su popularidad está bajo mínimos

'Bolsonaro saudita': ¿Y si lo que realmente está ardiendo en Brasil es la democracia?

Con su estilo militar, Bolsonaro ha atacado a las instituciones, a la justicia y a los medios de comunicación. Sus adversarios le acusan de ser el "Hitlerzinho de los Trópicos"

Foto: Jair Bolsonaro. (Reuters)
Jair Bolsonaro. (Reuters)

El apodo del "Trump tropical" no es casualidad. Bolsonaro lo mismo ataca a la prensa, a los "comunistas" de la oposición y a las ONG, a las que acusa de estar detrás de los recientes incendios en la Amazonía para perjudicar la imagen de su gobierno, que se mofa en Facebook de la diferencia de edad entre Macron y su mujer. A sus 64 años, en definitiva, Jair Messias Bolsonaro es un hombre que no deja títere con cabeza.

Capitán del Ejército en reserva que en sus tres largas décadas de carrera política solo ha conseguido aprobar dos proyectos de ley, Bolsonaro ha dejado claro en sus escasos nueve meses en el poder que gobernará con la lógica militar de amigo-enemigo. El año pasado ganó las elecciones con un 55% de los sufragios gracias a su discurso virulento contra la corrupción, el 'establishment' y la izquierda en general, regado de una posible avalancha de 'fake news' que está siendo investigada por una comisión mixta del Parlamento.

Desde entonces, la oposición se ha dividido entre quienes lo consideran un claro ejemplo de "perro ladrador poco mordedor" y quienes lo tildan de ser un “Hitlerzinho de los Trópicos” por su talante autoritario y agresivo.

Yo mando, yo hago, yo quiero

“El discurso bélico de Bolsonaro contra las instituciones y las prácticas democráticas es una amenaza a la democracia porque él es un antidemócrata que aspira a conseguir una soberanía absoluta, algo que en un país democrático no existe. Su discurso es: ‘yo mando, yo hago, yo quiero’... Lo que más me preocupa es que cuenta con una base social fuerte. Ahora mismo tiene al menos un 30% de apoyo en la sociedad brasileña”, explica Paulo Baía, politólogo y profesor de la Universidad Federal do Río de Janeiro.

Dos episodios sirven para dar una idea del clima que se vive en Brasil. A finales de julio, Bolsonaro atacó a Felipe Santa Cruz, presidente de la Asociación de Abogados de Brasil (OAB) e hijo de un activista político desaparecido durante la dictadura. El mandatario aseveró que Santa Cruz sabe dónde están los restos de su padre y culpó a un grupo terrorista de izquierdas de su desaparición, pese a que existen documentos oficiales que indican que su padre estaba en manos de la policía cuando se perdió su rastro.

El mandatario brasileño también ha increpado públicamente a Glenn Greenwald, periodista estadounidense fundador de la web The Intercept. Greenwald ha publicado una serie de reportajes basados en mensajes de Telegram que ponen en duda la imparcialidad y procedimientos del ministro de Justicia, Sergio Moro, cuando fue el juez que dirigió la investigación Lava Jato y que condenó al expresidentes Luiz Inácio Lula da Silva. “A lo mejor acaba en la cárcel en Brasil”, dijo el presidente sobre el periodista, ganador de un premio Pulizter por sus reportajes basados en las filtraciones del ex analista de sistemas de la CIA Edward Snowden.

Pero estos no son casos aislados. El líder ultraderechista ha acusado a la periodista de la TV Globo Miriam Leitão de haber sido arrestada durante la dictadura por un asalto a mano armada a un banco que nunca fue perpetrado. Tampoco se ha librado la periodista Patrícia Campos Mello, quien reveló en un reportaje del diario Folha de São Paulo que Bolsonaro había gastado al menos 12 millones de reales (2,6 millones de euros) de procedencia ilegal para financiar el envío masivo por WhatsApp de noticias falsas contra su rival en las elecciones. Campos Mello fue víctima de una campaña de difamación y llegó a ser amenazada en las redes sociales.

Bolsonaro quiere transformar Brasil en una especie de Arabia Saudí

Brasil saudita

Tras esta larga lista de ataques, algunos analistas se preguntan: ¿está realmente en peligro la democracia brasileña?

“Él procura actuar en todas las áreas posibles para denigrar todas las instituciones democráticas. Bolsonaro está atacando todo lo que es civilización en Brasil, como el medio ambiente y las universidades", considera Rafael Alcadipani, profesor de la Fundación Getúlio Vargas de São Paulo y miembro del Forum Brasileño de Seguridad Pública, para quien Bolsonaro estaría intentado asfixiar la democracia poco a poco.

"Parece que quieren transformar Brasil en una especie de Arabia Saudí”, asegura el académico, en referencia a la intención de nombrar al hijo Eduardo, de 35 años, embajador en los Estados Unidos.

