VISITA A UN PARAÍSO PERDIDO POR EL TIEMPO

El Hotel Palmyra y Ahmad: la asombrosa historia del guardián del templo de Baalbek

El Kaiser alemán, Charles De Gaulle, el Sha de Persia, Albert Einstein, Ella Fitzgerald. Todos pasaron por el hotel Palmyra, un símbolo del tiempo y la vida que hoy se cae a pedazos

Foto: Bienvenidos al hotel Palmyra. (J. B.)
Bienvenidos al hotel Palmyra. (J. B.)

Las dos horas que le pidieron de niño a Ahmad Kassab para ayudar en una cocina se han convertido en una vida. Eso dicen las arrugas de sus párpados y el reloj convaleciente de las piedras de Baalbek que se observan, casi se tocan, desde la atalaya de un hotel que desde que se inauguró en 1874 no ha cerrado ni un solo día. Hay lugares e historias que para ser ciertas deben parecer mentira. Esta es una de ellas.

Una historia que habla de un templo en hipérbole y un niño que se hizo anciano contemplando la Casa de Júpiter desde su legendario viejo albergue hecho hoy de ceniza. Se llama hotel Palmyra, se cae a pedazos y está situado justo frente a las ruinas del mayor templo romano jamás construido. Pasaron por allí las personas más poderosas del planeta -del Kaiser alemán al Sha de Persia, de Albert Einstein a Ella Fitzgerald- y encierra la historia del Líbano, del ser humano, de todo lo que somos y dejamos de ser. Resistir no es noticia, pero en ocasiones, especialmente cuando el espejo de lo otro está tan cerca, debería serlo.

Palmyra, curioso destino, es el nombre del hotel y de unas desgraciadas ruinas hermanas que ejemplifican mejor que nada lo miserable que puede llegar a ser el hombre. A 200 kilómetros en línea recta quedan ya solo las piedras desperdigadas de la "hermana" de Baalbek, la ciudad de Palmira, en Siria, y la triste historia de Jaled Al Assad.

"El final es aquí", dice concisamente Ahmad, con sus 77 años, cuando le preguntamos si piensa dejar de trabajar en el hotel que reinventó estas ruinas. Eso contestó también Jaled, el último guardián de Palmira, el arqueólogo que entendió que unas piedras tienen vida y tiempo, y decidió quedarse a morir defendiéndolas.

Jaled fue decapitado en 2016 por los fanáticos asesinos del Isis al otro lado de la cercana frontera. Le sajaron el cuello y colgaron su cuerpo en una plaza pública colocando su cabeza en sus tobillos con un mensaje en árabe en el que le acusaban, entre otras cosas, de "dirigir el sitio de los ídolos de Tadmur (nombre local de Palmira)". Lo mismo le hubiera pasado a Ahmad, y a Baalbek, que hoy ya no existirían si los barbudos asesinos hubieran conseguido llevar su califato hasta estas cercanas tierras.

Un hotel que conoció mejores épocas

Pero Ahmad no sabe de esas cosas, de odios ni fanatismos, y sigue ayudando en la cocina y sirviendo las mesas como hace desde hace 65 años en el mismo hotel. "En 1954, yo tenía 12 años, un amigo de mi padre me dijo que si podía ir dos horas a echar una mano en la cocina advirtiéndome que no podían pagarme. Vine. Me subí a un taburete para alcanzar la mesa. Llegaron las tres de la tarde y pregunté si podía irme. Se acercó el dueño y me pidió que me quedara... y hasta hoy", dice el sonriente Ahmad al que la edad y la salud ya sólo le permiten ir por la mañana a trabajar.

El Palmyra hotel y la historia de Baalbek van de la mano. Fue a finales del siglo XIX, cuando se llegaba hasta el entonces esplendoroso hotel Palmyra en tren desde Beirut, que se alojó una noche el Kaiser Guillermo II en este albergue. A la mañana siguiente decidió ir junto a su esposa a visitar las ruinas.

Las ruinas de Baalbek. (J. B.)
Las ruinas de Baalbek. (J. B.)

El kaiser quedó impresionado con el tamaño de las columnas del Templo de Jupiter, el templo romano más grande nunca construido, y el buen estado del templo de Baco, que conserva casi intacta su estructura. El emperador decidió entonces mandar a sus arqueólogos a trabajar en los restos de una ciudad que tiene vestigios de hace 5000 años.

Baalbek es eterno: fue fenicio, griego, seléucida, romano, bizantino, árabe y otomano. Todos quisieron poseer y domar estas piedras, hasta que un comerciante griego levantó una hermosa posada que se asomaba a las ruinas y todos recordaron que por unos siglos el mundo se había olvidado de Baalbek.

La lista de personajes ilustres que han pasado por aquí es extensa. Fue morada, además del Kaiser alemán, del presidente francés Charles De Gaulle, el presidente turco Atatürk, el Sha de Persia, Mohammad Pahleví, el emperador de Abisinia, Haille Selassie, Rainiero de Mónaco, el rey Faisal I de Irak o el Rey Abdalá I de Jordania. Artistas y pensadores también sucumbieron al embrujo de la posada que mira la casa de los dioses y Albert Einstein, Bernard Shaw, Nina Simone, Ella Fitzgerald e incluso algunas crónicas hablan de Agatha Christie, pasaron por aquí.

