Temen una 'revolución de colores'

La porcelana rota o cómo Zara ha acabado en el punto de mira del gobierno chino

Cuando estás haciendo negocios en un país dirigido por un partido único y el portavoz oficioso de ese Ejecutivo te dedica hasta dos editoriales críticos, sabes que tienes problemas

Foto: Policías chinos arrestan a una mujer en las protestas en Hong Kong este martes. (Reuters)
Policías chinos arrestan a una mujer en las protestas en Hong Kong este martes. (Reuters)

Cuando estás haciendo negocios en un país dirigido por un partido único y el portavoz oficioso de ese Gobierno te dedica no uno sino dos editoriales críticos, sabes que tienes problemas. Es lo que le ha ocurrido al gigante español de la moda Zara, que ha visto cómo el diario 'Global Times', cercano al Partido Comunista Chino, lanzaba una amenaza directa de boicot contra sus productos por, supuestamente, apoyar las protestas en Hong Kong.

En un artículo titulado “Zara se enfrenta al boicot chino tras las sospechas de apoyo a la huelga en HK”, el 'Global Times' informaba sobre la pretendida indignación de numerosos ciudadanos chinos al descubrir que durante la jornada de huelgas y paros que sacudió la excolonia británica este lunes, todos los establecimientos de la firma excepto uno permanecieron cerrados. “Ya no voy a comprar más su ropa, de todos modos la calidad no es muy buena”, decía un anónimo internauta llamando al boicot, según el editorial. “Los chinos no son un cajero automático, creo que Zara piensa que ya ha hecho suficiente dinero en China”, aseguraba otro.

En otro artículo, el 'Global Times' era aún más explícito: “Zara necesita dar una solemne explicación y corregir sus propias prácticas, dando una respuesta seria a aquellos patriotas hacia Hong Kong y China, así como al público general en el país”, decía. “El público no aceptará [el cierre de] tiendas de Zara en Hong Kong. Zara no debería tomar tan malas decisiones”, añadía. La amenaza estaba clara: el Gobierno chino está en condiciones de convertir ese supuesto boicot ciudadano en uno real con un simple chasquido de dedos, poniendo en peligro sus ventas en China, que para Inditex supone el segundo mercado después de España y donde cuenta con más de 620 tiendas en 68 ciudades.

Aunque aún no ha quedado claro por qué dichos establecimientos estaban cerrados, el hecho de que las tiendas que echaron la persiana fuesen las de la isla de Hong Kong —donde estaban previstas las movilizaciones más importantes—, pero no las de los llamados Nuevos Territorios, que también forman parte del mismo territorio administrativo, apuntan a una decisión tomada a nivel local para evitar complicaciones ante unos posibles disturbios que, con una frecuencia cada vez mayor, se vienen produciendo en estas protestas. Inditex, en todo caso, ha reaccionado con rapidez, publicando un mensaje en la red social Weibo en la que se desmarca del movimiento contestatario. “Zara apoya la integridad de la soberanía territorial de la República Popular de China y siempre ha apoyado el modelo de ‘un país, dos sistemas”, decía el comunicado, que afirmaba que “nunca ha expresado ninguna opinión o adoptado acción alguna” en apoyo de estas protestas. El 'post' ha sido visto por más de 170 millones de personas.

Enfrentamientos entre policía y manifestantes en Hong Kong. (Reuters)
Enfrentamientos entre policía y manifestantes en Hong Kong. (Reuters)

Lo cierto es que China lleva muchos años expulsando a la competencia extranjera con cualquier excusa. Este tipo de presiones incluso recibe un nombre: diplomacia de la “porcelana rota” o ‘pengci’, en chino, el uso de pretextos para lanzar campañas de supuesta indignación que obliguen al adversario a modificar su comportamiento. Y en el actual contexto de guerra comercial, en el nacionalismo económico cumple un papel importante, el caso de Zara es, entre otras cosas, un mensaje a las empresas extranjeras para que se acomoden a las líneas rojas de Pekín. Por eso se ha reproducido en Global Times, un medio chino escrito en inglés y dirigido fundamentalmente a diplomáticos, multinacionales, extranjeros que viven en China y a todo aquel interesado en entender la posición oficial del gigante asiático.