El Tribunal Supremo tampoco se libra de las ofensivas de la familia Bolsonaro. Su hijo Eduardo, el diputado federal más votado de la historia de Brasil, ya dijo que para cerrar la Corte Suprema hacen falta “un todoterreno, un cabo y un soldado (sic)”. Pocos meses después, Bolsonaro mencionó la posibilidad de nombrar a un juez “tremendamente evangélico” el mismo día en que el máximo tribunal de Brasil se pronunció a favor de criminalizar la homofobia.

Ahora que toca el nombramiento del nuevo Fiscal General del Estado, muchos analistas temen que Bolsonaro ignore las tres recomendaciones institucionales que suele hacer este mismo órgano y que se decante por alguien afín a su pensamiento. Sería algo inédito en la joven democracia de Brasil, que aprobó su Constitución en 1988 tras más de dos décadas de regímenes militares.

Pancarta contra Bolsonaro en una manifestación en India por los incencios en la Amazonía. (EFE)
Pancarta contra Bolsonaro en una manifestación en India por los incencios en la Amazonía. (EFE)

Purga institucional

Hay otros expertos que se muestran más escépticos y consideran osado hablar de un riesgo para las instituciones. “Bolsonaro es un presidente que no tiene valores democráticos. Si pudiese escoger, preferiría ser incluso un dictador. Pero no creo que sea tan simple. No tiene apoyos suficientes en la sociedad civil, ni de su propio partido para acabar con la democracia en Brasil", asegura Sérgio Praça, profesor de Ciencias Sociales de la Fundación Getúlio Vargas (FGV) de Río de Janeiro.

Pero a gran parte de la prensa brasileña le preocupan menos los discursos altisonantes de Bolsonaro que su intervención en todos los órganos de anticorrupción que investigan a su familia, con tres de sus cinco hijos metidos a política. En las últimas semanas, el presidente de Brasil ha relevado al presidente de la Policía Federal por “razones de productividad” y ha transferido la competencia del órgano de inteligencia financiera del Ministerio de Justicia al Banco Central. Ambos estaban investigando al hijo Flávio Bolsonaro por sus supuestas relaciones con las milicias, un grupo paramilitar que tiene intereses inmobiliarios en Río de Janeiro e incluso tentáculos en el narcotráfico.

También hay que citar el despido fulminante de Ricardo Galvão, director del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), por haber revelado que la deforestación de Amazonía aumentó un 278% un año antes de que se desatara el pánico este agosto. Desde la década de los 50 del siglo pasado, Brasil ha apostado por constituir agencias como el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística o el INPE, cuya información sirve para moldear las políticas públicas.

“El ataque de Bolsonaro no se dirige solo contra las instituciones democráticas. Hay un discurso permanente para desacreditar la prensa y, al mismo tiempo, deslegitimar los indicadores sociales y estadísticos", señala el politólogo Paulo Baía. "Desde el inicio de este Gobierno, todas estas agencias están siendo duramente criticadas y sus datos puestos en tela de juicio. Está en curso una reestructuración institucional para evitar la transparencia de los datos”, avisa el experto.

Una economía estancada

Ni siquiera la economía sirve de salvavidas para Bolsonaro. Los últimos datos muestran que el PIB de la que fuera la sexta economía del mundo está estancado. Los expertos prevén un crecimiento mínimo del 0,8% para este año, un dato muy lejano del 9% de la época de Lula. Además, las cifras sobre desempleo son desalentadoras con más de 12 millones de parados (12%) y 7,4 millones de brasileños tienen empleos precarios o de tiempo parcial.

En ese sentido, Alcadipani recalca que "ningún inversor extranjero va a querer arriesgar su dinero en este momento con un presidente como este, que no ofrece ningún tipo de estabilidad". Además, el experto recuerda que si la economía no mejora, Bolsonaro se acercará al mismo destino que Dilma Rousseff: el 'impeachment'.

Un loco solo no consigue lo que quiere, precisa de otros locos

Las encuestas reflejan el estado de alerta de la población. Bolsonaro tiene ya el peor índice de popularidad de un presidente brasileño en el primer semestre de su mandato: solo el 32% de la población le apoya. Mientras aumenta la preocupación por su deriva autoritaria, muchos analistas se cuestionan cómo de lejos podrá llegar el exmilitar.

“Hay que remarcar que un loco solo no consigue lo que quiere, precisa de otros locos. De momento, tanto el Congreso Nacional como las Fuerzas Armadas han tenido la función de moderar los deseos dictatoriales de Bolsonaro. Creo que él no tiene base social de momento, ni el apoyo de instituciones como las Fuerzas Armadas para poder cerrar el Congreso e instaurar una dictadura en Brasil”, concluye Alcadipani.

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