la cita electoral. La inseguridad no ha parado de crecer, con cifras récord de homicidios en 2018 (números que la OCDE considera una epidemia), una tasa de desempleo en ascenso (9,5%) y una economía que muestra signos de debilitamiento (4,9% de déficit fiscal) tras quince años de crecimiento ininterrumpido.

De esta forma, el líder blanco (como denominan en Uruguay a los integrantes del Partido Nacional) llevará a su partido a liderar por cuarta vez el Poder Ejecutivo en sus 183 años de historia. Y, además, continúa con la tradición familiar.

Nacido en una familia acomodada de Montevideo, el presidente electo lleva la política en la sangre. Heredó sus dos primeros nombres de su padre, el expresidente Luis Alberto Lacalle (1990 y 1995), que, a su vez, es nieto de Luis Alberto de Herrera, un histórico dirigente del Partido Nacional en la primera mitad del siglo pasado. Alejandro se lo debe a su abuelo materno y Aparicio es en homenaje a otro recordado líder de su partido en los inicios del siglo XX: Aparicio Saravia. Además, su madre, Julia Pou, se desempeñó como senadora entre el año 2000 y 2005 y su hijo mayor, de los tres que tiene, también se llama Luis Alberto.

Estudió en el colegio British School y en la Universidad Católica y en la actualidad vive en un barrio privado en el departamento de Canelones (junto a Montevideo), lo que lo coloca como punto de mira de aquellos que creen que vive alejado de la realidad de la mayoría del pueblo uruguayo. "Es como decir que para ser un buen oncólogo hay que tener cáncer", ha respondido a estas críticas.

Surfista, defensor e impulsor del autocultivo de la marihuana y redactor de la ley sobre reproducción asistida -proceso que vivió en carne propia- ha sido cuestionado por no votar en la Cámara de Diputados la ley que despenalizó el aborto en 2012 o la que le dio al Estado el monopolio de la venta del cannabis, leyes que pusieron a Uruguay a la vanguardia regional. Sin embargo, durante la campaña electoral se ha comprometido una y otra vez a que durante su gobierno no habrá retrocesos en la denominada "agenda de derechos" impulsada por la izquierda principalmente durante el gobierno de José Mujica (2010-2015).

Lacalle Pou llega al sillón presidencial con la promesa de ejecutar un ahorro estatal de 900 millones de dólares anuales (820 millones de euros) en un Estado al que considera "demasiado grande e ineficiente", mejorar la competitividad, reorganizar las políticas sociales y declarar la "emergencia nacional en seguridad", además de fortalecer a la Policía con una ley de legítima defensa policial.

El gran desafío del líder blanco, sin experiencia en cargos ejecutivos, será articular un gobierno que tendrá tensiones internas por las diferentes líneas ideológicas que lo componen y controlar a Cabildo Abierto, un partido de extrema derecha que en apenas ocho meses de existencia logró el respaldo del 11% de los votantes y se ubicó como la cuarta fuerza del sistema político uruguayo.

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