La lista la repasa, con tropezones en la memoria, el propio Ahmad, que convivió con algunos de ellos, aunque a él le gustan más otros personajes. "El Gobernador de Texas estuvo aquí y al regresar a su tierra me mandó un regalo. Un Jeque kuwaití quiso llevarme con él y el pintor francés Jean Cocteau dejó aquí varios dibujos. También vivió casi dos años una pintora holandesa (se pone a buscar entonces por unos cajones y saca una foto con ella que al mirarla le hace patinar la sonrisa). En 65 años acá, nunca me ha pasado nada malo", dice feliz el viejo Ahmed.

La cocina "más grande del mundo"

Las pinturas de Cocteau, que estuvo un mes alojado en 1960, cuelgan de las paredes arrugadas del hotel. Hay incluso algún dibujo suyo en el muro de alguna de las habitaciones. Esto no es un hospedaje, es un trozo de memoria del mundo que se deshace. Aquí, en el hall, tras la I Guerra Mundial, se sellaron las fronteras del actual Líbano bajo el auspicio francés.

Eran otros tiempos a los que Ahmad regresa cuando le preguntamos si no le da pena ver tan abandonado hoy el albergue. Pero él no lo ve, no quiere verlo, y narra el hotel que congeló su cabeza: "Había 60 camareros y era la cocina más grande del mundo [su mundo era todo ese, así que la afirmación es irrefutable]. Teníamos cuatro cocineros chef y dos ayudantes cada uno. Cada habitación tenía un camarero en exclusiva. Estábamos siempre llenos".

Ahmad con la pintora holandesa que vivió dos años en el hotel. (J. B.)
Ahmad con la pintora holandesa que vivió dos años en el hotel. (J. B.)

Luego, con los giros de la memoria, rememora el día que tenía 165 franceses para cenar y el servicio fallaba, y no salían los platos, y..."yo salí de la cocina bailando con brochetas de carne en las manos que repartía entre los comensales. El café lo serví, no teníamos suficientes tazas, en vasos de whisky", presume de forma algo deslavazada hasta que da un brinco su mente.

"Otra vez vinieron, en 1972, quince embajadores con su personal y los puse a todos a trabajar conmigo para poder atender como se merecían esos señores. Entonces mataba yo 40 gallinas cada día. Hasta el 75 estábamos siempre llenos", recuerda entre frases dispares. ¿Creen que es posible escuchar hablar a un hotel? Escuchen a Ahmed.

La gente se fue olvidando poco a poco de este lugar y de esas ruinas que consiguieron mantenerse de pie durante siglos pese a tanta muerte

Pero ese año 1975 es maldito, una brecha donde se detiene y se resetea todo. Ese año empezó la Guerra del Líbano y al país le cayó un cubo de sombras. Llegaron las bombas, las cicatrices y los llantos. La gente se fue olvidando poco a poco de este lugar y de esas ruinas que consiguieron mantenerse de pie durante siglos pese a tanta muerte que se sucedió en su entorno. Lo mismo le pasó al hotel, ya indivisibles, que fue cambiando de propietarios cuando dejaron de circular los trenes y dejaron de llegar los barcos a Beirut cargados de turistas. Todo se fue apagando y la embestida parece que la soportó mejor el mármol de Baalbek que el cemento del Palmyra.

Hoy ya solo trabajan seis personas aquí. Las valiosas antigüedades se mantienen por las diversas salas como si alguien las hubiera olvidado. El bar tiene una capa de polvo y la mayor parte de sus botellas están vacías. "No nos queda más licor", se excusa el joven camarero y portero de la noche que estrujó la última botella de un alcohol casero que antes se ofrecía a los huéspedes. Buena parte de las habitaciones están cerradas y la mayoría, bajo un estándar de calidad mínimo del siglo XXI, deberían estarlo. Y sin embargo, habrá muy pocos lugares en los que dormir en el mundo con mayor encanto y mejores vistas que este hotel.

Todo está allí, en el balcón en el que ya se pudrieron las maderas de las contraventanas al que se accede apartando las viejas cortinas roídas incapaces de detener nada. Se aparta unas sillas de madera que cojean y uno levanta la mirada, sortea el ruido de la calle, evita la tanqueta del Ejército que se colocó bajo la sombra del viejo árbol del jardín, y contempla las piedras de un monumento legendario que se contornea con las últimas nieves del Monte Líbano.

Luego, cuando se cansa la vista, se entra de nuevo al Palmyra y se camina con miedo de partir las baldosas de tonos grises, se forcejea con la cerradura oxidada de la puerta del cuarto, se va al baño donde la bañera acumula moho en su base y el desagüe es un tubo de plástico que da a la cañería y se espera que llegue la noche y la luna se parta en trozos frente a nuestra ventana sobre los viejos templos de Baalbek. Hoteles con aire acondicionado y piscina hay muchos, ¿cuántos Palmyras quedan?

Ahmad y, al fondo, Baalbek. (J. B.)
Ahmad y, al fondo, Baalbek. (J. B.)

¿Qué te parecen esas ruinas?, preguntamos a Ahmed cuando se empeña en llevar nuestra maleta de mano al coche tras el desayuno. "Yo entro todos los días y cada vez que entro descubro algo nuevo. Ese sitio tiene magia", responde. ¿De verdad no piensas dejar de venir a trabajar nunca? Y él, como cansado de volver a escuchar la pregunta, mueve la cabeza a los lados lentamente e insiste: "Mi final será aquí". En el Palmyra, en Baalbek.

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