Lo de Zara puede considerarse simple mala suerte: en las últimas semanas, otras empresas se han visto presionadas por las autoridades chinas por su presunto respaldo a las movilizaciones, como Cathay Pacific, cuyo consejero delegado tuvo que dimitir por la participación de muchos de sus empleados en las acciones de protesta. La última ha sido la empresa de repostería Taipan Bread and Cake, denunciada públicamente por los medios chinos por el apoyo prestado por el hijo del fundador a los manifestantes. Pero Zara es la primera gran firma extranjera en encontrarse ante esta tesitura. Con este movimiento, Pekín subraya que está dispuesto a subir la apuesta implicando a empresas internacionales, dejando claro que no tolerará ninguna injerencia política por su parte.

China lleva meses culpando a “la interferencia extranjera” de las movilizaciones en Hong Kong, especialmente a EEUU y el Reino Unido. En junio, cuando quedó claro que las protestas iban a continuar pese a la retirada del proyecto de Ley de Extradición que las había motivado en primer lugar, los medios chinos empezaron a difundir una serie de rumores, como que los manifestantes habían recibido al menos 500 dólares hongkoneses de manos de agentes estadounidenses o que muchos de sus líderes habían viajado a Washington. Se presentaron como evidencias las imágenes de manifestantes marchando con banderas del Reino Unido o EEUU, y fotografías de occidentales mezclados entre la multitud (muchos de estos resultaron ser simplemente periodistas o estudiantes residentes en la colonia, que rápidamente aclararon el malentendido).

“La verdad es que esto es el 'modus operandi' estándar de Pekín. En cada ocasión en que se enfrenta a discordias regionales o étnicas, le echa la culpa a la injerencia extranjera”, explica Michael C. Davis, académico con base en Hong Kong y experto del Centro Wilson de Washington, en una entrevista con el 'Wall Street Journal'. Lo mismo hizo China durante la llamada Revolución de los Paraguas en 2014. La estrategia cumple propósitos de política interna, y de forma muy eficaz, garantizando la hostilidad de los chinos del continente hacia el movimiento pro-democracia.

Pero hay indicios de que entre los cuadros del PCC el temor a la injerencia extranjera es genuino. Desde hace tiempo, China sospecha que EEUU podría orquestar una ‘revolución de colores’ (la serie de protestas apoyadas por Occidente contra una serie de dirigentes poscomunistas en Europa del Este y la antigua URSS, en Venezuela y, según algunas fuentes, también en la Primavera Árabe) para desestabilizar el país. “Culpar de lo que es claramente un movimiento popular con un gran apoyo social a oscuras fuerzas extranjeras refleja la falta de disposición a reconocer que la oposición de Hong Kong al proyecto de ley se debe a una arraigada desconfianza sobre China. Pero es también un signo de advertencia sobre la profundidad de la paranoia sobre el mundo exterior entre el liderazgo chino de hoy”, afirma Hilton Yip en un artículo en 'Foreign Policy'.

Desde que en 2011 y 2012 una ola de protestas contribuyó a derrocar a varios dictadores en el mundo árabe o a sumir a esos países en guerras civiles, en Pekín y Moscú— llegaron a la conclusión de que Washington está detrás de este tipo de conflictos híbridos, muy difíciles de contrarrestar: si los manifestantes ‘pacíficos’ no logran provocar un cambio de régimen, la represión puede ser utilizada como justificación para una intervención armada. La Revolución de los Paraguas, dos años después, pareció confirmar sus temores.

China lleva desde entonces preparándose para un escenario de este tipo: hace dos años, anunció la creación de un ‘think tank’ chino-camboyano en Phnom Penh para investigar e intercambiar información sobre la prevención de revoluciones de colores, después de que el presidente de Camboya, Hun Sen, hubiese denunciado él mismo haber sido objeto de un intento de derrocamiento de este tipo por parte de EEUU. Y en enero de este año, el ministro de Seguridad Pública, Zhao Kezhi, declaró que la policía china tiene entre sus deberes “fomentar la prevención y la resistencia ante ‘revoluciones de colores’ y luchar firmemente para proteger la seguridad política de China” y “responder contra todo tipo de infiltración y actividades subversivas por parte de fuerzas extranjeras hostiles”. En ese sentido, los estrategas chinos consideran que no puede ser una coincidencia que, después de que la nueva Doctrina de Seguridad Nacional de la Administración Trump haya señalado a China y a Rusia como las principales amenazas, protestas masivas hayan estallado, justamente, en Moscú y Pekín.

Las acusaciones se han centrado en los presuntos vínculos de varios de los líderes de las protestas, como el estudiante Joshua Wong o el magnate Jimmy Lay, con Estados Unidos, adonde casi todos ellos han viajado en fecha reciente y han sido recibidos por políticos norteamericanos, así como en el encuentro mantenido por la jefa de la sección política del consulado general estadounidense en Hong Kong, Julie Eadeh, con varios de ellos en la recepción de un hotel. Esta reunión ha sido ampliamente denunciada en la prensa pro-Pekín, que se ha acusado a Eadeh de ser “una experta en subversión con experiencia en Irak”. Y cuando el consulado ha intentado explicar que al reunirse con líderes opositores su personal “solo está haciendo su trabajo”, la respuesta del Ministerio de Exteriores chino ha sido que estos comentarios solo revelan “el lado oscuro y retorcido de la psicología estadounidense”.

El presidente chino, Xi Jinping, en un acto del Mundial de baloncesto. (Reuters)
El presidente chino, Xi Jinping, en un acto del Mundial de baloncesto. (Reuters)

Wong ha dicho que “es común que extranjeros y gente de diferentes sectores vengan aquí para obtener información sobre la perspectiva de los manifestantes”, negando haber recibido ningún tipo de ayuda del Gobierno estadounidense. Otros observadores han señalado la incongruencia de que el encuentro de Eadeh con los opositores tuviera lugar a plena luz del día en uno de los principales hoteles de la ciudad, lo que no cuadra mucho con el trabajo clandestino, o que en algunas marchas hayan llegado a participar dos millones de personas, más de una cuarta parte de la población de Hong Kong, lo cual echa por tierra la alegación de que se trata de manifestantes pagados.

A la paranoia ha contribuido también el tuit de Donald Trump asegurando que no puede imaginarse "por qué algunos culpan a EEUU de las protestas”, y en el análisis de Pekín pesa la situación de guerra comercial cada vez más abierta con Washington. Muchos concluyen que al azuzar las protestas, Estados Unidos quiere desestabilizar China para obtener ventajas en las negociaciones.

Pero según el 'Wall Street Journal', el propio Trump ha dado instrucciones a sus negociadores de que no presionen al lado chino con el tema de Hong Kong para no dañar el diálogo, y su reacción, hasta ahora, ha sido la contraria: señalarle a Xi Jinping que no se opondrá a una respuesta firme ante los disturbios. A EEUU, de hecho, las protestas no le convienen. “La estabilidad y el 'statu quo' en Hong Kong sirven bien y de forma lucrativa a los intereses estadounidenses”, señala un artículo de 'The Economist' sobre esta cuestión. “Algunas de las mayores corporaciones de EEUU confían en los mercados abiertos, el sistema legal transparente, el internet sin censura, los enlaces de transporte modernos y la gobernanza pro-negocios de la ciudad para acceder a los vastos mercados chinos”, indica.

Pero estos argumentos no parecen calmar las sospechas de Pekín. "Las fuerzas extranjeras o niegan lo que está sucediendo en Hong Kong, o hacen acusaciones sin base sobre el Gobierno chino o envían las señales equivocadas a los manifestantes radicales", decía el 'Global Times' a mediados de agosto. Ahora, el Partido Comunista chino deja claro que no tolerará que ninguna de esas "fuerzas extranjeras", comerciales o de otro tipo, se interponga en sus políticas hacia Hong Kong. Inditex simplemente se ha visto atrapada en una confrontación que, tratándose de China, probablemente era imposible evitar. A veces la geopolítica juega malas pasadas.

Mundo

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
9 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios